El largo tabú de Tiananmén

El próximo 4 de junio debería conmemorarse una masacre que es símbolo de la represión china y de la interesada desmemoria occidental

Pedro Sánchez, que como casi todos los políticos está constantemente en campaña, siempre se ha enorgullecido de la cantidad de osamentas enterradas aún en las cunetas de España. Su frase, “vale la pena seguir escarbando en la tierra que yace bajo nuestros pies” es, sin duda, un homenaje oficial a los muertos en la Guerra Civil española además de a los caídos durante la dictadura. Un día, se le ocurrió equipararnos a Camboya en número de muertos y desaparecidos, cuando la citada nación del Sudeste Asiático bajo la dictadura maoísta de Pol Pot –se le olvidó, curiosamente, comentar este dato con importancia– hizo desaparecer, en el mayor genocidio porcentual de la historia de la humanidad, al 25% de la población de la antigua Kampuchea Democrática, absolutamente vilipendiada bajo el terror de los Jemeres Rojos, a los que numerosos sectores intelectuales y políticos franceses durante los años 70 miraron con simpatía, indulgencia e incluso pasión, en lo que, cronológicamente, tuvo que haber sido el comienzo de la decadencia de la vieja Europa, hoy lastrada y arrodillada ante las superpotencias mundiales mientras África nos confrontará, y no precisamente con lanzas, más pronto que tarde. 

Que el himno del buenísimo sea el Imagine de Lennon no casa con la mudez que genera a todos y cada uno de los políticos mundiales el siquiera comentar en público, y durante cada visita oficial a China, la grotesca manera que el ejército popular de los herederos de Mao Zedong utilizó para cargarse a miles de mandarines –buena parte de ellos estudiantes– en lo que hoy sigue siendo un tabú no ya sólo para China sino para el resto del mundo. Porque solemos recordar determinadas efemérides movidos por intereses políticos, como la proclamación de la Segunda República en el ya lejano 14 de abril de 1931, mientras nos mostramos especialmente complacientes ante discursos como los de parte de la clase política mexicana, que insinúan lo perniciosa que fue nuestra presencia cuando, en aquel momento histórico, su país ni siquiera existía como Estado independiente. En cambio, y esto nunca se celebra, yo me siento orgullosísimo de que el Imperio Romano arrasara y controlara a la actual España para que hoy seamos más civilizados y cultos que buena parte del resto de la población mundial, e incluso, me emociona tener por segundo apellido Román. 

Este próximo 4 de junio debería conmemorarse el 37 aniversario de la Masacre de Tiananmén, por la que ninguno de sus culpables –todos altos cargos del Partido Comunista chino– han ido a prisión o siquiera han sido señalados para escarnio público, dando alas a la teoría que requiere una dictadura tenebrosa para mantenerse en el poder: someter al pueblo por las formas que sean necesarias para que jamás decaiga. Para entender que lo que recuerdo es del todo cierto, sólo hay que ver cómo el gobierno chino jamás trata el asunto que en las redes sociales de allí está tan capado y perseguido que los propios han que cumplen años en tan citada fecha –el 06/04; en China el mes va delante del día– tienen que andarse con mucho ojo si escribieran esa subversiva data, porque matar moscas a cañonazos es una de las virtudes del poder rojo que siempre ha preferido encarcelar a inocentes si al menos uno de los que escribió esos dígitos lo hizo como recuerdo a los dos o tres mil estudiantes asesinados y por los que Sánchez ni abrió la boca hace escasas semanas durante su visita oficial a la mayor dictadura del mundo, la cual tantas veces, permite la esclavitud entre los suyos para que puedan vender cualquier cachivache por cualquier rincón del planeta. 

No quiero ni pensar que Franco y sus secuaces hubieran aplastado con tanques y bayonetas a dos mil quinientos estudiantes, más o menos, en la Puerta del Sol de Madrid, pongamos por caso, en 1975, porque hoy, incluso, buena parte de los programas políticos, incluyendo los empleados para las elecciones a las alcaldías de pequeños pueblos más cercanos a la frontera de Portugal que a Madrid, los utilizarían para granjearse el voto de los que detestamos que estudiantes desarmados sean machacados sin derecho a reclamar. Y por eso, y sólo por eso, se me endurece el gesto, que no el rostro, cuando nuestro afamado gerifalte de las políticas sociales y humanitarias, aquí y allende nuestras fronteras, expresa sus primeras muestras de Alzheimer al darle la mano al tremendo dictador además de heredero de la Masacre de Tiananmén, Xi Jinping, dejando pasar una oportunidad de oro para pasar a la historia de verdad, que es cuando rompes el guión establecido en recuerdo de cientos de jóvenes a los que sus familias en China, algunas de ellas desaparecidas o encarceladas, no tienen siquiera derecho a reclamar. 

Pero no nos pongamos muy sesgados analizando este hecho en clave nacional actual, ya que Rajoy, cuando visitó oficialmente China representando a esta fenomenal nación llamada España, tampoco abrió la boca, cuando se paga con la apuesta más baja, equivalente a invertir en una victoria del Real Madrid, en casa, ante el Béjar Industrial, el que Feijoó, cuando haga lo propio acudiendo al mausoleo del muy asesino Mao Zedong a rendirle honores, omita comentario alguno sobre el 4 de junio de 1989, día exacto en que las tropas del Ejército Popular de la República Popular China creada por Mao Zedong, aplastaron hasta la muerte a parte de su propio pueblo, desarmado, que sólo reclamaba cierta libertad y menos corrupción; y nunca, como se ha repetido para hacer dudar a la mayoría, democracia. Y como si fuera errado exigir el voto. 

Y hoy, cabe recordar, ante la inmensa censura china que no se queda sólo en su territorio, sino que atemoriza hasta a los máximos representantes de las democracias occidentales esparciendo no el mundo que viene sino el que ya está aquí, quiero traer a la memoria a Deng Xiaoping, considerado en aquel 1989 el dirigente con mayor autoridad política y al que se le atribuye la imposición de la ley marcial y el uso del ejército; a Li Peng, que defendió una línea tan intransigente contra las protestas estudiantiles que fue uno de los políticos asociados a la intervención militar; y Yang Shangkun y Yang Baibing, que coordinaron militarmente la operación que acabó en un derramamiento masivo de sangre tan ingenua como desarmada. En contraste Zhao Ziyang, para que se sepa cómo actúa la dictadura de origen maoísta, el cual defendió una vía más dialogante con los estudiantes, y que fue apartado del poder tras la masacre cuando pasó casi el resto de su vida bajo arresto domiciliario. 

Pues bien, los herederos de aquellos asesinos son hoy nuestro sustento cuando no nos vemos tiernamente sometidos a todos ellos, demostrándose que la justicia y la moral o no existen o eso parece. Y les voy a contar un secreto a voces: si China estuviera en nuestro lugar y, por lo tanto, Europa fuera el mercado de abastos de tantos y tantos bienes, ellos lo expondrían de manera tajante: o pedís disculpas públicas por Tiananmén o no os compraremos un sólo container más. Y no por las muertes, sino por negociar una influyente bajada de precios. Claro que, ¿cómo íbamos nosotros a poner en un brete a China, si nuestra bipolaridad política nos permite recurrir hasta la extenuación a la alianza de civilizaciones como excusa salvo si el Estado de la entente cordiale lo dirigiera Donald Trump?

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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