El Panamá. Vida de un fuera de la ley

Bajo sus acciones y las de sus secuaces, opera una particular moral

Presente, aunque de forma velada, en toda la obra, la figura de Rodión Raskólnikov tan sólo aparece en las últimas páginas de El Panamá. Vida de un fuera de la ley (Ed. Ariel, 2026), la nueva obra de Iñaki Domínguez, licenciado en Filosofía, doctor en Antropología Cultura y consumado macarrólogo, que aborda la figura de un personaje mitificado en los círculos delictivos madrileños: la de José Manuel Cifuentes, El Panamá. A lo largo de sus páginas, el libro cuenta sus inicios como pequeño traficante de drogas en el barrio de San Blas, arrabal que Domínguez convierte en un personaje más, su dominio territorial frente a otros competidores, sus atracos a bancos, sus vuelcos y sus ajustes de cuentas propios del mundo al que pertenece Cifuentes. La obra, que sigue un orden cronológico que nos conduce al presente, se ajusta al subtítulo que aparece en su portada: la biografía de un peligroso delincuente. Sin embargo, un fuerte componente moral tiñe el relato.

Bajo las acciones de El Panamá y sus secuaces, a pesar del certero manejo de la navaja, el estilete y la recortada, opera una particular moral. La conclusión, aplicada a un fuera de la ley que ha acabado en prisión para pagar, es decir, para, por decirlo al modo de Dostoievski, recibir el castigo por un delito del que se dice inocente, puede resultar chocante, pero la contradicción se desvanece cuando se distingue entre ética y moral. La ética –acudimos al magisterio de Bueno– tiene como fin la conservación de los cuerpos, razón por la cual se despliega en dos planos: firmeza por parte del individuo, y generosidad, proyectada sobre sus semejantes. Esta segunda condición flaquea en el caso de Cifuentes, protector de los suyos, magnánimo en el reparto del botín, pero implacable con los enemigos. En cuanto a la moral, el filósofo calceatense, en su El sentido de la vida, dice lo siguiente: «El impulso de las normas morales procede, no tanto del individuo, cuanto del control o presión social del grupo, canalizado a través de un código deontológico o de un sistema de «leyes no escritas» y, no por ello, menos coactivas: la norma de la vendetta obliga a los miembros de la familia con una fuerza mayor, si cabe, que las normas legales de un Estado de derecho».

El Panamá cumple con la primera exigencia ética. Sus propios colegas de correrías cuentan que Cifuentes no ha bebido nunca alcohol ni se ha drogado, pese, o quizá por eso, su vida ha estado rodeada de sustancias estupefacientes. El delito exige lucidez, planificación, templanza, no ebriedad. El Panamá es disciplinado y cuida su cuerpo, incluso, o acaso más, cuando ha estado preso, ansioso por regresar a su particular mundo. Adicto al riesgo, fuera del maco, el de San Blas –he aquí la generosidad de la que hablábamos– exige a sus hombres el abandono de los estupefacientes sobre los que ha forjado su leyenda. A diferencia de su relación con los perros de presa, actividad a la que se dedicó durante un tiempo, para Cifuentes, la droga es simple mercancía. A sus efectos nocivos –en la obra se constata– sobre sus consumidores, se añade su uso homicida cuando el camello la adultera para quitarse de en medio a un yonqui moroso.

La moral a la que se atiene El Panamá tiene a la familia y al barrio como núcleo. De hecho, su carrera criminal comenzó muy temprano, siendo un niño, cuando empezó a trapichear con drogas en el parque Paraíso, de San Blas, lugar al que, como tantos otros de su condición, fuertemente arraigados a su lugar de origen, regresa su memoria con un punto de nostalgia por lo vivido en aquellos días. En tan peculiar paraíso se forjó la personalidad, la moral, de José Manuel Cifuentes, cuyo apodo responde a su paso por las aulas del Colegio Público República de Panamá, antes de emanciparse a los dieciséis años.

Respetar a los ancianos, a las novias de los colegas, a los obreros, a las gentes del barrio, a quien «cumple como un hombre», es decir, a quien es «de ley», de la ley de la calle, se entiende, a quien se ajusta a un canon delictivo que El Panamá añora hoy, cuando los jefes de las bandas emergentes permiten la violación, tabú absoluto para el de San Blas. Neutralizar al chivato, cobrar las deudas, respetar la jerarquía, los códigos, en definitiva, del «oficio». La conjugación de estas normas constituye el armazón moral de El Panamá. La observancia de estas reglas, la prueba de la lealtad que exige una vida siempre en riesgo, continuamente necesitada de confianza ciega en el compañero de andanzas.

El Panamá. Vida de un fuera de la ley constituye un recorrido por el anverso de la sociedad española del último medio siglo, esa pars pudenda oculta tras la propagandística imagen oficial que alcanzó su apoteosis en 1992. Domínguez nos conduce a las barriadas de calles sin asfaltar, nos muestra el ambiente que nutrió al cine quinqui gracias a figuras como la de El Pirri, con el que El Panamá cruzó su vida, a las tribus urbanas como esos rockers con los que convivió nuestro protagonista antes de entrar en contacto con skin heads. Todo ello es historia. Todo, material de trabajo de un Domínguez obligado a zafarse del síndrome de Estocolmo provocado por un individuo tan adorado como odiado. Respetado en ambos casos. La primera labor del autor de una obra de este tipo es tomar distancia con un material que, por otro lado, aporta su propia distancia: la física, la del cristal que separaba al recluso de sus comunicantes y las que separan a la persona del personaje, dualidad alimentada por el propio Cifuentes.

A ese mundo en sombra ha accedido, linterna en mano –imagen que el propio Domínguez nos ofrece– el antropólogo. De ese sótano, antesala de muchos otros antros, ha regresado nuestro autor para mostrarnos una realidad cruda, directa, ajena a cualquier tipo de sensacionalismo.

(Fotografía: ‘El Panamá’ con su perro. Imagen de interior del libro «El Panamá. Vida de un fuera de la ley», de Iñaki Domínguez. Cortesía del autor y de la Editorial Ariel / Planeta)

Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

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