Es consabido el abrazo que postula la ciencia cognitiva entre memoria y lenguaje, facultades que se anhelan, se buscan, se necesitan. No aprende a hablar un niño sin recordar los términos que oye, ni almacena conceptos el córtex sin un léxico estructurante. Mária Schmidt (Budapest, 1953) eleva esta codependencia a escala social, anidando su disciplina en el temible lazo entre memoria colectiva y léxico político. Difícilmente exista pensador tan reprobado por el consenso europeo a la par que reconocido en su patria, reflejo de la heterodoxia húngara en lo político como de los méritos científicos de Schmidt.
Cuando el pasado se hace presente en forma terminológica, advierte la historiadora, la arena del lenguaje aventaja al totalitario. En la memoria colectiva, vehículo de esa mediación, se fraguan los planes liberticidas que, alterando el léxico y resignificando el ayer, nos ofrecen posibilidades utópicas de futuro. Acaso una especie menos verbal, más amnésica que la nuestra nos pareciera más boba. O quizás fuera más difícil de manipular, ajena a los mecanismos de control inherentes al lenguaje y la remembranza.
En el centenar de breves textos de la última década recogidos en Language and Liberty (2018), traducidos ahora al inglés, Schmidt nos recuerda que no somos tal especie, aunque Europa occidental persista en el engaño. La autora ha orientado al Estado húngaro en labores conmemorativas desde múltiples misiones, grupos de trabajo y comisiones científicas. Su obra oscila entre la desacomplejada contemporaneidad de esta antología y el especialismo mnemopolítico de sus orígenes, desde el cual la actualidad se antoja una constante contienda sobre la memoria de los hechos pasados. Esa fusión le lleva a dirigir hoy la Casa del Terror de Budapest, así como los institutos que Hungría dedica al estudio de los siglos XX y XXI, respectivamente.
Schmidt es patrona, desde 1999, de la Fundación para el Estudio de la Historia y Sociedad de Europa Central y Oriental, editora del libro, y en 2008 integró el consejo experto de la Casa de la Historia Europea. 2014 fue el centenario de la Gran Guerra cuya resolución amputaría dos tercios del territorio húngaro, y 2016 el memorial de la revolución anti-soviética de 1956. Schmidt presidió el consejo científico y la comisión gubernamental que guiaron las ceremonias respectivas de ese frenético bienio. Pertenece al consejo científico del Instituto para la Investigación de los Crímenes del Comunismo, y desde el 2015, integra el Comité Memorial del Gulag. En 2019, hizo lo propio en la conmemoración de los “30 años de libertad” desde que Hungría rompiera sus cadenas tras cuarenta años de totalitarismo rojo.
La formación germanística de Schmidt informa el tono agrio con que reaccionó a la crisis migratoria del 2015. Una columna de la colección llega a proponer el boicot de bienes alemanes en retaliación a los cupos migratorios de Angela Merkel, quien no consiguió, empero, condicionar fondos europeos a su aceptación. Ese mecanismo llegaría un lustro más tarde, con la excusa de la recuperación postpandemia, y con Hungría como principal víctima.
“País más problemático de Europa” según Schmidt, Alemania encarna hoy la concepción jurídica y utilitaria del estado-nación que disuelve los lazos cohesivos de parentesco (“communities of kin”). Alienada la población con su propio pasado, se reduce su margen presente frente a riesgos existenciales. Lastrada por la obsesión paralizante de querer redimir el suyo, las élites alemanas han condenado a su país, ditto Schmidt, a un constante “ritual de auto-reproche”, a una eterna “peregrinación a Canossa”, a la “bunkerización” moral, la “trampa de la culpa”, la “penitencia obligatoria”, la “celebración de la alteridad”, al “cilicio” medieval que mortifica el cuerpo(sackcloth). Merkel, aspirante a los “laureles de Santa Teresa de Calcuta”, es para Schmidt el mayor artífice de esta autoflagelación.
Si acaso esta ofensiva sirve un fin último, Alemania es también microcosmo de ese propósito. Schmidt osa en todo momento el paralelo entre socialismo autoritario del siglo pasado y esquemas socializantes que hoy calificamos de “globalistas”, aun si van de la mano del neoliberalismo de mercado. Compara la Alemania del 2015 con la RDA, aseverando—como haría otrora Donoso Cortés, en su Discurso sobre Europa, dos años tras el Manifiesto de Marx y Engels—que “el socialismo nació en suelo alemán, y sus variantes nacional e internacional se enraízan ambas en el pensamiento público de ese país”.
Mutado el ideario colectivista, su propagación vía Alemania no deja de ser paradójica. El afán de sustraer el papel teutón a la historia europea, lejos de borrarlo, lo reintroduce en una Europa distinta, pero cuyo mando alemán no es plato de mejor gusto para Mitteleuropa. Alemania se ha “aprovechado” del euro, denuncia Schmidt, erigiendo una suerte de “cuarto Reich” económico y suscitando el auge del sentimiento “antialemán”, con sus tropos y topicazos. “Merkel conduce en sentido contrario, convencida de tener razón”, escribe la autora años antes de unas memorias en que la excanciller corrobora esa caricatura. No sin sorna Shmidt sugiere que la Mutti logró lo imposible: enemistar a sus jóvenes con la procrastinación. Fueron ellos quieren viralizaron el término “merkeling”, o modo característicamente elusivo y a remolque de navegar grandes cuestiones nacionales.
Siempre mordaz, Schmidt roza el ad hominem y el esencialismo. “Merkel no ha leído bastante, no es suficientemente erudita, no entiende los procesos históricos, no tiene respeto por el factor humano”, mientras que los alemanes, “románticos y sentimentales, se esconden tras la arrogancia y cinismo”. Su mejor defensa ante la acusación de germanofobia es el trato que reserva a un luxemburgués “borracho, evasor de impuestos, que se limita a farfullar, besar a todo el que tenga delante, hacer muecas sonrientes de idiota y tirar a sus invitados de la oreja o la corbata”. Víctima casual de algún tirón, Viktor Orbán votaría en 2014 contra el nombramiento de Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea.
Antes de que el húngaro dijera, un año más tarde, que Europa era “rica y débil, la peor combinación”, Schmidt ya hablaba de Alemania en esos términos. Daban ambos así razón a Kissinger, para quien su país de origen se había vuelto “demasiado grande para Europa y pequeña para el mundo”, así como a la tan citada frustración de Nixon. Parece que la llegada de Trump ha restablecido la cobertura que anhelaban el presidente y su secretario de Estado: es ahora Orbán, a menudo, el líder al que llamar para hablar con el viejo continente.
Afloran en el compendio otros aspectos del pasado de Schmidt. En 1985 se inquietó por la experiencia judeo-magiar, becada por la fundación MTA-Soros como el propio Orbán, entonces líder estudiantil. Del magnate magiaro-estadounidense se acabarían distanciando ambos. En su primer paso por el poder de 1998 al 2002, Schmidt asesoraría estrechamente a Orbán. Empezó así una fructuosa colaboración basada en la frustración compartida con la transición a la democracia, en que las élites del régimen se cambiaron de chaqueta para mantener sus monopolios, mecanismo engrasado por la filantropía de Soros. Más tarde Schmidt y Orbán darían portazo al establishment occidental que dio su beneplácito a esa conversión, y que hoy fustiga la alternativa que encarnan.
Por ende Soros atrae, junto con Merkel, el oprobio de Schmidt, quien repasa el nefasto currículo de ese “gran apostador que se hace de oro y acumula activos arruinando a otros”. Soros ofreció en 1989 endosar la mitad de la exorbitante y odiosa deuda con que Hungría emerge del comunismo, a cambio de la industria del país. Ante la negativa del primer ministro József Antall, la Open Society hizo campaña por un pago integral y una privatización que no devolviera las industrias nacionalizadas a sus propietarios de antes del 1948. Esta liquidación de activos públicos a la rusa resultó ruinosa para Hungría, minando su tesoro hasta que en 2010, con el regreso de Orbán al mando, empezara una lenta recuperación.
Por un lado y quizás por experiencia propia, Schmidt habla no sin condescendencia de los políticos “sorosistas”, meros peones de una agenda que les trasciende. “Ser apoyado por Soros supone un abrazo letal”, asevera, afirmando que “no entienden que haciéndose sorosistas sellan su destino”. Si Soros confundió al mundo comprando a la intelligentsia anti-comunista húngara mientras se alineaba con la poscomunista, hoy su influencia es igualmente confusa. En Europa, “sus ONGs son avanzadillas semi-oficiales del Departamento de Estado”, escribe Schmidt anticipando el papel de David Pressmam, último embajador americano en Budapest y canal de la ayuda a la oposición a Orbán. “Guarnición avanzada de Soros en Europa”, Schmidt asemeja la díscola Central European University a una versión liberal de la Universidad Lomonosov que formó en su día a los cuadros del bloque del Este.
Sin embargo, Schmidt aventura por otro lado que si el poscomunismo no hubiera podido asear su reputación sin el empuje de Soros, hoy son las élites occidentales—esos “payasos débiles, inertes e indecisos”, esos “malabaristas intermediarios”—las que le lavan a él. La postración de las segundas al primero (Soros fue recibido por cinco comisarios, nos recuerda, la UE “comiendo de su mano”) nos dice más de ellas que de él. Schmidt relaciona orgánicamente la red sorosista con las instituciones que, “cooperando sin trabas” para abrir las rutas migratorias por países de tránsito, atan de manos a los países que ven su régimen de asilo abusado. “Los políticos occidentales, jueces y ONGs promueven el tráfico de seres humanos y drogas, así como el tránsito de terroristas hacia Europa”, un “negocio redondo” auspiciado en Estrasburgo por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Schmidt escribe antes del Brexit, la pandemia y la guerra. Pero anticipa que, en la articulación de una oposición real al unipartido bruselense, Europa Central, con su acervo particular, será instrumental. “Europa occidental siempre nos ha hablado desde un púlpito, como hicieron con sus colonias”, queriendo “re-educar” y poniendo a Hungría en el “taburete bajo” (cutty-stool) en que los clérigos sentaban a feligreses penitentes en la Escocia presbiteriana. Europa Central ha dicho basta a las democracias siempre precedidas de una adjetivación modificadora. Hoy rechaza la “democracia liberal” del mismo modo que la “democracia popular” en su día, constatando similitudes entre defensores de una y de otra.
La región aspira, en su lugar, a vivir en democracias tout court, nacionales y soberanas. Este anhelo por una legitimación exclusivamente democrática, que prime sobre todas las argucias jurídicas, contextualiza el conflicto entorno al “Estado de derecho”. Para Hungría, este tótem europeo sólo puede complementar la voluntad popular, pero no sustituirla.
Schmidt, de vuelta en su especialidad, confía en que la memoria del viejo comunismo inspire el combate contra su nueva mutación. “La URSS endureció la identidad nacional, la fe y la voluntad de resistir”, recuerdo sin el cual las agendas de Bruselas penetrarían con la misma facilidad que en París o Berlín. No hay mal que por bien no venga.Recurren asimismo escalofriantes paralelos entre los métodos soviéticos de difamación y censura y las nuevas agendas informativas y de corrección política que se fraguan en Davos, con el apoyo entusiasta de Pedro Sánchez. “Somos expertos en el método comunista, y luego poscomunista, de difamar al inocente, excusar al agresor, congraciarse con el invasor”. Para subrayar el carácter reciclado del modo autoritario en que las élites occidentales se blindan y se perpetúan—cuando no de los fines utópicos que dicen servir—Schmidt emplea verdaderas analepsis. “La UE ha sido secuestrada por una mentalidad utópica que durante medio siglo pesó sobre la mitad este del continente”.
Schmidt es asimismo crítica con la teleología de la integración europea, esa unión cada vez más estrecha: “los eurócratas se parecen cada vez más a los bolcheviques en haber creado una forma de gobierno que sólo puede marchar hacia delante, incluso si el camino lleva al precipicio”. Estamos ante un proyecto “septuagenario y decrépito, en urgente necesidad de una operación de cara” y cuyo “rejuvenecimiento no es postergable”. Schmidt refuta metódicamente la razón de ser de la UE en su origen. Fue el trauma de 1945 y el reparto del mundo en dos bloques lo que imposibilitó la guerra en Europa. Los afanes pacifistas de las élites supranacionales fueron incapaces de mantener la paz en los Balcanes acabada la Guerra Fría, y hoy alientan un conflicto en Ucrania, no menos devastador por estar estancado.
Un agudo sentido de la urgencia atraviesa el compendio, y la razón histórica de Schmidt conversa con los dramas y dilemas del presente. 2008 fue para la historiadora el final de una “época dorada” para Occidente, momento en que el liberalismo entra en una “fase histérica” o “paranoica”, fruto de una “doble traición”. Por un lado, el wokismo amenaza la igualdad ante la ley, mientras que la noción europea del bienestar se tambalea bajo el neoliberalismo, dificultando ambas traiciones el labrar futuros nacionales en común.
La UE “no puede seguir operando bajo preceptos de mediados del siglo XX”, escribe una Schmidt que da por muertos al “manto de seguridad” americano y a la globalización en beneficio mutuo, sustituidos por un mundo multipolar post-hegemónico de competición acrecentada. Casi diez años antes de que Hungría asumiera la presidencia rotatoria del Consejo de la UE, la historiadora ya apuntaba algunas encrucijadas sobre las que hoy las instituciones de Bruselas empiezan a actuar: constitución de capacidades autónomas de defensa, búsqueda de competitividad, supervivencia entre dos grandes bloques.
¿Qué yace tras el llamado de Schmidt a que las naciones europeas recobren la confianza en sí, se desacomplejen, y reconquisten su futuro? Anteponiendo el lenguaje a la libertad en el título—así como las múltiples citas y aforismos que ritman la obra—Schmidt expresa un orden de prioridades, una hoja de ruta, una puesta en práctica. La memoria y el lenguaje siguen siendo, en nuestra era, el terreno de juego en que se dirimen las grandes pugnas y disputas.
Schmidt cita en páginas consecutivas a los escritores Martin Walser e Imre Kertész. Sus voces concurren. Para el primero, “el lenguaje es nuestra herramienta moral más sofisticada”. Para el segundo, “la degeneración lingüística es seña de caos intelectual total”. En un palmarés nacional desproporcionadamente científico, Kertesz cosecharía en 2002 el único nobel de literatura húngaro. Murió en 2016 anhelando el rearme lingüístico—quizás como preludio del rearme político—que evocaba el primero, izquierdista alemán, en su ámbito ideológico. Ambos, junto a Schmidt, entendieron la cancha en que jugaban. ¿Y el resto?