El sanchismo según la otra generación del 27

Un ejercicio de humor ficción: Sánchez ante Mihura, Tono y Jardiel

En la noche del sábado 28 de febrero, cuando todavía se especulaba con la ínfima posibilidad de que Alí Jameneí siguiera vivo tras el ataque israelí, y los voceros de los ayatolás se abrazaban con insistencia a esa vana esperanza, la web satírica The Babylon Bee lanzó un titular de última hora: “El ayatolá dará un discurso en cuanto las autoridades encuentren el resto de su cuerpo”.

Jameneí era uno de los tipos más despreciables que ha parido el islamismo, con un interminable listado de crímenes y terrorismo a su espalda, y nadie con las manos limpias de sangre podría llorar su partida allá donde las vírgenes, que espero que se las haya encontrado gordas, bigotudas y con burka. Nadie excepto Pedro Sánchez, que realizó un ejercicio de equidistancia y contorsionismo digno del Oro en los Juegos Olímpicos.

Si Europa no había recibido suficiente dosis de sanchismo en aquellos primeros instantes de conflicto, aún tuvo Sánchez su minuto de gloria forzando una absurda pelea con Trump que en pocas horas le permitió saltar a la primera plana en Europa y Estados Unidos. Pero Sánchez siempre es Sánchez: no habían terminado aún los diarios progres europeos y americanos de maquetar los perfiles del valiente ídolo mundial que desde la pequeña Galia se atrevía a desafiar al Imperio asegurando tener una pócima mágica, cuando se descubrió que no hay pócima, y que en la intimidad estaba de rodillas ante su contrincante. Mientras proclamaba el “no a la guerra” en público reculaba en privado, que los americanos seguían operando en Rota con normalidad en su ruta hacia Oriente Medio, mientras España enviaba a la mejor fragata de su armada hacia zona de guerra. El meme en una línea de tiempo de 24 horas: dime que eres Sánchez sin decirme que eres Sánchez.

Sostengo la controvertida tesis de que la España sanchista habría sido suelo fértil para la otra generación del 27, la del humor. Cierto es que casi ninguno de sus representantes mostró especial interés por la política y las ideologías en sus creaciones, pero quizá sea hora de admitir que no hay casi nada de política o ideología en la España oficial de hoy, que Sánchez no cree en nada más que en sí mismo, y todo lo demás es coyuntural, aun siendo pernicioso.

Después de todo, el Gobierno de Sánchez es solo la traslación del caso empresarial de éxito de una red de puticlubs al ecosistema del Estado. En ocasiones, lo que se traslada a las instituciones es la propia materia prima de los lupanares, con nutrida representación en las muescas de las mordidas al presupuesto. No es casualidad que el imaginario español del año 2026, el logotipo del PSOE aparezca siempre coronado por luces nada catedralicias y la silueta de una esbelta trabajadora del amor.

Si todavía hay quien trata de encontrar un corpus ideológico en el sanchismo es solo porque el dinero público, al contrario de lo que dicen las campañas del Gobierno, hace milagros, y hay quien necesita creer en ello para seguir cobrando su nómina.

Como sea, en medio de un Gobierno extralimitado y enviciado con la solemnidad, sospechoso que hasta Mihura, que despreciaba la “insolente intención política” del humor de las generaciones anteriores, habría puesto su ingenio al servicio de la caricatura del faraón y sus solemnes, porque a fin de cuentas no hay mejor reflejo hoy de cinismo, de vacuidad, de petulancia, y de disociación con la verdad que el que exhibe a diario el Consejo de Ministros. Y en el lenguaje resiliente y sostenible la gran generación del humor español habría encontrado un filón para la risa.

Jardiel Poncela y los suyos hicieron un humor de distancia; digamos, poco partidario. Eran, en esencia, enemigos de la solemnidad. Si la sonrisa nacional alcanzó su mejor momento de la mano de Jardiel, Tono y Mihura, entre otros, fue en gran parte porque hicieron del humor un fin, más que un medio. Pero en ocasiones el fin retrata al medio sin pretenderlo. Sánchez podría ser el primer español en recorrer simultáneamente los dos caminos para la felicidad según la receta que se atribuye a Jardiel: “Hay dos formas de conseguir la felicidad: una, hacerse el idiota; otra, serlo”.

De manera especial en los últimos meses, el Gobierno exhibe preocupación por el hecho de que los jóvenes estén migrando a la derecha. Han intentado censurar redes sociales y hasta lo contrario, abriéndose cuenta de TikTok todos los ministros y el presidente. Lo prueban todo a la vez como los desesperados. Esos intentos de seducir a los jóvenes se ven magistralmente retratados en las intentonas de Abelardo de ligarse a Margarita en aquella célebre obra de Tono y Mihura de 1943:

Abelardo.—Te quiero desde la noche que te vi por primera vez… ¿Te acuerdas, Margarita? Tu llevabas un traje azul…

Margarita.— Verde.

Abeladrdo.— Bueno, verde, pero parecía azul… Parecías con él un pedazo de cielo…

Margarita.— ¿Cómo iba a parecer un pedazo de cielo si el traje era verde? El cielo es azul ¿No lo sabes?

Abelardo.— El cielo no es azul ni verde. El cielo es, sencillamente, como tú.

Margarita.— ¡Qué bonito!

Abelardo.— ¿Te casarás conmigo?

Margarita.— (Mirando el reloj). Ahora, no. Es ya muy tarde.

Tiene Sánchez la condición física del agujero negro, que absorbe y transforma en sí mismo todo lo que tiene alrededor. Por eso no puede hablarse, por ejemplo, de un presidente corrupto, sino de un ecosistema de corrupción. Y por eso no puede hablarse de un presidente falsario y tendente a la victimización, sino que se trata de condiciones que adoptan inevitablemente todos los que le rodean.

Me viene a le memoria aquella historia de la exministra Reyes Maroto, tras haber recibido una pequeña navajita a su nombre en el ministerio, exhibiéndola compungida en una fotocopia tamaño XXL, que aquello parecía el sable de D’Artagnan, y resultó ser un pequeño souvenir enviado por un loco más que conocido en su barrio, que al arma amenazante solo le faltaba estar grabado con un “Estuve en Cuenca y me acordé de ti”. Mientras La Sexta daba la noticia, la ministra Yolanda Díaz, también poseída por la realidad paralela de Sánchez, en directo en el plató, negaba con la cabeza con los ojos al punto de las lágrimas y al fin se desplomaba en desconsuelo, llevándose las dos manos a la cara, como si hubiera caído la bomba de Hiroshima sobre las mismísimas pelotas del león que da los buenos días a los diputados a la entrada del Congreso.

Sin embargo, por mucho que todos intentan a su manera parecerse al personaje central, nadie imposta mejor que él, capaz de plantarse en el epicentro de una tragedia con más de doscientas víctimas, agarrar el micrófono y empezar por lo importante: “Yo estoy bien”. Otro momento hilarante de su largo historial cinematográfico lo vivimos en junio de 2025, cuando tras el escándalo del caso Koldo se vio obligado a dimitir Santos Cerdán, y apareció en pantalla compungido, con un maquillaje que, según los expertos, pretendía fingir agotamiento, y para salir pronto del trámite sin dar muchas explicaciones sobre el caso, se hizo la víctima ante los periodistas intentando dar por zanjada la comparecencia: “Son las cinco y no he comido, creo que también es importante”.

Sin pretenderlo, Sánchez se convirtió aquel día en el “Gobierno”, pero en aquel “Gobierno” prosopopéyico de La Cultura, el relato de Mihura, que “estaba siempre muy disgustado y se le estaba poniendo una carita amarilla”, y había adelgazado muchísimo de tristeza, preocupado porque en su país casi nadie sabía leer. La bondadosa mujer del Gobierno decidió entonces la solución: “desde mañana, además de tu comida, te voy a dar un huevo frito para que te pongas que dé gusto verte”.

Al Gobierno le gustó tanto aquello que empezó a pedir dos huevos al día en lugar de uno: “trabajo mucho y tengo que alimentarme para estar gordo y que dé gusto verme”. La mujer le negó tal dispendio económico y el Gobierno recibió el revés al borde de las lágrimas. “Casi llorando, pero sin llegar a hacerlo”, escribe Mihura, “porque, realmente, por un huevo frito no se debe llorar. Solo se debe llorar cuando se trata de una tortilla de jamón o de pollo”.

Miguel Mihura

En casos extremos, la contemplación excesiva de lo que le acontece a uno mismo puede terminar por distorsionar la mirada que lanzamos al mundo. Quizá por eso, con un diálogo de dos personajes de Jardiel, puede definirse la relación de Sánchez con la realidad, eso que él contempla siempre desde un narcisismo lastimero que nos mueve a la risa, sobre todo cuando más fuerza la sobreactuación:

–Me encuentro a los cuarenta años sin poder dar de comer a mis hijos.

–¿Cuántos tiene usted?

–Ninguno. Por eso digo que siento no poder dar de comer a mis hijos.

Para que España pudiera disfrutar del alumbramiento de un Sánchez, tuvo que haber antes el huevo de un Zapatero, que en todo caso hoy actúa más como un ministro en la sombra que como un expresidente jubiloso. Zapatero, que también llegó al poder en medio de una humareda de irrealidad, entró en La Moncloa con el “no a la guerra” y sentándose ante la bandera americana y salió anunciando, con ardor guerrero, la participación de España y su base naval de Rota en el escudo antimisiles que había ideado el expresidente George W. Bush.

El leonés, en su despedida de palacio, y con la solemnidad que le caracteriza, declaró que aspiraba tan solo a ser supervisor de nubes, citando al gran precursor de la otra generación del 27, Gómez de la Serna. “El mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando al cielo”, recitó Zapatero, evocando una suerte de jubilación que nunca se produjo, y que probablemente tampoco soñó, como vemos ahora, implicado como perejil en todas las salsas de los escándalos internacionales del sanchismo.

Solemnidad, jactancia y pompa son incompatibles con la sana práctica de reírse de uno mismo. Una característica común a todo el sanchismo es que no soporta ser objeto de risas, bromas o parodias. De hecho, la risa de Sánchez que hemos conocido en el Congreso, tiene algo de monstruosa, se despepita a destiempo y sin querer, como si habitara en su cabeza Eugenio contando chistes que los demás no podemos oír, pero siempre con una característica muy singular: todas sus carcajadas conocidas nacen del intento de vejación a otro.

Nadie piense que se trata de escenificación parlamentaria. Por suerte también tenemos las decenas de WhatsApp del caso Koldo que han salido a la luz para comprobar que, los únicos momentos en que Sánchez se entrega al humor, son para denigrar a otro, incluso a sus propios ministros, como cuando se rio chateando con Ábalos a cuenta de que Ayuso había nombrado “nueva Manuela Malasaña” a Margarita Robles. Coronó la risa llamándola “pájara”, tras insinuar que duerme con un uniforme militar. Cima del humor feminista del siglo XXI.

Lo contrario a esa actitud de reírse solo de los demás lo representó a la perfección la generación que nos ocupa. Buen ejemplo es el gran Edgar Neville, que había cogido bastante peso en los últimos años, y antes de morir dejó escrito su epitafio: “Aquí yace Edgar Neville, que al final se quedó en los huesos”. Si el bueno de Gómez de la Serna hubiera tenido la fortuna de ser invitado a la conversación de WhatsApp entre Sánchez y Ábalos, sin duda habrá arrojado su greguería antes de abandonar el grupo: “¡Qué fácil es que un adulto pase a ser adúltero!”. Imagino a Sánchez: “José Luis, ¿que ha querido decir?”.

Sostengo que la falta de química de Sánchez con Donald Trump tiene bastante que ver con sus dificultades para interpretar correctamente el sentido del humor, que en contra de lo que muchos creen, el presidente americano maneja como nadie. Una muestra del pasado noviembre: recibía al presidente de Siria Ahmed al-Sharaa en el Despacho Oval y le obsequió con su famoso perfume “Victory 45-47” –que alude a que fue el 45º y es el 47º presidente de los Estados Unidos-. Después de rociarlo profusamente, al presidente y a sus acompañantes, le hizo entrega del regalo y de una segunda fragancia de “Victory 45-47”, esta vez en su versión femenina: “Este es para su esposa. ¿Cuántas tiene?”, preguntó Trump. Al-Sharaa respondió tímidamente que “una” y Trump, muerto de risa y palmeándole la espalda, añadió: “Es que con ustedes nunca se sabe…”.

Hay un vínculo largamente documentado entre el sentido del humor la inteligencia. Quizá eso explica por qué Yolanda Díaz es, con seguridad, una de las ministras con menos sentido del humor de la historia del Consejo de Ministros. No se le conoce escarceo alguno con el humor, la risa nerviosa no cuenta, quizá porque tiene serios problemas para separarse de la literalidad; es la típica persona que definiría el humorismo por ley, sacando de quicio a Jardiel, que dejó dicho: “definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo”.

Hay sanchistas que son risibles en sí mismos, por su viva imagen, incluso en silencio, como José Manuel Albares, los hay que parecen haberse caído de una viñeta de La Codorniz, como Patxi López, y los hay con evidente conexión fisionómica con el gran personaje del humor de Ibáñez, como Félix Bolaños. Con todo ninguno alcanza el nivel estratosférico de quien habría hecho las delicias a la generación del humor del 27, que a fin de cuentas Sánchez ha llevado a su máxima expresión el célebre aforismo benéfico de Jardiel Poncela, tal vez por eso siente que deberíamos estarle agradecidos por traernos la felicidad: “La sinceridad la inventó uno que quería amargarle la vida al prójimo”.

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