El último federalista: vida y ejemplo de Fermín Salvochea (I)

El federalismo está de moda, desde luego. La culpa la tiene el PSOE y su infame componenda con el independentismo catalán que liquida la «igualdad fiscal» entre los españoles, sea eso lo que quiera significar a tenor de lo que al respecto aparece escrito en la Constitución de 1978. Federalismo es, como por ejemplo liberalismo, una palabrita que gusta mucho en España. Va y viene cíclicamente en las tertulias de opinión política, sobre todo, en las columnas, en los editoriales…por supuesto, nadie sabe en realidad lo que quiere decir federalismo, como pasa con tantas y tantas cosas, liberalismo inclusive. Suena bien, a algo importante, lo suficientemente abstracto como para embelesar a la gente que sigue la actualidad de reojo y sin entrar en profundidades, como sucede principalmente con los españoles. Pero seguramente el último federalista de verdad que hubo en este país fue un gaditano que murió en los albores del siglo XX y que también estuvo de moda durante un tiempo breve hace ya casi diez años, cómo pasa el tiempo, gracias a aquel alcalde podemita que tuvo Cádiz, El Kichi: Fermín Salvochea, ¿se acuerdan? Su nombre volvió a la palestra cuando José María González Kichi, más anticapi y andalucista que federalista y anarquista como era Salvochea, mandó retirar el preceptivo retrato del rey de la Sala de Plenos del Ayuntamiento de Cádiz y poner en su lugar el del célebre alcalde gaditano que en 1873 lideró el levantamiento cantonal en la ciudad. Lo cierto es que la figura de Salvochea merece por sí misma mucha más atención y recuerdo del que tiene en la actualidad. El suyo fue uno de los grandes nombres del, por lo demás, surtidísimo siglo XIX español, en lo que a política, sucesos, motines, pronunciamientos, golpes, guerras y revoluciones se refiere. Si hay que hablar por cojones (ya, que diría Arrabala) de federalismo y dispénsenme la expresión, qué menos que hacer un comentario de Fermín Salvochea y Álvarez.

Si uno piensa en cómo ha degenerado todo en España, se queda ciertamente frío. Porque el republicanismo federal español, que es a lo que más o menos, vagamente, se adscribe el Partido Socialista Obrero Español desde Zapatero, tiene tanto que ver en su origen con el actual como un huevo a una castaña. Esta confusión es, por otro lado, lo habitual en un país saturado de ignorantes con licenciaturas, másteres y doctorados y con una opinión pública gobernada por indigentes intelectuales a sueldo de Ferraz y Génova y gente con más maldad y bellaquería que ideas propias. Pero en efecto aquellas figuras míticas del republicanismo español en sus múltiples manifestaciones orgánicas a lo largo del turbulento siglo XIX, Castelar, Salvochea, Paúl y Angulo, por ejemplo, los tres gaditanos, pues Cádiz fue en su condición de última puerta de América en Europa el centro intelectual por antonomasia desde la guerra contra Napoleón, pertenecen no a otra especie sino a otro planeta, a otro sistema solar y a otra galaxia, si se las compara con Yolanda Díaz, Óscar Puente, Irene Montero, Patxi López o Pablo Iglesias.

¡Viva España con honra! fue el grito con el que se alzó la Marina en Cádiz en septiembre de 1868, revolución en la que participó intensamente Salvochea. Haría bien la derecha española en contemplar la posibilidad de un republicanismo patriota que tuviera algo de la tabula rasa que imaginaba necesaria Salvochea para redimir España, porque el país que tenemos hoy es invivible y no tiene futuro. El embrollo autonómico en el que nos metieron en el 78 los «padres de la Constitución» es de tal calibre que la multiplicación por diecinueve (contando Ceuta y Melilla) de superestructuras estatales se antoja irreversible, a la vista de tantos intereses creados. Al final, el federalismo alude, por encima de todo, a una unidad superior, manifiesta e incontestable. E pluribus unum reza el escudo de los Estados Unidos de América, todo lo contrario del envilecido confederalismo asimétrico hacia el que nos conducen las fuerzas del Progreso que están centrifugando la soberanía nacional desde el Poder. Si se piensa bien la propia forja de España como reino en la Edad Media no es otra cosa que una, mutatis mutandi, federación bajo el signo de la Cruz con hechos trascendentales como Las Navas de Tolosa como hitos germinales. Es decir que, en el fondo, es algo que está en nuestra tradición y, la verdad, si se trata de regenerar España o de al menos, intentarlo, parece mejor empeñarse en la tarea con herramientas propias por una vez que hacerlo otra vez con inventos ininteligibles importados de fuera.

Aunque hoy día la provincia de Cádiz sea un lugar de ocio y disfrute para madrileños y vascos, la quintaesencia del modelo de balneario y parque temático hacia el que las élites políticas y económicas españolas, bajo dirección europea, encaminan a todo el país, hubo un tiempo en que fue una de las puntas de lanza políticas e intelectuales de España. Resulta difícil imaginarlo a la vista de su estado actual. Cádiz es un territorio de condiciones privilegiadas relegado a la cola comunitaria en ocupación, productividad y renta per cápita, que además padece una corrupción endémica a causa del narcotráfico y que está cautivo de un turismo estacional y de una inversión pública ínfima. El sueño juvenil más común es ser funcionario o pilotar una lancha planeadora. Sin embargo, Cádiz y su provincia fueron grandes protagonistas de la Historia de España en sus últimos dos siglos y medio, desde la resistencia a Napoleón, que resonó en todo el mundo, hasta los sangrientos sucesos de Casas Viejas, que también lo hicieron en aquella Europa de entreguerras. El primer hecho dio lugar al anómalo y espectacular nacimiento del primer orden constitucional de corte liberal en España, aldabonazo real del nuevo siglo y modelo que trascendió nuestras fronteras como ejemplo y referencia de casi todos los posteriores movimientos revolucionarios que recorrieron Europa en las siguientes décadas. El segundo fue un símbolo de la quiebra de la legitimidad de la II República y de su apariencia de legalidad burguesa y liberal que, más adelante, terminaría en la liquidación de la democracia y el estallido de la guerra. Hay un hilo que conecta estos dos hitos históricos.

La conexión es un viaje a través del tiempo desde la proclamación de La Pepa hasta el mes de julio de 1936 que pasa por Los Cien Mil Hijos de San Luis, La Gloriosa, los motines cantonales, La Mano Negra y 1934. Figuras como la de Fermín Salvochea resultan imprescindibles para comprender todo este proceso que, en Cádiz, Jerez y sus territorios adyacentes, reprodujeron fenómenos que desequilibraron políticamente a toda España y que intervinieron de manera capital en su actual configuración política, social y cultural.

Fermín Salvochea nació en Cádiz en 1842. Era hijo de un comerciante de telas y naipes, de tendencias progresistas y con ambiciones de escritor. Por parte de madre era sobrino de Juan Álvarez Mendizábal, el gran ministro de las desamortizaciones liberales. Por lo tanto Salvochea pertenecía, como por otra parte es la norma en los grandes personajes revolucionarios de la Historia de Occidente, al estamento burgués. Como tal fue educado en el muy prestigioso Colegio San Felipe Neri y luego enviado a Inglaterra a completar sus estudios en la gran metrópoli mercantil del mundo contemporáneo. Allí no sólo aprendió la lengua inglesa sino que se transformó en un ateo internacionalista de ideas libertarias. Entró en contacto con el socialismo utópico de Robert Owen y con lo que dio en llamarse comunismo de Charles Fourier. Regresó a Cádiz dispuesto a ser un «hombre de acción» aunque, por lo visto, su apariencia desmintiera ese espíritu conspirador: era alto, pálido, callado y observador, vestía levita con elegancia británica y llevaba barba y gafas de monóculo. Sin embargo, Salvochea no volvió a casa para continuar con el negocio familiar sino para subvertir el orden establecido. Se convirtió en un activo militante del conocido como Partido Demócrata, una escisión del viejo progresismo al que había pertenecido su padre como regidor o concejal en su día del Ayuntamiento de Cádiz. Los demócratas llevaban tiempo avanzando en un republicanismo de corte socialista premarxista y tenían potentes altavoces en la prensa gaditana de la época. También daban cobijo a la importante célula de conspiradores que, por un lado escribiendo propaganda destinada a ser impresa y, por otro, en la clandestinidad, se fueron ganando el favor de las guarniciones del Ejército en Cádiz y Ceuta predisponiéndolas, poco a poco, al derrocamiento de la monarquía borbónica.

El reinado de Isabel II agonizaba desde hacía tiempo y muchos generales del Ejército y la Armada estaban cada vez más descontentos. Los sectores moderados y progresistas abandonaban el viejo régimen liberal en descomposición, desafectos por la deriva reaccionaria de un Estado controlado a todas luces por la camarilla de palacio. Salvochea trabajó con ahínco entre bastidores preparando el terreno para la definitiva insurrección general de 1868. Pronto, no obstante, quedaría desengañado por el alcance del levantamiento acaudillado por Prim e iniciaría su propio camino de rebeldía federalista. Es decir, muy pronto, ya con las Cortes Constituyentes del nuevo régimen en marcha, Salvochea y otros muchos patriotas que habían arriesgado sus vidas en el destronamiento de los borbones se sintieron traicionados por los rectores de aquel golpe, que no pensaban en ninguna clase de solución republicana para el futuro de España sino en sortear su corona entre los postulantes que mejor complacieron los intereses de Francia, Inglaterra y Prusia, las grandes potencias europeas del momento.

Ya tenemos aquí los intereses de la nación supeditados a los de nuestros vecinos, tónica habitual desde el reinado de Fernando VII y hoy, qué decir, política maestra de la gobernación de España. Salvochea se opuso a esto de tal modo que puso patas arriba Cádiz con una partida de los Voluntarios de la Libertad a quienes comandaba y que fueron derrotados por las tropas del gobierno a principios de 1869. Comenzó así el primero de sus muchos periplos por la cárcel y el exilio. En aquella época los proscritos no cobraban un sueldo de diputado por delegación como pasa ahora con los cabecillas de golpes de Estado huidos en países socios y aliados de España. Tampoco se paseaban por el mundo a costa del erario público. Levantarse contra el Poder tenía graves consecuencias personales y desde luego no se hacía desde el Estado como en el caso de los golpistas catalanes de 2017. Aquel motín federalista dio con sus huesos en el castillo de Santa Catalina y lanzó su popularidad en la ciudad, hasta el punto de que, en prisión, fue votado en masa y elegido diputado para esas mismas Cortes Constituyentes que se estaban preparando para el otoño de ese año. No se admitió su acta y, no obstante, fue indultado. Cuando meses después las Cortes decidieron optar de nuevo por la monarquía en la persona, esta vez, de un príncipe de la Casa de Saboya, Salvochea se echó otra vez al monte. Los demócratas prendieron fuego a la sierra de Cádiz y a la campiña de Jerez. Con Salvochea de nuevo a la cabeza de la insurrección, la revuelta dio los primeros mártires a la causa revolucionaria española y santificó su joven figura, de golpe convertida en la de un héroe popular sobre todo por su actitud valiente y altanera en la derrota. En esta ocasión la huida de la represión, que fue feroz, lo llevó, vía Gibraltar, hasta Londres y París. Ya era miembro de la Primera Internacional y estaba a punto de mutar en uno de esos «apóstoles de la Idea» que describe Hans Magnus Enzensberger en El corto verano de la anarquía.

El utopismo de Owen y el comunitarismo de Fourier tuvieron en la Andalucía Occidental de las revoluciones liberales un ancho y propicio campo para germinar y expandirse. Era una tierra configurada en latifundios y cortijos por el proceso histórico de la Reconquista, las fallidas desamortizaciones de consecuencias siniestras para las clases trabajadoras y los abortados intentos de industrialización. El socialismo de Salvochea es de un humanismo profundamente cristiano a pesar del intenso anticlericalismo y de la irreligiosidad manifiesta del personaje: cree en la bondad innata del individuo y en el poder perverso que tiene la propiedad privada para viciarlo y estropearlo. Era un hombre austero que hacía gala de su sobriedad y conforme la edad y los vaivenes de la vida revolucionaria que llevaba lo fueron baqueteando en el presidio y la pobreza, fue alcanzando un grado de ascetismo casi místico que sin duda acentuó su carisma natural y agrandó el aura de mártir de que gozaba en Cádiz. Desde muy joven Salvochea, que actúa más que escribe o habla, denuncia la prostitución, la esclavitud de las modas, las condiciones de vida del proletariado urbano, los usos y costumbres burgueses y la miseria moral e intelectual de la sociedad de su tiempo, a la que juzga severamente. Su retórica, es verdad, se acerca a la de los puritanos, sobre todo en lo referente al alcohol aunque, también hay que decirlo, se manifiesta proclive al amor libre, en buena onda con aquella severidad moral del primer anarquismo militante. Aunque dejó testimonios de su antibelicismo, antimilitarismo y pacifismo militante, Salvochea contempló también la «eficacia» de «la propaganda por el hecho», es decir el terrorismo, en su transición al anarquismo. En su exilio parisino, Salvochea participa brevemente en la guerra abierta entre los revolucionarios franceses y «Napoleón el Pequeño». Como deja constancia Pedro Vallina, otro de los anarquistas andaluces de referencia y discípulo, además de biógrafo, de Salvochea en su vejez, el gaditano creía en la utilidad de la violencia para destruir al Estado burgués aunque jamás interviniera personalmente en ningún atentado terrorista. La amnistía que siguió a la proclamación de Amadeo I como rey de España le abrió las puertas de Cádiz otra vez, adonde llegó siendo prácticamente alcalde por aclamación popular.

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