Yo también estaba perdido y hallé en la Mancha, caminando por pueblos desiertos y oyendo la banda sonora de los pájaros, la paz que anhelaba. Esta tregua con mis demonios interiores se la debo a don Francisco de Quevedo y Villegas. Me buscaba a mí buscándolo a él en la pequeña patria de su último año de vida, en el Campo de Montiel, escenario de la extravagante amistad entre Alonso Quijano y su escudero Sancho Panza.
¿Qué sabía yo de Quevedo a estas alturas, cuando un cantante canario le ha robado, entre la juventud robusta y engañada, la preeminencia del apellido? Del escritor leí, en mis tiempos de escolar, El Buscón; en el instituto me contaron que fue gran poeta del Barroco, deteniéndose en su rivalidad con Góngora; recitaríamos la letrilla Poderoso caballero es don Dinero y puede que alguna profesora se refiriese a su misoginia. Y, claro está, el célebre retrato que Velázquez le pintó: con su media melena rojinegra, bigote medio borgoñón y mosca; sus quevedos (“poeta de cuatro ojos”, se llamó), vestido de negro y con la cruz-espada de Santiago. Ingresó en la Orden de Santiago en 1617. Uno de sus destierros se lo ganó por defender que el apóstol fuese el patrón de España, frente a los partidarios de que santa Teresa compartiese ese honor, entre ellos el conde-duque de Olivares. La historia acabó dándole la razón al escritor.
He dejado atrás la provincia de Albacete. Paro a tomar café en el bar La Parra, en Villanueva de la Fuente. Al igual que en otros bares de la Mancha, tienen puesta la televisión pública y sólo admiten pagos en efectivo. Nada especial tiene el ambiente. Antes de marcharme releo un recorte de prensa sobre un texto inédito del maestro, titulado Desconsuelos de los dichosos, para que reconozcan los peligros de serlo y sepan prevenirlos. Otro manual para el buen gobierno. Quevedo es inagotable. Cuántos papeles con su firma habrá perdidos en archivos públicos y privados. Prosigo el viaje y me voy deteniendo en los pueblos que salen a mi paso. Es un placer conducir solo por la carretera. Me limito a adelantar a algún tractor. Los campos están verdes porque ha llovido hace poco.
En Villahermosa me acuerdo del maestro Azorín, hoy casi olvidado. Puede que no haya habido un escritor que haya descrito, con tanta belleza, la trágica soledad de los pueblos manchegos. Así lo refleja en La ruta de don Quijote, publicado en 1905 con motivo del tercer centenario de la primera parte de la novela de Cervantes. Las calles de Villahermosa están vacías. Un obrero, subido a un andamio, rompe el silencio picando la fachada de una casa. Tres mujeres cuchichean en la puerta de la iglesia de la Asunción. Pienso en cómo sería este pueblo hace cuatro siglos, cuando Quevedo era ya un autor célebre. Aquellas soledades serían las nuestras; me sobrecoge la tristeza desnuda de esta tierra de hidalgos, en la que no se ven jóvenes y un anciano encorvado, que camina apoyándose en un bastón, me saluda sin conocerme.
Pararé también en Fuenllana, donde los pájaros han tomado la plaza del Convento. El ayuntamiento y una iglesia ocupan hoy lo que fue el antiguo convento de los agustinos.

En un lugar de la Mancha que tanto ha dado que hablar
Fuenllana es la última parada antes de llegar a Villanueva de los Infantes, en la provincia de Ciudad Real. Me pregunto cómo he dejado pasar más de media vida para visitarlo. Sólo por ver su plaza Mayor merece viajar desde la Conchinchina. Paseo por calles empedradas de historia y arte. Los vecinos de Infantes reclaman para sí el título de “un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”. Hay incluso un estudio de la Universidad Complutense que así parece confirmarlo. Pensase o no Cervantes en ella al escribir el Quijote, por esta villa ha pasado la historia de España. Aquí Quevedo murió, en el convento de Santo Domingo, el 8 de septiembre de 1645. Su último año de vida los pasó en este pueblo, primero en la casa de la viuda de su amigo, el gramático Bartolomé Jiménez Patón, y después en la celda que los dominicos le cedieron en el convento, donde vivió seis meses. La celda se divide en una estancia donde se conserva su escritorio original, y un dormitorio desde el cual el escritor seguía la celebración de la misa.
Estoy solo en la celda. Es austera para quien conoció la pompa y la vanidad de los palacios, fuesen los de Madrid, Valladolid o Nápoles. Recogimiento y silencio, “el maravilloso silencio” cervantino. Estas paredes conocieron las penalidades de Quevedo. Los médicos —a quienes fustiga en Los sueños— lo martirizaron haciéndole sangrías. Quevedo estaba enfermo de disentería, como le confiesa en una carta a su amigo Francisco de Oviedo, tres días antes de morir. Ya no podía escribir, se limitaba a dictarle a un mozo. Dictó cartas, retocó su Vida de Marco Bruto y dio el visto bueno a su segundo testamento —al parecer, el primero lo invalidó al conocer que un criado le había robado—, en el que dejó como heredero a su sobrino Pedro Alderete, editor de su obra. Este testamento está expuesto en la casa-museo de Torre de Juan Abad.
Al día siguiente de llegar a Infantes, donde me alojo en un hotel de la calle Cervantes, me desplazo al pueblo que representaría tantas cosas para el escritor: un verdadero quebradero de cabeza por las deudas que los vecinos se negaban a pagarle, como lo había sido antes para su madre —hasta 22 pleitos tuvo con la villa—; prisión donde fue desterrado, pero también “dulce retiro”. En unos versos cuenta cómo llega con 33 años a Torre de Juan Abad, huyendo de la Corte, “a vivir en paz conmigo”, y, dichoso de él, se recrea “mirando rastrar los trillos” en las eras. Hasta procura “hacer un güertecillo” en su casa, según recuerda el escritor José María Lozano en Francisco de Quevedo desde la Torre de Juan Abad.

Vega, la guía de la casa-museo, me acompaña durante la visita. Me dice que el escritor, entre idas y venidas a Madrid, estuvo siete años en Torre de Juan Abad. La primera vez que la pisó fue en 1610. En la calle llegó a alojarse Felipe IV, que mandó destrozar la cama que le habían asignado por no ser de su gusto. De la casa se conserva muy poco: la fachada, un pozo, un sillón de madera y el tintero de loza azul de Talavera con el que Quevedo mojaba su pluma ácida y soberbia. La exposición permanente muestra, entre otros objetos, su testamento definitivo y ediciones prínceps de algunas de sus obras, como el sueño El mundo por de dentro, escrito en esta casa.
Oriundo de La Montaña de Santander, Quevedo adquirió el señorío de Torre Abad, en subasta pública, en 1621, lo que consideraría un triunfo después verse burlado por los vecinos en su deseo de cobrar las deudas. Su condición de señor de la villa le otorgó el privilegio de sentarse en un lugar destacado en la iglesia de Nuestra Señora de los Olmos, donde santa Teresa de Jesús paró a celebrar la eucaristía en su trayecto hacia su fundación carmelita de Beas de Segura. Siempre que podía, el escritor marchaba a la ermita templaria de la villa, donde habita el olvido y los pájaros revolotean sobre mi atolondrada cabeza. Esta ermita conoció también los pasos y las oraciones de Jorge Manrique y su mujer, doña Guiomar de Castañeda.

Comprometido en la defensa de su “desdichada España”
En la casa de Torre de Juan Abad —a la que Quevedo se refería como “la aldea”— se curaba de las intrigas de la Corte, en una España que había iniciado su decadencia con los Austrias Menores. Comprometido con su tiempo, dispuesto a ensuciarse las manos por su “desdichada España”, jugó la carta de política, y perdió. Fue agente y confidente de Pedro Téllez-Girón, el duque de Osuna, virrey de Nápoles y Sicilia. Se le acusó de participar en la conjuración de Venecia. Salvó la vida disfrazándose de mendigo y hablando el dialecto de la zona. Quevedo hablaba varios idiomas y era conocido por su gran cultura. Estudió en el Colegio Imperial de los jesuitas y en la Universidad de Alcalá de Henares. A la Torre de Juan Abad se desplazaba con una biblioteca portátil de cien volúmenes. Es más, tenía una mesa con ruedas para estudiar en la cama.
Nadie como él retrató la corrupción en la Corte, la inepcia de los validos y la abulia de los reyes. Sus escritos son un lamento sobre los muros de la patria. Ramón Gómez de la Serna le reprocha, en una biografía olvidada, que derramase tiempo y talento en poner su pluma al servicio de la política. Borges habla de la “gloria parcial” de Quevedo por no vincularse fácilmente su nombre a un libro. Pero como “hijo de España” que se reclamaba, no podía callarse ante tanta podredumbre. Y sabía a lo que exponía. Llega a escribir el verso Donde hay poca justicia / es peligroso tener razón. La cólera quevediana, como así la llama la poetisa cubana Fina García Márquez, rechaza componendas. O todo o nada. El “gran insultador”, en palabras de Ramón, se enfrenta al conde-duque de Olivares (morirá un mes antes que el escritor). Le acusan de ser el autor de un memorial que Felipe IV encuentra debajo de una servilleta. En él se critica el gobierno de los poderosos de entonces. La venganza real no se hace esperar. En el palacio de los duques de Medinaceli es apresado y conducido, medio desnudo, a la cárcel de San Marcos en León, donde sufrirá presidio cuatro años. Saldrá muy enfermo. Permanecerá en Madrid unos meses, tiempo que aprovechará para trabajar en el Marco Bruto, y después pondrá rumbo a la Torre de Juan Abad.
Viendo que su enfermedad se agrava, pide ser trasladado a Villanueva de los Infantes, donde hay médico y boticario. Nada pudieron hacer por curar a quien había escrito que vivir es ir muriendo cada día, desde la cuna hasta la sepultura. Nos lo imaginamos rezando en la celda, esperando la indulgencia de Dios, en quien se refugió después de una juventud disipada. Quevedo sufre una crisis existencial en 1613. Se refugia en la cruz pero también en las lecturas de Séneca y Epicteto. Un cristiano viejo pasado por la templanza de los estoicos.
En los últimos meses de vida, con pie y medio en el estribo, este artificiero del verbo hace repaso de su vida. ¿Pensaría en su fugaz casamiento con la viuda doña Esperanza de Mendoza? El escritor tenía 54 años al contraer matrimonio, lo que fue motivo de chanzas entre sus adversarios. La convivencia duró tres meses. Imaginaría a las putidoncellas que conoció. Quevedo, amasijo de contradicciones, el misógino que descargó su ira contra las mujeres, quizá por verse rechazado por muchas de ellas, escribe el soneto de amor más bello en la historia de la literatura española. Polvo serán, más polvo enamorado.
La niñez, la infancia vivida en la Corte, volvería de la mano de la caprichosa memoria. Su padre, don Pedro Gómez de Quevedo, murió cuando el hijo tenía seis años, y la madre, doña María de Santibáñez, lo abandonó a los 20 años. ¿Y sus enemigos? ¿Los recordaría don Francisco en su lecho de muerte? ¿Perdonaría tantos romances, letrillas y sonetos a su costa? Góngora, a quien desahució de su casa; Juan Ruiz de Alarcón y otros adversarios menores. Le reprocharon su afición a la bebida (San-Trago y Que-bebo, le llama el cordobés) y se ensañaron con su cojera, su miopía y su joroba; sólo le sobrevivieron dos dientes; carecía del atractivo de un donjuán como Lope, que fue su amigo.
Seguramente, en las horas últimas, sereno y melancólico, los perdonaría a todos buscando la paz con Dios, sabedor de la fugacidad y el sinsentido de la vida. “Todo es caduco, todo enferma, todo muere”, escribe.
Enterrado lejos de Madrid, en contra de su voluntad
Está enterrado en una cripta de la capilla de los Bustos, en la iglesia de San Andrés, de Villanueva de los Infantes. Jesús, el guía que me enseña los tesoros del pueblo en compañía de un matrimonio de valencianos, me explica que el escritor pidió ser enterrado en un panteón familiar en Madrid, pero al muerto no le hicieron caso. Otra versión apunta a que su deseo incumplido fue que sus restos, sometidos a un trajín inhumano durante siglos, descansaran en la iglesia del convento de Santo Domingo, donde pasó sus últimos días.

Anochece en Infantes y paseo por calles tímidamente iluminadas, habitadas por los fantasmas de familias patricias; aquella nobleza que trató y a menudo denostó nuestro paticojo genial, de carcajada negra y certera, valiente como pocos escritores ha habido en esta España que agoniza, hoy como ayer, entre la indiferencia de la población y la vesania de los que mandan. ¿Dónde están los Quevedos de nuestro tiempo para denunciar los abusos de los hombres de poder? No se ven, no se oyen, no se leen.
Vienen al caso los siguientes versos:
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Cuando regreso al hotel, regentado por un matrimonio amable y hacendoso (Amparo y Ramón), cruzo por una plaza Mayor vacía y saludo a don Quijote y Sancho, inmortalizados en las estatuas de Giraldo. Una pandilla de gorriones alborotados me da las buenas noches. Ya en mi habitación, bautizada con el nombre de la musa Calíope, me duermo leyendo el soneto “Desde la Torre”, y así, retirado en la paz de estos desiertos manchegos, por fin encuentro la paz conmigo mismo.
