En la frontera de Irán: «Aquí nadie quiere una guerra, pero mucho menos a este sanguinario régimen»

Si Pedro Almodóvar fuera armenio, además de director de cine, no sorprendería a su población colocando por doquier ladas soviéticos para tratar de adaptar sus planos al siglo pasado. Porque en pleno 2026, la frontera que separa a Armenia –ex miembro de la URRS hasta la desintegración de la misma– con Irán, no es más que un amasijo de automóviles Lada en un sorprendente buen estado que complican, junto con los obsoletos edificios de viviendas, el poder comprender por qué año transita uno, cuando el mayor miedo sería toparse en algún restaurante de shawarma con Iósif Stalin y su Politburó, tanto vivos como disecados. 

Meghri es un pueblo armenio perdido –el más sureño de la primera nación cristiana de este planeta– al que se llega tras atravesar la violenta cordillera de Zangezur, que colmada de nieve hasta las cejas, convierten el paisaje, en buena parte del año, en un incendio visual blanquecino adosado por alucinantes desfiladeros. Pero al llegar a la citada localidad, uno acepta que el mundo islámico está muy cerca –a sólo doce kilómetros la frontera con Irán; multitud de camiones acarreando petróleo siguen comerciando mientras ignoran la guerra abierta con los Estados Unidos e Israel– cuando las reminiscencias de su pasado soviético siguen dominando un lugar anclado en el tiempo. 

(Fotografía de Mar Mas Oliva)

El trayecto hacia el paso fronterizo de Agarak es complejo. Decenas de policías y agentes secretos van y vienen en coches a toda velocidad frenando fílmicamente –en seco y levantando polvo tras hacer sonar los neumáticos– cuando el que escribe se detuvo ante la verja que, en paralelo al río Arks, divide a ambas naciones con intenciones fotográficas. Y como no podía ser de otro modo, y por mucho que los medios de comunicación habituales nos cuenten lo contrario, al menos en ese paso fronterizo la calma es absoluta cuando los camiones cargados de crudo entran a Armenia y regresan a Irán, ya vacíos, cada dos por tres. Pero además de comercio de hidrocarburos, necesario para una Armenia que depende en exclusiva de Irán y Rusia para la gasolina y el gas, también existen persas que atraviesan a pie el vetusto puesto fronterizo, ataviado, como casi siempre en estos casos, por una inmensa bandera de la República Islámica de Irán. 

Hanna –nombre simulado aunque muy cercano al real– espera a su madre que debe acceder a Armenia tras un viaje larguísimo desde Teherán. Ella, expectante, me cuenta que ha tenido que viajar desde Austria, donde reside, hasta este punto perdido de la faz de la tierra, único paso a pie que el gobierno de los ayatolás sigue respetando por su amistad interesada con Armenia. “Mi madre se quedó atrapada al comienzo de la guerra. Ambas vivimos en Viena. Todo está siendo una odisea. Y he venido a salvarla”. ¿Salvarla?

Según la primera iraní dispuesta a soltarse el pelo contestando a nuestras preguntas, “vivimos un régimen de terror. Y sí, es cierto que, por ejemplo, las mujeres tenemos muchos más derechos que las afganas, pakistaníes y hasta que las azeríes. Pero seguimos a años luz de las libertades de Occidente. Además, la queja del pueblo iraní contra sus líderes va mucho más allá del desprecio de estos hacia las mujeres”, añadió Hanna. 

“De todas formas no trates de entrar a mi país ni con visado. Creerán que eres americano y te detendrán con el cargo de espionaje. Para el régimen todos, incluido los iraníes, somos espías si nos dedicáramos a hacer preguntas sobre la guerra o simplemente cuestiones molestas. Y tú eres periodista. Ten mucho cuidado”, me aconsejó. En una noticia de hace un par de días, se confirmó que Irán, al menos, ha incautado alrededor de 150 equipos de Starlink, una antena creada por Elon Musk que, conectándose a satélites que cruzan el cielo, permite acceder a internet esquivando a las autoridades locales. El problema es que sin acceso a la red son muchos los iraníes –además de extranjeros, periodistas o no– que tratan de utilizar este sistema de comunicaciones, que cuando son confiscados, arrastran en no pocos casos a sus dueños hacia el presidio, sobre todo si estos fueran locales. 

(Fotografía de Mar Mas Oliva)

Cuando le comenté a Hanna que era español y lo que nuestro presidente, Pedro Sánchez, había comentado públicamente con aquel no a la guerra, sonrió antes de asestarme una cornada de pronóstico reservado: “El pueblo iraní no quiere ir a la guerra. Evidentemente. Pero mucho menos desea que el régimen de los ayatolás se postergue otros cuarenta años. Estamos muy hartos”. 

Otro asunto que pervierte la tranquilidad de Hanna ha sido comprobar cómo en Occidente la inmensa mayoría de los medios de comunicación tradicionales mostraban imágenes de manifestaciones populosas apoyando al régimen iraní. Este hecho siempre ha sido traducido como una reacción del pueblo persa que decide unirse, ignorando sus reclamaciones al poder, para luchar contra el invasor extranjero. “Mira, los que se manifiestan en Irán apoyando al régimen totalitario tienen intereses con ellos o son trabajadores del gobierno o son sus propios familiares. El porcentaje de apoyo a los líderes es bajísimo, incluso durante esta guerra. De todas formas debes comprender algo: el poder iraní estimula la manifestación a su favor, cuando reprime con detenciones y muertes a los que se reúnen en su contra. Por eso la gente tiene mucho cuidado de poder expresarse libremente en público y, mucho menos, de protestar contra el gobierno”, añadió. 

Hanna recibe en su móvil el mensaje de su madre que ya camina en la tierra de nadie entre ambos puestos fronterizos cuando termina su declaración con otro golpe de gracia: “Sé que puede sonar a exagerado para Occidente, pero buena parte del pueblo iraní, o sea, la mayoría, deseamos que tanto los Estados Unidos como Israel acaben con el régimen. Son nuestra única esperanza y quién sabe si la última. De otra forma, no regresaré jamás a mi país”, culminó. 

(Fotografía de Mar Mas Oliva)

Ahmed tiene 34 años y es de la ciudad iraní de Mashhad, semifronteriza con Turkmenistán y Afganistán. El pasado mes de mayo, y tras las manifestaciones de enero, una de las mayores olas de protestas recientes en el país que se hicieron famosas por la brutal represión estatal, decidió acercarse hasta Armenia preparando su futuro cercano: “Soy diseñador gráfico. Y sin internet no  puedo trabajar. O sea, no puedo comer. Y mi país lleva buena parte de 2026 sin acceso a la red”. Tras comprobar que Armenia facilita la documentación necesaria para poder vivir una vida relativamente tranquila, hoy cruzaba la frontera con su vida incrustada en su maleta: su torre de ordenador personal. “Hasta ahora mismo no he sabido prácticamente nada de lo que ocurría en mi país. Al menos ahora sí tengo acceso a internet”, afirmó. 

Tras más de treinta horas de viaje en autobús, aseguró que rezaba cuando el policía de frontera le revisaba su pasaporte, el cual finalmente selló. “Yo ni soy político ni defiendo a ninguna de las dos alas; yo sólo quiero vivir en paz y sin miedo”. De hecho, no nos autorizó a grabar la entrevista por miedo a represalias. “En mi país no es fácil poder expresarse libremente. Y lo peor son las consecuencias si los espías te descubrieran. Y no quiero represalias contra mis padres”, añadió. 

A cuentagotas, los iraníes van saliendo sin un destino claro aunque sí con un fin concreto: alejarse no ya de la guerra, sino aprovechándose de ella, poner tierra de por medio del régimen totalitario de Mojtaba Khamenei, recientemente aupado al máximo cargo que cedió su padre, Alí Khamenei, que desde 1989 vino dirigiendo a toda la república islámica, centrándose en las fuerzas armadas y los cargos claves del Estado, hasta que el pasado 28 de febrero falleció tras una operación conjunta de los Estados Unidos e Israel a través de un ataque aéreo. 

(Fotografía de Mar Mas Oliva)

Como en cada paso fronterizo los taxis pirata tratan de hacer su agosto. A Ahmed le quieren cobrar 15.000 drams –unos 36 euros– por un trayecto hasta la ciudad de Kapan, la principal del sur aunque alejada de la frontera iraní en 35 kilómetros, que suele costar sólo la mitad. Y de nuevo, armenios con equipos de camuflaje se acercan para advertirme que no tome ninguna foto bajo amenaza de arresto. Esta vez me fotografían el pasaporte. Rusos vestidos de paseo también te siguen si no comprenden qué hace un español en la frontera con Irán. Desde los años 90 muchos de estos efectivos operan en lugares clave como fronteras armenias cooperando con las autoridades locales, que muchas veces se ven sobrepasadas ante situaciones que exceden la normalidad, como por ejemplo, una guerra que amenaza con ser mundial al otro lado de la verja. 

Joaquín Campos, frontera armenio-iraní, Mehgri

(Fotografía de Mar Mas Oliva)

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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