Escritores frente al terror rojo

La publicación de los diarios de Concha Espina revive la tragedia de autores perseguidos por las autoridades republicanas en la guerra civil

Concha Espina tuvo la suerte que les faltó a Pedro Muñoz Seca y Ramiro de Maeztu al comienzo de la guerra civil. Estos murieron asesinados, uno en Paracuellos y el otro en Aravaca, a manos de milicianos republicanos. La escritora, por el contrario, salvó la vida al cabo de un año de estar prisionera en su casa de Luzmela (Cantabria).

Espina relata ese periodo de miedo y penurias en Diario de una prisionera, que ha visto recientemente la luz gracias a Ediciones 98. El libro, que abarca desde el levantamiento militar hasta la toma de Santander por las tropas del general Franco en agosto de 1937, fue publicado un año después.

Concha Espina (en la fotografía, con su hija Josefina) fue una intelectual reconocida en la II República. Defensora del sufragio femenino y del divorcio, fue amiga de Clara Campoamor. La deriva del régimen, especialmente a raíz de las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, la horrorizó. Ella era católica, una persona de orden. Por eso, cuando se enteró de la rebelión del ejército de África, respondió con un “¡Arriba España!”.

La autora de El metal de los muertos, candidata al Nobel de Literatura en tres ocasiones, salvó la vida de milagro, demostrando a veces una valentía rayana con la temeridad, en el trato con los milicianos que iban a requisar su casa de Luzmela, o le pedían dinero para seguir viva. Era la bolsa o la vida. Y Espina se quejaba de carecer de las pesetas que le exigían porque era una escritora sin trabajo porque el Gobierno del Frente Popular había cerrado los periódicos en los que colaboraba.

El diario refleja la desesperación, la esperanza, las dudas y la religiosidad a la que se agarra una mujer que vive la guerra en la zona roja. Entre otros hechos, la autora cuenta los asesinatos de personas de derechas —algunas de ellas amigos y conocidos de la familia— que aparecían en las cuentas al amanecer; las requisas, el funcionamiento de las checas, la prohibición de las misas, la destrucción del patrimonio religioso, las mentiras de los periódicos incautados por las izquierdas, y el trágico final del buque-prisión Alfonso Pérez, donde se hacinaron cientos de detenidos por el Frente Popular.

Liberales y falangistas, bajo la amenaza izquierdista

La reciente publicación del Diario de una prisionera (Esclavitud y libertad) rescata la persecución que padecieron escritores e intelectuales de un espectro ideológico amplio —desde el liberalismo hasta el falangismo— por orden de las autoridades republicanas, especialmente durante el primer año de la contienda. Poco se ha escrito sobre ello, o si se ha hecho no se la concedido la relevancia merecida por razones políticas, porque es notorio que la memoria histórica cojea cuando se trata de arrojar luz sobre los crímenes del régimen del Frente Popular.

La suerte de estos escritores, tachados de enemigos y quintacolumnistas por los partidos y sindicatos de izquierda, fue distinta según las circunstancias de cada uno. Todos compartieron la mala “suerte geográfica” de que la rebelión militar les pillase en provincias donde el golpe de Estado fracasó.

Wenceslao Fernández Flórez

Uno de esos escritores fue Wenceslao Fernández Flórez, autor de la novela El bosque animado, llevada al cine en los años ochenta. En su libro El terror rojo (Ediciones 98), serie de crónicas sobre el Madrid y la Valencia republicanas durante el primer año de la guerra, se lamenta de que un viaje a Lisboa se frustrase a última hora, lo que le obligó a quedarse en Madrid el 18 de julio. Fracasado el golpe en la capital, se dio cuenta de que él, notorio columnista parlamentario de ABC, podía sufrir la ira izquierdista. No se equivocó: otros compañeros del diario monárquico fueron asesinados esos primeros meses de la contienda. Entonces comenzó su periplo angustioso por casas particulares y dos embajadas —las de Argentina y Países Bajos— hasta que fue trasladado a Valencia, entonces capital de la República. Allí se escondió en la casa del cónsul holandés, que le acompañó en coche hasta Francia meses después. Del país vecino pasó a San Sebastián, refugio o estación de paso de escritores no afectos al régimen.

Foxá y su ‘Madrid de corte a checa’

Agustín de Foxá se encontraba en Madrid cuando estalló la guerra. Por su ascendencia aristocrática y militancia falangista, estuvo a punto de ser fusilado. Logró salvar la vida cuando lo enviaron a Bucarest como diplomático, en agosto del 36. Su novela Madrid de corte a checa, maldita y brillante, escrita en clave autobiográfica, narra el horror en la retaguardia republicana, en la tercera parte del libro, titulada Hoz y martillo. En las dos anteriores, describe la caída de la monarquía de Alfonso XIII y el advenimiento y posterior colapso de la República.

El protagonista de la historia es José Félix Carrillo, joven de buena familia, que ve cómo palidece su inicial fervor republicano ante la deriva del régimen del 14 de abril. En los primeros meses de la contienda, José Félix debe esconderse y falsificar su identidad para sobrevivir. “Se fusilaba por todo, por ser de Navarra, por tener cara de fascista, por simple antipatía”, escribe el conde de Foxá, falangista y amigo de José Antonio.

El autor, considerado el Valle-Inclán de derechas, narra los registros en domicilios particulares, el robo de las pertenencias a los ‘paseados’ antes de ser fusilados, el macabro desenterramiento de monjas por milicianos, las embajadas atestadas de refugiados, los asesinatos en la cárcel Modelo, la venganza de campesinos desplazados a Madrid para rendir cuentas con los “señoritos”, la muerte de falangistas quemados vivos en pozos, la destrucción y el saqueo del patrimonio de las iglesias y la actividad frenética de los cientos de checas que funcionaban en Madrid. Se lee en la novela: “Llamaban al robo requisa, y al crimen, limpieza de la retaguardia”.

¿Qué hicieron los gobiernos de José Giral y Francisco Largo Caballero para frenar aquella espiral de odio y violencia? Lo aclara Foxá: “El crimen estaba perfectamente organizado. Por primera vez en la historia, todo el mecanismo burocrático de un Estado era cómplice de los asesinatos”.

Foxá acabó la novela en Salamanca en septiembre de 1937, cuando la suerte de la guerra no estaba decidida. Se publicó en San Sebastián un año después.         

    

El falso fusilamiento de Sánchez Mazas

Otro escritor que vio peligrar su vida fue el falangista Rafael Sánchez Mazas, al principio refugiado en la Embajada de Chile, después hecho prisionero en el barco Uruguay, frente las costas catalanas, y después sometido a un fusilamiento en el santuario del Collell, en la provincia de Gerona, del que salió con vida. Lo cuenta Javier Cercas en la novela Soldados de Salamina, también llevada al cine.

Miguel Mihura, también falangista, huyó de Madrid a San Sebastián cuando vio que su vida corría peligro. No en vano, la revista El Mono Azul, controlada por Rafael Alberti y el católico marxista José Bergamín, tenía una sección titulada A paseo, donde ser mencionado equivalía a ser víctima de los tristemente famosos paseos.  

De ese Madrid en llamas, donde el republicano José Giral aceptó armar a las masas, huyeron también intelectuales que en un primer momento apoyaron al régimen del 14 de abril. Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Marañón encabezaron la Agrupación al Servicio de la República en las elecciones de 1931. Obtuvieron acta de diputados. Ortega fue el primero en desencantarse con el régimen con su célebre “No es esto, no es esto”. Pérez de Ayala fue nombrado embajador en Londres, cargo del que dimitiría en 1936. 

Agustín de Foxá

Cuando estalló el conflicto, incluso liberales como los mencionados, vieron que podían estar en el punto de mira de “elementos incontrolados” que, como aclaró Fernández Flórez en El terror rojo, de “incontrolados” no tenían nada. Para el escritor gallego, defender que los asesinatos en la retaguardia republicana resultaron “inevitables”, fue una excusa falaz de sus autoridades, cuando esa espiral de odio y violencia escandalizó a la opinión pública europea.

Marañón huye “porque iban a matarnos”

Marañón huyó a París, donde coincidió con otros exiliados como Azorín, Baroja y el pintor y escritor Gutiérrez Solana. Al llegar a Francia, el autor de Amiel declaró al diario Le Petit Parisien que había salido de España “porque iban a matarnos”, según relata su biógrafo Antonio López Vega. Se pronunció a favor de Franco, lo que le ganó las críticas del exquisito Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas.

Ortega, por su parte, fue obligado a firmar un manifiesto en defensa de la República, a poco de estallar el conflicto. Avisado por Julián Besteiro de que agentes del régimen iban a asesinarlo, según cuenta Andrés Trapiello en Las armas y las letras, el filósofo huye en agosto del 36 a Marsella y después a París.

El país vecino acogió también a Josep Pla, conocedor de que la FAI había puesto precio a su cabeza. Escapó con un pasaporte noruego. Una parte de la guerra la pasó en Marsella. Se dice que fue espía de Franco, lo que nunca le fue perdonado por el nacionalismo catalán. Pla tomaba notas de los barcos republicanos que atracaban en el puerto de Marsella para informar a los nacionales. En enero de 1939 entró con las tropas del general Yagüe en Barcelona.

Ramón Gómez de la Serna, padre de las greguerías, confesó sentirse “horrorizado” ante los crímenes de la “revolución”, por lo que decidió también huir a Buenos Aires. A diferencia de otros compañeros de letras, el autor de Automoribundia renunció a vivir en España durante el franquismo.

No todos los escritores que escaparon de la guerra simpatizaron con la España de Franco. Los hubo que pusieron tierra de por medio con el régimen del Frente Popular en el primer año de guerra. Algunos son los representantes de la denominada tercera España. Uno fue Manuel Chaves Nogales, periodista, liberal de izquierdas, de tendencia azañista. Cuando el Gobierno de Largo Caballero huyó a Valencia, ante el avance de las tropas de Franco, se exilió primero a París y después a Londres. Del salvajismo de “los hunos y los hotros” dejó constancia en su libro de relatos, A sangre y fuego.

Clara Campoamor denuncia el horror de la revolución

Otra republicana liberal, testigo de los horrores del terror rojo, fue Clara Campoamor, quehuyó a Suiza al comienzo de la guerra civil. Denuncia este clima de asesinatos y secuestros en La revolución española vista por una republicana, publicada en una edición francesa, en 1937, y después editada por Espuela de Plata. En una de sus páginas dice así: “Desde los primeros meses de lucha, un terror insólito reinaba en Madrid”. Escribe después: “Al principio se persiguió a los elementos fascistas. Luego la distinción se hizo borrosa”. Y otra muestra: “El Gobierno hubiera podido detener los saqueos y la anarquía ya que disponía de la Guardia Civil”. Los testimonios sobrecogedores de Clara Campoamor revelan que sólo una turba adicta al régimen del Frente Popular estaba a salvo en esos primeros meses de guerra.

La “suerte geográfica” benefició a escritores simpatizantes con el bando nacional. La mayoría puso su pluma al servicio de esta causa. A César González-Ruano le pilló la guerra en Bucarest y a Eugenio d’Ors en París. Edgar Neville, que militó en Izquierda Republicana, intentó hacerse perdonar su pasado adhiriéndose al nuevo régimen. Lorenzo Villalonga, falangista, combatió en Mallorca a favor del bando nacional. Eugenio Montes, Ernesto Giménez Caballero y Gonzalo Torrente Ballester también pusieron su granito de arena en favor de Franco.

Desde Concha Espina hasta Clara Campoamor, desde Marañón hasta Pla, la lista de intelectuales que denunciaron los desmanes en la retaguardia republicana es larga y de calidad. Por sí sola desmiente la versión de algunos historiadores y críticos literarios, consistente en que todo el mundo de la cultura estuvo del lado de la República. Los hechos echan por tierra semejante patraña.

Sin embargo, hasta el final de sus días, historiadores como Ian Gibson y otros de su cuerda nos recordarán el asesinato de Lorca: la huida y muerte de Antonio Machado y su madre en Collioure, y la muerte de Miguel Hernández en la prisión de Alicante. Todo ello es cierto y debería ser lección para las futuras generaciones, pero sin ocultar que otros hombres y mujeres, que hicieron de las letras y el pensamiento su medio de vida, también fueron perseguidos, encarcelados y, en algunos casos, asesinados por sus ideas y creencias religiosas. Si se tiene un mínimo de decencia, humanidad y voluntad de concordia, no habría problemas en reconocer esta verdad. Pero, desgraciadamente, sólo hay memoria y homenaje para un bando.

Licenciado en Ciencias de la Información y Derecho. Trabajó en diarios nacionales y regionales durante veinte años. Hoy compagina el periodismo de opinión con su dedicación a la enseñanza. Ha publicado el libro de relatos Alivio de domingo. Escribe de literatura y vida en el blog 'Yo maté a Dorian Gray'.

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