Esperanza en el asedio

En el 50 aniversario de la muerte de Shostakovich (1906-1975)

ACTO I. MUERTE. SEMBLANTE. POSICIÓN POLÍTICA. El Pravda, diario oficial del Partido Comunista soviético, dio así la noticia el día 12 de agosto: «…El fiel hijo del Partido Comunista, Dmitri Shostakovich, falleció el sábado 9 de agosto. Consagró toda su vida a la lucha por la paz y por la amistad entre los pueblos». Firmaba el mismo Breznev. Dada la fama universal del compositor, el mundo entero se enteró de la noticia el mismo sábado 9 de agosto, poco después de la hora de su muerte, las seis y media de la tarde. El pueblo soviético no lo supo oficialmente hasta el día 12, con lo que una vez más, el sistema volvía a descubrir su rostro, aún más perverso cuando sabemos, por los libros de Meyer y Feuchtner, que la noticia de la muerte del gran genio, venía sólo en la tercera página del Pravda de aquel 12 de agosto; la primera y la segunda página estaban dedicadas a la cosecha, a los éxitos mineros y a la entrega de una segadora-trilladora a un benemérito campesino. Con la excepción de los dirigentes, el individuo –la persona en términos humanos– contaba poco en el régimen soviético.

Dos días después de la comunicación del Pravda, el 14 de agosto tuvo lugar la ceremonia fúnebre «entre interminables discursos de poca brillantez, repletos de frases hechas» (Krzysztof Meyer: Shostakovich. Su vida, su obra, su época. Alianza Música, 1995, pg.406). En aquel funeral tocaron, entre otros Roshdestvenski, al piano y Kogan al violín. Rostropovich, uno de los grandes amigos del compositor, afirmó que hubiera dado todo por poder estar y tocar en su funeral, pero el violoncellista, había huido de la URSS el año anterior, tras oponerse abiertamente al sistema.

Hasta poco antes del comienzo de su agonía, Shostakovich no dejó de trabajar. Hombre austero y casi ascético, la composición y el estudio incansable fueron el eje de su vida. Su rostro, de facciones marcadas y gesto concentrado, mostraba la austeridad y casi ascetismo que caracterizó su vida. Sus labios, casi siempre herméticamente cerrados, dejaban intuir que en aquel sistema era mejor trabajar y guardar silencio. Sus lentes, las más conocidas en el mundo de la música junto a las de Schubert, dejaban notar que había que aguzar la mirada, pero mejor callar en aquella URSS. Su legado musical es inmenso. Hablamos de uno de los grandes compositores del siglo XX junto con Stravinski y Bartok. Eligiendo estos tres nombres, el lector podrá intuir que quien escribe estas líneas no es muy dado a las vanguardias, como tampoco lo fue Dimitri Shostakovich, compositor afiliado a la tradición clásica desde la que miraba al futuro, y que no soportaba las inventivas de un Boulez o Varese, de quienes afirmó que no eran otra cosa que «destructores de la música». Y así sentenció al dodecafonismo: «los compositores dodecafonistas no son conscientes de lo perniciosa que es su música, y que corresponde a estados de ánimo completamente anormales, de personas que no creen en el presente ni tienen ninguna luz en el horizonte» (Bernd Feuchtner: El arte amordazado por la autoridad. Turner, 2004, pg.280). No son palabras de un reaccionario, ni de un comunista fanático afiliado al arte realista, son palabras que las afirmaría casi todo aficionado a la música clásica si supiera ocultar su pedantería al dárselas de vanguardista.

Tras más de veinte años atormentado y amenazado por Stalin, con la muerte del hombre de hierro, Shostakovich vivió en cierta cordialidad con el sistema soviético. La llegada de Krushev al poder fue bienvenida por Shostakovich. Krushev, contrariamente a Stalin, nada sabía de arte. Si juzgaba el arte lo hacía en función meramente del fin socialista al que debía servir. Stalin hacía lo mismo, pero sabía apreciar el arte y era capaz de gozarlo cuando su psicopatía criminal le brindaba momentos de descanso. En los años 1959 y 1961, Shostakovich compuso sinfonías como la decimoprimera y la decimosegunda, la primera de las cuales es una descripción programática y genial de la revolución de octubre de 1905 y la segunda una sinfonía titulada «En recuerdo de Vladimir Lenin». Pero ¿fue su música una música antiindividual, sólo con miras al colectivo y a la realización del socialismo? Claramente no. En 1959 escribe su concierto para cello y su séptimo cuarteto de cuerda, obras marcadas por un lírico tono personal e individual, algo que se salía del arte oficial soviético. Viajó poco fuera de la URSS, y las escasas veces que lo hizo fue para recabar premios y honores por todo el mundo, empezando por EEUU. En 1962 formó parte del Soviet Supremo. Lo hizo de forma discreta. No hay que dudar que Shostakovich creía en el socialismo, aunque con reservas que camufló en su obra de manera genial, sobre todo en los años de Stalin, los que van desde sus sinfonías tercera a la novena. Es por ello que analizar su obra en sentido ideológico –con las necesarias claves musicales– resulta fundamental, pues ahí se esconde su más profundo secreto.

Hay quienes han dudado de la simpatía comunista de Shostakovich en los años de Krushev y Breznev. Lo hace Feuchtner (o.c; pg.269). Afirma el citado autor refiriéndose a las sinfonías dedicadas a octubre de 1905 y a Lenin ¿«Qué mayor descrédito a la revolución socialista podía haber en una loa tan clara como esta en un compositor que escondía enigmas en su obra»?

INTERLUDIO. DIVERTIMENTO: Para descansar de tanto ruso –¡cuánto ruso en Rusia! decía el jerezano en el famoso chiste de Eugenio– citaremos al alguacil del capítulo XXII de la primera parte del Quijote, diciéndole a Feuchtner que esta percepción de las geniales sinfonías 11 y 12 sería, como dijo el alguacil, «buscarle tres pies al gato». Dudo que Feuchtner o Shostakovich nos contestaran airados como el hidalgo manchego: «vos sois el gato, el rato y el bellaco». Sirva este interludio para conocer, de paso, el gran amor de Rusia hacia el Quijote, desde Dostoievski hasta Rostropovich, pasando por Kózintsev, y con la excepción del desprecio absoluto que el liberal Nabokov sentía hacia El Quijote. Valídese por favor este desenfadado interludio antes de entrar en una más seria materia.

ACTO II. STALIN Y SHOSTAKOVICH. EL SITIO DE LENINGRADO. 7.SINFONÍA. Hoy 9 de agosto no sólo se conmemora la muerte de Shostakovich, sino una mítica y escalofriante interpretación de su séptima sinfonía «Leningrado». Fue durante el sitio de Leningrado, el 9 de agosto de 1942; es decir, durante uno de los más grandes horrores que conoció la humanidad. La obra fue interpretada por los pocos músicos que quedaban vivos en la ciudad, algunos de ellos murieron de hambre durante los ensayos. Y aquí nos encontramos con la relación de Shostakovich con Stalin. Aquella interpretación de la séptima sinfonía destapó una composición que de forma única y singular infundió ánimo, fuerza y valor a los que estaban viviendo el horror de la hambruna y de la muerte. Esto ha sido contado por quienes asistieron y sobrevivieron a aquel infierno de frío, hambre, desolación, muerte en masa y canibalismo.  Shostakovich estuvo hasta poco antes el comienzo del sitio de Leningrado bajo el punto de mira criminal de Stalin. Consideraba Stalin que el arte de Shostakovich era clásico. Esto le gustaba, pero, en cambio, era demasiado trágico –así su cuarta sinfonía– y no reflejaban bien el «cielo en la tierra» que debía ser el comunismo estalinista. Además, Stalin recelaba y envidiaba el éxito dentro y fuera del país que ya gozaba Shostakovich, como también lo hiciera con Eisenstein e incluso con Gorki. Nadie podía ponerse por delante del gran Padre de la Patria. La ópera de Shostakovich «Lady Macbeth de Mtsensk» estrenada en 1934 fue vista con una sospecha indudable por parte de Stalin. En dicha ópera, se justifica la muerte de un tirano. Una muerte que en la ópera acontece por envenenamiento. Khachaturian y el mismo Stalin escribieron en Pradva contra esta ópera «aberrante». Lady Macbeth no volvió a ser interpretada salvo en una ocasión especial. Stalin la incluyó personalmente en el programa de ópera en 1936, con un solo fin: invitar a Shostakovich a que asistiera con él a la ópera. Meyer lo cuenta con detalle (o.c; p.137 y ss). ¿Qué fin tenía Stalin para invitar a Shostakovich? Mirarle fijamente, con aquellos ojos vacíos, en medio del segundo acto y abandonar el palco. Hasta ese punto llegaba el cálculo y el terror que era capaz de infundir Stalin. Shostakovich no se amedrentó. Fue valiente y en 1937 compuso la quinta sinfonía, llena de tragedia y evocadora de un atmosférico terror que pretendía expresar lo que era el régimen estalinista. Sin embargo, contra pronóstico –la mente de un loco inteligente tiene muchas aristas–, la obra fue aprobada por Stalin. Mi parecer –y esto es una impresión mía– es que a Stalin le agradó ese pavor lírico y terror desolador que inspiraba la obra. Sus súbditos –o esclavos– podrían sentir dicha amenaza si escuchaban la obra (escúchese el primer movimiento de la quinta y también de la cuarta sinfonía). Y, sin embargo, seguía sospechando de Shostakovich. La KGB le interrogó en 1937. Y entonces Shostakovich –ahora sí– experimentó el terror. En muchas ocasiones expresó que esperaba que lo peor llegara de un día para otro… Hasta que llegó la invasión del ejército nazi. Stalin bajó la guardia de sus persecuciones y asesinatos e hizo todo lo posible para unir a la URSS. Tras más de treinta años, volvió a abrir las iglesias, los sacerdotes deportados fueron liberados para animar religiosamente al pueblo. Macabra conciencia de que la religión era para él un opio consolador. Tras la invasión, el mismo Shostakovich quiso alistarse en el ejército rojo para combatir a un fascismo que odiaba tanto como a Stalin. El sitio de Leningrado comenzó en septiembre de 1941. Semanas después, Stalin, que dio órdenes de no abandonar la ciudad bajo pena de fusilamiento, tenía planes para Shostakovich. Sacarlo de allí, a él y a su familia, a fin de componer una sinfonía –la séptima– que infundiera ánimos a la población. En Leningrado desaparecieron todos los perros, los gatos y hasta las ratas, la gente encontraba cadáveres sin brazos o piernas, pues se practicó el canibalismo. Muchos supervivientes lo han confesado tras la muerte de Stalin, quienes lo hicieron antes fueron enviados a presidio. Shostakovich escribió la séptima sinfonía, que se estrenó en Moscú, el 5 de marzo de 1942. Pero cinco meses después de su estreno en Moscú, los habitantes de Leningrado pudieron escuchar ese momento tan singularmente emocionante de la historia, no sólo del arte. La población, famélica, con nada más que 125 gramos de pan al día como alimento, asistió tal día como hoy, 9 de agosto, a aquella interpretación. Muchos analistas han querido ver en el primer movimiento de la sinfonía la descripción de la invasión alemana. El mismo Shostakovich comentó «es la representación del mal». Hasta la misma «tontipedia» mantiene la línea de la invasión. Pero después se fue desvelando el significado de este primer movimiento. Era la representación del mal, en efecto, pero del mal siendo resistido y vencido; la vida luchando y venciendo a la muerte. El verdadero sentido de ese primer movimiento es el aguante, la resistencia, el ánimo ante la desesperación. Tras una lacónica exposición del tema principal, las cuerdas abren un breve espacio lírico de no más de cuatro minutos, en los que el compositor quiere compartir desde Moscú el dolor de los habitantes de su ciudad y de repente suena un tema sereno, lírico –no se trata de la presentación de la paz antes de la invasión–. Suena de repente un tambor, enérgico, decidido y Shostakovich nos presenta un tema similar al del Bolero de Ravel; el del francés, sensual, el del del ruso, espiritual. Todos entendieron el significado de aquel Bolero. Hay documentos sonoros de quienes asistieron. Afirmaban que no importaba el hambre. Cada vez que un giro de aquel milagroso Bolero disonante, de resistencia espiritual y corporal ante la muerte, se metía por sus almas y sus cuerpos, ellos se sentían transportados y sabían que tarde o temprano aquel horror terminaría. En ocasiones lograron ponerse altavoces por la ciudad para escuchar aquella grabación que logró hacerse, hoy desgraciadamente perdida.

Terminada la guerra, Stalin volvió a encerrar a los sacerdotes, a cerrar las iglesias. Las purgas por parte de un Stalin victorioso fueron aún peores que las de antes de la guerra. Shostakovich compuso su octava sinfonía. Tras su estreno, esperó los acontecimientos, pues intuía que el psicópata dictador viera qué misterio se encerraba en esta nueva sinfonía. El comienzo de la octava es absolutamente desolador. Todo parece extinguirse en la nada y en el tercer movimiento aparece el frenesí destructor, la embriaguez del exterminio (escúchese ese tercer movimiento). La marcha militar que oímos a mediados de este tercer movimiento es sarcástica. Se asemeja a una marcha macabra y no a una marcha triunfante. Tras la octava sinfonía, Shostakovich volvió a ser perseguido, pues esta sinfonía fue –según palabras del compositor– «un ataque al nazismo y al estalinismo y un Requiem por las víctimas de ambos bandos». (Cf. Carlos Prieto: Shostakovich. Genio y drama. FCE, 2013; p.89). Shostakovich fue valiente de verdad.  Su proceder no se pareció nada al de Ana Belén o Miguel Ríos gritando «libertad» como adolescentes octogenarios contra el fascismo que, según sus bobas y simplonas fantasías, amenaza a España.

Pero el miedo es también humano, y Shostakovich quiso ser más complaciente con Stalin en su novena sinfonía. Bulgakov, Pasternak, Zoshenko, Ajmatova o Solzhenitsyn no se plegaron, y como tantos otros sufrieron las consecuencias.

Junto a un arte más o menos libre, siempre ha existido un arte servil a un régimen, y dentro de él, artistas con talento y sin él. Hace poco escribía yo en este mismo medio que hoy las masas son herméticas –»masa cerrada» que decía Canetti–, y la masa de «culturetas» que firman hoy alegatos en favor de su líder son los Khachaturian, los Shójolov de hoy. Pero ¡ay! resulta irrisorio hasta la carcajada comparar a Ana Belén, Miguel Ríos o Serrat con el genio de Khachaturian, a Rosa Montero con Shójolov o a Almodóvar con uno de los grandes cineastas del siglo XX, Grigori Kózintsev. Al menos existen unos pocos artistas en nuestro país que, distintamente a estos que acabo de nombrar, y aún partidarios del líder, van ya teniendo ciertas dudas y no están en ningún caso dispuestos a lamerle los pies. Ellos –sólo en esto– pudieran tener algo en común con Shostakovich, aunque la genialidad de este sumo músico no puede compararse con nadie en nuestra España actual. Y por esa genialidad decisiva en el arte del siglo XX le hemos dedicado este modesto homenaje cuando se cumplen hoy cincuenta años de su fallecimiento, sabiendo que el mejor homenaje que podríamos hacer tanto a Shostakovich como a aquella legendaria interpretación de su séptima sinfonía «Leningrado» es escuchar los veinte minutos del primer movimiento de dicha obra. Shostakovich, aquellos músicos y oyentes hambrientos, los miles de muertos en las calles, se sentirían retribuidos. Y nosotros también.

Ceuta, 1972. Doctor en Filosofía y Profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria. Sus últimos libros publicados son 'La melancolía del cristianismo' (Homolegens, 2020) y 'El oído a los cirios' (Cristiandad, 2024)

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