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Exégesis de la regla benedictina

La Regla de los monjes escrita por San Benito, creada originalmente para el cenobita que habitaba las comunidades monásticas, podría ser hoy un manual de conducta para las subcriaturas que reptamos entre las ruinas de Occidente

En mayo de 2017, visité el valle de los Caídos. Era un peregrinaje que tenía pendiente desde hacía años, pero no lo llevé a cabo hasta que me llegó el rumor de que, a instancias de la ONU, el Gobierno español pretendía derribar el conjunto monumental y sustituirlo por un aséptico museo pacifista. Empujado por la urgencia de contemplar ese lugar único antes de su demolición, me acerqué hasta él, más atraído por su dimensión sagrada que por su relevancia histórica. Presté especial atención a su inmensa cruz —la más grande del mundo— y a la abadía benedictina: en un expositor de su tienda descubrí la medalla de San Benito y, en un arrebato, me hice con ella. Acto seguido, busqué un sacerdote que la exorcizara y la bendijera.

La medalla tiene en su cara una imagen de San Benito con luenga barba, túnica y capucha. Y grabadas en el dorso, rodeando a una cruz griega —la crux immissa quadrata, que fue cruz del cristianismo primitivo hasta el Renacimiento— las iniciales de una oración latina que me provocó una metanoia:

«La Santa Cruz sea mi Luz,

no sea el Dragón mi guía.

Vete, Satanás,

no me aconsejes mal.

Ofreces cosas malas,

bébete tú el veneno».

El influjo de la medalla disparó mi interés por la cosmovisión benedictina. Y cuando leí la Regla de los monjes escrita por San Benito, encontré en ella un eficaz antídoto contra la modernidad. Creada originalmente para el cenobita que habitaba las comunidades monásticas, esta regla podría ser hoy un manual de conducta para las subcriaturas que reptamos entre las ruinas de Occidente. Rumiando sus páginas, podremos al menos comulgar con aquel humilde escolio de Gómez Dávila: «Lo único, finalmente, que nos impide avergonzarnos de ser hombres es que hubo monjes».

Origen

La regla de San Benito fue gestada en una época muy parecida a la nuestra. A finales del siglo V, el imperio que se había forjado en torno a Roma sufría un progresivo derrumbe. Nacido en Nursia pero estudiante en la decadente Roma, Benito contempló con sus propios ojos las rapiñas de los bárbaros, la molicie del pueblo y el cáncer de la usura. Harto de miserias humanas, se retiró a una cueva en las montañas de Subiaco, se hizo discípulo del anciano Román y se convirtió en un monje potente y envidiado: tras sobrevivir a dos conatos de envenenamiento, abandonó Subiaco. Su nuevo destino fue la montaña de Casino, a 200 kilómetros de Roma; fundó allí un monasterio que dirigió hasta su muerte, en 547.

Iluminado por las virtudes cristianas, San Benito escribió una regla para ordenar cenobios y orientar a los monjes en el camino espiritual, tan lleno de espejismos y tentaciones. La milenaria permanencia de este texto es su mayor garantía: hoy es la regla matriz de todo el monacato occidental —con variantes según las órdenes— y, en su día, de las hermandades de constructores medievales.

A continuación, ofrecemos al lector un destilado de la regla benedictina, comentado y puesto al servicio del moderno que intenta combatir su propia modernidad. Pero aquel que quiera vivir como un auténtico monje, debe estudiar la fuente original.

Obediencia

En una época que confunde heroísmo con rebeldía y no respeta ninguna forma de autoridad, el monje aborrece el libre albedrío y se entrega a una obediencia inmediata, sin temor, sin frialdad y sin protesta. Esto supone una genuina imitación de Cristo: «Vine, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Juan 6, 38). Lo primero que se le exige a un novicio para ser admitido en un monasterio es obediencia. Ante todo, obediencia al maestro espiritual, que es mensajero de Dios. Y, además, «obediencia mutua»: los monjes deben corregirse los unos a los otros. La desobediencia se pena con castigos corporales, expulsiones y excomuniones.

El laico no vive en clausura, así que no debe tomar esto al pie de la letra. Es más, debe tener cuidado con según qué obediencias. Como apuntó Guénon, «en el mundo moderno todo está al revés», y puede haber reyes satánicos, papas contrainiciáticos y confesores desalmados. En estos casos, hay que obedecer a la voz de la conciencia, que es en el fondo un eco divino.

Silencio

Frente a la constante verborrea que caracteriza al vulgo, San Benito impone el gran silencio: «Rara vez se dé permiso para hablar a los discípulos perfectos, aún cuando se trate de cosas santas y edificantes». El uso de la palabra corresponde al maestro, encargado instruir y corregir, pero incluso él debe hablar lo justo. En los monasterios benedictinos se castiga especialmente el acto de hablar en las horas de la noche. Sólo se tolera el susurro por orden expresa del abad o para atender huéspedes. En cualquier caso, raro es el santo —sea cual sea su tradición— que tras años de práctica no desarrolla una sabiduría que lo enmudece. «El que sabe no habla, el que habla no sabe» (Lao-Tse).

Pero en el mundo moderno, donde reina el ruido, uno no puede permitirse el lujo de callar. Constantemente se nos pide que opinemos, que ladremos, que demostremos que somos más listos que los demás. Lo único que podemos hacer es medir nuestras palabras y no caer en la burla soez, la cháchara inútil o la risotada estrepitosa. Ser hombres, no monologuistas. 

Oración

«Siete veces al día te alabo», dice el Salmo 119. El monje cumple este número de oraciones a las horas de laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Hacia las doce, después del descanso, se levanta para confesar el nombre del Creador. Benito insiste en la brevedad de la oración: no seremos escuchados por su longitud sino por su pureza. La franca invocación del nombre divino despierta una conciencia de lo absoluto que impregna todo el ser.

Tal y como está montado el actual cotarro, es difícil que un laico pueda entregarse a la oración siete veces al día. Se hará lo que se pueda. Según las escrituras hindúes, la práctica espiritual del hombre del Kali Yuga, por ínfima que sea, es tan valiosa como una gota de lluvia que cae en el desierto. No es imprescindible ser creyente: la simple pronunciación de un mantra o una jaculatoria, con su profunda respiración, resulta siempre beneficiosa. Pero si la duda impide orar —hablarle al cielo— puede uno meditar  —escuchar al cielo— o sencillamente parar, como propuso con cierta sorna el escritor Michel Houellebecq: «Dejar de participar, dejar de saber, suspender cualquier actividad mental y quedarse literalmente inmóvil unos segundos».

Celibato

Para evitar pecados carnales —especialmente onanismo y actos contra natura— Benito tuvo a bien establecer que los monjes durmieran en camas separadas, alternando jóvenes con mayores, todos en el mismo dormitorio o, en caso de ser muchos, en grupos de diez o veinte, vestidos y ceñidos con cintos o cuerdas. Además, una lámpara alumbra durante toda la noche para que la oscuridad no sea absoluta.

Este celibato está reservado a los monjes, que tienen vocación ascética y deben transmutar el fango sicalíptico en oro espiritual. El común de los mortales no está hecho para el celibato, pero el ejemplo de los santos sirve para fluir hacia una concepción equilibrada de la sexualidad: sin rehuir toda pulsión erótica, ni caer en la lubricidad pandémica y descerebrada que caracteriza al moderno. Para ello, basta con actuar en sintonía con el Orden Cósmico. Ya lo dijo en el siglo XVII una monja dominica: «Como nuestro espíritu es libre, la intención es lo que hace que la acción sea mala. Basta, pues, elevarse a Dios con la mente para que cualquier cosa no sea pecado».

Posesión

«A nadie se le permita tener nada», dice San Benito en su regla. Porque si el monje no es dueño de su cuerpo, ¿cómo va a serlo de otra cosa? En un monasterio todo se posee en común y, como dice la Escritura, «se distribuye según lo que necesita cada uno». El abad es responsable de suministrar a los monjes ropa y calzado adecuados. Si el clima es frío, habrá ropa de abrigo; pero si el clima es suave basta que cada monje tenga una cogulla y una túnica, un escapulario y calcetines y zapatos. Las prendas serán tan baratas como sea posible y, cuando estén viejas, se entregarán a los pobres y se repondrán.

Los que no somos monjes sí podemos tener propiedades, pero trataremos de contemplarlas con desapego, esto es, disfrutándolas sin atarnos a ellas, sin identificarnos con ellas, sin convertirnos en sus esclavos, sin sufrir cuando las perdamos. Porque lo esencial nunca se pierde. O, en palabras de Teresa de Ávila, «quien a Dios tiene nada le falta». 

Ingestión

«Tened cuidado no se os embote la mente con los excesos» (Lucas 21, 34). Ayunos aparte, el régimen alimentario de los benedictinos es bastante frugal, con dos platos cocidos a elegir —en atención a los que no pueden comer de todo— y un tercero de frutas o legumbres. Sólo se sirve carne de cuadrúpedo a enfermos débiles. En cuanto al pan, se permite consumir 328 gramos al día.

Benito fue más permisivo con la ingestión de bebidas alcohólicas «para atender a las flaquezas humanas»: un vaso de vino —0’273 litros— diario para cada monje. El abad puede aumentar o disminuir esta cantidad con extremas precauciones porque «el vino hace apostatar a los sabios».

Con algunos ajustes, esta dieta sería muy adecuada para los hombres de hoy, pues contrapesa la decadente obsesión moderna por la gastronomía y beneficia enormemente la salud. Por algo es una regla común a todas las tradiciones. El mismo Buda recomendó a todos los que se dedicaran a la meditación que fueran «moderados en el comer».

Trabajo

Aunque no aparece en la regla benedictina porque se acuñó en el siglo XIX, la locución Ora et labora resume la vida monástica, que alterna la práctica espiritual con el trabajo manual. «La ociosidad es enemiga del alma. El verdadero monje vive de de sus manos», sentencia Benito. Así, en los monasterios la actividad sólo se corta para rezar, descansar, meditar o leer. A los monjes más abúlicos, se les asigna trabajo extra. Y los enfermos asumen labores ajustadas a sus fuerzas.

En el mundo moderno el trabajo se ha erigido en religión. Por eso, en lo que hay que insistir es en la contemplación, en la inserción de momentos de introspección en la jornada laboral, y en la sacralización del trabajo, consagrándolo a Dios los creyentes y concentrándose los ateos en la pureza de la acción.

Hospitalidad

«A todos los huéspedes que vienen al monasterio, recíbaseles como a Cristo», dice la regla benedictina. Para darles la bienvenida, se forma una comitiva que incluye al abad y a los monjes más afables. Tras la oración y el beso de la paz, saludarán a los que llegan postrando todo el cuerpo en tierra y les lavarán los pies. Después, se les llevará a orar y a escuchar la escritura. Y, finalmente, a comer. Se pondrá especial respeto a la hora de recibir a los pobres.

En una época en la que las relaciones personales están marcadas por la frialdad y el interés, la hospitalidad de San Benito debe tomarse casi al pie de la letra. Evidentemente, no vamos a lavar los pies a todos aquellos que llamen a nuestra puerta, pero sí a tratarlos lo mejor posible y a darles, si es el preciso, techo, mesa y mantel. Porque todos tienen naturaleza divina.

Violencia

En los monasterios benedictinos se emplean castigos corporales para reprimir ciertas faltas. Pero esta violencia debe ser administrada por el abad, y se prohíbe al monje que se tome la justicia por su mano contra alguno de sus hermanos: aún en casos graves, es momento de «poner la otra mejilla» (Mateo 5, 39).

En el mundo ordinario no es posible seguir esta línea de conducta, aunque sí dejar que influya nuestros actos. Esto supone no emplear la violencia de forma gratuita, sino sólo cuando sea estrictamente necesaria para protegernos, siguiendo la máxima del sunita Malcolm X: «La autodefensa no es violencia, es inteligencia».

Humildad

Toda práctica espiritual seria conduce a una disolución del ego. En el caso de la vía benedictina, se potencia esta humildad mediante la paciencia, la confesión, la sencillez y la constancia de que el que se humilla será enaltecido. Contra la vanagloria, el eficaz antídoto del dolor: «Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos» (Salmo 119).

Hoy por hoy, la humildad es ser conscientes de nuestra miseria, de nuestra pequeñez, de nuestra condición trágica y efímera, y también conocer nuestra verdadera naturaleza y no pretender transgredirla, como hizo el demonio, sino asumirla como hace el santo.

Enfermedad

El monje debe cuidar y servir a los enfermos por mandato divino: «Cada vez que lo hicisteis con uno de mis hermanos, lo hicisteis conmigo» (Mateo 25, 40). El abad del monasterio se encarga de que cada paciente tenga un enfermero temeroso de Dios y una celda para él solo. Por su parte, los enfermos deben soportar con temple sus dolencias y no abusar de la caridad de sus cuidadores.

La aplicación de esta regla a la vida moderna es obvia: volcarnos en el cuidado de nuestros familiares, amigos, vecinos… Y en caso de caer nosotros enfermos, tratar a nuestra enfermedad como a un maestro, no quejarnos y agradecer todo el cuidado que se nos dispense.

Muerte

«—Hermano, morir habemos. —Ya lo sabemos», dicen los monjes al saludarse. Y la regla de San Benito es la raíz de este memento mori, que sirve al cenobita para asumir su caducidad y vigilar su comportamiento.

Frente a la necia arrogancia del moderno, que vive como si fuera inmortal, el hombre diferenciado tendrá muy presente que puede morir en cualquier instante y debe afilar su vida al máximo, descartando todo acto superfluo. Y cuando se acerque el fin besará, una vez más, la medalla San Benito y pronunciará una última plegaria: «A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia».

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