Galdós, la masa y la actualidad

Galdós, que caracterizó el concepto, se quedaría estupefacto ante el hombre de hoy

Galdós es un precursor de la reflexión sobre la masa. Cincelada finalmente la esencia de la misma en La rebelión de las masas de Ortega y Gasset y más perfectamente acabada en Masa y poder de Canetti, nuestro gran escritor del XIX no emplea aún el término “masa” sino el de “populacho”, “muchedumbre” o “multitud”, términos estos que apenas usa Canetti y que, sin embargo, están muy presentes aún en Ortega.

En el Episodio nacional 19 de marzo y 2 de mayo, una masa engañada y pagada, se alza con el fin de derrocar a Godoy, en ese –para Galdós fatídico– 19 de marzo, el pueblo se erige en juez, y Galdós, por boca del inolvidable Gabriel de Araceli sentencia: «Era aquella la primera vez que yo veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez» (cap. IX). Sin embargo, pocas semanas después, ese mismo pueblo se aferra a una justicia superior. Es cuando Galdós, frente a esta masa engañada del 19 de marzo ensalza al pueblo –ya no populacho– que se levanta contra el invasor el 2 de mayo de 1808. Esta fue una forma en la que el pueblo se sacudió de sus hombros el polvo de ser masa para cargar sobre ellos la dignidad frente a lo opresión, en este caso exterior. Y aunque Gabriel de Araceli no lo confiese, no aborreció esa justicia del pueblo.

En otro episodio nacional, ya de la segunda serie, el titulado La segunda casaca que, junto con Memorias de un cortesano en 1815 forma parte de las hilarantes y reveladoras Memorias de Juan Bragas, Galdós destaca una característica esencial del populacho –de la masa–. Su maleabilidad. Se cristaliza cuando la misma masa que ayer bramaba a favor del absolutismo, hoy lo hace a favor del liberalismo. Al confrontar este pasaje, el lector, llevado por la genialidad narrativa de Galdós, tiende a darle la razón al escritor canario en su desprecio de la cristalización desvergonzada de esta masa maleable, y más aún se la da habiendo conocido al protagonista desalmado de este episodio nacional, Don Juan Bragas, fiel servidor interesado del absolutismo hasta que este le niega un puesto, pasando Bragas a ser un furibundo masón y liberal.

Pero contrastando con nuestra época esencialmente partitocrática –aterrizo ya en esa “actualidad” anunciada en el título, el hombre del siglo XIX tenía aún la capacidad de poder defender al absolutismo o al liberalismo y si estos lo hacían mal, daban crédito al contrario. Cuando el hombre actúa así no es masa, sino hombre consciente y libre. El hombre del siglo XIX tenía aún una cierta capacidad crítica. Claro está que siempre habrá que estar atentos a que esta maleabilidad no responda a intereses de ningún Bragas moderno. Bragas –o Juan de Pipaón, como se llama a sí mismo– no dista mucho de desalmados políticos actuales que carecen de palabra y de conciencia, pues no fluctúan su parecer en base a la justicia, sino que utilizan un manual de resistencia sola y exclusivamente para el mantenimiento del poder. En su resistencia fanática –uno ascetismo que conocen– carecen de todo sentido del humor, mientras que Bragas, aunque fanático, sabe reírse de sí mismo, no dudando en pintarse como ridículo en muchos pasajes. A Bragas le seguía un grupo de interesados y pelotas, pero al político en el que estoy pensando le sigue «su» masa, impermeable a la crítica, a la actuación libre, una masa que se mueve sólo siguiendo los pies de su líder. Este excurso era necesario, pues quería llegar aquí:

Hoy nos hacemos masa de una sola forma, desde una sola vía, la que dicte el partido político al que se es afín, la que dicte nuestra cadena de televisión sierva de nuestro partido político. No hay palabras para expresar cómo los que ayer se echaban a la calle por la corrupción de un partido, hoy tienden a callar los de su partido político. Galdós, que caracterizó a la masa, precisamente por lo contrario, por la maleabilidad, se quedaría estupefacto al ver al hombre de hoy carente de su capacidad crítica. A esto se llama arrancarle al hombre el alma. La masa se ha petrificado. Ha perdido el carácter maleable, incluso podría decirse que no existe la masa, sino grupos de masa, grupos de piedra, la más rústica, la más moderna, etc… Vivimos una guerra fría de estos bloques de piedra-masa. La partitocracia tiene como consecuencia la petrificación total y absoluta del bloque. El estallido hacia afuera que enfrenta a la masa-piedra no es sino la consecuencia del estallido hacia dentro de la mismo. La explosión partitocrática es una implosión que potencia la dureza de la masa-piedra. Eso es la consecuencia final de la partitocracia. Cuando esto ocurre, como está ocurriendo, se alcanza un estado de crisis, de emergencia, porque la partitocracia, basada en la democracia, no sólo ha degenerado en demagogia, en sofisma, se ha vuelto bruta, pétrea, se ha vuelto una masa equiparable a las de la peor calaña totalitaria. Esta crisis se manifiesta de un modo inconfundible en el deterioro de las instituciones. Cuando se ha llegado a estos bloques pétreos, quien ostenta el poder, si carece de escrúpulos, buscará dinamitar las instituciones, especialmente la división de poderes. Ello, como afirma René Girard en El chivo expiatorio, borra o enfrenta las diferencias jerárquicas necesarias en una sociedad. Buscará más caos, y en él, una “lógica locura” le llevará a buscar un chivo expiatorio. Al chivo expiatorio lo llaman hoy “extrema derecha”, incluso un inventado “fascismo”. El problema es que este grupo, también ya masa pétrea, ya no es chivo, sino parte muy importante del pueblo que no se deja ya someter a la expiación. Si este grupo tomara las riendas del país, le cabrá la tarea de dejar de ser masa pétrea, deberá gobernar, es decir, restablecer el orden jerárquico de las cosas buscando siempre consensos, pues a menos que busque otras cosas, ese es el arte de la Politeia.

Hemos visto hasta aquí cómo la democracia llega a su punto más crítico con los bloques pétreos de masa y la manera –costosa– en la que la democracia puede restablecerse y recobrar la salud. Lo hemos intentado expresar oponiendo a estos bloques pétreos la intuición de masa maleable que establece Galdós –sin necesidad de hacerlo desde ninguna tesis– en la segunda casaca.

Y es que en los clásicos está todo. Si usted no ha leído desde el primero hasta el último de los episodios nacionales de Galdós, no sabe usted lo que se pierde.

Ceuta, 1972. Doctor en Filosofía y Profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria. Sus últimos libros publicados son 'La melancolía del cristianismo' (Homolegens, 2020) y 'El oído a los cirios' (Cristiandad, 2024)

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