Hace una década, Syriza (la versión griega de Podemos) ganó las elecciones generales en aquel país, marcando un hito histórico muy celebrado por toda la prensa española y de la Unión Europea: la izquierda chavista lograba por primera vez el control de un gobierno en un país de la eurozona.
Durante los meses siguientes, los hitos históricos se acumularon: por primera vez, se imponía un corralito bancario en un país de la eurozona; un país de la eurozona por primera vez perdía todo acceso a los mercados internacionales de capital; por primera vez, un país de la eurozona afrontaba una caída en picado de la economía al estilo de la crisis de 1929; un país de la eurozona por primera vez preparaba un referéndum que, en esencia, resultaba una consulta a la ciudadanía sobre si quería salir de la eurozona.
Esos meses de locura concluyeron con la victoria de Syriza-Podemos en el referéndum. Armados con legitimación popular para liberar a su país de las cadenas, la nueva izquierda se fue a Bruselas a negociar con la Unión Europea Alemania. En una cumbre en la que nos tuvieron a los corresponsales sin dormir hasta el amanecer, Syriza decidió bajarse los pantalones, tirar a la basura la legitimidad popular y aceptar las condiciones draconianas para un rescate europeo que llevaban meses sobre la mesa.
Las circunstancias exactas sobre lo que ocurrió en ese momento clave para la historia de la UE se han discutido mucho. La versión más creíble la ha ofrecido Yanis Varoufakis, el primer ministro de finanzas de Grecia. Según ha explicado, cuando llegó a la oficina de su contraparte alemán a amenazarle con una salida del euro a menos que se aceptaran condiciones mucho menos lesivas para Grecia, el alemán le miró con toda comprensión, y le ofreció lo que es en esencia un soborno – un paquete de ayuda – si Grecia salía de la eurozona y nos dejaba a todos en paz.
Después de ese momento de máxima tensión, el resto del mandato de Syriza fue la típica chapuza chavista olvidable: inmigración masiva, depauperización generalizada, paro, violencia, cutrez, chanchullos. En 2019, el partido griego de centroderecha Nueva Democracia ganó las elecciones y ha logrado estabilizar el barco, hasta cierto punto.
Los éxitos de ND no deberían ser minusvalorados. Para empezar, en desempleo Grecia –que bajo Syriza llegó a una tasa del 25%– ha logrado superar a España de nuevo, con lo que nuestro país ha vuelto bajo Pedro Sánchez a su tradicional posición como líder del paro de la UE.
Después de años en el limbo de los mercados, hace dos años Grecia recuperó el acceso y tiene una calificación crediticia, si no envidiable, al menos decente. La emigración de jóvenes a buscarse la vida a otros países, un problema que databa de antes de Syriza, se ha convertido en una tendencia al retorno. Los inversores han retornado también a Grecia. Prem Watsa, el Warren Buffett de Canadá, se ha convertido en uno de los mayores promotores de las oportunidades a encontrar en aquel país.
Por supuesto, no es todo flores y alegría. Las cicatrices dejadas por Syriza no se pueden sanar tan pronto. Grecia sigue afrontando los tradicionales problemas europeos de envejecimiento acelerado de la población, más deuda aplastante en muchos sectores de la economía, y notablemente el estado. El país ha sido superado en renta per cápita por Polonia y Rumanía y es ahora el penúltimo más pobre de la UE, sólo por delante de Bulgaria.
Como España, Grecia alcanzó su máximo histórico de renta per cápita en 2008, el pico de la burbuja inmobiliaria, y ha caído desde entonces. España, después de muchas tribulaciones y a la velocidad del caracol, ha logrado reponerse y puede que este año supere el nivel de 2008; Grecia, a pesar de un crecimiento bastante más rápido en los últimos años, está aún un 20% por debajo del máximo.
En un artículo reciente en Bloomberg, una famosa académica griega se congratula de que «parece que el país ya no está al borde del precipicio», la clase de cosa de la que sería mejor no tener que congratularse, pero Syriza-Podemos son fans de los precipicios.
Leyendo sobre la historia reciente de Grecia, lo que más llama la atención es que algunas de las bases para la relativa prosperidad que experimenta el país ahora se pusieron durante el periodo de Syriza: pero no porque Syriza tuviera interés ninguno en llevar a cabo difíciles recortes de gastos y subsidios, o reformas específicas para mejorar la competitividad de la economía, sino porque no les quedó más remedio que hacer todo esto porque les obligaban los términos del rescate que firmaron en julio de 2015.
Esto es algo más habitual de lo que parece en la UE. En los últimos dos siglos de independencia de Grecia, el país ha tenido –como casi todos– muchos tipos de gobiernos, buenos, malos, altos, bajos, feos y guapos, pero nunca tuvo un gobierno de saboteadores como Syriza. Nunca tuvo un gobierno sin ninguna intención de hacer nada bueno, con un programa electoral que era una invitación al suicidio nacional, hasta que se metió en la eurozona.
Es fácil extraer las consecuencias positivas: obligado por la UE, Syriza tuvo que hacer X, Y y Z, lo que demuestra que la pertenencia a la UE representa una especie de red de contención para países que han decidido tirarse por un barranco. Pero deberíamos mirar antes las consecuencias negativas: esa red sólo ha habido que usarla precisamente porque la UE abrió el camino al ascenso de Syriza y, a largo plazo, llevó a tal autodestrucción que no quedó más remedio que usarlas. El saber que Bruselas está ahí para arreglar los platos rotos sólo hace que los electorados de la UE sean más inconscientes, más dispuestos a votar por partidos guays y chachis que todo el mundo sabe que son incapaces de gobernar un patio de vecinos –en España, aparte de Podemos tenemos a ejemplos como la CUP o Coalición Valenciana– pensando que ya vendrá Bruselas a ponerles las pilas.
No deberíamos congratularnos demasiado cuando se abre el airbag del coche y nos salva de morir en un accidente. Lo ideal es nunca tener que ver un airbag delante de tu cara: para ese momento, probablemente has perdido el coche y sabe Dios qué más. Pregunten a los griegos.