“Los intelectuales no tienen el monopolio de la inteligencia, y ocurre muy a menudo que son, en el fondo, menos inteligentes que los trabajadores manuales porque su pensamiento no está suficientemente alimentado y controlado por el contacto con la realidad”. La cita, de una contundencia suficientemente explícita, pertenece a Gustave Thibon (1903-2001). Thibon, escritor y filósofo, amigo personal de Simone Weil, desdeña una etiqueta que a él mismo le podría ser aplicada. Pero en el mundo de la cultura, Thibon encarna una clamorosa anomalía. Se trata de un pensador que, mientras medita y escribe, vive en una relación íntima con la tierra, dedicado al cultivo de las viñas de sus ancestros. Conoce, pues, de primera mano, cuál es el campo de experiencia que abarca ese “contacto con la realidad” al que alude, piedra de toque indispensable si la pretensión que mueve al hombre de ideas es articular un pensamiento que sirva de guía a través de lo intrincado del mundo.
El enraizamiento de Thibon contiene, al margen de su circunstancia biográfica, el añadido de una carga simbólica. Determina su adscripción a una estirpe de pensadores que busca en el trato con las vicisitudes y asperezas de la vida ordinaria el abono que haga fructificar su espíritu. Es, por lo demás, una disposición idéntica a la que opera en Simone Weil cuando, en 1934, unos años antes del comienzo de su amistad con Gustave Thibon, abandona su actividad docente para trabajar temporalmente como obrera en una fábrica de la Renault. Ambos entienden que el hiato abierto entre trabajo manual y vida intelectual, la separación taxativa entre las palabras y las cosas, constituye, en el plano de la moral, un fenómeno que ha pervertido la esencia de nuestra cultura.
La crítica contenida en la frase de Thibon debe interpretarse a la luz de las coordenadas culturales en las que se ha desenvuelto su vida. El suyo ha sido el tiempo que ha conocido el encumbramiento de los grandes mandarines del poder académico. Elevados por los medios de comunicación de masas a un estatus similar al de las más célebres vedettes del circo mediático, esta clase de privilegiados se ha dedicado, desde las desahogadas alturas de sus cátedras universitarias, a intensificar una labor de zapa que, iniciada por los maestros de la sospecha (Nietzsche, Marx, Freud), se propone el desmantelamiento de los últimos pilares sobre los que todavía se asienta nuestra tambaleante arquitectura civilizatoria.
Thibon no necesita mencionarlos para proceder a su desenmascaramiento. Se trata de la élite de los engagés, la tenebrosa secta de los intachables para quienes la coartada de su compromiso político, siempre más teórico que real, actúa a modo de exoneración inmediata de cualquier incoherencia o desliz escabroso que puedan resultar comprometedores de cara al exitoso desarrollo de sus trayectorias personales. En ellos se amalgaman la pose sediciosa y el desempeño funcionarial, la afectación subversiva y el cultivo de los mismos convencionalismos burgueses que con tanta vehemencia fustigan en sus escritos teóricos y en sus intervenciones públicas.
Thibon es testigo de cómo toda una generación de jóvenes estudiantes cae subyugada ante la retórica antihumanista de estos prestidigitadores del lenguaje. Con su árida palabrería, envenenada de un fiero desprecio hacia la sociedad que los acoge, propagan no tanto el gusto por la creación de un orden nuevo cuanto la fiebre por la demolición de lo existente. Bajo el influjo de su predicación, los campus universitarios se llenan de algaradas florales y proclamas contestatarias a través de las cuales los hijos de la opulenta burguesía surgida al calor de los Treinta Gloriosos (Edad de Oro del desarrollismo francés) juegan a ejercer como vanguardia de una revolución que ellos imaginan destinada a alterar el curso de la historia.
Thibon sabe muy bien a quién pone en su punto de mira cuando insiste: “Un simple artesano que conoce a fondo su oficio y sabe adaptar todos sus gestos a las exigencias de su trabajo está dotado de una inteligencia más auténtica que un profesor que juega con las ideas y las palabras sin control ni compromiso”. De nuevo, aflora aquí la advertencia ante el peligro de sucumbir a los hechizos del sofista que vive entre puras abstracciones ideológicas, sin ningún sentido de la responsabilidad ante al alcance, en ocasiones terrible, de sus artificios especulativos.
Pero sucede algo. Al optar por una inteligencia descarnada, nuestra civilización se entrega al fanatismo de la Idea. A partir de ese instante, el centro del debate experimentará un desplazamiento decisivo: ya no será el interés por el mantenimiento y la mejora de un entorno de convivencia y prosperidad lo que alimente el núcleo de la contienda política. En su lugar, y de manera acelerada, irá surgiendo toda una constelación de asuntos que, si bien no guardan relación alguna con las preocupaciones diarias del hombre común, la maquinaria propagandística al servicio de los poderes disolventes transformará en una especie de sustancia idiotizante que acabará infectando hasta el último resquicio de la esfera pública.
La deprimente penuria de ideas que Occidente ha padecido en el curso de los últimos años es, como cabía esperar, fruto de la degeneración que ha sucedido al triunfo de la desconexión absoluta entre la realidad de las cosas y el mundo de las ideas. Siguiendo una escala descendente que empieza en el intelectual orgánico y acaba en el lamentable bufón televisivo, se nos ha impuesto una completa agenda de despropósitos ideológicos cuyo fin esencial es la aniquilación del sentido común y la degradación de la sociedad a un rebaño obediente sujeto a los reclamos del miedo y a los eslóganes de la manipulación emotivista. En esa línea, se ha fomentado un voluntarismo demagógico que ha traído aparejado el uso sistemático de la mentira para tratar de ocultar los estragos que ha ocasionado su aceptación entre amplios estratos de la sociedad. Se ha generalizado, además, una atmósfera de discordia a partir de la fragmentación decretada por un poder político que, mientras actúa con descaro creciente en favor de los intereses del globalismo político y financiero, se envuelve en la falsa bandera del progresismo transversal y la defensa de los derechos de la ciudadanía para de ese modo conquistar una posición de superioridad moral desde la que estigmatizar cualquier conato de disidencia.
Llegamos así al momento presente, cuando la hegemonía cultural ha quedado en manos de una figura grotesca: el intelectual idiota. Se trata de alguien que, en palabras de Nassin Nicholas Taleb, “se arroga el derecho de decirnos lo que tenemos que hacer, lo que tenemos que comer, cómo hablar, cómo pensar y a quién votar, pero que no tienen ni idea de las incumbencias de la vida cotidiana”. Ese alejamiento del universo de lo popular no es obstáculo, sin embargo, para que su figura se haya erigido en referencia casi única de un público cuyas expectativas mentales han quedado en buena medida constreñidas a la parodia de realidad que le suministra a diario la industria del entretenimiento audiovisual.
Thibon vislumbró cuál era la naturaleza del tiempo que se avecinaba. Su defensa del artesano supone, en una interpretación más amplia, una llamada a mantenernos en contacto con las simples verdades que emanan de los hechos tangibles. Es una apelación a seguir contemplando el mundo a través de una mirada limpia de la niebla de distorsiones que tratará de elevar frente a nosotros la cháchara altiva y embrutecedora del intelectual idiota. Nos invita a someternos a los límites de lo humano, pero no como una vía que desemboque en la resignación, sino como un medio de resistir el acecho de la mentira y aceptar que nuestras vidas sólo alcanzan su auténtica plenitud cuando, desembarazadas de sandeces utópicas y patrañas alienantes, se rinden al amor por lo concreto.