Jorge Verstrynge (I): «Hay que buscar la permanencia de un pueblo»

Primera parte de la conversación de LA GACETA con el intelectual, político y profesor, que ahora publica «Memorias de un transeúnte» (El Viejo Topo, 2025)

A Jorge le conocí por los pasillos de la Universidad Complutense de Madrid cuando aún era estudiante de Ciencias Políticas. Estuve ahí tan sólo un semestre, mediante el programa SICUE (antigua Beca Séneca que el PP de M. Rajoy decidió liquidar). Recuerdo cómo llegaba a la Facultad de CCPP y Sociología, desprendiendo un aura y un magnetismo insólitos, quizá, debido a su libertad irreductible, indómita; quizá, debido a ser la única persona elegante del campus de Somosaguas en un kilómetro a la redonda; o quizá, debido a las radiaciones de quien tuvo poder y estuvo en las entrañas del Leviatán. Charlamos tan sólo 5 minutos y, al saber que procedía de Barcelona, demostró una sensibilidad inmediata: “Todo proviene de la Marca Hispánica, luego está el problema de los borbones…”, algo así.

Por entonces aún profesaba yo la fe ciega por el marxismo y, además, como tantos otros jóvenes, me había socializado políticamente en el espacio de Podemos. Jamás habría dicho que, años más tarde, tendría el honor y el placer de poder charlar largo y tendido con un pedacito de la historia política viva de nuestra nación, uno de los pocos purasangre de la izquierda patriótica (junto a Manolo Monereo o Miguel Riera, editor de sus recién publicadas memorias). 

Jorge Verstrynge (Tánger, 1948) es una figura singular dentro del panorama intelectual y político español, una rara avis difícil de clasificar: ¿Gaullista? ¿Populista? ¿Nacional-bolchevique? Doctor en Ciencias Políticas y profesor universitario, supo compaginar el frenesí de la vida política con una sostenida labor intelectual. Sin duda, a ello contribuyó su tesis doctoral, “Sobre los efectos de la guerra en la sociedad industrial”, al proporcionarle herramientas utilísimas para moverse estratégicamente en las antesalas del poder, como él mismo sugiere en diversos pasajes de Memorias de un transeúnte (El Viejo Topo, 2025): “A pesar de todo este panorama y el correspondiente trabajo y estrés continuaba leyendo, aunque desgraciadamente pocas novelas: adiós a mi Balzac, mi Zola, mi Martin du Gard, mi Thomas Hardy, mi Céline. Procuraba acabar la maldita tesis que me iba a transformar en un razonablemente buen especialista en sociología del conflicto y de la guerra. Por cierto, que lo que investigaba procuraba aplicárselo a mi actividad política”.

Hijo de Antonia Rojas Delgado –andaluza, emigrante a Marruecos y nacional-católica– y de Willy Vestrynge Thalloen –belga, también emigrante (Congo y Casablanca) y de extrema derecha– e hijastro de René Mazel –comunista militante–. Aunque él, sobre todo, se considera hijo de sus circunstancias y de sí mismo: “Soy mis circunstancias, dice muy orteguianamente, porque pesaron mucho, y yo mismo, porque al final las decanté, o la vida las decantó, como ustedes prefieran”. Inició su andadura política en la derecha, con el tiempo llegó a ser Secretario General de Alianza Popular en los años ochenta, muy próximo a Manuel Fraga Iribarne. Sin embargo, fue desplazándose paulatinamente hacia posiciones críticas con el liberalismo económico, el atlantismo y la globalización neoliberal, hasta simpatizar con Izquierda Unida. Fue, además, maestro de toda una generación de jóvenes que más tarde acabaría fundando Podemos.

En el plano intelectual, Vestrynge ha desarrollado una obra heterodoxa a caballo entre la Ciencia Política, la Geopolítica, el estudio del populismo, la guerra y, algo menos conocido, la Economía Política. Su compleja biografía, no exenta de aparentes contradicciones, le autoriza a hablar de centro y periferia y a formular una crítica sincera del eurocentrismo y del imperialismo desde una experiencia vital directa (algo radicalmente distinto a los discursos decolonialistas de laboratorio y marketing).

Resulta llamativo que se declare ateo, pese a que tanto su padre biológico, como su madre y su padrastro profesaran, todos ellos, una u otra fe (Fascismo, Catolicismo, Comunismo, respectivamente). Lo que me recuerda al pasaje de Teoría del partisano (1963), obra que con toda probabilidad influyó sobremanera en él, donde Carl Schmitt dice a propósito del utopismo: “Se espera un mundo nuevo, habitado por un hombre nuevo. Tales esperanzas las tuvo ya el viejo cristianismo, como es sabido y, dos milenios más tarde, en el siglo XIX, el socialismo como el nuevo cristianismo”.

Cuando uno lee el elogioso prólogo de Miguel Riera, fundador y editor de la revista y editorial El Viejo Topo, se emociona. ¿Le hace justicia a la persona y al personaje?

Bueno, Miguel Riera y yo somos amigos desde hace mucho tiempo, y Riera me conoce muy bien. Por lo tanto, en su introducción digamos que me ha retratado. Eso sí, probablemente con un exceso de benevolencia. Nos queremos mucho Miguel y yo.

Su tránsito de Reforma Democrática-Alianza Popular a Podemos, pasando por el PSOE podría, muy superficialmente, compararse con el itinerario de otros personajes de la vida pública española, pienso en Rosa Díez, por ejemplo. Sin embargo, su trayectoria está más anclada en principios, no es el típico “chaqueterismo”. Quizá las palabras del propio Miguel Riera puedan arrojar luz al sentido de este viraje: “Son estas pues las memorias de un transeúnte, pero no las de un paseante. Son las de alguien que estuvo ahí, que se implicó en cuerpo y alma, que vio de cerca las miserias –y quizás alguna grandeza– de la política, que libró por sus ideas batallas que no podían ser ganadas, y que finalmente decidió vivir de acuerdo con su conciencia”. ¿Cómo vivió personalmente esa evolución?

Recuerda que yo fui asesor de Francisco Frutos, Secretario General del Partido Comunista. Poco tiempo, ya que luego pasé a Podemos.

La viví con algo de desesperación… Era un poco una lucha contra el tiempo, esa evolución, buscar el hombre providencial, la clase providencial, el pueblo providencial, y ni el hombre ni la clase providencial; el pueblo providencial, en cambio, sí. Este sí lo encontré.

Hay muchos ejemplos en Europa de pueblos providenciales. Uno es el francés, otro es el español, otro es el alemán, o el italiano, o el húngaro, o el ruso, que también es Europa, ¡caray!

Los que hemos experimentado evoluciones ideológicas, hemos sentido el desasosiego, porque se da un extrañamiento interno, una ruptura del yo, se trata de un proceso doloroso… ¿Se considera usted un “transeúnte”? ¿A qué precio hizo prevalecer sus ideas y principios?

(Se ríe). Dormir bien es el beneficio… El precio es el alejamiento del poder. Es un drama, no por la ambición, sino porque el poder te permite ayudar a los demás. Recibir la llamada de un padre diciendo “por favor, ayúdame a encontrar un puesto de trabajo para mi hijo” y poder descolgar el teléfono y en dos días conseguir ese puesto de trabajo. Pero cuando por convicción te alejas del poder, desgraciadamente, ese servicio a esa persona ya no se lo puedes hacer, porque cambiar de opinión en Europa ok, pero no es lo usual en España. Mantener siempre la misma opinión es ser un fósil.

Pero más allá de ayudar a particulares, en la política tal y como la vivió usted, ¿pudo ayudar o pensaba que podía ayudar al conjunto de los españoles, al pueblo español?

Hombre, claro. ¡Claro que lo pensé! Y lo sigo pensando. Desde diferentes atalayas, porque he ido recorriendo atalayas. El populismo es eso. Es el pueblo, la patria. ¿Y qué más pide usted? Pues nada más.

En un par de ocasiones se refiere a sí mismo como un “heimatlos”, algo así como un desarraigado (comprensible por su movida infancia). Habla de la experiencia traumática sufrida por los ciudadanos de las potencias europeas durante los procesos de descolonización y la vincula a un reflujo reaccionario. Recientemente, el filósofo chino Yuk Hui planteaba algo muy similar en su ensayo Post-Europa (2025): “La añoranza de la tierra natal (Heimat), en vez de disminuir, va a volverse más intensa; el dilema del retorno al hogar sólo puede tornarse más patológico. De hecho, dos movimientos opuestos están ocurriendo a la vez: planetización y retorno al hogar (…). La especulación inmobiliaria global y la economía neoliberal han creado una situación de falta de hogar (Heimatlosigkeit)”.

¡Ojalá! Ojalá la añoranza de la tierra se vuelva más intensa. Ojalá terminemos ya con ese influjo de mierda que es la mundialización, que, por otro lado, es impracticable. Porque tú no puedes meter en un mismo saco a personas pertenecientes a civilizaciones milenarias como la China, con últimos llegados a la prosperidad, con los 200 años de Estados Unidos. O sea, son cosas que no se pueden combinar, se pueden respetar entre sí. Pero partir del principio que se está creando un mundo en que todo eso desaparezca, en beneficio de Coca-Cola y de la hamburguesa, es una locura que jamás se cumplirá.

Totalmente. Similar a la idea de unidad del mundo de Carl Schmitt, que critica en los años 50. Es un imposible, una entelequia. ¿Coincide con Yuk Hui cuando este afirma: “Los reaccionarios y los neoreaccionarios quieren volver a casa”?

Yo no iría en esa dirección. Para mí no se trata de volver a casa. Porque tu casa va variando con el tiempo, tú la vas transformando, tu pueblo se va transformando… Pero sí se trata de no caer en la peligrosa posibilidad de que pueblos que tienen centenares o miles de años de historia, de pronto desaparezcan. Desaparezcan de muy diferentes formas. O porque tecnológicamente ya no tienen altura, o porque haya una submersión por parte de otros pueblos, que los pobres van buscándose la vida, pero con otros valores.

Lo que yo creo que hay que buscar es la permanencia de un pueblo, con las variaciones necesarias, pero que en esencia permanezca. Y eso no es reaccionar, es salvaguardar, que no es lo mismo.

Un poco la línea de lo que dice… La idea de preservar la esencia del pueblo no creo que atienda a ideas de izquierda o de derecha. ¿Considera que la experiencia del arraigo es pre-política? Quizá, en un mundo de incertezas como el nuestro, la Nueva Derecha haya sabido conectar sencillamente con la necesidad intrínsecamente humana de echar raíces, formar una familia y cuidar de un hogar…

Lo que pasa es que lo que se llamó Nueva Derecha (Nouvelle Droite) no iba en esa dirección. Yo fui corresponsal de la Nueva Derecha en España. Concretamente, más que de la Nueva Derecha, de la Revista Nouvelle École, que era el órgano básico de ese movimiento.

La Nueva Derecha lo que pretendía era abrir las mentes frente a ideas que hasta entonces ni la derecha ni la izquierda habían explorado. Y desde ese punto de vista, la Nueva Derecha ha dejado un legado importante, aunque a veces sí que un pelín reaccionario, eso es cierto. Pero, felizmente, los resultados de la Nueva Derecha en Francia, se quiera o no, en el fondo son el Frente Nacional o ahora RN, que es lo mismo. Estos resultados, sin embargo, tienen una orientación que no es una orientación conservadora, ¿eh?

Fíjate, por ejemplo, en la condena fulminante de Marine Le Pen frente a la intervención norteamericana en Venezuela, o frente a las acusaciones que hay constantemente de decir que el Frente Nacional o el RN son socialistas, pues es verdad, en parte es verdad. O sea, que hay un planteamiento social y eso proviene también de la Nueva Derecha.

No en balde, la Nueva Derecha introduce a Antonio Gramsci o Karl Marx como lecturas aceptables en el seno de las derechas, algo que antes era prácticamente un tabú.

Claro, claro.

En el libro dice: “Lo del nacional-comunismo o lo del nacional-bolchevismo, basado en la ecuación liberación nacional (befreiungsnationalismus) + revolución socialista, con el pueblo –y no una sola clase– como actor, algo mucho más serio y coherente que el Fascismo y el Neofascismo (que me habían tentado), me marcó mucho, y todavía hoy me gusta releer aquellos textos, con sus deseables utopías y su premonición de que casi todo lo que la izquierda no gobernó (o gobernó mal) en el siglo XX se debió a su olvido, incluso desprecio, de la cuestión nacional y actualmente de la clase trabajadora autóctona”. ¿Explica eso la aparición de personajes como Sahra Wagenknecht tras el fracaso de experiencias como Podemos, Syriza, etc?

¡Sin ninguna duda! Y también explica, por ejemplo, la orientación, digamos izquierdosa-repartosa a la vez que soberanista del Frente Nacional en Francia.

En cuanto a Vox, es pronto. Vox todavía tiene que crecer, con olvidarse un poco del ultraliberalismo (que yo creo que lo van olvidando poco a poco), de la mundialización, del libre comercio… Todo se andará. ¡Ojalá!

Albert Camus, en su clásica obra El hombre rebelde (1951) dice aquello de: “La rebelión nace del espectáculo de la sinrazón ante una condición injusta”… A pesar de ir a contracorriente, de pensar a contrapelo… del joven Vestrynge al viejo Vestrynge, ¿cuál es la constante política, el leitmotiv, cuál la “condición injusta” movilizadora? ¿Existe?

Ver en una sociedad cómo determinadas franjas de la población, si quieres lo puedes llamar clases o no, eran explotadas, despreciadas, ninguneadas. Eso yo es lo que no he soportado. Y siempre he estado buscando a aquellos que eran capaces de enfrentarse a esta situación para cambiarla. Esto me viene de Marruecos. Fíjate que es una paradoja porque en el Islam nadie muere de hambre. El Islam es una religión bastante solidaria. Pero, sin embargo, hay que reconocer que allí en Marruecos me enfrenté a situaciones en las que veía pobres, ancianos, glaucomatosos, vagar por la calle. Ver a los europeos despreciativamente decir “que te lo dé tu Dios”, Allah yʿṭīk zbouk, como decían, eso, verdaderamente, me revolvía el estómago.

Y como digo en mi libro, me juré a mí mismo que si yo algún día me metía en política era para que jamás eso se produjera ni en España ni en Francia, ni tampoco en Marruecos, porque es mi tercera patria. De ahí vienen mis planteamientos socialistas. Yo reconozco que soy socialista al menos en líneas económicas. No soy nada capitalista, no.

La falsa conciencia sobre la riqueza de la economía del derrame o del goteo no parece muy convincente…

(Se ríe). Tengo un libro que estoy leyendo ahora y que quizá te interesaría. Espérate que vaya a por él, que lo tengo en la mesa. Está en francés ¿eh?

Sí, claro. Me interesa, me interesa.

Se titula Le mythe de la “théorie du ruissellement”. El “ruissellement” es lo que cae de los ricos abajo, la lluvia. El autor se llama Arnaud Parienty. Parienty, con “i griega” final. Este es el libro (me lo enseña).

Ah, pues creo que lo he visto por Twitter, fíjese. Sé que lo he visto por ahí.

Pues es muy bueno, ¿eh?

Bueno, es que es un cachondeo, igual que casi todas las teorías de la mano invisible y cía.

Sí, bueno, es un cachondeo, pero esta especie de sombrío cretino que es el presidente Macron ha utilizado esta teoría justificando por qué había que quitar impuestos a los ricos y, sin embargo, mantener los impuestos a los pobres. Si al final todo gira en torno a aquello de “¿Quién es el pastor? Pues el que se queda con la pasta”. ¿Qué clase se queda con la pasta? Como ha explicado muy bien ese norteamericano, inmensamente rico, que dijo “ha habido una guerra de clases entre los ricos y los que no lo son y vamos ganando nosotros”.

¿Warren Buffet?

Sí, exactamente.

Usted ha sido profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid durante años. Experto en el fenómeno populista. A menudo, la literatura populista apela al “Pueblo”, pero ¿qué es realmente el pueblo? ¿Pueblo-ethnos, Pueblodemos, Puebloclase o Puebloplebe?

Hombre, el populista tiene claras simpatías por el pueblo-plebe, más que por el pueblo-clase, porque la clase es un encajonamiento. Mientras que el pueblo-plebe es más amplio, ¿no? Sin embargo, también existe una cierta fascinación por ese planteamiento de los chinos comunistas que incluyen en el pueblo también a aquellos empresarios o a aquellos propietarios de capital que tienen un sentimiento y una actitud patriótica. Y desde este punto de vista, el pueblo tiene que ser el conjunto de todos aquellos que sienten la nación y actúan en función de ella. Es lo que te diría De Gaulle. Los que sienten la “grandeur” (grandeza) de su propio país y están dispuestos a defenderla.

Más allá de los populistas de fines del siglo XIX o del peronismo y el poujadismo de mediados del siglo XX, para usted, ¿De Gaulle es de los primeros populistas?

Bueno, no te olvides de los Gracos en Roma, no te olvides del primero que dijo que el pueblo no debe ser despreciado, un fulano llamado Aristóteles. No te olvides de determinados movimientos campesinos que hubo, no sólo en Alemania, en Francia, sino en Rusia también. No te olvides de Napoleón Bonaparte y sus plebiscitos… Es más complejo de lo que parece. Antes que De Gaulle, hubo muchos De Gaulle.

La diferencia que existe radical entre el marxismo o el comunismo y el populismo es la tendencia del marxismo a decir que hay un punto final y que nunca, pasado ese punto, se podrá volver atrás. Un populista te dice: “desgraciadamente, no”. Se trata de una lucha que constantemente tiene que volver a empezar. Y, por cierto, la revolución cultural China fue una revolución populista de decir: “oye, hemos hecho una revolución comunista y se están volviendo a reproducir las clases sociales”. Entonces, Mao adopta una resolución: ¿cómo impedir esto? Pues dando la vuelta a la tortilla totalmente. Haciendo que los de arriba se encuentren abajo y los de abajo se encuentren arriba. Bueno, este es un sistema a lo chino, pero hay que entender que esa defensa del carácter patriótico de un movimiento es imprescindible.

Yo creo que hay dos grandes diferencias entre el populismo como tal y el marxismo, has mencionado una… y por eso el ejercicio de Laclau y Mouffe quizá fue un poco estéril en el sentido de que estas diferencias son irresolubles. Primero, el mesianismo. El populismo no es mesiánico en el sentido de que sabe que no va a llegar a ese Reino de la libertad que anhelaba el marxismo. Es más pragmático, más realista.

Pero hay que seguir intentándolo, una y otra vez…

Y, en segundo lugar, está el tema de la clase: O sea, el desprecio de Marx por el lumpenproletariado o por los “idiotas” del campo, esa gente que solo se mira a su ombligo y que es incapaz de aunar fuerzas, creo que eso supone una distancia abismal con el populismo que precisamente nace en ambientes más bien rurales.

Podríamos decir que el comunismo de alguna forma es un producto universitario. El populismo no.

Así como Scruton dice que ser conservador es una intuición, se podría decir que el populismo es una intuición también.

Hay que reconocer que la mayor revolución de la historia la hizo Rousseau. Cuando Rousseau dijo: “vamos a ver, el poder no es legítimo porque venga Dios, ni porque sea la culminación de una estructura administrativa, ni porque derive de un caudillo militar. La revolución es afirmar que la única legitimidad del poder reside en el pueblo”. Punto. Y hay que luchar porque esa legitimidad nunca le sea arrebatada al pueblo.

Hay que tener en cuenta también a autores como Juan de Salisbury, Juan de Mariana o el propio Santo Tomás que hablaban del derecho a la resistencia, e incluso al tiranicidio, porque para ellos, precisamente, la comunidad política está investida de una legitimidad previa a la del soberano devenido tirano (cuando le da la espalda al bien común).

¿Y qué crees que es el referéndum revocatorio? La revocación del mandato. Es decir, el que un gobernante dirija depende, en última instancia, del pueblo, que puede decidir si incumple, este gobernante se va por las buenas o por las malas. Se llama referéndum revocatorio y es uno de los grandes inventos del populismo.

El filósofo y teórico político anglosajón Bernard Manin, en su obra Los principios del gobierno representativo parece estar en contra del mandato directo o revocatorio.

Es francés.

Francés, tiene razón.

Yo le conocí, somos amigos. Es muy bueno, pero no se puede ser perfecto, ¿no? (Se ríe).

¿Si tuviera que mencionar a un populista de izquierda y a un populista de derecha con cuáles se quedaría?

Yo es que me niego a hablar de populismo de derecha y populismo de izquierda. Vamos a ver, en función de su visión optimista del pueblo, yo considero que el populismo originariamente es una visión de izquierda, de confianza inquebrantable en el pueblo. No confiar en las élites, sino en el pueblo. Dicho esto, el pueblo, en un momento determinado, puede optar por una opción o por otra opción. Por ejemplo, si tú al pueblo le dices: “Por el asesinato, ¿se debe condenar al asesino a pena de muerte?”. Lo más posible es que la mayor parte de la población estuviese de acuerdo. Esta sería una medida de derechas, pero el populismo tiene que asumir que es una decisión popular. Si al contrario se dice “no, en ningún caso la pena de muerte”. Supongamos que la población referida dice esto, en ese momento la población habrá adoptado una actitud clásicamente de izquierda. Pero lo único que habrá hecho será ejercer su derecho al populismo, nada más. No distingo entre populismo de derecha y populismo de izquierda, sino populistas que tienen, en un momento determinado, preferencia ante una situación concreta por opciones clásicamente aceptadas por la derecha o por opciones clásicamente aceptadas por la izquierda.

Llegado a esto último, comenta lo siguiente: “René, mi padrastro, me decía que la diferencia entre derecha e izquierda no residía ni en las concepciones del orden, ni de la libertad, ni de la igualdad, ni siquiera en la aceptación o rechazo de la explotación de unos hombres por otros pocos, sino sobre todo en el grado de confianza en el Pueblo. Por definición, la derecha teme al Pueblo”.

Mi padrastro comunista me estaba diciendo en ese momento lo que era el populismo. La confianza en el pueblo. La creencia en que evidentemente el pueblo se puede equivocar, pero está en su derecho a equivocarse, porque es la fuente de la legitimidad. Y en todo lo que no le puedes quitar es el derecho a equivocarse. Punto.

A mí me hace mucha gracia cuando ciertos politólogos –que probablemente conozca– dicen eso de que las clases populares están votando equivocadamente a quienes van a perjudicarles. El pueblo es gilipollas, ¿o qué pasa?

Pues ellos piensan así… Piensan que el pueblo es gilipollas. Y sin embargo ahí hay un proverbio que dice cuatro ojos ven más que dos (Se ríe). Esa es la sabiduría populista: cuatro ojos ven más que dos.

¿Quién está apelando actualmente a la participación del pueblo mediante referendos e instrumentos de democracia directa? En Hungría, Viktor Orbán ha hecho uso del referéndum en diversas ocasiones. En España, Vox abrió el melón, en 2022, del sistema partitocrático con su programa “España decide” en el que se planteaba: “Desde la irrupción de VOX en las instituciones, hace cuatro años, nos hemos empeñado en plantear los debates que estaban siendo hurtados a los españoles, sin aceptar ninguna imposición del consenso de los partidos, sobre todo porque ya es evidente que no se corresponde con la voluntad mayoritaria del pueblo español. Por eso, y ante la gravedad del tiempo que vivimos, creemos que es urgente devolver la palabra a los españoles”. ¿Acaso figuras como Le Pen o Salvini no tienen un “mayor grado de confianza en el pueblo” que la izquierda institucionalizada o caniche –De Prada dixit– que parece, más bien, temerlo (baste ver el apoyo de las clases populares en el barómetro del CISa los partidos de izquierda)? ¿Qué perfiles interpelan más al Pueblo, qué partidos?

Hay que reconocer una cosa y es que la confianza en el pueblo no es algo muy extendido. Las cosas como son. Yo me acuerdo que Descartes decía: “la razón es la cosa del mundo más extendida, y todo el mundo cree tenerla”. Vale. Lo que yo sí veo que está muy extendido, y no solo en la izquierda, aunque en la izquierda lo que voy a describir ahora no tiene perdón, es la desconfianza hacia el pueblo. Pero no solo en la izquierda.

Fíjate, el Presidente de Estado más intelectual de todos los que hay actualmente en Europa es Macron, por su formación siempre ha sido un intelectual (no en balde discípulo de Paul Ricoeur). Viene chantajeándonos con que va a convocar un referéndum sobre esto, sobre aquello, sobre lo de más allá, pero nunca lo ha hecho… (Se ríe). No se atreve, ¿por qué no se atreve? No se atreve a consultar al pueblo, siendo votado por el pueblo. Se comprende, entonces, que el pueblo está hasta los cojones de esta gente.

Yo me acuerdo, por ejemplo, cuando, no sé si fue Georges Pompidou o en la época de Pompidou, a un candidato a la presidencia de la República francesa, le preguntaron ¿cuál es su programa? Y dijo: “Ne plus emmerder le peuple” (dejar de joder al pueblo).

¿Quién está jodiendo menos al pueblo? ¿Un Bardella, un Mélenchon?

Cuando lleguen al poder te diré. ¡Claro, claro, claro! Yo ya no me caso con nadie ¿eh? Quiero decir, me caso con quien me demuestra que está con el pueblo y no usando al pueblo. Y hay que reconocer que en todo sistema democrático electivo hay un grado de populismo (entendido como demagogia) latente. ¿Cuál es? Agradar al pueblo para que el pueblo te vote, pero eso no es populismo. El populismo es cuando tú mandas y el pueblo reconoce que tú estás gobernando en su nombre con sus medidas; y que le consultan. Eso es populismo. Y eso es lo correcto para mí.

Entonces, ¿sólo se puede ser populista efectivamente en el poder?

Bueno, eso es aplicable a todas las ideologías políticas. Pero sí estoy de acuerdo con esa afirmación. Por tus acciones te juzgaré. “No, pero yo estoy apelando al pueblo”. Tú no estás apelando al pueblo. Estás apelando a tus intereses y punto.

(Fotografía de Lucía Alonso para @atelierbarr)

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