Kurt Cobain, la estrella de rock más insegura

La reapertura del expediente de su suicidio, por sospecha de asesinato, nos hace preguntarnos sobre el legado del líder de Nirvana

Lo he escrito antes y ahora me reafirmo: no tiene gran importancia —en el plano cultural— determinar si la muerte de Kurt Cobain en abril de 1994 fue un suicidio o un asesinato, como ahora se va a investigar. Su recta final demuestra que llevaba un estilo de vida suicida, incluyendo la sobredosis de alcohol y rohipnol semanas antes en Roma. De hecho, todo el famoso Club de los 27 vivía así, desde Jim Morrison a Amy Winehouse, pasando por Brian Jones (Rolling Stones). Quien haya visto Last Days (2025), el hipnótico biopic de Gus Van Sant sobre sus horas finales, sabrá que ya vivía en una neblina mental compuesta por opiáceos, horas de MTV y macarrones gratinados con queso.

El impacto de Nirvana en la generación de los años noventa no es sencillo de explicar hoy, treinta y cinco años más tarde, aunque ayuda una frase del cómico Jack Black que encontré hace poco en redes sociales: “Para mí, Kurt Cobain está en la cima de la pirámide. Él era el rey…cuando murió, fue como el fin del rock. Cuando piensas en el origen del rock, y recuerdas a los Beatles y a los millones de críos gritando tan fuerte como pueden, y gritando para alcanzarlos, te das cuenta de que nadie tiene ya ese tipo de batutas, que mandan ese tipo de poder que atrae ese magma creativo. Creo que la última banda que tuvo eso fue Nirvana. ¿Quién ha logrado ser tan grande como ellos en ese estilo?”, plantea.

La respuesta es rotunda: nadie. El impacto de Nirvana fue tan grande que cambió las reglas del juego. Su mejor disco, Nevermind (1991), fulminó del número uno de la lista de ventas al todopoderoso Michael Jackson, que triunfaba entonces como el lujo pop barroco de Dangerous (1991). Toda la generación anterior de rock, el llamado hair metal que arrasaba desde Los Ángeles, fue inmediatamente carbonizada. Fueron arrasados de la noche a la mañana, con sus peinados pasados de laca, sus mallas ajustadas de neón y sus maquillajes de geisha. Después de Nirvana, no ha vuelto a haber nada más que rock retromaníaco, fueran Oasis, The Strokes o Amy Winehouse. Tras la muerte de Cobain, lo que los adolescentes solían buscar en el rock lo encontraron el techno de Detroit, el hip-hop de los peores guetos de Occidente o el reguetón de Puerto Rico.

Para comprender los años noventa, hay que tener en cuenta que estamos ante la década más sombría de la historia de la cultura popular. Es la cima del prestigio del artista heroinómano, con Lou Reed, William BurroughsTrainspotting (1994), Di Caprio haciendo Los diarios del baloncesto (1995) y el propio Kurt  reinando en carpetas adolescentes. Se trata de un fetichismo absurdo, que el cantautor rockero asturiano Nacho Vegas —víctima de esto también— desmontó  con una de sus mejores frases: “no entiendo ese glamur de la heroína, al final no eres más que un gilipollas con cagalera”). En los noventa también se sacraliza el suicidio y la enfermedad mental, con la entronización del cantautor hipersensible Nick Drake, la admiración al rock epiléptico de Ian Curtis (Joy Division) y la depresión crónica del controvertido escritor David Foster Wallace. También, por supuesto, tenemos el colapso psicoactivo que fulminó al actor River Phoenix en la puerta del Viper Room de Los Ángeles, en octubre de 1993.

Por el carril más perverso de la década, surge una corriente de estigmatización de la  vejez, y cierta pulsión pedófila, que se aprecia en películas como la degenerada Kids (1995), de Larry Clark, o en la llegada de las modelos preadolescentes desnutridas como Kate Moss. Fue la última época asilvestrada de la cultura, antes del reinado la corrección política, donde el humor negro todavía era sinónimo de sofisticación. Se llevaba ser intenso y torturado, aunque hoy muchos tengamos la certeza de que los más inteligentes de aquellos años fueron quienes se pasaron la juventud empastillados bailando The Prodigy —los Rolling Stones de la generación Playstation— o incluso a los Vengaboys, con sus estribillos simples e inapelables, tipo “boom, boom, boom, boom/ and i want you in my room”. Los veinteañeros de 2026 no recuerdan ya los noventa por Nirvana —aunque algunos luzcan las camisetas baratas del H&M— sino por los fiestones fluorescentes del festival discotequero I love the nineties.

En un texto deslumbrante de 1999, titulado El mundo escucha a quienes chillan, la feminista Barbara Ehrenreichexplica la beatlemanía del siguiente modo:  «perder el control: gritar, desmayarse, fundirse con la multitud…No era un acto consciente, pero sí una forma de protestar contra la represión sexual, la rígida doble moral de la cultura adolescente. Fue el primer levantamiento dramático de la revolución sexual femenina” defendía. Según los sociólogos de la época, el número de referencias sexuales explícitas en los medios de comunicación de masas se había doblado entre 1950 y 1960, al mismo tiempo que las familias y los colegios educaban en una moral estricta, nixoniana o victoriana. Mi sensación es que la histeria que provocaba Cobain venía también de una doble moral: la de una sociedad que te educaba para hacer dinero sin piedad (Mario Conde, el Gordon Wekko de Wall Street, el ascenso de Silicon Valley…) a la vez que te empujaba a la exhibición de moral (la fiebre de Greenpeace, el Tíbet, el campamento 0,7% para cooperación internacional). De esa descuadre entre codicia y buenismo surge gran parte de la cultura woke.

Al final, las explicaciones sociológicas tienen un límite y parece claro que Nirvana triunfaron porque eran capaces de fabricar belleza intergeneracional. Lo demuestra, entre otras cosas, su versión elegante, descarnada y desenchufada de The man who sold the world, que atrapó incluso a David Bowie —su autor— cuando estaba ya de vuelta de casi todo. Durante tres años, la potencia artística de Nirvana deslumbró a todo el mundo, excepto a los superventas heavy a los que habían destronado. Mientras estuvieron vivos, nadie se atrevió a escribir nada negativo sobre Nirvana (me incluyo entre los cobardes), aunque no faltaron motivos para ello. Los dos conciertos que dieron en Madrid, por ejemplo, fueron decepcionantes: infame el de 1992 y solamente cumplidor el de 1994.

Su disco In Utero (1993) es directamente mediocre. Parece compuesto en un almacén abandonado por un grupo de poetas malditos metidos a consumir crac. Tiene algún destello de talento, sobre todo el sencillo “Heart-Shaped Box”, pero la mayoría del material son medianías (comparen con el brutal Live trough this de Hole, el disco de la época de la señora Cobain, Courtney Love). En sus años finales, Cobain andaba más preocupado de no perder la credibilidad  que de no perder la inspiración.

Chico de clase trabajadora, que sufrió un divorcio temprano y empobrecedor de sus padres, siempre pensó que tenía algo que demostrar a los universitarios cool con quienes se codeaba, que iban de REM a las riot grrrls, pasando por Sonic Youth. Seguramente se murió sin comprender que tenía mucho más talento que cualquiera de ellos. Lo más especial de la receta de Nirvana era saber combinar la potencia del rock redneck (Melvins, Jesus Lizard, Big Black…) con el toque vulnerable de la moda alternativa de la época (que ha envejecido de pena, con pocas excepciones). Los complejos de Cobain, incluido el de inferioridad de clase, eran parte esencial de su carisma. Seguramente estamos ante la estrella más insegura de la historia del rock.

Musiquero antes que músico, Cobain fue un portador eterno de camisetas para promocionar artistas que le parecían mejores que él (talentos amateur como Daniel Johnston le deben media carrera). Cobain dudaba incluso de si salir en la portada de Rolling Stone y se conserva una carta donde explicaba su rechazo a quien compraba esa revista. “A estas alturas de nuestra carrera, antes del tratamiento para la caída del cabello y el mal historial crediticio, he decidido que no quiero dar una entrevista. No nos beneficiaría una entrevista porque el lector promedio de la revista Rolling Stone es un exhippie de mediana edad convertido en ‘hippiecrita’ [mezcla de hippie e hipócrita], que acepta el pasado como ‘los días de gloria’ y tiene una actitud amable, gentil y adulta hacia el nuevo conservadurismo liberal. El lector promedio de la revista Rolling Stone siempre ha olido a cerrado”, sentenciaba. Luego se animó a salir en portada, aunque con una camiseta donde ponía “Las revistas corporativas apestan”. Hoy todo esto nos parecen unas melindres tirando a ridículas, pero esa preocupación por la integridad fue una parte esencial de la potencia de la música de los noventa, que cuesta encontrar en la música popular actual  (por no decir que es imposible).

Courtney Love, la deslenguada esposa de Kurt Cobain, recordaba que él estaba muy nervioso cuando Nirvana tocaron en el festival Hollywood Rock de Rio de Janeiro en 1993. Se dio cuenta de que le rondaba “una modelo de tetas perfectas” y entonces decidió dar a Cobain “permiso para hacer lo que cualquier estrella rock de sangre caliente hubiera hecho”. El líder de Nirvana se debatía de manera dramática entre su deseo de éxito arrollador y el rechazo que le causaban el estilo de vida de las estrellas del estilo de The Eagles y Guns N’ Roses. Fuese por la modelo o por lo gigantesco y hortera del festival, donde se sentían como un pez fuera del agua, Nirvana dieron esa noche el que se considera el peor concierto de su carrera.

Cuando saltó  la noticia de la muerte de Kurt Cobain, que sacudió al mundo entero, el semanario musical británico Melody Maker le dedicó un amplio suplemento especial. En la contraportada aparecía el cantante sosteniendo a su bebé, Frances Bean Cobain. El único texto de la página era el primer párrafo de La calle Great Jones (1973), la novela más rockera de Don DeLillo, donde explicaba lo siguiente: “La fama requiere toda clase de excesos. Me refiero a la fama de verdad, a un neón que te devora, no a ese renombre sombrío de los estadistas en declive o de los reyes timoratos. Me refiero a los largos viajes por el espacio gris. Me refiero al peligro, al borde mismo del vacío, a la circunstancia de un hombre que infunde un terror erótico a los sueños de la república. Entiendan al hombre obligado a habitar esas regiones extremas, monstruoso y vulvar, humedecido por los recuerdos de la violación. Por mucho que esté medio loco, lo absorberá la locura total del público; por mucho que sea plenamente racional, un burócrata en el infierno, un genio secreto de la supervivencia, está claro que lo destruirá el desprecio que el público siente hacia los supervivientes. La fama, al menos esta modalidad especial, se alimenta del escándalo, de lo que los asesores de hombres de menos valía considerarían publicidad negativa: histeria a bordo de limusinas, peleas a navajazos entre el público, litigios grotescos, traiciones, pandemonio y drogas. Tal vez la única ley natural que se aplica a la fama verdadera es que el famoso se acaba viendo forzado a suicidarse”.

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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