Daniel Jiménez, profesor de lengua y cultura españolas en el Departamento de Defensa de Estados Unidos y escritor, leía cada día la prensa de España, algo que le ayudaba a conectar con el país que dejó atrás. A lo largo de los años, notó que la manera de informar iba cambiando a una narrativa que dibujaba al sexo masculino como opresor y privilegiado: «Como si se tratara de una realidad, esta creencia comenzaba a colonizar numerosos ámbitos: desde la ley hasta la educación. Ya no había hombres malvados, sino que el hombre como categoría era malvado». Sintió que algo tenía que decir a todo esto y ese algo tomó forma de libro: Deshumanizando al varón. Pasado, presente y futuro del sexo masculino. Jiménez, cuyas opiniones «sólo me representan a mí, y no a ninguna institución para la que trabaje», nos invita a reflexionar sobre el discurso hegemónico del feminismo, qué lugar ocupa el hombre en esta sociedad contemporánea y a cuestionar ciertos discursos políticos dominantes.
¿Cómo se le queda el cuerpo cuando comprueba que su libro, que publicó en 2019, está de rabiosa actualidad, como recién salido de la imprenta?
Con sentimientos encontrados. Por un lado, el marco teórico que propuse (el sistema de roles de género, los conceptos de eco mediático e hilado de género, etc.) sigue siendo útil para entender lo que ocurre. Por otro, me entristece comprobar que poco o nada se ha corregido. La narrativa de género continúa dominando el discurso, con las consecuencias que ello conlleva. El hecho de que un libro de 2019 se lea como recién salido de la imprenta no es una buena noticia: significa que el diagnóstico era certero pero los remedios no se han aplicado.
¿Se le ha pasado por la cabeza escribir una segunda parte de Deshumanizando al varón? ¿Qué temas cree que habría que añadir desde aquel 2019?
Uno de los retos a la hora de escribirlo fue su aspecto multidisciplinar: historia, derecho, antropología, sociología, psicología, periodismo… El papel de Deshumanizando al varón fue abrir la puerta a una perspectiva de género diferente, pero ahora son los especialistas en diferentes campos quienes han de tomar el relevo, profundizando en cada una de las áreas donde este libro sentó las bases. En mi caso, lo más probable es que la siguiente obra se centre en el apartado histórico, y actualmente estoy pensando en compilar fuentes primarias que puedan ser de utilidad para el estudio de la historia social del varón. En cuanto a añadir temas nuevos, apenas toqué la influencia del posmodernismo o de la psicología evolucionista en las discusiones de género, y lo más probable es que expanda esas áreas si decido sacar una nueva edición.
¿Cuándo considera que empezó a transformarse y a discriminarse la figura del hombre hasta llegar a este delirio actual?
Es complicado de resumir. La narrativa de género tal y como hoy la conocemos podría rastrearse hasta el siglo XIX con Friedrich Engels, que situó las relaciones entre hombre y mujer en una dialéctica comparable a la del amo y el esclavo, o el burgués y el obrero. Johann Jakob Bachofen aportó el mito de un pasado matriarcal derrocado por una invasión masculina, idea que después se popularizaría dentro del feminismo. Podríamos hablar de Mary Wollstonecraft u Olimpia de Gouges como antecedentes, pero su forma más reconocible la encontraríamos en la segunda ola del feminismo, particularmente con Kate Millett (quien fue extremadamente influyente en cómo se usa el término «patriarcado» hoy día) o Shulamith Firestone (que identifica al hombre como opresor). Aunque solo fue tras la caída de la Unión Soviética cuando las políticas identitarias se impusieron gradualmente sobre el discurso de guerra de clases que dominaba tanto el ámbito académico como el popular, recibiendo cada vez más apoyo institucional. Esto puede verse también fuera de los estudios de género: por ejemplo (simplificando mucho) los movimientos campesinos en Latinoamérica, basados en la clase, han sido progresivamente sustituidos por movimientos indigenistas. Volviendo al género, los argumentos de Millett y Firestone se basan en una lectura moral del pasado, no histórica: el varón deja de ser un sujeto que responde a presiones del entorno para convertirse en un ser moralmente defectuoso. La situación actual no es un accidente: es la consecuencia lógica de un marco teórico que, al situar al varón como opresor, convierte cualquier agravio hacia él en merecido daño colateral de sus propias decisiones, o incluso justicia pendiente.
La disyuntiva «hombre opresor vs mujer oprimida» es una especie de «declaración de guerra», y así se refiere en su libro. Por otra parte, tres ejes son el hilo conductor de su libro, ¿podría explicarlos brevemente?
Lo de «guerra», por supuesto, no es una metáfora mía, aunque la he utilizado. Y es que cuando se describe a la mitad de la población como enemigo histórico, se crean tribunales específicos para juzgarlo (los tribunales especializados en violencia de género) y se le imponen mayores penas por el mismo delito, entre otros atropellos, el término comienza a no ser tan hiperbólico como pudiera parecer al principio.
Los tres ejes son, en efecto, el hilo conductor de mi obra. El primero, el eco mediático, es la probabilidad de que un hecho se convierta en noticia y la capacidad de esa noticia para multiplicarse, cruzar fronteras y mantenerse en el tiempo. El secuestro de las 276 adolescentes por Boko Haram generó una campaña global (Bring Back Our Girls) que incluso respaldó Michelle Obama. Los aproximadamente 10.000 varones adolescentes secuestrados por el mismo grupo, o los más de 200 que secuestró de golpe Al-Shabaab, no generaron nada comparable. Ese silencio es el primer eje.
El segundo es la ausencia de hilado de género. Todas las tragedias femeninas se presentan conectadas, formando un relato único. Las masculinas, en cambio, aparecen dispersas, como episodios aislados sin vínculo entre sí. Las mayores tasas de suicidio, muertes laborales, fracaso escolar, sinhogarismo, o discriminaciones legales en ámbitos como el servicio militar obligatorio, la pena de muerte, o el castigo corporal en diversos países se tratan sin conexión alguna. Los 1.420 hombres muertos construyendo los estadios de Catar se presentaron como problema de inmigración y de derechos laborales, nunca como problema de género. El hilado de género es, por tanto, el pegamento ideológico que transforma episodios sueltos en relato para ambos sexos.
El tercero, la narrativa de género, sostiene los dos anteriores: mientras al varón se le conciba como privilegiado y opresor, su sufrimiento nunca será digno desde una perspectiva de género. Los tres ejes se alimentan mutuamente: la narrativa justifica la ausencia de hilado, y este justifica la ausencia de eco.

La tesis principal del libro es que no existe un sistema que perjudica a la mujer y beneficia al hombre, sino que el sistema perjudica a ambos sexos de forma diferente, al igual que les otorga ventajas…
Correcto. No existe un sistema unidireccional que oprima a la mujer en beneficio del hombre. Lo que ha existido (y en parte sigue existiendo) es un sistema de roles de género que perjudica y beneficia simultáneamente a ambos sexos en áreas distintas. Por lo general, al hombre se le otorgaba mayor estatus y a la mujer mayor protección. Esto explica, entre otras cosas, que los hombres hayan sido sistemáticamente reclutados para la guerra, enviados a los trabajos forzados y peligrosos, o que constituyan hoy la mayoría de los sin techo, de las muertes laborales y de los suicidios. Un sistema diseñado «para beneficio del varón» no enviaría al varón rutinariamente a la muerte. Tampoco fue una invención puramente masculina: hombres y mujeres lo construyeron, lo transmitieron y lo defendieron conjuntamente. Recordemos que las Leyes de Toro, que incluían la licencia marital, se desarrollaron bajo el reinado de Isabel y se promulgaron bajo el de Juana. Cuando el Eurobarómetro pregunta a los europeos si el papel más importante de la mujer es ocuparse del hogar y los hijos, el 43% de los hombres y el 44% de las mujeres responden afirmativamente. En la India, al preguntar en qué casos está justificado golpear a la esposa, las mujeres lo justificaron en mayor porcentaje que los hombres en todas las categorías. Insistir en que todo fue obra del varón es tan inexacto como injusto.
Los problemas de género que afectan al varón no sólo existen, sino que su magnitud es comparable a la de aquellos que afectan a la mujer. Es innegable que las mujeres siguen sufriendo agresiones y discriminación y hay que seguir combatiéndolo, pero los hombres sufren ablación genital, lapidación, agresiones sexuales…, y cuenta con escaso eco mediático. ¿A quién beneficia siempre el silencio?
La disparidad es abrumadora. En un seguimiento de cuatro meses sobre cinco diarios digitales españoles (El País, El Mundo, ElDiario.es, Público y ABC) recogí 250 noticias y artículos sobre discriminación o violencia femenina desde una perspectiva de género. Sobre los hombres, cuatro. Una diferencia de 62,5 veces. Y no hablamos de problemas menores: ya hemos mencionado que los hombres representan el 80% de los suicidios, el 79% de las víctimas de homicidio global, entre el 70% y el 82% de las bajas civiles en los conflictos armados recientes (Afganistán, Irak, Siria) o el 93% de la población reclusa. Por el mismo delito y controlando otras variables, reciben condenas un 63% más largas que una mujer. Y más allá de las estadísticas, existen otros episodios que podrían añadirse, como los 947 fallecidos en rituales de circuncisión en Sudáfrica, los 71 hombres lapidados por infidelidad en Irán (número que, contrario a lo que la mayoría imagina, supera al de mujeres lapidadas), o los ya citados 1.420 muertos en Catar. A la pregunta de a quién beneficia el silencio, la respuesta es incómoda. Primero, a una clase política que ha encontrado en la narrativa de género un terreno de cultivo electoral cómodo, empleando leyes discriminatorias sin coste aparente. Segundo, a un entramado institucional que vive directamente de esa narrativa y tiene un interés objetivo en perpetuarla. Tercero, a unos medios que se alinean con el discurso dominante porque ir a contracorriente incomoda a patrocinadores, anunciantes y gobiernos, que no quieren sentirse fuera de lo que se considera socialmente aceptable. Y finalmente, a una parte de la sociedad que puede cómodamente dirigir su odio hacia un sector demográfico sin reprobación moral. Más bien al contrario: les permite hacerlo desde una postura de superioridad moral.
Conviene subrayarlo: las mujeres siguen sufriendo discriminación y violencia, y hay que combatirlas. Pero reconocer los problemas masculinos no resta un ápice a los femeninos. Al contrario: cuando se ayuda a los hombres, se está beneficiando también a mujeres y niños, porque ayudar a cualquier miembro de la familia beneficia a toda la unidad familiar. Aunque dicho sea de paso, no debería ser necesario justificarlo así.
Mientras problemas como el suicidio, fracaso escolar o muertes laborales abundan en varones, los medios parecen más interesados en hablar sobre los hombres por «despatarrarse» en el metro, por ejemplo, denominando todo con términos extranjeros como «manspreading», «mansplaining» o «manterrupting»…
Es una de las paradojas más reveladoras. Mientras los índices de suicidio masculino triplican o cuadriplican a los femeninos en prácticamente todos los países del mundo, mientras el fracaso escolar es un problema predominantemente masculino, mientras las muertes laborales son en un 96% de hombres, los medios prefieren importar términos extranjeros con decidida intención peyorativa. La Empresa Municipal de Transportes de Madrid lanzó una campaña con pegatinas advirtiendo contra el despatarre. Nadie, que yo sepa, ha lanzado una campaña institucional equivalente sobre el suicidio masculino tras el divorcio, que multiplica por ocho el femenino en las mismas circunstancias.
El mensaje implícito es claro: si un hombre se suicida, fracasa, o muere en un accidente laboral, se trata de una tragedia individual. Pero si uno ocupa cuatro centímetros de más en un asiento del metro, se convierte en embajador de la cultura masculina. Es el triunfo de lo que se llamó víctima indigna en Los guardianes de la libertad: aquella cuyo sufrimiento no encaja en el relato dominante y por tanto puede ser ignorada con la conciencia tranquila.
Transmiten que los problemas de las mujeres son de género y los de los hombres son humanos, de la sociedad en general. Por no hablar del uso manido de términos como «patriarcado», fuera de contexto siempre, como una deuda histórica… Lo del lenguaje es también para revisarlo
Desde luego. La elección de las palabras nunca es inocente. Términos como «patriarcado» se emplean hoy en un sentido que la antropología clásica no reconocería y que la propia etimología desmiente. Patriarcado significaba «gobierno de los padres» (en la línea del paterfamilias romano) y no fue hasta Kate Millett, en 1970, cuando la teoría feminista lo reconvirtió en sinónimo genérico de dominio masculino. En las sociedades democráticas actuales, dentro del ámbito familiar los padres pierden rutinariamente la custodia de los hijos. Y políticamente hablando hasta podría decirse que fueron los hombres quienes acabaron con el patriarcado, al cambiar la dinámica simbólica de padre e hijo entre el monarca y sus súbditos por un modelo que proponía una relación más igualitaria o «fraternal» (libertad, igualdad y fraternidad). Llamar «patriarcado» a nuestras sociedades es un ejercicio retórico, no descriptivo. Propongo términos alternativos: sistema de roles de género, sistema de género, o, sencillamente, sexismo cuando proceda. Son más precisos, más inclusivos y, sobre todo, más justos, porque no culpan a un sexo en exclusiva de algo que ambos construyeron. Achacar al «patriarcado» o al «machismo» los problemas del varón produce además un efecto perverso: consigue culpar al hombre de su propio sufrimiento. Y solemos tener menos simpatía hacia quienes consideramos responsables de su propio dolor, lo que facilita dar la espalda a problemas de enorme magnitud con la conciencia tranquila.
La «deuda histórica masculina» es otra construcción problemática. Presupone una clase de hombres que decidió colectivamente oprimir a la mujer, cuando en las sociedades premodernas las decisiones políticas las tomaba una élite minúscula, de la que estaban excluidos casi todos, varones incluidos. En España el sufragio universal masculino efectivo duró 49 años (con sus interrupciones) antes de la llegada del femenino. Una vez los hombres como clase pudieron decidir (y sólo entonces), el voto femenino llegó con notable rapidez y, en muchos países, sin derramar una gota de sangre, apoyado por asociaciones de hombres favorables y en ocasiones opuesto por asociaciones de mujeres antisufragistas. La deuda es una construcción política, no una constatación histórica.

La «verdad política» insiste en el 0,01% de denuncias falsas, pero nunca ha sido rebatida pese a que, en realidad, es imposible saber cuántas denuncias falsas existen, dado el alto número de archivadas, retiradas o que no terminan en condena.
Es una de las verdades políticas (es decir, mentiras oficiales o medias verdades que se afirman por su utilidad política, no por la evidencia) más repetidas y menos verificables de nuestro tiempo. La Fiscalía General del Estado acuñó esa cifra contando sólo las denuncias probadas como falsas ante un tribunal, algo casi imposible cuando apenas se persiguen de oficio, cuando dependen de la palabra de la acusadora contra la del acusado, o cuando el hombre prefiere rehacer su vida antes que abrir otro juicio tras haber sufrido el primero. El dato que casi nunca aparece es el otro: entre un 75% y un 80% de las denuncias no terminan en condena. Son archivadas, retiradas, sobreseídas o terminan en absolución. No digo que todas sean falsas (muchas serán auténticas que no pudieron probarse), pero es intelectualmente deshonesto saltar desde el 20-25% de condenas hasta el 0,01% de falsas sin explicar qué ocurre con el 75-80% restante. La verdad honesta es que no sabemos cuántas denuncias falsas existen, y el rango posible se mueve entre el 0,01% y el 80%. Todo lo demás es propaganda.
Hablando de política, el partido Ciudadanos denunció todo este injusto trato a los hombres, pero se dio cuenta de que alcanzaba mejor rédito político y votos uniéndose al discurso de PP y PSOE. Al final, la maquinaria política que todo lo engulle…
Sobre Ciudadanos conviene ser cauteloso en la interpretación, porque hubo matices según el momento y el portavoz. Pero ese caso ilustra un fenómeno más amplio que describí al hablar de los filtros del sistema de propaganda: cuando un partido se desmarca del consenso en materia de género, descubre rápidamente que los costes mediáticos, institucionales y electorales superan ampliamente a los beneficios. La narrativa de género actúa simultáneamente como establishment y anti-establishment, y esa doble condición la vuelve prácticamente incuestionable.
La maquinaria funciona así: los estudios los encargan instituciones afines, los realizan académicos también afines, los publican medios igualmente afines sin contradicción, y terminan convertidos en propuestas legislativas. Cierra el círculo un grupo de reforzadores de opinión (asociaciones, institutos de la mujer, columnistas) cuyo papel es ejecutar la difamación ritual del disidente. Los casos de Toni Cantó, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Arcadi Espada o Elisa Beni que menciono en el libro responden al mismo mecanismo. Incluso jueces han denunciado presiones por parte de sectores alineados con los reforzadores. Por eso la maquinaria sigue engrasada: no porque convenza a todos, sino porque el coste individual de discrepar abiertamente es prohibitivo. Un partido que entre en esa lógica tiene tres caminos: asumir la narrativa, callar, o asumir el ostracismo. Lo lamentable es que en el estado de cosas actual, lo más probable es que se prive a la sociedad del debate que necesita.
Habla de países subdesarrollados y su utilización política. Mientras las mujeres serían automáticamente regularizadas, los varones deben contar con algún supuesto: edad, enfermedad o estar casado con una de las mujeres solicitantes. Y, amparándose en declaraciones de este Gobierno en ruedas de prensa como, «ese machismo globalizado que lleva instalado diez mil años, y nosotros llevamos veinte solo de lucha» o como dijo Rodríguez Zapatero, «son siglos de incultura, siglos de patriarcado».
Es uno de los capítulos más reveladores del libro, porque expone las dos caras de la misma moneda ideológica. En su país de origen, el hombre del país subdesarrollado es presentado como un déspota patriarcal (el «odioso patriarca» de la izquierda, el «bárbaro» de la derecha). En cuanto cruza la frontera hacia un país desarrollado, se transforma en una figura bondadosa y honrada a la que hay que acoger sin reservas. Dos estereotipos contradictorios aplicados al mismo sujeto según convenga políticamente. Es una variante postmoderna del orientalismo que lo despoja de humanidad para convertirlo en peón del juego ideológico.
El caso marroquí es revelador. El plan de regularización del gobierno de Marruecos, financiado por la Unión Europea, estableció que todas las mujeres serían regularizadas automáticamente, junto a sus hijos y cónyuges. Los varones solo lo serían si cumplían algún supuesto: edad avanzada, enfermedad o estar casados con una de las solicitantes. Un hombre soltero y sin hijos, aunque viniera huyendo de un conflicto armado, aunque hubiera sido violado en el camino (recordemos que hasta 2013 Naciones Unidas no reconoció formalmente a los hombres como víctimas de violencia sexual en conflictos armados), no se consideraba vulnerable. El Instituto Europeo por la Igualdad de Género no emitió una sola nota de protesta. Las cifras son elocuentes: el 82% de los inmigrantes que mueren en la travesía, año tras año desde 1990, son hombres. Y sin embargo las políticas migratorias, y la prensa que las acompaña, refuerzan la idea contraria: la mujer es vulnerable por el hecho de serlo, el hombre no. A esto se suman ejemplos como el de Uruguay, que decidió no acoger a refugiados sirios que fueran varones adultos, o la exclusión de los hombres de las políticas microfinancieras para salir de la pobreza, iniciativa aplaudida desde Naciones Unidas y desde El País.
Frases como «ese machismo globalizado que lleva instalado diez mil años, y nosotros llevamos veinte solo de lucha» o «son siglos de incultura, siglos de patriarcado» no son adornos retóricos: son el sustento ideológico que permite justificar todas estas discriminaciones. Cuando se presupone una culpa inherente, cualquier medida concreta se presenta como justicia merecida.
¿Cree que este terremoto de discriminación por género será pendular? (Hemos visto que la narrativa va cayendo por su propio peso al salir a la luz casos como el de Íñigo Errejón o cargos del PSOE, como Paco Salazar).
No estoy seguro. Hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas. A favor del péndulo juegan varias cosas. La primera, que la realidad siempre termina imponiéndose: el fracaso escolar masculino, el suicidio, la pérdida de referentes en los adolescentes varones son problemas que crecen, y llegará un momento en que ignorarlos tenga un coste social insostenible. La segunda, que los casos de hipocresía que usted menciona (Errejón, Salazar y otros) erosionan la autoridad moral del discurso dominante. Durante años se nos dijo que el hombre era el problema y que la solución pasaba por «deconstruirlo». Cada vez que uno de los portavoces más activos de esa deconstrucción resulta haber practicado en privado lo contrario de lo que predicaba en público, la maquinaria pierde algo de su legitimidad, y mucha gente que callaba empieza a hacerse preguntas. La tercera, que en internet y en medios alternativos ha emergido una generación capaz de formular preguntas que en medios tradicionales se consideraban tabú.
En contra del péndulo juega algo más poderoso: el entramado institucional. Cuando un discurso ha cristalizado en leyes, ministerios, observatorios, departamentos universitarios, subvenciones y carreras profesionales, desmontarlo es extraordinariamente difícil. Los intereses creados en torno a la narrativa de género son demasiados como para que cambien de la noche a la mañana. Además, hay factores culturales y evolutivos que dificultan la aparición de un movimiento comparable por los derechos del varón que pueda servir como contrapeso: el sesgo endogrupal femenino, entre otras cosas, es unas 4,5 veces superior al masculino.
Mi apuesta es que veremos un reequilibrio gradual, desigual según los países, pero ni automático ni indoloro. Requerirá un paraguas conceptual donde quepan distintos movimientos por la igualdad (incluyendo los que trabajan por los derechos del varón) y donde el feminismo pierda el monopolio que hoy tiene sobre el debate. Y requerirá, sobre todo, que comprendamos que reconocer los problemas del varón no va en contra de las mujeres: va en favor de todos.