La División Azul

Se cumple el 85º aniversario del alistamiento, organización y partida al frente oriental de los voluntarios de la División Azul en julio de 1941

El 2 de agosto de 1940, el embajador del Reich en Madrid, Eberhard von Stohrer, recibe un telegrama de Berlín. Lo firma Ribbentrop –el ministro de Exteriores– y, de entre los distintos párrafos, hay uno que fija su atención: “lo que ahora queremos conseguir es una pronta entrada de España en la guerra”.

Stohrer se queda de piedra. Hasta ese momento, España no había jugado absolutamente ningún papel en los planes alemanes; ¿qué ha pasado?

Pues que Adolf Hitler no ha previsto que pronto estaría en guerra contra los occidentales, y menos aún contra Gran Bretaña y, en consecuencia, no ha fabricado las armas para poner a ésta fuera de combate. En el verano de 1940 carece de bombarderos estratégicos, de lanchas de desembarco, de blindados adaptados, de una armada capaz de forzar –siquiera por unas horas– el cruce del canal, y está escaso de submarinos… La tan abrumadora como imprevista victoria sobre Francia desemboca en un forzado compás de espera, porque Hitler no sabe qué hacer. La Operación Seelöwe (“León Marino”) –la invasión de las islas británicas– es sólo un farol destinado a atemorizar a Londres y volver más razonable al gobierno de Su Majestad después de haberle ofrecido la paz, pero este no puede aceptar la aplastante hegemonía de una Alemania que tiene el continente a sus pies, y la rechaza.

Y si no puede terminar la guerra ni en la mesa de negociaciones ni asaltando frontalmente las islas, sólo tiene una salida: desplegar una estrategia periférica que dañe Gran Bretaña en sus líneas de suministros y que, poniendo en riesgo el imperio, haga entender a Churchill el prohibitivo precio de su obstinación. En esa estrategia, uno de los principales objetivos es neutralizar el Mediterráneo, para lo que es imprescindible cerrarlo por Suez y por Gibraltar. Y aquí es donde España cobra importancia.

Los alemanes necesitan ahora a España para tomar el peñón, y –como revela el telegrama que recibe Stohrer– dan por hecho que se doblegará: por toda Europa los países que no han sido conquistados se muestran enormemente obsequiosos con Hitler, y el caso de Franco –piensan– no será diferente. Comienza entonces una presión que será incesante por parte de Berlín, y que durará largos meses.

Franco no está convencido de que Alemania haya ganado la guerra y, en último término, no le interesa que ninguna potencia controle el continente con la aplastante superioridad que exhibe el Reich. Comienza entonces a desplegar una estrategia consistente, por un lado, en ganar tiempo y, por el otro, en estar atento a la evolución de la guerra por si Hitler decidiese el reparto del imperio francés; en ese caso, quiere que los alemanes sepan que España está la primera en la cola de los aspirantes a controlar Marruecos. Pero, de momento, él no va a cometer la imprudencia de Mussolini de dar por muertos a los Aliados y entrar en guerra.

A fin de conocer cuáles son los propósitos alemanes, en septiembre de 1940, el Caudillo envía a Serrano a Alemania, de la que éste vuelve decepcionado; donde creyó encontrar camaradería, no halló más que altanería y exigencia. Serrano, negándose a llegar a acuerdo alguno, se remitió entonces a una reunión posterior entre Hitler y Franco, propuesta por el primero, en lo que fue el origen de la famosa entrevista de Hendaya. Entre tanto, y mientras los españoles daban largas a los alemanes, el aún ministro de Exteriores –Juan Luis Beigbeder– aseguraba a los británicos que nada tenían que temer de la posición de su gobierno: España no entraría en guerra porque, sencillamente, no estaba en condiciones de participar en ningún conflicto exterior. El estado de la economía era catastrófico tras la guerra civil, con una pérdida del 28% de la riqueza nacional y la aparición del hambre; el Estado Mayor había calculado esa primavera que España no podría afrontar una guerra hasta 1950. Además, la supervivencia misma del país dependía de las importaciones que llegaban por el Atlántico, que controlaba Gran Bretaña a través de los Navicerts, y el Reich no estaba en condiciones de sustituir a los británicos como proveedor. A partir de entonces, Alemania prometería ayuda a España a cambio de guerra, mientras el Reino Unido ayudaba a cambio de paz. Para Franco, la elección no era dudosa.

Por supuesto, sigue de cerca la evolución del conflicto y, caso de que los Aliados estuviesen al punto del colapso, es probable que hubiera intervenido para conseguir la mayor tajada al precio más bajo posible; pero nunca lo sabremos, porque no se dio la circunstancia. Con lo que sí tuvo que lidiar fue con la permanente presión de Hitler, que le urgía a tomar una decisión (naturalmente, favorable para él). En esa estrategia, para Franco fueron básicas las concesiones dialécticas a modo de sustitutivo de la beligerancia activa que el Führer le demandaba; como reveló el ministro de Industria Demetrio Carceller a los estadounidenses, “Franco da de palabra lo que no está dispuesto a conceder de obra”.

Los insistentes apremios alemanes para que la camaradería tantas veces proclamada desde Madrid se tradujese en una colaboración efectiva, cristalizaron en la Conferencia de Hendaya, el 23 de octubre de 1940, que quizá fue el episodio más decisivo de esa larga e intensa ristra de presiones, pero en modo alguno el único.

En vísperas de Barbarroja

A comienzos de junio de 1941, la situación de España era muy complicada. Se acababa de reformar el gobierno, dando mayor presencia a los falangistas, y se había firmado un convenio con la Santa Sede que no gustó a Hitler. Este, desesperado con Franco, había delegado en Italia la responsabilidad de arrastrar a España al conflicto. Así que el día 2, reunidos en el Brennero Mussolini, Hitler y los ministros de Exteriores de ambas potencias, Ciano fue designado para intentarlo de nuevo.

Escribió, pues, éste a Serrano reprochándole con dureza la abstención de España en la cruzada del Eje. España, insistió Ciano, pagaría caro no haberse sumado a tiempo a la alianza germano-italiana, pues “en los tiempos que corren lo que cuenta es la responsabilidad que hombres y países asumen, y solo es en relación con esta que cada uno podrá reclamar su puesto en el mundo de mañana”. Mussolini añadía unas líneas en las que le solicitaba que España se sumara al Pacto Tripartito e hiciese pública su adhesión, lo que Franco había rechazado ya en septiembre de 1940.

La carta fue entregada el día 9 de junio, y Serrano fue de inmediato a ver a Franco. Según el ministro, tuvo que emplear toda su influencia con el Caudillo para evitar que este utilizara sus habituales tácticas dilatorias, y comunicó al embajador italiano que la ratificación por parte de España del Pacto Tripartito le conduciría sin duda a la guerra y, probablemente, a la pérdida de algunos territorios entre los que estaban las islas Canarias. Extrañamente, Ciano comunicó a Ribbentrop en su encuentro del 15 de junio que España estaba mucho más decidida a entrar en la guerra, pero el alemán no lo creyó, informado por Stohrer tras una entrevista del embajador con Serrano.

Lo que salvó a España de dichas presiones fue la Operación Barbarroja, que se desencadenó justo una semana más tarde, el 22 de junio de 1941. Aunque Hitler mantuvo a España en la más absoluta ignorancia al respecto (ni siquiera fue advertido Mussolini), Franco tuvo noticia del mismo a través de Helsinki y Estocolmo el día 13, lo cual indudablemente le animó a insistir en su conocida táctica dilatoria: era cuestión de esperar unos días, y el foco de la guerra pasaría de Occidente hacia el Este. Al menos se ganarían unos meses y, quién sabe si, derrotada la URSS, el conflicto en su conjunto no adquiriría otro cariz. El estallido del enfrentamiento entre Alemania y la Unión Soviética representó un verdadero alivio para Madrid.

Una hora crucial

Pero, de momento, dicho ataque situaba a Madrid en una posición complicada. Las hostilidades de Alemania con la URSS obligaban a España a manifestarse de un modo mucho más comprometido de lo que hasta el momento se había permitido con respecto al conflicto entre el Eje y los Aliados; la Unión Soviética, en su condición de patria del comunismo mundial, y a consecuencia de su intervención en la guerra civil, era la mayor enemiga del régimen.

Además, durante los pasados meses, Franco había pretextado ante Hitler repetidas veces que una de las razones por la que España dilataba su entrada en la guerra, era que la preparación de la opinión pública; pero era obvio que, en caso de conflicto con la Unión Soviética, tal preparación era superflua.

De hecho, como consecuencia de las noticias que llegaban tras el ataque alemán, España fue sacudida por una oleada de entusiasmo (como, por otra parte, numerosos países de toda Europa). Las concentraciones, convocadas por la Falange, se sucedieron por toda la geografía nacional, mientras los miembros del gobierno se reunían en la noche del 23 al 24 de junio a fin de determinar qué actitud adoptar. Por lo pronto, el mismo 22 de junio Serrano Suñer había comunicado a Stohrer que podía contar con una formación de voluntarios españoles para combatir contra el comunismo, “independientemente de la completa participación española junto al Eje cuando llegue el momento oportuno”.

Y precisamente la creación de esa unidad dio lugar a un tenso debate en el consejo de ministros, reflejo del acaloramiento que se vivía en las esferas de poder del régimen a cuenta del reparto de influencia entre las diversas familias del mismo, particularmente entre los falangistas y los militares. Estos últimos no estaban dispuestos a dejar que la aventura fuese monopolizada por la Falange, de modo que Varela trató de que se enviase una división regular del ejército. Aquello provocó la ira de Serrano, porque Varela no entendía las implicaciones que tenía el que España enviase tal tipo de formación; si en lugar de voluntarios encuadrados por la Falange era una unidad regular del ejército la que se encargaba de hacerlo, podía considerarse con toda razón que la propia España se convertía en un estado agresor, lo que provocaría una declaración de guerra de la URSS. Las consecuencias de ese hecho podían ser devastadoras –y lo hubieran sido, desde luego, como luego demostró la alianza de Churchill con la Unión Soviética–. “¿Una división del ejército español? ¡…esto sí que es la guerra!” replicó Serrano, iracundo contra Varela, al que denostó personalmente. La tensión se podía cortar.

Al final se llegó a un acuerdo a través del cual se daba una cierta satisfacción a ambas partes: la unidad estaría compuesta por voluntarios, en su inmensa mayor parte falangistas, pero encuadrada por oficiales del ejército regular, si bien sólo participaría en el conflicto en calidad de tropa juramentada para servir exclusivamente en el frente oriental en la lucha contra el comunismo.

Y es que lo que Varela proponía era exactamente lo que estaba deseando Ribbentrop a fin de empujar a España a participar junto al Eje. En Berlín, el ministro de Exteriores creyó durante aquellos días que nuestro país entraría en guerra, contrariamente a lo que pensaba Hitler, para quien había quedado claro que Franco se sumaría tan solo en el último momento. Ribbentrop telegrafió a Stohrer que apremiara a los españoles; la campaña se preveía corta, por lo que Madrid debería proceder con la mayor celeridad a incorporarse al esfuerzo del Eje mediante una declaración de guerra formal a la URSS. Stohrer, sin embargo, informaba de que Serrano le había dado largas, alegando –lo que, por otro lado, se correspondía con la realidad– que la entrada de España en guerra contra la Unión Soviética representaría como mínimo un bloqueo económico mortal para España por parte de los anglosajones, cuando no, directamente, una declaración de guerra de Londres. Serrano, continuaba Stohrer, era consciente de que el envío de la fuerza de voluntarios españoles también podía provocar una situación semejante, pero no tenía otro remedio que correr el riesgo.

El día 24 de junio, desde el balcón de Alcalá 44, el número dos del régimen, Ramón Serrano Suñer, dictaba sentencia: “Rusia es culpable”. En las calles, incontenibles muchedumbres de camisa azul proclamaban su deseo de marchar a combatir el comunismo. Por toda España se abrieron banderines de enganche en los cuarteles, en la mayoría de los cuales se alcanzó el cupo de voluntarios en apenas unas horas. La menor contraindicación física eliminaba a los candidatos; se falsificaban edades para conseguir enrolarse; cargos políticos  hacían valer su condición para conseguir plaza; miles de estudiantes del SEU dieron el paso, como un solo hombre, renunciando a una prometedora carrera civil a cambio de un incierto destino en las estepas y bosques boreales de la Unión Soviética.

Voluntario se somete el preceptivo examen médico

La unidad que se formó tuvo la numeración 250 del Ejército alemán, pero fue conocida como “División Azul” por el color de las camisas que vestían bajo el feldgrau de la Wehrmacht. En su gran mayoría estuvo compuesta por falangistas, aunque no faltaron voluntarios de otras inclinaciones políticas del bando nacional, aventureros, y hasta un minúsculo número de rojos que calculaban pasarse al enemigo a la menor oportunidad. En un contingente de 45.000 seres humanos tiene que haber, lógicamente, de todo.

Su contribución a la guerra en el frente del Este no fue –no podía ser– excesivamente relevante, dadas las cifras millonarias de combatientes que se dieron cita en Rusia. Pero el heroísmo y la humanidad de que hicieron gala les valió el reconocimiento de aliados y enemigos en aquel gigantesco macrocosmos bélico.

Para Franco, la participación de la División Azul fue un poderoso argumento que le permitió alegar su contribución al esfuerzo de guerra del Eje a fin de conjurar las exigencias germanas, al tiempo que enjugar la deuda contraída con Alemania durante la guerra civil. A corto plazo le sería muy rentable, pero es también cierto que, a partir de 1942, recibiría fuertes presiones de estadounidenses y británicos para que retirase la unidad del frente oriental.

Cinco mil de aquellos divisionarios dejaron sus vidas en Rusia y unos once mil fueron heridos o sufrieron mutilaciones. Su sacrificio no fue en absoluto inútil, pues contribuyeron a la independencia de España, aunque España, ni entonces ni ahora, haya sabido retribuir su épica generosidad.

Soldado español de la División Azul

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