Hay que pararse en el siglo de Miles Davis, que habría cumplido cien años a finales de mayo. Bastaría observar su medio siglo artístico, período en el que cambia el jazz o lo lidera como un profeta, un artista proteico mezcla de Picasso y David Bowie.
Miles es el músico para aficionarse al jazz moderno y conocerlo un poco, como un gran tronco del que salen las distintas ramas y grupos del estilo.
Miles cambió varias veces su música. Empezó con el bop, siguió con el cool, luego el hard bop, el jazz modal, el gran grupo con Hancock y Shorter; el jazz eléctrico y fussion, y aun le daría, ya entrado en años, para acercar la fusión al pop y al hip hop.
Su evolución tiene algo de revoluciones kuhnianas sucesivas que se dan en si mismo, y en cada nuevo paradigma, además, cambia de aspecto, muta, estiloso como era, viene acompañado de una forma nueva de vestir.
¿Qué movía a Miles? Si se analizan sus cambios, podría encontrarse un par de regularidades. Una es un proceso de liberación: del bop al modal, donde los acordes repetitivos cambian por escalas de mayor expresividad, luego la liberación total del Bitches Brew, y luego incluso, y es más discutible, podría hablarse de una liberación económica, industrial, de trascender el jazz y su limitación hacia el éxito de los grandes estadios.
Hay en su evolución también algo pendular: del libérrimo bop de la expresión negra pasa al cool suave y orquestado por Gil Eavs; de ahí vuelve al bop duro, y salta al modal llevado en parte por Bill Evans que deposita en la música negra armonías y motivos de la música europea; después, con la libertad absoluta con la que inicia los 70, lleva la fussion rock al pop comercial en los 80, a la melodía feliz con la tierna versión de Human Nature (Jackson) o Time After Time (lauper)… y del pop aun salta al hip hop, a la dureza callejera entrevista en Doo Bop, justo antes de morir.
Miles se cansaba rápido o se superaba y en ese zigzag llevaba el jazz del fraseo previsible a las puertas lisérgicas del universo, de los clubes bop de Nueva York a los grandes estadios, y él mismo pasaba, de sus ropas de chico negro de la Ivy League a ir vestido, al final, del japonés Issey Miyake, con hombreras enormes, brillos, estampados pictóricos, ropas desestructuradas y grandes gafas de sol de estrella incomparable.
En su evolución, Miles tenía también algo de vampirismo, descubría y aprendía con los jóvenes, aprovechaba su energía. Se mantuvo siempre abierto, en la disciplina de entender lo nuevo.

El jazz podría resumirse en dos trompetas: Louis Armstrong primero, y Miles Davis después. Dos actitudes en el escenario, dos épocas. El primero, cantante, entertainer, hombre feliz cara al público; el segundo, algo sieso, en pose de músico serio, parado ante el micrófono o luego, con el micro insertado en la trompeta, errante y hasta de espaldas y sin scat posible al quedarse sin voz después de una operación de pólipos en la que no supo guardar silencio.
Miles Davis era un negro acomodado, erguido y orgulloso ya. Su padre era dentista y él recibió educación en la `prestigiosa Juilliard, aunque para lo que tenía que hacer no había academia. Es legendaria su forma de superar la heroína. Método cold turkey. Se encerró en una habitación en la casa paterna y no salió hasta estar limpio cinco días después. De los años iniciales del bop salió con otra clara determinación: su capacidad técnica no podía igualar a la de Parker o el trompetista Dizzy Gillespie, así que debería buscar otro tempo, y cambiar de tiempo era pedir espacio. Miles buscaría un estilo de espacios, de silencios, influido al parecer por el piano sui generis de Ahmad Jamal.
Junto al fraseo, supo definir su exacto sonido. Manipuló la sordina Harmon y creó un sonido afilado, penetrante, denso y preciso reconocible al instante.
¿Cuando había conseguido Miles su sonido y su fraseo?
Quizás en los discos con el arreglista Gil Evans, el Birth of The Cool, Miles Ahead, Sketches of Spain y el Porgy and Bess, cuatro obras maestras absolutas. Su sonido se aquilató en el cool, sereno y sin grandes vibratos. Luego se fue formando, desarrollando su plena expresividad en los geniales discos de Prestige, el quinteto con Coltrane: Cookin’, Relaxin’, Workin’, Steamin’… y ya estaba preparado en el 59 para el disco del siglo: Kind of Blue.
Solo por ese disco, Miles pasaría a la historia. Es un disco liderado por él pero imposible sin el pianista Bill Evans, con el que había estado tocando nueve meses. Evans dejó el grupo por un cansancio general no ajeno a ciertas tensiones de racismo inverso. «Un profesor de Harvard en medio de Harlem», así se le definió. Único blanco del grupo, fue entonces cuando comenzó con a heroína. Evans fortaleció su estilo, su resistencia, y salió resuelto a tener su propio grupo, y Miles conoció un semejante, alguien que le iba a ayudar a abrir las puertas del jazz a la sensibilidad y a nuevos campos de expresión. Su colaboración se reconoció en Blue in Green, composición de Evans –algo en realidad reconocible– que mucho tiempo se consideró solo de Miles Davis. Ese tema es un tour de faiblesses en el que entra el colosal baladista Coltrane.
La experiencia de escuchar el Kind of Blue en un vinilo es algo característico del siglo XX, una experiencia estética cumbre de esos años. Poner la aguja, entrar en la densidad del silencio y sentir el piano, la nota del contrabajo (un ligero aire al inicio de Bernaola en La Clave) y luego dejarse llevar por las líneas de viento…
Sin embargo, aunque Kind of Blue es ‘el disco’ es casi seguro que cada aficionado puede mencionar un disco de Miles que prefiere; de entre las decenas de álbumes de estudio y directos, el disco preferido de Miles Davis suele ser uno menos conocido. Quizás entre los grupos de transición, cuando es muy evidente que desmonta algo y prueba cosas nuevas. ¿Han escuchado el Seven Steps to EHaven o el directo My Funny Valentine?
(Ese disco tiene un gemelo, Four & More, con los temas rápido del mismo concierto. De forma parecida, frente al baladista introspectivo, el aficionado va construyendo su Miles dinámico, bienhumorado y silbable, en la proporción de Freddie Freeloader dentro del Kind of Blue.
Miles Davis es tan enorme que el aficionado no suele estar a la altura. Es un catálogo demasiado extenso el suyo, que recorre medio siglo de vida norteamericana y consolida una música universal; que quiere llevar de Dizzy Gillespie a Prince. A veces es un problema de temperamento, de actitud para la libertad. Para algunos, los discos de los setenta, geniales, cósmicos, que han cambiado la vida de mucha gente, resultan difíciles. Es probable que la vida nos ponga en la situación de tener que explorarlos.

Años 80. Festival de Montreux o algún otro del verano europeo. Somos muy afortunados de verlo por la tele. Suenan los acordes ambientales que anuncian su trompeta. Sonidos de sintetizadores, conatos eléctricos que salen de músicos jovencísimos y de espaldas, como un mandarín de alta costura, o Paquita rico dentro del un árbol de Navidad, con una larga melena rizada, encorvado, como si lo que busca saliera de su estómago, una estrella emite el sonido inconfundible. Ese susurro, ese leve arrastre engatusador y luego incandescente. Toca y no toca el Time after Time, un éxito comercial, como si lo rehuyera o lo desliara en sucesivas acometidas leves que lo rodean, sin tocarlo del todo, con sutiles pellizcos de armonía que extraen un caudal de emoción que parece inagotable.
Se habla del músico que atraviesa décadas y guía una música a través del muy cambiante espíritu del tiempo, pero si uniésemos todos los solos de Miles, y los escucháramos como merece, encontraríamos un buscador en otra dirección, lírico y reflexivo, alguien que indaga hacia lo esencial.