¿Qué es ese ‘Brexit’ del que usted me habla?

Los mismos debates que impulsaron el referéndum siguen dominando buena parte de la conversación pública

Bliss it was in that dawn to be alive

But to be young was very heaven.”

― William Wordsworth, The Prelude

Contemplando fotografías recientes del primer ministro británico, Keir Starmer, sonriente junto a líderes europeos como el alemán Friedrich Merz y el francés Emmanuel Macron, o leyendo declaraciones contundentes en los medios, uno no diría que el Reino Unido es un socio de la Unión Europea; apostaría que es un miembro especialmente bien integrado en el club: se trate de Ucrania, de Rusia, de seguridad continental, de comercio internacional y de los desafíos planteados por Donald Trump, todos ellos hablan con una misma voz.

Técnicamente, sabemos que esto no es así. Técnicamente, hará el próximo día 24 diez años, una mayoría de británico decidió que prefería estar fuera de la Unión Europea. Y quien recuerda aquellos días sabe que no hubo nada exclusivamente ‘técnico’ en aquella decisión.

No, en aquel momento era ver un río fluyendo hacia su fuente, un prodigio, un portento: la primera vez que un electorado “desobedecía” a la más feroz e insistente propaganda de todos los poderes de la tierra. El propio gobierno que había convocado el referéndum, los conservadores de David Cameron, no querían el ‘Brexit’. Ninguno de los partidos tradicionales quería el Brexit. Las instituciones teóricamente independientes e imparciales, como el Banco de Inglaterra, no querían el Brexit. Y no lo querían los financieros internacionales, ni los líderes europeos, ni el mundo de la cultura, ni la Academia, ni las grandes empresas, ni la abrumadora mayoría de los medios de comunicación, dentro y fuera de las islas.

Pero lo quisieron los británicos, y aquello fue extraordinario, con independencia de lo que técnicamente significaba, porque equivalía a la primera rebelión exitosa del aún larvado y ya denostado movimiento soberanista.

Durante meses se había tratado de aterrorizar a los británicos. El Banco de Inglaterra hablaba de recesión. El FMI alertaba de graves consecuencias económicas. George Soros –¿qué boda sin la Tía Juana?– anunciaba turbulencias financieras. David Cameron había convertido la permanencia en la Unión Europea en una cuestión casi existencial. Los mercados apostaban por la victoria del ‘Remain’. Las casas de apuestas también. Como con el Cambio Climático, ninguna profecía catastrofista se cumplió, ni de lejos.

Y empezó el milagro. Llegaron los resultados de Sunderland, Hartlepool. Middlesbrough. Stoke. La vieja Inglaterra industrial comenzó a aparecer en las pantallas como un invitado inesperado al que nadie había reservado asiento. A medida que avanzaba la madrugada, los comentaristas televisivos fueron pasando de la confianza a la incredulidad. Al amanecer, Cameron anunciaba su dimisión y el Reino Unido había votado abandonar la Unión Europea.

El Brexit es un de esos fenómenos históricos en los que la fuerza simbólica pesa tanto o más que las consecuencias, una vez más, meramente ‘técnicas’. En este caso, símbolo de que el soberanismo era una idea cuyo tiempo había llegado, a despecho de todos los poderes de este mundo conjurados contra ella. Cinco meses después llegaría la victoria de Donald Trump, otro resultado que nadie esperaba. Más tarde vendrían Meloni, el ascenso de AfD, el crecimiento constante de Marine Le Pen y la consolidación de movimientos soberanistas en buena parte de Occidente. El Brexit fue el primer aviso serio de que millones de votantes habían dejado de aceptar como inevitables muchas de las convicciones compartidas por las élites políticas, económicas y culturales de las democracias occidentales.

Durante décadas se había repetido que la integración europea avanzaría inexorablemente, que la globalización económica imponía sus propias reglas, que la inmigración masiva podía gestionarse técnicamente y que la soberanía nacional debía ceder progresivamente espacio a instituciones supranacionales. Podían discutirse los ritmos. La dirección parecía decidida de antemano. Y los británicos se permitieron disentir, respetuosamente.

El Brexit nunca fue principalmente una discusión económica. El lema que resumió la campaña vencedora apenas contenía tres palabras: Take Back Control, recuperemos el control. Simple. Millones de británicos sentían que decisiones cada vez más importantes escapaban a cualquier control democrático efectivo. Hablaban de fronteras, de legislación, de tribunales, de burocracias y de una creciente distancia entre gobernantes y gobernados. El Brexit no iba a traer la felicidad a Gran Bretaña; sencillamente, podrían ocuparse de sus propios asuntos.

Pero la fuerza antibrexit no iba a dar por buena la opinión del pueblo británico sin resistirse con uñas y dientes. Se activó el llamado Proyecto Miedo. Pocas veces una opción electoral había afrontado una oposición tan unánime. Gobierno, oposición, Banco de Inglaterra, FMI, OCDE, grandes empresas, celebridades, académicos y medios de comunicación coincidían en el diagnóstico. Se habló de recesión inmediata, de centenares de miles de empleos destruidos, de desplome inmobiliario, de fuga masiva de empresas y de una crisis económica comparable a la de 2008. Nada de esto pasó.

Durante años se sucedieron las campañas para repetir la consulta, los llamamientos a un segundo referéndum, los intentos de retrasar la salida y los esfuerzos por reinterpretar el resultado. El Brexit acabó produciéndose, pero una parte considerable del establishment británico siguió contemplándolo como un error histórico que debía corregirse, limitarse o neutralizarse.

Y sí, cayó la libra, aumentó la incertidumbre en los mercados. Pero no hubo nada ni parecido al apocalipsis anunciado. Y con la victoria del brexit –técnicamente, el “no” a la permanencia en la Unión– no fue David Cameron, obligado a dimitir, el único derrotado. El mayor vencido de la noche fue el “consenso globalista”.

La victoria de Trump, apenas cinco meses después, amplificó esa sensación. Las mismas instituciones que habían descartado el Brexit descartaban ahora una victoria republicana. Los mismos expertos que habían advertido sobre el desastre británico anunciaban otro desastre al otro lado del Atlántico. Para una parte creciente del electorado occidental, las élites parecían equivocarse con excesiva frecuencia y con excesiva seguridad.

Pero la historia del brexit acaba mal. O, por lo menos, no acaba como pretendían quienes lo votaron. Sí, técnicamente Gran Bretaña quedó fuera de la Unión Europea. Nadie lo diría. Contemplando la entente de hierro entre el Reino Unido de Starmer –como antes el de Boris Johnson– con los principales líderes de la Unión Europea, se diría que el brexit fue un ‘faux pas’, una terrible malentendido que es de mala educación mencionar en la buena sociedad.

Y uno de los temas en el que resultó más decepcionante el resultado fue, precisamente, el que había movido a un mayor número de ‘brexiters’: la inmigración masiva descontrolada.

En 2023 la inmigración neta alcanzó 906.000 personas, el nivel más alto registrado en la historia británica. La libre circulación europea había desaparecido. Las cifras migratorias alcanzaban máximos históricos. Para muchos votantes favorables al Brexit, aquello resultaba difícil de reconciliar con las promesas de control que habían impulsado el referéndum.

Escocia, donde había triunfado el “sí” a la UE, volvió a agitar la cuestión independentista. Irlanda del Norte obligó a diseñar complejas fórmulas constitucionales para evitar una frontera física en la isla. Nuevos problemas sustituyeron a problemas antiguos. Pero ninguna de esas cuestiones logró desplazar del centro del debate las preguntas originales sobre soberanía, representación democrática e inmigración.

Diez años después, Nigel Farage sigue ocupando un lugar central en la política británica. Reform UK continúa creciendo. Los mismos debates que impulsaron el referéndum siguen dominando buena parte de la conversación pública. Una reivindicación plenamente satisfecha suele desaparecer. Una reivindicación que continúa creciendo después de haber ganado suele indicar que sus partidarios consideran insuficiente la victoria obtenida.

Y volvemos a la fotografía de 2026, y nos recuerda vagamente –quizá, injustamente– a esa última escena de Rebelión en la Granja, esa magnífica alegoría de George Orwell, en la que los animales de la granja contemplan a sus líderes, los cerdos, confraternizando alegremente con los hombres, sus opresores, y ya apenas pueden distinguir quiénes son los hombres y quiénes los cerdos.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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