Quemémoslo todo

Florilegio destinado a la hoguera progresista

La marea de la corrección política ha subido tanto, que amenaza con ahogarnos a todos. Más conocida en los últimos años por los términos ingleses woke y cancellation, nos ordena lo que debemos pensar e incluso las palabras que podemos usar. Y todo lo que se salga de lo permitido por esta moderna dictadura está prohibido, sea actual o de siglos pasados. En nombre de la igualdad y la libertad, claro, para que nadie proteste.

Por ejemplo, la aplicación de audiolibros LibriVox hace esta advertencia a sus lectores para evitar soponcios:

“Dado que los libros que tenemos son de dominio público, nuestros lectores y oyentes deben tener en cuenta que muchos de ellos son muy antiguos y pueden contener lenguaje o expresar conceptos anticuados, en el mejor de los casos, u ofensivos, en el peor”.

Cuesta estar al día de la avalancha de disparates. Últimamente la superprogre factoría Disney ha censurado dos cuentos del tío Gilito “como parte de nuestro compromiso con la diversidad y la inclusión”. El pecado consiste en que en dichas historietas aparece un negro como personaje malvado. Pero el arrepentimiento no se limita al acaudalado pariente del pato Donald, ya que en todas las películas clásicas de Disney sobre aristogatos, cenicientas, ciervos o enanitos aparece desde hace algunos años esta advertencia a los espectadores:

“Este contenido incluye representaciones negativas o tratamiento inapropiado de personas o culturas. Estos estereotipos eran incorrectos entonces y lo son ahora. En lugar de eliminar este contenido, queremos reconocer su impacto nocivo, aprender y fomentar que se hable sobre él para crear entre todos un futuro más inclusivo. Disney se compromete a crear historias con temas inspiradores y motivadores que reflejen la gran diversidad de la experiencia humana en todo el mundo”.

Tan al día quieren estar los progresistas de Disney, que en El acólito, serie grabada en 2024 sobre el ya gastadísimo tema de La Guerra de las Galaxias, los jedis son negros y –lo más importante– aparecen unas brujas lesbianas que utilizan la famosa Fuerza para quedarse embarazadas sin conocer varón. Según se informa, ha sido un fracaso de público fenomenal, por lo que no van a seguir grabándola e incluso han retirado los episodios ya terminados, no sin antes acusar a la extrema derecha de haber sido la responsable del descrédito mediante la siembra de racismo y odio. Una de sus protagonistas, Amandla Stenberg, lesbiana y conocida activista de Black Lives Matter, declaró en una entrevista que el objetivo perseguido por la serie había sido “hacer llorar a los blancos”.

Sus competidores de Warner Bros también advierten a su público del contenido potencialmente peligroso de sus películas clásicas:

“Los dibujos animados que van a ver son producto de su tiempo. Puede incluir algunos de los prejuicios étnicos y raciales habituales en la sociedad americana. Aquellas descripciones estaban equivocadas entonces y siguen estándolo hoy. Aunque esta película no representa la visión de Warner Bros de la sociedad actual, estos dibujos animados se muestran como fueron creados originalmente puesto que hacer lo contrario equivaldría a afirmar que esos prejuicios nunca existieron”.

Por otro lado, las novelas de James Bond, sesenta años después del fallecimiento de Ian Fleming, comenzarán a aparecer expurgadas de toda referencia interpretable como irrespetuosa hacia personas de razas diferentes de la blanca. También Roald Dahl tendrá que contemplar desde el más allá cómo sus libros son censurados para que no incluyan palabras tan intolerables como gordo, feo y calvo.

Las nuevas ediciones de los libros de Agatha Christie han sufrido la amputación de expresiones pecaminosas como oriental y nativo, sustituidas por el inocuo término local; y la descripción de una mujer como de tipo gitano ha quedado como una mujer joven. Pero el caso más contundente es el de su celebérrima novela Diez negritos (Ten little niggers), publicada en 1939. Este título, derivado de una canción infantil medio siglo anterior, fue sustituido en las ediciones estadounidenses, ya desde 1940, por la frase final de la canción, Y no quedó ninguno, debido a que la palabra nigger se consideraba ofensiva en tierras americanas. Otras ediciones americanas utilizaron el título Ten little indians, al parecer aceptable. Pero en Gran Bretaña los diez negritos sobrevivieron hasta 1985, momento en el que los herederos de la escritora decidieron acomodarse a la corrección política llegada desde la otra orilla del Atlántico. La guinda del asunto consiste en que esta actualización de títulos y gustos ha llegado a cambiar la realidad con efectos retroactivos hasta el punto de que en la edición española de la editorial Espasa de 2023 se explica a los lectores que con Y no quedó ninguno ¡se ha restituido el título original!

Continuando en USA, the land of the free, hace algunos años se encargó a un equipo de sensitivity readers el hermoso trabajo de señalar los términos y expresiones que puedan dañar las delicadas córneas de los lectores actuales. De ahí la interesante paradoja de que, en esta época de sufragio universal y libertades infinitas, unas pocas personas no elegidas por nadie pueden decidir lo que se puede y lo que no se puede leer en vez de dejarlo a la voluntad de cada uno.

Dada la enorme variedad de las materias censurables, ¿quedará en pie algo de la literatura mundial? Empezando por los peliagudos asuntos de la raza, ¿tendremos que condenar a la hoguera, junto a las historias de Bond, Poirot y el tío Gilito, cientos de libros de todo tipo –numerosas novelas de London, Rider Haggard o Verne, poemas de Kipling e incontables relatos de militares y exploradores– en los que se vertieron opiniones sobre africanos y asiáticos por los que hoy sus autores serían linchados?

Tema especialmente delicado es el de la homosexualidad, tabú durante milenios y sólo aceptado, a duras penas, a partir de la segunda mitad del siglo XX. Téngase en cuenta, por ejemplo, que Thomas Jefferson, padre fundador de los Estados Unidos y no precisamente un cristiano ortodoxo, propuso que lo que entonces se llamaba sodomía fuera castigada con la misma pena que la violación: la castración.

Pero en nuestros días ha cambiado el rostro del pecado: ya no es la homosexualidad, sino la homofobia. Recientemente hemos visto cómo canciones de gran éxito son hoy motivo de escándalo. A Mecano se les ha reprochado que en su canción Quédate en Madrid dijesen que “siempre los cariñitos me han parecido una mariconez”, y a Hombres G, que pretendiesen vengarse “de ese marica” llenándole el cuello “de polvos pica-pica”. Sorprende, por lo tanto, que todavía no hayan metido mano a West Side Story, musical de Broadway y megaoscarizada película en cuya prodigiosa escena del sargento Krupke uno de los pandilleros alega, para justificar su anormalidad, que su hermana tiene bigote y su hermano lleva faldas. Y si en vez de hace un cuarto de siglo a Cela con motivo del centenario de Lorca, se le ocurriese hoy a algún escritor decir que “preferiría para mí una conmemoración más sobria, menos anecdótica y sin el apoyo de los colectivos gays; no tengo nada en contra de los gay, simplemente me limito a no tomar por el culo”, le lapidarían al amanecer.

Natural e inevitablemente, los tiempos cambian: hoy a nadie le interesa la orientación sexual de los demás y nadie en sus cabales abogaría por reintroducir la prohibición del sufragio femenino, la obligatoriedad de profesar tal o cual religión, la esclavitud, la tortura procesal o la pena de muerte para los homosexuales según establece el Antiguo Testamento (Levítico 20,13). Pero eso no debería implicar que deban ser borradas de las nuevas ediciones las palabras que no encajan con la mentalidad de hoy. Ni se debe juzgar el pasado con los ojos del presente ni se puede cambiar la historia. Y además no sería prudente, ya que de sus errores y sus aciertos aprenden las generaciones posteriores.

¿Qué beneficio obtendrían los historiadores y juristas del presente si se les privase del conocimiento de que las Siete Partidas, el más importante cuerpo normativo de la historia de España, vigente desde su promulgación en el siglo XIV hasta bien entrado el XIX, penaba con la muerte a quienes, pecando “de lujuria contra natura”, yacieran con personas de su mismo sexo o con animales (Partida VII, título XXI)? La pregunta no es inocente, puesto que en la edición antológica de la editorial Castalia (1992) fue precisamente el título XXI el único ausente de la Partida VII. ¿Casualidad?

Para no ofender a los homosexuales del siglo XXI, ¿habrá que eliminar de futuras ediciones de la obra poética de Francisco de Quevedo (en la imagen) el Epitafio a un bujarrón que concluía con los siguientes versos, hoy escandalosos?:

“No en tormentos eternos
condenaron su alma a los infiernos;
mas los infiernos fueron condenados
a que tengan su alma y sus pecados.
Pero si honrar pretendes su memoria,
di que goce de mierda, y no de gloria;
y pues tanta lisonja se le hace,
di: Requiescat in culo, mas no in pace”.

¿No podremos volver a representar la clásica Fuenteovejuna porque a Lope de Vega se le ocurrió poner en boca de Laurencia el siguiente reproche a los hombres de su pueblo?:

“Liebres cobardes nacisteis;
bárbaros sois, no españoles.
Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
¡Poneos ruecas en la cinta!
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre de estos traidores!
¡Y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes!
¡Y que mañana os adornen
nuestras tocas y basquiñas,
solimanes y colores!”.

Fue precisamente Lope quien dedicara El rey sin reino al capitán Alonso de Contreras, autor del famoso Discurso de mi vida, uno de los libros de memorias más importantes del Siglo de Oro. En él refiriose el capitán a los homosexuales –palabra acuñada en el siglo XIX para referirse a quienes en siglos anteriores fueron denominados comunmente sodomitas– como putillos, y dejó para la posteridad párrafos tan delicados como éste:

“Supe que Solimán de Catania había jurado que me había de buscar y, en cogiéndome, había de hacer a seis negros que se holgasen con mis asentaderas, pareciéndole que yo me había amancebado con su amiga, y luego me habría de empalar. No tuvo tanta dicha en cogerme”.

¿Y qué hacemos con los versos que, en tiempos más recientes, el comunista Miguel Hernández dedicó a Gil Robles?:

“Vete, mariconazo: se te ha visto

bajo los pantalones el roquete

y bajo la mirada el ano hambriento.

Algún día estarás, me cago en Cristo,

dentro del purgatorio de un retrete

enunciando la mierda con tu aliento”.

Es importante subrayar, además, que la tradición homofóbica occidental –no compartida, por cierto, en otros lugares como la India– no es consecuencia del cristianismo, como suele señalarse para añadir un cargo más al abultado pliego contra la Iglesia. Efectivamente, san Pablo condenó la homosexualidad calificándola de pasión vergonzosa y contra natura cuyos practicantes no entrarán en el reino de Dios (Romanos 1, 26-27 y 1ª Corintios 6, 9-10).

Pero condenas a la homosexualidad se lanzaron muchos siglos antes de las epístolas de san Pablo y del nacimiento de Cristo. Ovidio, por ejemplo, criticó en su Arte de amar a los afeminados que se preocupaban excesivamente de su apariencia porque hacerlo era propio “de jóvenes coquetas o del torpe varón, si lo hubiera, que pretenda conquistar a otro varón” (Arte de amar, libro I, 505-520).

Cuatro siglos antes, en una Grecia tolerante en algunas épocas y lugares con algunos modos de la homosexualidad, Platón había considerado que ésta era una funesta perversión de la norma que la naturaleza había establecido para todos los animales, humanos incluidos, es decir, la unión de los dos sexos para la generación (Leyes, libro I, 636D y libro VIII, 835E).

Y dos siglos antes de Platón, una de las fábulas menos reproducidas en las recopilaciones de Esopo, Zeus y el Pudor, rezaba lo siguiente:

“Cuando Zeus modeló a los hombres, les infundió enseguida las diferentes facultades, pero sólo se olvidó del Pudor. Como no encontraba por dónde introducírselo, le mandó que entrara por el recto. Al principio, el Pudor se negó e indignó, pero después de que Zeus le insistiera mucho, dijo el Pudor: “Pero entro con esta condición, que si entra otro detrás de mí, me marcho inmediatamente”. De esto viene el que todos los maricones sean gente sin pudor. Podría aplicarse esta fábula al lascivo”.

El Antiguo Testamento, san Pablo, Ovidio, Platón, Esopo, Lope, Quevedo, Hernández…, y así hasta el infinito. ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Levantamos con el producto de tres milenios de pensamiento una gran pira en la que arda todo lo que no encaje con la mentalidad actual? Arrancadas las más hondas raíces de la civilización occidental, tanto las perennes como las caducas, tanto las que nos gustan como las que no nos gustan, ¿qué nos quedará? ¿Y de qué secreta fuente de conocimiento se sacan nuestros luminosos profetas del progresismo que lo que ellos construyan sobre la nada será más elevado?

Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

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