Cincuenta años sin Fofó

La muerte del mítico payaso de la tele impactó a una generación de niños, adultos hoy que recuerdan una España segura de sí que ya no existe

Imaginad a un niño de ocho años a punto de comenzar las vacaciones de verano. Tres meses de no pisar la escuela, de jugar con los amigos en la calle, de bañarse en la piscina municipal y ver cine al raso. Intentad imaginar, por un momento, la alegría de este niño vestido con una camisa de cuadros y de manga corta, pantalones cortos, flequillo rubio, que desea llegar a casa para arrojar la cartera a un rincón y olvidarse de los deberes de don Severiano. Un paraíso ante sus ojos. Y ahora poneos en situación cuando este crío de ojos azules y pecas en las mejillas recibe la noticia de que Fofó, el más divertido de los payasos de la tele, ha muerto ¡Fofó ha muerto! Para este niño, que conserva la inocencia, es imposible de creer. La muerte no entra en su cabeza. Fofó no puede estar muerto. Este niño llora, como llorarán miles de críos que cada tarde esperan a que Gaby les pregunte al inicio de la función: “¿Cómo están ustedes? El chiquillerío responde: “¡¡¡Biennnnn!!!”. “¡Más fuerte, que no se oye! ¿Cómo están ustedes?”, insiste Miliki. Los niños, elevando la voz, se desgañitan: “¡¡¡Biennnnn!!!”.

Aquel 22 de junio de 1976, del que se cumplen cincuenta años, fue una tragedia nacional. El entierro de Alfonso Aragón Bermúdez (Fofó) reunió a 25.000 personas en el cementerio de Vallecas. El payaso había muerto, a los 53 años, por una hepatitis B que contrajo, al parecer, en una transfusión que le hicieron al operarlo de un tumor cerebral benigno meses antes.

Aquel niño se emociona hoy al ver la entrevista que José María Íñigo, en el programa Esta noche … fiesta, le hizo tras la convalecencia. La enfermedad parece haber sido superada. El payaso bromea con lo corto que lleva el pelo. A preguntas del periodista, Fofó le confiesa: “Voy a tratar de vivir con más ilusión”. “Me siento más joven, más alegre y más simpático”. “Veo a mis nietos con más alegría”. Eran las respuestas de un hombre que había vuelto a nacer y que, inesperadamente, murió semanas después.

De ‘Susanita’ a ‘Cómo me pica la nariz’

Aquel niño recuerda las portadas de las revistas Pronto y Semana, con la cara sonriente de Fofó, vestido como solía, con su sombrero rojo, un suéter del mismo color, pantalones azules y zapatones. Sin desmerecer a sus compañeros, Fofó era el más querido, frente a la seriedad del clown Gaby, el buenazo de Miliki, torcedor de palabras, y el histriónico Fofito, su hijo. Los niños esperaban a que el espectáculo acabase para escuchar la canción de Fofó. Entonces aparecía con un micrófono colgado del cuello, sujetaba una trompeta y se lanzaba a cantar Susanita, La gallina turuleca, Hola, don Pepito y Cómo me pica la nariz. Franco fue gran seguidor del programa El circo de TVE. Una vez, cuando se declaró un incendio en TVE, preguntó, preocupado: “¿Le ha pasado algo a Fofó?”.

Detrás del carisma de Fofó había muchos años de estudio y trabajo. Pertenecía a una saga circense que se remontaba el siglo XIX. Su abuelo fue el payaso Gabriel Aragón (el Gran Pepino) y su padre Emilio Aragón Foureaux (Emig), que formó trío con sus hermanos Pompoff y Thedy. Del matrimonio de Fofó con Juana Sac nacieron cuatro hijos. Fofó le recordó a Íñigo que debutó en el circo a los cuatro años. Desde aquel día no dejó de hace reír a tres generaciones de niños de habla hispana. Primero actuó, con su padre y sus hermanos, en pueblos de Madrid; después en Barcelona y en 1939 se presentaron en el célebre circo Price.

Después de la muerte del padre en 1946, los tres hermanos se decidieron a hacer las Américas. Pusieron rumbo a Cuba, donde vivieron trece años. Allí fueron pioneros en llevar el circo a la tele, en 1949. Todo se torció cuando los barbudos de Fidel Castro se hicieron con el poder. Los revolucionarios congelaron las cuentas de los extranjeros residentes. Nacionalizaron las televisiones. Querían que Gaby, Fofó y Miliki interpretasen canciones revolucionarias para los niños. Se dice que Fofó se las tuvo con Fidel cuando este irrumpióen un estudio de televisión. El payaso le dijo que ellos no hacían política. Su función era, nada más y nada menos, que hacer reír a los niños. Y convenció al comandante para que los acompañase en un número. Los payasos huyeron de Cuba una noche de 1960. Después vivieron y trabajaron en Estados Unidos —donde colaboraron con Buster Keaton—, Puerto Rico, México y Argentina.

En 1973 TVE los contrató, a prueba, para cubrir el vacío de Los chiripitifláuticos. La llegada de los tres hermanos, junto a Fofito que se había incorporado al espectáculo dos años antes, fue un gran éxito. Su estreno fue el 19 de julio de 1973. El programa se llamaba El gran circo de TVE. Duraba cerca de media hora. Tenía un poco de todo —gags, canciones, concursos y aventuras—, lo suficiente para que los payasos conquistaran a los pequeños del país.

“Fofó se ha ido al cielo”

La muerte de Fofó dejó rota a la familia. A los dos días del fallecimiento, los dos hermanos y su hijo volvieron a la pista del circo. Como hacía siempre, Gaby fue el primero en hablar: “Fofó, voluntariamente, se ha ido al cielo a cantar canciones a todos los niños que están en el cielo. Él está contento y nosotros estamos contentos”. Pero la procesión iba por dentro. En una pausa de la grabación del programa se les ve abatidos por la muerte. La mirada perdida de Miliki refleja la tristeza de todo un país por lo ocurrido.

Gaby, Miliki y Fofito se plantearon dejar el programa de TVE. Pasaron el verano de 1976 en Torrevieja. Allí decidieron que volverían en septiembre. El vacío lo cubrió Milikito (Emilio Aragón), en un principio un payaso mudo que se comunicaba con un cencerro. Después se incorporó Rody (Rodolfo Aragón), hijo de Fofó. Los payasos estiraron el éxito hasta los años ochenta, hasta que cada uno tiró por un lado: Gaby apadrinó Los Gabytos con cinco de sus diez hijos; Miliki formó dúo con su hija Rita Irasema; Fofito emprendió una carrera en solitario y Milikito se convirtió en un productor de éxito.

Pero nada fue igual tras la muerte de Fofó. Él fue el alma mater de los hermanos Marx españoles. Fofó se marchó al cielo, y la España que hombres como él representaron se perdió poco a poco, comenzando por la inocencia de los niños. La España de 1976, pese a los estragos de la crisis del petróleo, conservaba una pujanza industrial. El futuro se conjugaba en primera persona. Aquellos niños que merendaban viendo a los payasos de la tele, muchos procedentes de familias modestas, acabaron siendo médicos, abogados, ingenieros, arquitectos y empresarios, sin demérito por otros oficios y profesiones. Estudiaron la EGB, el BUP y el COU, según el itinerario fijado por la Ley General de Educación de José Luis Villar Palasí

Fofó supo siempre que lo suyo era la felicidad de los niños. Nada que ver con la política. Se murió pocos días antes de que un político apuesto y desconocido para la mayoría de los españoles sustituyese a Carlos Arias Navarro como presidente del Gobierno. En noviembre de ese año, las Cortes franquistas se hicieron el harakiri aprobando la Ley para la Reforma Política, votada en referendo, por amplia mayoría, en diciembre.

El Madrid de Santillana gana la Liga en 1976

En 1976 el Madrid de Santillana y Miguel Ángel ganó la Liga al Barcelona de Migueli. Carlos Saura estrenó Cría cuervos; Rocky fue la película más taquillera; Lina Morgan, Florinda Chico y Antonio Ozores triunfaban en el teatro con Casta ella, casto él. El destape estaba al caer. Ese verano España obtuvo dos medallas de plata —en piragüismo y vela— en las Olimpiadas de Montreal. Si te llamaban a casa y no estabas, eran tan fácil como dejarte un recado. En las casas de socorro se hervían las jeringuillas de cristal, y en los autobuses viajaban un conductor y un cobrador. En la barra del bar se pedía un chato de vino.

Un niño de 58 años recuerda aquel tiempo con nostalgia, con la duda de si, a nuestro parecer, aquel tiempo pasado fue mejor, como escribió Jorge Manrique. Fofó, por su talento, espíritu de trabajo y preparación, perteneció a una España envidiable en muchos aspectos, un país que no volverá, mal que nos pese, donde la inocencia de los niños era sagrada —¡y ay de quienes se atreviesen a mancillarla!—. Arrancar la sonrisa de un pequeño era el mayor triunfo al que todo payaso podía aspirar.

Cincuenta años después de aquella trágica muerte, aquellos niños, hoy un proyecto de jubilados, aún nos sentimos huérfanos de Fofó, que debe de estar pasándoselo en grande, en el Olimpo de los grandes payasos de la historia, junto a Charlie Rivel, Oleg Popov y Antonet.

Licenciado en Ciencias de la Información y Derecho. Trabajó en diarios nacionales y regionales durante veinte años. Hoy compagina el periodismo de opinión con su dedicación a la enseñanza. Ha publicado el libro de relatos Alivio de domingo. Escribe de literatura y vida en el blog 'Yo maté a Dorian Gray'.

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