Un poder totalitario, que es el proyecto que lleva décadas avanzando en Occidente, es un poder al que no se le opone ninguna resistencia eficaz, ni formal ni informal, ni pública ni privada. Ese poder encuentra relativamente fácil colonizar y adueñarse de las instituciones intermedias, de los contrapoderes creados para limitar su alcance. Pero hay dos instituciones demasiado viejas para ceder fácilmente y que, por eso, el poder quiere destruir o infiltrar a toda costa: la Iglesia y la familia.
La primera parece, a todos los efectos prácticos, neutralizada. La segunda, más antigua y natural, está en las últimas, y su paulatina disolución está ya teniendo unos efectos devastadores, sociales, políticos, culturales y económicos.
Y, por supuesto, demográficos. España acaba de convertirse en uno de los países del mundo con mayor proporción de mujeres sin descendencia, solo por detrás de Japón. Y si esta caída catastrófica de la natalidad responde a múltiples causas, a menudo se elude empezar por el principio, el “chico encuentra chica”. Porque cada vez más a menudo, el chico y la chica no están encontrándose.
Antes de la maternidad está el emparejamiento. Y antes del emparejamiento está el mercado afectivo-sexual. Y ese mercado ha saltado por los aires.
Toda la relación social entre hombres y mujeres descansa sobre un hecho biológico elemental: el óvulo es caro; el esperma es barato. Esa asimetría genera dinámicas distintas de competencia y selección. Las mujeres, en términos agregados, son el recurso reproductivo escaso. Los hombres compiten por el acceso a ese recurso, desde el principio de los tiempos.
En entornos no regulados, la competencia masculina tiende a concentrar oportunidades en una minoría. La genética histórica lo confirma: más mujeres que hombres han transmitido sus genes a lo largo del tiempo, con una diferencia abismal. La varianza masculina es estructuralmente mayor.
Cuando la competencia es abierta y no existe contención institucional, la desigualdad reproductiva masculina aumenta.
La civilización nace cuando las sociedades desarrollan sistemas para paliar este desequilibrio, sin el que es imposible que la masa de varones jóvenes sin acceso a reproducción estable inviertan a largo plazo, planifiquen el futuro, se “domestiquen” canalizando su agresividad y reduzcan así la volatilidad social.
El gran invento se llama monogamia. Si solo se puede tener una mujer en exclusiva, y las mujeres solo pueden tener un varón en iguales circunstancias, la distribución sexual se vuelve igualitaria (el macho alfa de la manada no puede quedarse con todas las hembras), con lo que una mayoría de la masa social tiene incentivos para construir, cumplir las leyes, pensar a largo plazo, ahorrar; todo, en fin, lo que requiere una civilización para funcionar. Pura biología. Un hombre sin horizonte familiar vive en presente continuo. Invierte menos. Se vincula menos. Es más agresivo. Tiene menos que perder. Al permitirles ser padres, les convierte en accionistas del sistema con un interés directo en la prosperidad general. Reducir la desigualdad reproductiva fue, durante siglos, una forma de pacificación.
El feminismo ha desmontado ese mecanismo. En el contrato ancestral el varón ofrecía manutención y protección a cambio de sexo y exclusividad, pero hoy las mujeres no necesitan ninguna de las dos cosas. Se mantienen solas, y el Estado es su protector, su macho alfa.
Pero en los últimos años ha aparecido un fenómeno que acelera y agrava esa erosión del mercado: las aplicaciones de citas, que han convertido el emparejamiento en un mercado continuo, global y algorítmico. Han eliminado mediaciones tradicionales: comunidad, reputación, gradualidad, presión social hacia la estabilidad.
El proceso de selección se ha simplificado y acelerado. Veamos dos casos.
Álvaro, 31 años, empleo estable, físico normal, sin antecedentes penales ni traumas visibles. Vive en una capital de provincia. Abre Tinder. En dos semanas ha dado cientos de “likes”. Obtiene pocos “matches”. Las conversaciones mueren rápido. Descubre que la aplicación le sugiere pagar por más visibilidad. Paga. Mejora fotos. Ajusta perfil. Se convierte en gestor de su propia marca. No busca esposa. Busca aparecer en el radar. Compite contra miles de hombres a la vez. No contra su entorno. Contra un mercado sin límites.
Lucía, 28 años, perfil atractivo pero no excepcional. Abre la aplicación y recibe decenas de interacciones en días. No necesita pagar. Su problema no es la escasez, sino el exceso. Puede filtrar. Puede comparar. Siempre hay uno ligeramente más alto, más atractivo, más exitoso. La sustitución es inmediata. El algoritmo la anima a seguir deslizando. La opción mejor está a un gesto de distancia.
Álvaro y Lucía responden racionalmente al entorno, pero el resultado agregado es devastador.
En esas plataformas, alrededor de tres de cada cuatro usuarios son hombres. Las mujeres seleccionan un porcentaje reducido de perfiles; los hombres validan casi la mitad. El resultado es concentración. Para el 80% de las mujeres solo existe el 20% de los hombres. El resto es ruido. Es una falla del mercado sin solución posible por la que un grupo reducido acumula atención y una mayoría compite por visibilidad.
Cuando el mercado sexual opera sin contención institucional, vuelve a comportarse según su fundamento biológico: el óvulo es caro, el esperma es barato. Las mujeres seleccionan. Los hombres compiten. Y cuando la competencia se intensifica sin límites, la desigualdad aumenta.
España ofrece el escenario completo de esa transformación. La tasa de nupcialidad ha caído a unos 3,6 matrimonios por cada mil habitantes, la edad media para casarse se acerca a los cuarenta en los hombres, la fecundidad roza los 1,1 hijos por mujer, con un saldo vegetativo negativo superior a cien mil personas al año. Es la extinción a medio plazo.
Lo verdaderamente novedoso de Tinder y sus equivalentes no es que digitalicen el ligue. Es que eliminan el freno.
Durante siglos, la competencia sexual estaba limitada por el entorno: el barrio, la familia, la parroquia, el círculo social. La reputación importaba. El descarte tenía consecuencias. La abundancia se reducía a la proximidad física.
Las aplicaciones han suprimido ese límite natural, creando un mercado de alta frecuencia en el que cada mujer lleva en el bolso un catálogo potencialmente infinito de hombres; y cada hombre compite no ya con su vecindario, sino con todos los varones de su ciudad —o de su país— simultáneamente. La comparación es constante. La sustitución es instantánea. La paciencia se evapora. Cada cita es una audición, una entrevista de trabajo para el varón.
Porque el algoritmo no corrige la desigualdad: la amplifica. Los perfiles que reciben más atención reciben aún más visibilidad. El atractivo se convierte en capital acumulativo. Los ganadores ganan más. Los perdedores desaparecen. No es una metáfora: es el funcionamiento técnico de la plataforma.
El resultado es una poligamia invisible. No jurídica. No declarada. Pero real. Un pequeño porcentaje de hombres concentra una proporción desmesurada de la atención femenina. El resto queda fuera del circuito efectivo de emparejamiento estable.
El sistema vuelve a su estado biológico original cuando se eliminan los diques institucionales. Óvulo caro. Esperma barato. Selección intensa. Varianza masculina disparada.
La diferencia es que hoy esa dinámica no ocurre en una tribu de cien personas. Ocurre en una sociedad de cuarenta y ocho millones. Sin freno. Sin contención. Sin horizonte. La monogamia fue un mecanismo de estabilización masiva. Las apps son su disolvente técnico. El chico no encuentra chica. O la encuentra demasiado tarde. O la comparte sin saberlo.
No es una anécdota generacional. Es una mutación estructural del mercado. Y los mercados, cuando operan sin regulación sobre un fundamento biológico asimétrico, no tienden al equilibrio. Tienden a la concentración. No es coyuntura. Es estructura.
Históricamente, las sociedades han sobrevivido a invasiones, quiebras, revoluciones, pestes. A lo que no puede sobrevivir es a su propia extinción. Y esta está llegando, no con una explosión, sino con una guerra fría entre los sexos.