Las tesis fundamentales de los historiadores favorables al Frente Popular (comunistas, socialistas, anarquistas, independentistas/separatistas o republicanos de izquierda laicistas) apenas han variado en las últimas décadas, independientemente de las convicciones o sensibilidades particulares de sus autores. Según ellos, la violación y la destrucción de la República por parte de las derechas reaccionarias y fascistas habrían sido deliberadas. El bando nacional habría tenido un programa de masacre sistemática, mientras que, por el contrario, el terrorismo del bando republicano habría sido «provocado», habría tenido únicamente un carácter «accidental», «espontáneo», y nunca habría sido organizado por los partidos ni por el Gobierno; los crímenes más atroces habrían sido perpetrados por «elementos incontrolados», en ningún caso por verdugos o torturadores; los asesinatos más sádicos habrían sido excepcionales y los Tribunales Populares habrían sido en definitiva «indulgentes». ¡Por supuesto, se puede desinformar, mentir y soñar incansablemente sobre las intenciones!
También existe una corriente demócrata-cristiana, minoritaria, que siempre se ha mostrado favorable al bando republicano y que se inspira en los ejemplos de los franceses François Mauriac, Emmanuel Mounier y Jacques Maritain, quienes consideraban al Frente Popular como un mal menor en la lucha contra el fascismo (el caso de Georges Bernanos, que detestaba a los militares, incluido Franco, también es citado por ellos, aunque es más complejo, ya que no solo el autor de Los grandes cementerios bajo la luna tenía en alta estima a José Antonio, sino que su propio hijo combatía en las filas de la Falange). Frente a las posturas favorables al Frente Popular de estos autores (véanse, en particular, las declaraciones insultantes de Benoît Pellistrandi, sorprendentemente en la línea de los métodos del militante comunista-estalinista Manuel Tuñón de Lara), no está de más recordar las numerosas declaraciones y testimonios de personalidades mucho más directamente implicadas en el conflicto y mucho mejor informadas. He aquí algunos ejemplos, en su mayoría mal o poco conocidos:
Niceto Alcalá-Zamora y Torres (Priego de Cordoba, 1877 – Buenos Aires, 1949), presidente de la República de 1931 a 1936, fue uno de los críticos más severos del Frente Popular. Ya al día siguiente de las elecciones de febrero de 1936, y tras su destitución el 7 de abril, escribió en sus Diarios (manuscritos robados, recuperados y publicados en 2011) y en el Journal de Genève del 17 de enero de 1937: «En la mayoría de las provincias hubo negociaciones ocultas, manejos, violencias y coacciones […]. Casi toda España hizo lo mismo que La Coruña, es decir, rectificaciones postelectorales vergonzosas de un buen número de actas.»
«Ha resultado extraordinariamente difícil obtener las cifras de esta reciente votación. Han sido necesarios varios días de esfuerzos porque, desde el 17 de febrero, las manipulaciones y los trucos para hacer vivir o morir a tantos candidatos hacían imposible la tarea.»
«Las Cortes prepararon así dos golpes de Estado parlamentarios. Con el primero se declararon a sí mismas indisolubles durante todo el mandato presidencial. Con el segundo me destituyeron. Quedó eliminado el último obstáculo en el camino de la anarquía y de todas las violencias de la guerra civil.» «Ya desde el 17 de febrero, incluso desde la noche del 16, el Frente Popular, sin esperar al final del escrutinio ni a la proclamación de los resultados, que debía efectuarse por las Juntas Provinciales del Censo el jueves 20, desencadenó en la calle la ofensiva del desorden: reclamó el Poder por medio de la violencia.»
«Crisis; algunos gobernadores civiles dimitieron. A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de documentos electorales; en muchas localidades los resultados pudieron ser falsificados.»
Manuel Azaña y Díaz (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, 1940), presidente del Gobierno (de 1931 a 1933), primer presidente del Gobierno del Frente Popular, presidente de la República a partir del 10 de mayo de 1936, «Maestro masón» y militante laicista, es autor de unas declaraciones alucinantes sobre la Guerra Civil (en la fotografía, junto a Franco en 1934).
Conocidas son sus declaraciones más intolerantes y dogmáticas : «España ha dejado de ser católica» (13 de octubre de 1931); «No hay libertad contra la libertad » (Cortes, 30 de septiembre de 1932); “La revolución no se hace nunca con la mayoría” (Bilbao, 21 de abril de 1934); «Por encima de la Constitución está la República y por encima de la República está la Revolución » (El Sol, 17 de abril de 1934) o también «Antes que una República en manos de los enemigos de la República, preferimos cualquier catástrofe » (Madrid, 1 de julio de 1934).
Pero en sus Memorias políticas y de guerra y sus Diarios publicados en 1978 y 1997 escribe palabras desilusionadas y desconcertantes: «Cada partido, cada organización sindical quería tener su ejército propio»; «Las columnas se disputaban los hombres, las armas y las municiones»; «Cada cual atendía a su propia salvación.»; «¿Dónde está la solidaridad nacional? Yo no la veo»; «Una de las peores consecuencias de la guerra ha sido la disociación del Estado»; «Cada partido, cada organización sindical quería tener su ejército propio»; «Las columnas se disputaban los hombres, las armas y las municiones»; «Cada cual atendía a su propia salvación.» Muy a menudo aparecen expresiones como: «histeria revolucionaria», «robos», «asesinatos», «desmoralización», «incompetencia», «caciquismo», «separatismos», etc. En la Velada de Benicarlo (1939) también se lee: “El Estado ha perdido en gran parte su autoridad; el poder está disperso; la guerra ha hecho surgir múltiples centros de decisión que actúan sin coordinación ni disciplina. La revolución ha añadido nuevas tensiones a las viejas divisiones de España, y el resultado es una desorganización general que dificulta la acción común.”
Indalecio Prieto (Oviedo, 1883 – Ciudad de México, 1962), político socialista nombrado varias veces ministro entre 1931 y 1933 y entre 1936 y 1938, considerado «moderado», proclamaba, no obstante, en la campaña electoral de 1933: «Estamos dispuestos a obtener nuestras reivindicaciones de una u otra manera» y en 1934poco antes de la revolución socialista de octubre: «Que el proletariado se haga con el poder. Que haga de España lo que se merece». «El Partido Socialista va a la conquista del Poder, y va a la conquista, como digo, legalmente si puede ser. Nosotros deseamos que pueda ser legalmente, con arreglo a la Constitución, y si no, como podamos.» Pero, arrepentido de sus palabras y de su actuación, escribió más tarde: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro como una falta, como un pecado, no como gloria.» Y añadió: «Estoy exento de responsabilidad en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y desarrollo» (Ciudad de México, el 1 de mayo de 1942, Discursos en América, 1944).
Francisco Largo Caballero (Madrid, 1869 – Paris, 1946), dirigente del PSOE y de la UGT, consejero de Estado bajo la dictadura del general Primo de Rivera[1], ministro de Trabajo (1931-1933) y jefe del Gobierno desde septiembre de 1936 hasta el 17 de mayo de 1937, fue el principal responsable de la bolchevización del Partido Socialista a partir de finales de 1933. Sus discursos vehementes, sus exhortaciones a la Revolución y sus llamamientos más o menos velados a la eliminación de la burguesía le valieron el apodo de «el Lenin español» por parte de las Juventudes Socialistas. Los órganos oficiales del Partido Socialista, Claridad y El Socialista, se hacían eco de ellos, repitiendo incansablemente: «Guerra de clases. ¡Odio a la burguesía criminal!», «Estamos decididos a hacer lo que se ha hecho en Rusia», «Que los españoles elijan: el fascismo o el socialismo».
Abundan las declaraciones extremistas de Largo Caballero. He aquí una pequeña muestra:
“El Partido socialista no es un partido reformista […] cuando ha habido necesidad de romper con la legalidad, sin ningún reparo y sin escrúpulo. El temperamento, la ideología, y la educación de nuestro partido no son para ir al reformismo” (Discurso en el XIII Congreso del PSOE celebrado en 1932, siendo Largo Caballero ministro de Trabajo y Previsión Social).
«La democracia no es más que el primer paso hacia la instauración de la dictadura del proletariado. Que nadie dude de que el poder nos pertenecerá y, por la fuerza, si es necesario» (El Liberal, Bilbao, 20 de enero de 1936).
“En las elecciones de abril (1931), los socialistas renunciaron a vengarse de sus enemigos y respetaron vidas y haciendas; que no esperen esa generosidad en nuestro próximo triunfo. La generosidad no es arma buena. La consolidación de un régimen exige hechos que repugnan, pero que luego justifica la Historia”. (Madrid Cine Europa, 1 de noviembre de 1933)
“Tenemos que recorrer un periodo de transición hasta el socialismo integral, y ese período es la dictadura del proletariado, hacia la cual vamos” (Mitin de Murcia, 15 de noviembre de 1933)
“Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: ‘Como en Rusia’). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacía la revolución social […] mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia […] Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil […] No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar” (8 de noviembre, Badajoz, “El Socialista”, 9 de noviembre de 1933).
«Hay comunistas que dicen que no pueden aliarse con los socialistas. No me explico esa posición […] Nosotros hemos aceptado íntegramente los principios del Manifiesto comunista… Coincidimos en la teoría. Además, el comunismo y el socialismo son dos etapas en absoluto diferentes [.,,] No nos diferenciamos, como se habrá podido ver, en nada de los comunistas. (Madrid, 20 de abril de 1934, El Socialista, 21 de abril de 1934).
“Nuestro partido, es ideológicamente, tácticamente, un partido revolucionario […] cree que debe desaparecer este régimen “(Mitin en el Cinema Europa de Madrid el 1 de octubre de 1934).
“[…] la clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución” (Mitin de Linares, 20 de enero de 1936).
«Las elecciones no son más que una etapa en la conquista del poder y su resultado solo se acepta con reservas. Si triunfa la izquierda, junto con nuestros aliados podremos actuar dentro de la legalidad; pero, si gana la derecha, tendremos que ir a la guerra civil. Deseo una república sin lucha de clases, pero, para ello, es necesario que una de ellas desaparezca. Y esto no es una amenaza, es una advertencia. Que nadie se imagine que decimos estas cosas por placer: las llevamos a cabo» (Alicante, 19 de enero de 1936).
“[…] la transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas […] estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia” (Cinema Europa de Madrid, 10 de febrero de 1936)
“Cuando el Frente Popular se derrumbe, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible. Entonces estableceremos la dictadura del proletariado, lo que […] quiere decir la represión…de las clases capitalistas y burguesas”. (24 de mayo de 1936, en Cádiz, “El Socialista”, 26-5-36).
Claudio Sánchez-Albornoz (Madrid, 1893 – Ávila, 1984), historiador, político republicano del centro izquierda (Acción republicana), diputado, ministro, embajador, presidente del Consejo de ministros de la Republica en el exilio, afirma:
«Hubiera preferido, se lo digo sinceramente, que los sublevados contra nosotros los republicanos, hubieran ganado la guerra el primer día. Me habrían asesinado a mí y a doscientos más, pero habría habido libertad a los dos o tres años, mientras que la guerra civil fue monstruosa, tremenda […]”. “Si hubieran triunfado los nuestros, se habría proclamado el comunismo, porque nosotros, los republicanos, ya no contábamos” (Entrevista, Informe semanal TVE, 1975; véase también: Solo, pobre, viejo, en Personas, nº74, 6 abril 1975).
Diego Martínez Barrio (1883, Sevilla – 1962, París), republicano de izquierdas (Partido radical demócrata), máximo dignatario de la masonería, jefe del Gobierno en 1933 y 1936, presidente de las Cortes (1936-1939) y posteriormente presidente de la República en el exilio (1945-1962), escribe con amargura sobre sus aliados políticos: «Todos nos atribuían a nosotros, los republicanos, el triste papel de Kerenski. Nuestra misión debía limitarse, según ellos, a allanarles el camino hacia el poder, dado que la revolución democrática era una etapa agotada de la historia de España» (Orígenes del Frente Popular Español, 1943).
Manuel de Irujo y Ollo (Estella, 1891 – Pamplona, 1981), ministro republicano sin cartera (1936-1938) y miembro del Partido Nacionalista Vasco, es autor de un «Memorándum sobre la situación religiosa en España” presentado en el Consejo de ministros, el 7 de enero de 1937. En él se lee: «Fuera del País Vasco, la situación de hecho de la Iglesia es la siguiente: todos los altares, imágenes y objetos de culto han sido destruidos, salvo contadas excepciones […]. Todas las iglesias han sido cerradas al culto, que ha quedado totalmente suspendido […]. Los organismos oficiales se han hecho cargo de las campanas, los cálices, los candelabros y todos los demás objetos de culto, que han sido fundidos y transformados con fines militares o civiles […]. Se han incendiado, saqueado, ocupado o destruido edificios y bienes de todo tipo […]. Los sacerdotes y las monjas fueron detenidos, encarcelados y fusilados sin juicio por miles […]. Se llegó incluso a prohibir la posesión privada de imágenes y objetos de culto. La policía, que lleva a cabo registros, busca y destruye con violencia y saña todos los objetos relacionados con el culto».
Jesús Hernández (Murcia, 1907 – Ciudad de Mexico, 1971), dirigente del PCE,ministro de Instrucción Pública del Gobierno de Largo Caballero, se le atribuye el siguiente, controvertido, telegrama enviado al Congreso de Ateos celebrado en Moscú: «Vuestra lucha contra la religión es también la nuestra. Tenemos el deber de convertir España en una tierra de ateos militantes. La lucha será difícil, porque en este país hay muchos reaccionarios que rechazan la cultura soviética. Todas las escuelas de España se transformarán en escuelas comunistas».
La Carta colectiva de los obispos españoles, del 1 de julio de 1937, asigna por su parte al delegado español en el mismo Congreso de Ateos estas crueles palabras: «España ha superado con creces la obra de los soviets, porque la Iglesia ha sido totalmente aniquilada».
El Papa Pío XI (Desio, 1857 – Vaticano, 1939) escribe en la encíclica Divini Redemptoris sobre la situación de España bajo el dominio de la República del Frente Popular (19 de marzo de 1937): «También en las regiones en que, como en nuestra queridísima España, el azote comunista no ha tenido tiempo todavía para hacer sentir todos los efectos de sus teorías, se ha desencadenado, sin embargo, como para desquitarse, con una violencia más furibunda. No se ha limitado a derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando le ha sido posible, ha destruido todas las iglesias, todos los conventos e incluso todo vestigio de la religión cristiana, sin reparar en el valor artístico y científico de los monumentos religiosos. El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de un modo particular a aquellos y a aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con los pobres y los obreros, sino que, además, ha matado a un gran número de seglares de toda clase y condición, asesinados aún hoy día en masa, por el mero hecho de ser cristianos o al menos contrarios al ateísmo comunista. Y esta destrucción tan espantosa es realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubieran creído posibles en nuestro siglo. Ningún individuo que tenga buen juicio, ningún hombre de Estado consciente de su responsabilidad pública, puede dejar de temblar si piensa que lo que hoy sucede en España tal vez podrá repetirse mañana en otras naciones civilizadas”.
Manuel Portela Valladares (Pontevedra, 1957 – Bandol, 1952), diputado, Gobernador general de Cataluña, varias veces ministro de la Gobernación y presidente del Gobierno (diciembre 1935 – febrero 1936), se ganó la reputación de político farsante y cobarde por haber entrado en pánico y abandonado el poder ante la presión callejera durante el escrutinio de febrero 1936 y más aún por su actitud servil y oportunista tras el estallido de la guerra civil.
El 8 de octubre de 1936, dirige una carta de devoción y admiración a Francisco Franco: «En V. recae la providencial misión de realizar una segunda reconquista de la Patria; de salvarla de la barbarie, del crimen, de la destrucción, erigidos en sistema de gobierno. Nunca las ideas políticas o el origen del poder pueden invocarse en contra de la Patria: han de someterse a ella y situarse en la subordinada categoría de medio para mejor servirla. En esta hora terrible sólo pienso en España, y en V. que, con sus singulares condiciones de inteligencia, de serenidad, de carácter y de un valor profesional que sólo encuentra precedente en la cumbre de nuestra historia, ha de renacerla […] Con estos sentimientos seguiré emocionado, como la he seguido hasta aquí, su empresa magna. Y siempre a su devoción completa, admirador y amigo.» (Véase: Manuel Portela Valladares, Memorias. Dentro del drama español, 1988, p. 231).
Pero pocos meses después, Portela cambio de opinión y terminó colaborando con el gobierno republicano de Negrín, declarando ante las Cortes de Valencia el 1 de octubre 1937:
“Este Parlamento es la razón de existencia de la República, es el título de la vida de España.»
«Podrá haber matices ideológicos distintos entre nosotros, pero que conste aquí mi adhesión y mi compenetración con el Gobierno. Siempre, siempre, en circunstancias análogas a las actuales le daría mi voto al que estuviera ahí sentado, entre otras razones porque representa al Estado español, la Patria en pie de lucha.»(Diario de Sesiones de las Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del 1 de octubre de 1937, celebrada en la Lonja de Valencia).
José María Gil-Robles y Quiñones (Salamanca,1898 -Madrid,1980), político y abogado español, diputado en las Cortes republicanas (1931 – 1939), ministro de la Guerra (1935), principal líder de la derecha liberal-conservadora, apoyo el levantamiento de julio 1936 entregando “a Mola todo el dinero disponible del partido”.
Su declaración maximalista la hizo el 15 de octubre de 1933 en el Cine Monumental de Madrid: «Hay que ir a un Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre! Para eso nada de contubernios. No necesitamos el poder con contubernios de nadie. Necesitamos el poder íntegro y eso es lo que pedimos. Entre tanto no iremos al Gobierno en colaboración con nadie. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer»
Pero sus más famosos discursos son los del 15 y 16 de junio 1936. El 16, hizo el conocidísimo balance de los disturbios y el 15, dos días después del asesinato de José Calvo Sotelo, pronuncio palabras premonitorias:
“Nosotros no estamos dispuestos a que continúe esa farsa. Vosotros podéis continuar; sé que vais a hacer una política de persecución, de exterminio y de violencia de todo lo que signifique derechas. Os engañáis profundamente: cuanto mayor sea la violencia, mayor será la reacción; por cada uno de los muertos, surgirá otro combatiente.
“¡Ya llegará un día en que la misma violencia que habéis desatado se volverá contra vosotros! Y dentro de poco vosotros seréis en España el Gobierno del Frente Popular del hambre y de la miseria, como ahora lo sois de la vergüenza, del fango y de la sangre. Nada más» (Sesión de la Diputación permanente de las Cortes del 15 de julio de 1936).
Alejandro Lerroux (La Rambla, 1864 – Madrid, 1949), líder del Partido Republicano Radical, ministro de Asuntos Exteriores (1931), varias veces jefe del Gobierno entre 1933 y 1935, «Maestro Masón» y figura política destacada del centro, publicó en el periódico parisino L’Illustration (30 de enero de 1937) un largo artículo en el que explicó a los lectores franceses su opinión sobre la guerra de España:
“Desde el falso triunfo electoral conseguido en febrero por el Frente Popular, España era el teatro de las violencias más criminales, por las que nadie era castigado. En Madrid eran continuos los incendios y los asesinatos, incluso en pleno día. El gobierno ni lo persiguió ni tomó las más elementales medidas de precaución […] todo se hundió de repente: ya no queda ni parlamento, ni democracia, ni libertad, ni justicia, ni orden, ni paz. ¿Qué queda, entonces, Dios mío, ¿de la república? Y, como no concibo la patria sin la república, ¿qué queda de la patria? Porque la patria no puede ser ni esta horda salvaje que, con el pretexto de igualdad social, roba, saquea y asesina; ni esa banda de intelectuales primarios que la dirigen y que, prefiriendo que la obra de veinte siglos de civilización desaparezca, no tienen el heroísmo de morir con ella, ni la grandeza, ni la nobleza de asumir sus responsabilidades. Antes de huir, seguros de su impunidad, han saqueado el tesoro nacional, robado los bienes privados, dejando tras ellos, como carne de cañón, el miserable rebaño que pagará con su sangre […] No se trata de un pronunciamiento militar, sino de un alzamiento nacional tan sagrado, tan legítimo, como el de la independencia en 1808. Mucho más sagrado todavía, puesto que no se trata sólo de la independencia política, sino también de la organización social y económica, del hogar, de la propiedad, de la cultura, de la conciencia, de la vida, en fin, de toda una civilización y toda una historia”.
Y en La pequeña historia (1945) escribe: “Ni Franco ni el ejército se salieron de la ley, ni se alzaron contra una democracia legal, normal y en funciones. Ni hicieron más que sustituirla en el hueco que dejó cuando se disolvió en la anarquía de sangre, fango y lágrimas”.
Clara Campoamor (Madrid, 1888 – Lausana 1972) abogada, escritora, diputada del Partido radical y defensora de los derechos de la mujer española, estuvo muy implicada en la elaboración de la ley de divorcio de 1932. En su obra « La révolution espagnole vue par une républicaine », libro basado en su experiencia de la Guerra Civil, escrito en francés y publicado en 1937 (publicado en 2002 en España con el título La revolución española vista por una republicana), describe y critica sin rodeos la situación en el bando republicano:
«Desde los primeros días de la lucha reinó en Madrid un duro clima de terror. La opinión pública tendió al principio a atribuir las violencias en las ciudades, y en particular en Madrid, a los anarquistas. La historia dirá si fue justo cargarles con esos hechos. En todo caso, la responsabilidad recae en los gubernamentales sin distinción.»
«Como lo muestran con elocuencia las exhortaciones de la prensa gubernamental, el terror reinaba en la retaguardia desde el comienzo de la lucha. Patrullas de milicianos comenzaron a efectuar detenciones en domicilios o en la calle, en cualquier lugar donde creían encontrar elementos enemigos. Los milicianos, al margen de toda legalidad, se erigían en jueces populares y hacían seguir sus arrestos de fusilamientos.»
«Los guardianes de la ley eran o bien indiferentes o bien impotentes ante el número de ejecutores que realizaban esa odiosa tarea.»
«Al principio se apuntaba a los elementos fascistas. Luego la distinción se borró. Se detenía y fusilaba a personas de derechas, después a sus simpatizantes, más tarde a miembros del Partido Radical de Lerroux, e incluso en ocasiones —por error trágico o por venganza de clase— a miembros de Izquierda Republicana.»
«Cuando se comprobaban estos errores, se atribuían los asesinatos a los fascistas y se continuaba…»
En una carta del 26 de julio de 1937 escrita a su amiga Paulina Luisi (Véase: Letra de mujer, Renacimiento, 2026), no es menos severa: «Para mí no pueden ser democracia, ni libertad, ni justicia el asesinato, el robo, el pillaje, la violación, los abusos y la ausencia total de poder y de autoridad. Afortunadamente alguien se levantó contra eso, porque de lo contrario hoy estaríamos al nivel de la desgraciada Rusia. No he cambiado de opinión […] Soy demócrata, liberal. Quienes han dejado de serlo son los republicanos españoles, que abrazaron el marxismo y el anarquismo con la llegada del Frente Popular, que irónicamente ni siquiera fue una verdadera victoria…»
«Hoy sé por experiencia que el único problema del mundo es extirpar el cáncer del comunismo en Europa […] Es ya indudable que esa lepra sólo ha podido implantarse allí donde hombres sin sentido de la responsabilidad y tan débiles abrieron el camino a una minoría sangrienta: Kerenski en Rusia, Károlyi en Hungría, Azaña en España… Yo no tengo nada que ver con los comunistas ni con los anarquistas, ni siquiera con los socialistas, que en España se han mostrado tan miserables o más que los demás».
«Yo, que no puedo ideológicamente, como usted sabe muy bien, aceptar una tesis fascista, le digo a usted, a quien debo todas las sinceridades, que deseo ardientemente el triunfo de Franco sobre los gubernamentales, como única posibilidad de evitar el derrumbamiento de España. Pero, ¡a qué precio!»
Merece la pena detenerse en los testimonios de los tres fundadores de la Asociación al Servicio de la República (1931), apodados los «Padres espirituales de la República», Pérez de Ayala, Ortega y Gasset y Marañón, figuras intelectuales eminentes del liberalismo español junto con Miguel de Unamuno.
Ramón Pérez de Ayala (Oviedo, 1880 – Madrid, 1962), novelista, poeta, ensayista y embajador: En su carta abierta publicada en el diario Times el 29 de junio de 1937, se lee: «Mi respeto y mi amor por la verdad moral me obligan a reconocer que la República española ha constituido un fracaso trágico. Sus hijos son culpables de matricidio, y no es menos cierto que ya no quedan republicanos, ni en un bando ni en el otro […] He profesado al general Franco mi adhesión, tan invariable como indefectible. Me enorgullece y honra tener mis dos hijos sirviendo como simples soldados en la primera línea del Ejército Nacional.
José Ortega y Gasset (Madrid, 1883 – Madrid, 1955), célebre escritor, filósofo y ensayista (cuyos dos hijos combaten en las filas del bando nacional), declara en el Epílogo para los ingleses de La rebelión de las masas (1985): «Mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a los escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por la radio, etc., algunos de los principales escritores ingleses, cómodamente instalados en sus despachos o en sus clubes, firmaban otro manifiesto, en el que se afirmaba que los comunistas y sus simpatizantes eran los defensores de la libertad. Hace unos días, Albert Einstein se creyó con el «derecho» de expresar su opinión sobre la guerra civil y de tomar partido. Sin embargo, Albert Einstein ignora por completo lo que ha sucedido en España, tanto hoy como ayer y desde hace siglos. El espíritu que le ha llevado a esta intervención insolente ha provocado desde hace tiempo la pérdida del prestigio universal del intelectual y es responsable de que el mundo vaya a la deriva debido a la ausencia de poder espiritual».
Gregorio Marañón (Madrid, 1887 – Madrid, 1960), médico, científico, historiador, político, escritor y pensador español (cuyo único hijo varón también se alisto en el bando nacional) escribe: «Si hoy preguntamos a cien personas, sean españolas o no, cuáles son los motivos de su actitud, favorable o contraria a uno u otro de los dos bandos que luchan en España, unas invocaran su credo democrático, otras su tradicionalismo, otros su militarismo o su antimilitarismo, su catolicismo o su irreligión —salvo un neocatolicismo literario y rojo, especie muy curiosa de la fauna ideológica actual— o bien su repulsa por las ejecuciones y los bombardeos aéreos o, por último, su simpatía o antipatía personal hacia los líderes de los respectivos partidos. Son pocos los que basarán su postura en la verdadera razón de la lucha, que es esta: «defiendo a los rojos porque soy comunista» o «simpatizo con los nacionales porque soy enemigo del comunismo» […. Estos son los términos exactos del problema: una lucha entre un régimen antidemocrático, comunista y oriental, y otro régimen antidemocrático, anticomunista y europeo, cuya forma exacta solo la realidad española, todopoderosa, acabará por moldear» (Liberalismo y comunismo, punto VII; Revue de París, 15 de diciembre de 1937).
Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936), famoso escritor y filósofo católico heterodoxo, diputado (de 1931 a 1933), se posiciono claramente a favor del bando nacional desde el inicio del conflicto. Tras su famoso altercado con Millán Astray, el 12 de octubre de 1936, y al conocer las noticias sobre la represión en la retaguardia que le llegan, se enfría considerablemente su entusiasmo inicial. Pero nunca varia en su hostilidad radical hacia el Frente Popular.
En noviembre 1936, declara: «En este momento crítico de sufrimiento para España, sé que debo seguir a los soldados. Solo ellos nos devolverán el orden. Saben lo que significa la disciplina y cómo imponerla. No, no, no me he convertido en derechista. No prestéis atención a lo que se dice. No he traicionado la causa de la libertad. Pero ahora es esencial que se restablezca el orden» (Entrevista de noviembre 1936 con Nikos Kazantzakis, publicada el 14 de diciembre de 1936 en el diario griego Kathimeriní); «Esta lucha no es una lucha contra la República liberal, es una lucha por la civilización» (Declaración a los hermanos Tharaud noviembre 1936 publicada en L’Écho de Paris, el 5 de enero de 1937); y también: «Tan pronto como se produjo el movimiento salvador del general Franco, me uní a él, pensando que lo más importante era salvar la civilización occidental cristiana y, con ella, la independencia nacional… (Texto manuscrito de Unamuno entregado a los hermanos Tharaud y reproducido en L’Écho de Paris, el 5 de enero de 1937).
Pero muy pocas semanas antes de fallecer, el 21 de noviembre de 1936 escribe dos cartas a Maria Garelli Ferraroni y Lorenzo Giusso donde condena con dureza la violencia de los dos bandos. En la de Giusso se lee: «Todo lo que se diga de la salvajería de las hordas llamadas rojas o marxistas es poco; pero la de los otros… Tan salvajes como los hunos son los hotros».
Julián Besteiro (Madrid, 1870 – Carmona, 1940), expresidente del PSOE y de la UGT, presidente de las Cortes Constituyentes (1931), es uno de los principales representantes de la minoría marxista-reformista del PSOE. Ante el Consejo de Guerra que le condenó a cadena perpetua (8 de julio 1939), pena que posteriormente se conmutó por 30 años de reclusión, dijo: «Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido, quizá, los siglos» (Texto extraído de las cuartillas manuscritas redactadas por Besteiro en 1939 y que formaron parte de su sumario judicial).
José Antonio Primo de Rivera y Saénz de Heredia (Madrid, 1903 – Alicante, 1936), abogado, fundador de Falange Española, diputado en las Cortes (noviembre 1933 – enero 1936), experimento a lo largo de su breve vida política una evolución radical que le llevo del conservadurismo monárquico al nacional-sindicalismo republicano. Encarcelado en marzo por el Frente Popular, fue condenado a muerte por un Tribunal popular. Es el político de los años treinta cuyas palabras han sido las más tergiversadas, manipuladas o falsificadas. Es el caso de:
«Bien está la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria» (Discurso del Teatro de la Comedia, 29 de octubre de 1933.
y «La violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique. La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia —o por la insidia— se las ataque. Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión» (Falange Española, nº 1, 7 de diciembre de 1933)
No obstante, la amplitud y complejidad de su pensamiento se reflejan en muchas de sus declaraciones, como:
«El ser ‘derechista’ como el ser ‘izquierdista’, supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir. En algunos casos es expulsarlo todo y sustituirlo por una caricatura de la mitad» («Ha fenecido el segundo bienio», 9 de enero de 1936).
«El Estado totalitario no puede salvarnos tampoco de la invasión de los bárbaros, además de que lo totalitario no puede existir” (Conferencia en el Cine Gran Hotel de Zaragoza, el 17 de febrero de 1935).
“… ser nacionalistas es una pura sandez; es implantar los resortes espirituales más hondos sobre un motivo físico, sobre una mera circunstancia física; nosotros no somos nacionalistas porque el nacionalismo es el individualismo de los pueblos “(Discurso de clausura del Segundo Consejo nacional de la Falange, pronunciado en el cine Madrid, el 17 de noviembre de 1936, Escritos y discursos, p. 799-812.
“[El fascismo] pretende resolver la inarmonía entre el hombre y su contorno absorbiendo al individuo en la colectividad. El fascismo es fundamentalmente falso: acierta al barruntar que se trata de un fenómeno religioso, pero quiere sustituir la religión por una idolatría” (José Antonio Primo de Rivera, “Cuaderno de notas de un estudiante europeo”, septiembre de 1936).
«Todas las guerras son, en principio, una barbarie, y una guerra civil es, además, una ordinariez, porque el pueblo que se lanza a ella demuestra que no ha sabido usar una de las gracias más profundas que Dios concedió a la Humanidad: la inteligencia y un idioma común para entenderse» (Testimonio de su hermano Miguel Primo de Rivera en Frente a frente de José María Mancisidor, 1963)
«¡Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles! […] Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico.» (Testamento del 18 de noviembre de 1936).
Por último, y para cerrar esta recopilación de citas, recordemos la reflexión de Arthur Koestler (Budapest, 1905 – Londres 1983) en su “Spanish Testament” (1937) / Diálogo con la muerte.Un testamento español (2004). Siendo miembro del Partido Comunista Alemán, Koestler estuvo en España como periodista y corresponsal, en particular para el diario británico News Chronicle. Años después se convirtió en uno de los críticos más conocidos del totalitarismo comunista, especialmente tras publicar El cero y el infinito (Darkness at Noon). Dice así:
«Como las demás guerras, la guerra española fue una mezcla de vanidad y sacrificio, de payasadas y heroísmo, de lo grotesco y lo sublime; sólo que, en mayores proporciones, porque las guerras ideológicas son, en cierto sentido, más artificiales, más confusas y más absurdas que las antiguas guerras entre naciones»
En 2007 y 2018, los gobiernos socialistas de José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, apoyados por sus aliados de extrema izquierda, aprobaron una «ley de memoria histórica» y una «ley de memoria democrática», para regular jurídicamente el pasado y defender una versión oficial de la historia. Estos dos textos controvertidos, más propios de la Italia fascista o de la Unión Soviética que de una democracia occidental abierta al debate, demuestran que, a pesar de su voluntad represiva, sus autores son ya incapaces de acallar las voces discordantes de historiadores y periodistas, libres e independientes, cada vez más numerosos, más activos y mejor documentados sobre el tema.
[1]Véase el libro del antiguo decano del Colegio de Abogados de Chartres, Michel Festivi, Miguel Primo de Rivera: Un dictador ilustrado para regenerar España, 2023.