Asistimos con una credulidad pasmosa y sin pensamiento crítico a un relato dominante que nos conduce al adoctrinamiento y a la sumisión. Nos lo estamos jugando todo: la libertad, el acceso a una información veraz, la soberanía política… Urge tomar conciencia y reflexionar hacia dónde nos dirigimos. Más aún nosotros, hijos de Grecia y Roma que alumbraron las ideas sobre política y democracia. Será tarde cuando falte tiempo para buscar soluciones. Javier Benegas publica La guerra invisible (Disidentia). El escritor, articulista y editor jefe de Disidentia, autor de títulos tan celebrados como Catarsis y La ideología invisible, nos ofrece ahora un libro imprescindible, lleno de datos, hechos y nombres propios, sobre la guerra silenciosa, paciente y profundamente estratégica que supone el ascenso de China y su penetración en Occidente.
¿A qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de la penetración china en el mundo? ¿Cuál es la situación actual? El subtítulo de su libro La Guerra Invisible es muy explícito: «La operación de infiltración y control más sofisticada de la historia». Y suena más a batalla, creando vulnerabilidades y acaparando poder. El caballo de Troya en su portada es muy elocuente…
Cuando hablamos de penetración china no nos referimos simplemente al crecimiento natural de una gran potencia económica ni a la expansión comercial de un país que ha salido de la pobreza y quiere ocupar su lugar en el mundo. Eso existe, por supuesto. China ha crecido, ha industrializado su economía, ha construido infraestructuras gigantescas y ha proyectado sus empresas por todo el planeta. El problema es que, en el caso chino, esa expansión no puede separarse del Partido Comunista Chino ni de una concepción estratégica del poder. La situación actual es que China ya no busca solo vender productos baratos o financiar puertos, ferrocarriles y redes eléctricas. Busca ocupar posiciones críticas dentro de las sociedades abiertas: tecnología, datos, energía, logística, universidades, medios, élites políticas, organismos internacionales y cadenas de suministro. Es decir, no se limita a competir en el mercado; trata de modificar las condiciones mismas de la dependencia. La Unión Europea habla ya de de-risking, de reducción de riesgos, precisamente porque ha comprendido tarde que determinadas dependencias económicas se convierten en vulnerabilidades políticas y estratégicas.
Por eso hablo de «guerra invisible». No es una guerra convencional, con tanques cruzando fronteras, sino una forma de poder mucho más sutil: entrar por la vía del comercio, de la inversión, de la tecnología o de la cooperación cultural, hasta que el país receptor descubre que aquello que parecía una oportunidad se ha convertido en una palanca de presión. El caballo de Troya funciona como metáfora porque no entra derribando murallas. Entra con apariencia de regalo. Y cuando se abre, ya no contiene soldados, sino contratos, dependencias, datos, deuda, influencia y capacidad de presión.
Esta realidad plantea dos bloques. China y Occidente se reparten el mundo entre dos, ¿pero es así realmente? China tampoco es ese gran poderoso que va a gobernar el mundo ¿o sí?
No creo que el mundo se reparta de forma tan simple entre dos bloques compactos, China y Occidente, como si estuviéramos ante una nueva Guerra Fría calcada de la anterior. La realidad es más ambigua y, por eso mismo, más peligrosa. China no necesita conquistar el mundo ni gobernarlo directamente para alterar el equilibrio global. Le basta con ocupar posiciones decisivas en sectores estratégicos, aprovechar las debilidades de las democracias y convertir la interdependencia en una forma de coerción. Tampoco conviene caer en la caricatura inversa: China no es invencible. Tiene enormes problemas internos: desplome demográfico, crisis inmobiliaria, rigidez política, control social asfixiante y una economía cada vez más dependiente de la planificación del Partido. Pero precisamente por eso su expansión exterior es tan importante. No responde solo a una lógica de prosperidad, sino también de supervivencia del régimen. El Partido Comunista Chino necesita proyectar poder, asegurar recursos, controlar cadenas de suministro, abrir mercados para su sobrecapacidad industrial y blindarse frente a cualquier aislamiento. Occidente sigue teniendo una ventaja inmensa: innovación, universidades, libertad creativa, capital institucional, capacidad militar, alianzas y una cultura política basada —al menos en teoría— en la dignidad del individuo. El problema es que a menudo actúa como si se avergonzara de esas fortalezas. China no tiene que ser omnipotente para avanzar; le basta con que Occidente sea ingenuo, culpable, fragmentado y complaciente. La cuestión no es si China va a gobernar el mundo. La cuestión es cuántas piezas del mundo libre estamos dispuestos a entregarle antes de darnos cuenta.
¿Y España dónde queda en todo esto? Hace poco, vimos el cuarto viaje de Sánchez a China. Como dice usted, marginados en Occidente y entusiasmados con Pekín elogiando a Xi Jinping. No sabemos qué acuerdos se han firmado, muchas cosas han pasado desapercibidas…
España no estaba aislada en Occidente. Al contrario: hasta la llegada de Zapatero, había alcanzado una posición internacional privilegiada. Formaba parte con naturalidad del eje atlántico, tenía una relación sólida con Estados Unidos, era un socio relevante dentro de Europa y conservaba una proyección importante hacia Hispanoamérica. El giro no fue una fatalidad histórica ni una consecuencia inevitable de los cambios del mundo. Fue una decisión política. Zapatero empezó a desplazar a España de ese espacio occidental y democrático, y lo hizo al mismo tiempo que abría una relación cada vez más intensa con regímenes y poderes antagónicos al marco occidental: Venezuela, Cuba, Marruecos, China. Sánchez no inventa esa línea; la hereda, la acelera y la lleva a un nivel mucho más agresivo. Por eso el problema no es que un presidente viaje a China. El problema es la orientación general: cuatro viajes de Sánchez a Pekín, elogios a Xi Jinping, opacidad sobre algunos acuerdos, entusiasmo político ante una potencia autoritaria y, al mismo tiempo, enfriamiento con aliados tradicionales. España parece empeñada en presentarse como puente entre China y Europa, pero corre el riesgo de convertirse en otra cosa: una puerta trasera, más vulnerable, más permeable y menos exigente. Y ahí está la clave. No hablamos solo de comercio, ni de turismo, ni de vender jamones en Shanghái, que siempre queda muy vistoso en la nota de prensa. Hablamos de tecnología, energía, infraestructuras, datos, industria, cooperación institucional y alineamientos geopolíticos. Cuando un país democrático se aproxima a China sin transparencia, sin reciprocidad y sin conciencia de riesgo, no está simplemente diversificando sus relaciones exteriores. Está modificando su posición en el mundo. Mi impresión es que en España hay intención. Probablemente también ideología. Y posiblemente intereses mucho menos confesables. El resultado es que un país que había logrado una posición razonablemente fuerte dentro de Occidente parece haber elegido voluntariamente una deriva ambigua: menos atlántica, menos europea en sentido estratégico y mucho más complaciente con Pekín. Esa es la anomalía española. No que China quiera influir —eso forma parte de su naturaleza como potencia—, sino que España parezca abrirle la puerta con una mezcla de entusiasmo, opacidad y cálculo político. Esa es la anomalía española que intento explicar en La Guerra Invisible: China no ha tenido que derribar ninguna muralla en España. Le han abierto la puerta desde dentro, con alfombra diplomática, sonrisa de foto oficial y una sorprendente alergia a dar explicaciones.
Nadie ha comentado la invitación expresa del régimen chino a Begoña Gómez, no es un detalle protocolario ni mera cortesía, dice usted. En Pekín, no dan puntada sin hilo…
No, no me parece un detalle menor. En Pekín, el protocolo no es decoración: es lenguaje político. China es una civilización burocrática, jerárquica y simbólica hasta el milímetro. Allí una silla, una foto, una ubicación en una mesa, una invitación o una ausencia no son anécdotas simpáticas para rellenar la crónica de sociedad. Son mensajes. Cuando el régimen chino invita expresamente a Begoña Gómez a acompañar a Pedro Sánchez en una visita de alto nivel, conviene preguntarse qué mensaje está enviando y a quién. En política internacional las casualidades son escasas, y en China prácticamente no cotizan. La presencia de la esposa del presidente en una agenda de es naturaleza, justo en un momento en que su situación judicial entraba en una fase crítica, tiene una carga simbólica. Pekín sabe leer las debilidades del interlocutor. Y también sabe utilizarlas. A veces para halagar, a veces para proteger, a veces para comprometer, y a menudo para recordar que conoce muy bien el terreno que pisa. En La Guerra Invisible insisto mucho en esto: la influencia china no siempre actúa mediante grandes órdenes ni conspiraciones espectaculares. Actúa creando climas, dependencias, gratitudes, gestos de reconocimiento, pequeñas deferencias que luego pesan más de lo que parece. Occidente tiende a pensar que todo lo que no viene con sello oficial carece de importancia. China piensa exactamente al revés: sabe que el poder empieza muchas veces en el gesto inadvertido. Por eso la invitación a Begoña Gómez no debería despacharse como una anécdota protocolaria. En otro país quizá podría serlo. En China, no. Allí no dan puntada sin hilo. Y cuando cosen, conviene mirar no solo el hilo, sino el paño entero.

Afirma que si queremos descubrir la verdadera naturaleza de la alianza entre España y China, debemos mirar en los convenios de formación suscritos por las agencias de información estatales de uno y otro país. En el manual de instrucciones para transformar España en la pequeña China de Europa, y esto suena tremendo…
Lo formularía con un matiz importante. No digo que la verdadera naturaleza de la relación entre España y China pueda descubrirse solo mirando esos convenios, ni que ahí esté el manual completo para convertir España en una pequeña China europea. Eso sería simplificar demasiado. Lo que sostengo en La Guerra Invisible es algo menos aparatoso, pero más inquietante: cuando se analizan las zonas de cooperación aparentemente menores —información, formación, universidades, agencias, intercambios culturales, lenguaje institucional— empieza a verse la textura real de esa relación. La cooperación entre agencias informativas no es un asunto inocuo. En las democracias solemos pensar que la información es un campo abierto, plural. En China, en cambio, la información forma parte de la arquitectura del Estado. No es un sector más: es un instrumento de cohesión, disciplina y proyección exterior. Por eso, cuando una agencia pública española establece vínculos de formación o cooperación con estructuras informativas chinas, la pregunta no es si al día siguiente nos despertamos todos leyendo el Diario del Pueblo con churros. La pregunta seria es qué marcos, qué vocabulario, qué prioridades y qué silencios empiezan a filtrarse en el ecosistema informativo nacional. La influencia moderna rara vez consiste en ordenar a un periodista lo que debe escribir. Eso sería demasiado tosco, casi vintage. Consiste más bien en crear rutinas, accesos, dependencias, fuentes privilegiadas, gratificaciones, viajes, seminarios, materiales, expertos homologados y una idea de «normalidad» que acaba desplazando el foco. China no necesita censurar un periódico español para influir en la conversación pública. Le basta con ayudar a definir qué se considera relevante, qué se considera extremo, qué se considera cooperación y qué se considera simple «sinofobia».
Por eso esos convenios importan más de lo que parece. No porque conviertan automáticamente a España en una sucursal de Pekín, sino porque revelan algo mucho más sofisticado: la batalla no se libra solo en los puertos, las baterías, las redes 5G o la energía. También se libra en el terreno donde una sociedad decide cómo nombrar las cosas. Y quien consigue influir en el lenguaje, tarde o temprano influye en la percepción de la realidad.
Nos cuenta que la buena relación entre Xi Jinping y Pedro Sánchez es algo más que una relación diplomática. El maestro y el aprendiz. Y, por otra parte, es un plan que se remonta 20 años atrás…
La expresión «maestro y aprendiz» hay que entenderla como una metáfora política, no como una escena de película en la que Xi Jinping le da instrucciones secretas a Pedro Sánchez en una sala con dragones de porcelana. La realidad suele ser menos teatral y bastante más eficaz. Lo interesante no es imaginar una relación novelesca entre ambos, sino observar una afinidad creciente de métodos: concentración del poder, desprecio por los contrapesos, control del relato, ocupación de las instituciones, utilización moral del lenguaje y reducción del adversario a una anomalía que debe ser corregida. Xi representa el modelo acabado de poder político total: partido, Estado, economía, tecnología, información y sociedad integrados en una misma arquitectura de control. Sánchez, naturalmente, opera en una democracia europea, con límites formales, elecciones, jueces, prensa y opinión pública. Pero la pregunta que planteo en La Guerra Invisible es inquietante: ¿qué ocurre cuando una democracia empieza a adoptar reflejos, lenguajes y técnicas propias de sistemas que no creen en la libertad como principio, sino como problema de gestión? Y esto no empieza con Sánchez. La relación de España con ese eje de poder alternativo al mundo atlántico tiene una genealogía. Zapatero fue decisivo. Su giro exterior no fue una extravagancia de buenismo diplomático, sino un desplazamiento profundo: menos Estados Unidos, menos eje atlántico, más fascinación por regímenes que comparten una idea instrumental de la democracia. Venezuela, Cuba, China, Marruecos: no son episodios aislados, forman parte de una orientación. Sánchez no inaugura ese camino; lo hereda, lo perfecciona y lo convierte en política de Estado. Por eso no estamos hablando solo de simpatía personal entre líderes ni de pragmatismo comercial. Estamos hablando de una continuidad de veinte años en la que España ha ido alejándose de su posición natural en Occidente para acercarse a poderes que entienden la política como control. Y ahí está lo verdaderamente inquietante: China no tiene que enseñar demasiado a quien ya llega predispuesto a aprender las peores lecciones.
Fue en 2005 cuando José Luis Rodríguez Zapatero firmó en Madrid junto a Hu Jintao el acuerdo de Asociación Estratégica Integral. Aquello no fue sólo una formalidad diplomática…
Exactamente. Aquel acuerdo de 2005 no fue una foto más, ni una de esas ceremonias diplomáticas puramente retóricas. Fue un punto de inflexión estratégico. España elevó su relación con China a la categoría de Asociación Estratégica Integral en un momento en que el régimen chino todavía era percibido por buena parte de Occidente como una oportunidad económica inmensa, casi como una fábrica gigantesca con bandera roja pero vocación de mercado. Esa fue la gran ingenuidad occidental: creer que China se abriría al mundo cuando, en realidad, estaba aprendiendo a utilizar el mundo para fortalecerse. En el caso español, aquel acuerdo tiene una importancia especial porque encaja con el giro exterior iniciado por Zapatero. No fue solo comercio. Fue el comienzo de una relación política más densa, más ambiciosa y mucho menos inocente de lo que parecía. A partir de ahí se fue construyendo una red de cooperación institucional, cultural, económica, tecnológica e informativa que no puede analizarse como una suma de expedientes administrativos. Vista en conjunto, revela una orientación. En La Guerra Invisible intento precisamente reconstruir esa continuidad. Lo relevante no es un documento aislado, sino la secuencia: primero el giro político, luego la normalización de China como socio preferente, después la entrada en sectores estratégicos y finalmente la complacencia casi entusiasta que vemos hoy. Sánchez no aparece de la nada; es el heredero de una arquitectura levantada hace dos décadas. La ha hecho más visible, más intensa y quizá más imprudente, pero no la ha inventado. Por eso 2005 importa. Porque permite entender que la relación hispano-china no nació ayer, ni empezó con una visita protocolaria, ni se explica solo por la necesidad de vender vino, aceite o jamón. Nació como una decisión estratégica en un momento en que España empezó a mirar menos hacia el eje atlántico y más hacia poderes que ofrecían otra cosa: negocio, influencia, margen político y menos preguntas sobre los principios. A veces los cambios de época no empiezan con un golpe sobre la mesa, sino con una firma cuidadosamente fotografiada.
Huawei entró en las infraestructuras secretas de España durante el primer gobierno de Zapatero (2005). Su trabajo consistió en dar soporte a SITEL, el sistema que usa el Ministerio del Interior para pinchar teléfonos por orden de un juez.
Conviene ordenar bien la cronología. Huawei no llega a España con Zapatero: aparece antes, en 2001, durante el gobierno de Aznar, con una presencia casi testimonial. Pero el salto cualitativo se produce con la llegada de Zapatero a La Moncloa. En 2004 se constituye la filial española y, a partir de ahí, Huawei empieza a expandirse, a cerrar alianzas con grandes operadoras y a normalizarse dentro del ecosistema tecnológico español. El problema es que Huawei no es una empresa tecnológica cualquiera. Su fundador, Ren Zhengfei, procede del Ejército Popular de Liberación; la compañía ha sido señalada durante años por gobiernos y servicios occidentales por riesgos de espionaje, apropiación tecnológica y vulnerabilidades de seguridad; y, además, opera bajo un marco legal chino que obliga a empresas y ciudadanos a cooperar con los servicios de inteligencia del Estado. Luego, con Sánchez, se cruza una frontera mucho más delicada: la presencia de Huawei en ámbitos sensibles del Estado, incluido el almacenamiento vinculado a SITEL, el sistema de interceptaciones telefónicas autorizadas judicialmente. El Gobierno sostiene que se trata de entornos seguros y aislados. Pero la pregunta política sigue intacta: ¿por qué una empresa sometida al ecosistema estratégico chino acaba ocupando una posición, siquiera técnica, en sistemas tan reservados? En La Guerra Invisible intento mostrar esa lógica por capas: primero presencia comercial; luego consolidación institucional; finalmente, proximidad a infraestructuras sensibles. Huawei hace lo que cabe esperar de Huawei: ganar terreno. Lo inquietante es que España se lo haya permitido incluso en habitaciones donde un Estado prudente habría colocado un cartel elemental: prohibido el paso.

Huawei tenía en España una presencia casi testimonial. ¿Estamos ante una simple evolución empresarial o ante una continuidad política que empieza con Zapatero, sigue con su conexión privilegiada con Pekín y culmina en la complacencia del sanchismo?
No estamos ante una simple evolución empresarial. Una empresa puede crecer, abrir filial, firmar contratos, ganar mercado y convertirse en un proveedor tecnológico relevante. Eso, en principio, forma parte del normal funcionamiento del mercado. El problema empieza cuando esa empresa no es un proveedor «normal» y cuando su crecimiento la acerca a zonas del Estado donde ya no hablamos de telefonía, de redes comerciales o de competitividad, sino de soberanía, seguridad nacional e información sensible. Huawei tenía en España una presencia inicial muy limitada. El salto cualitativo se produce con Zapatero: filial española, expansión, alianzas tecnológicas y normalización institucional. Ahí empieza la anomalía. Después, con Sánchez, esa relación cruza una frontera más delicada: la presencia de Huawei en ámbitos vinculados a sistemas sensibles como SITEL, donde se almacenan interceptaciones telefónicas autorizadas por jueces. A partir de ahí, la pregunta ya no es comercial, sino política y estratégica.
Porque Huawei no es Nokia, ni Ericsson, ni una empresa tecnológica convencional. Es una compañía china sometida al marco legal de la República Popular China. Y la Ley de Inteligencia Nacional obliga a organizaciones y ciudadanos chinos a cooperar con los servicios de inteligencia si el Estado lo requiere. Es decir, aunque hoy se nos diga que todo está aislado, auditado y protegido, el riesgo no desaparece: queda incorporado a la naturaleza misma del proveedor. En La Guerra Invisible intento explicar precisamente esa lógica. La penetración no suele producirse mediante un golpe espectacular, sino por normalización progresiva: primero presencia comercial, luego legitimación institucional, después dependencia tecnológica y finalmente acceso a capas sensibles. Huawei hace lo que cabe esperar de Huawei: ganar posiciones. Lo inquietante es que España haya tratado esa progresión como si fuera una historia de innovación empresarial, cuando en realidad debería haberse leído desde el principio como un problema de seguridad nacional. La cuestión no es si alguien puede demostrar que Huawei ha espiado desde SITEL. Esa es una forma infantil de plantear el debate. La cuestión seria es si un Estado responsable debe permitir que una empresa subordinada al ecosistema estratégico chino participe, siquiera técnicamente, en sistemas donde se custodia información extremadamente sensible. Y ahí la respuesta debería ser obvia. Salvo, claro, que la prudencia estratégica haya sido sustituida por la complacencia política.
Y con intermediarios de confianza. Por ejemplo, el del exjefe de seguridad de La Moncloa durante la etapa de Zapatero, quien tiempo después dejó el Gobierno y fichó como director de seguridad de la propia Huawei en España…
Ese caso es revelador porque muestra que la influencia no se construye solo con contratos, sino también con personas. Está publicado en los medios: Segundo Martínez, responsable de seguridad en La Moncloa durante la etapa de Zapatero, terminó vinculado a Huawei en España como responsable de seguridad. Eso no prueba por sí solo ninguna ilegalidad, pero políticamente es muy significativo. En seguridad nacional, las biografías importan. Una empresa como Huawei no necesita solo buenos ingenieros. Necesita conocimiento del terreno, acceso institucional e interlocutores capaces de moverse en los pasillos adecuados. Cuando alguien que ha ocupado una posición tan delicada en el corazón del poder ejecutivo acaba trabajando para una compañía china sometida al ecosistema estratégico del Partido Comunista Chino, es cuando menos para inquietarse. La penetración china rara vez opera de forma burda. Le basta con tejer redes de confianza, captar conocimiento institucional y convertir antiguos servidores del Estado en facilitadores. No se trata de afirmar automáticamente que hubo delito, sino de señalar una cultura política peligrosamente tolerante —diría, incluso, sospechosamente tolerante— ante el riesgo. Cuando la puerta giratoria conecta La Moncloa, seguridad del Estado y Huawei, deja de parecer una puerta: empieza a parecer una entrada secreta.
Tanto Estados Unidos como la Unión Europea prohibieron a Huawei participar en la red de telefonía 5G por considerarla una empresa «de alto riesgo». Sin embargo, en España actuamos al contrario: el Ministerio del Interior pagó más de 12 millones de euros para que sus servidores guardaran las grabaciones y escuchas de los jueces… ¿es así?
Es una contradicción difícil de justificar. Mientras Estados Unidos ha impuesto restricciones muy severas a Huawei y la Unión Europea la considera proveedor de alto riesgo en redes críticas, España parece haber optado por una prudencia meramente decorativa: recela en teoría, pero adjudica en la práctica. El Gobierno sostiene que los servidores vinculados a SITEL están aislados y son seguros. Pero el problema no es solo técnico, sino estratégico. Huawei no es un proveedor como los demás: es una empresa china sometida a un marco legal que obliga a cooperar con los servicios de inteligencia si Pekín lo exige. Y SITEL no es un sistema cualquiera. Hablamos de almacenamiento de interceptaciones telefónicas autorizadas por jueces. La cuestión no es si alguien puede demostrar hoy que existe una puerta trasera, sino por qué un Estado democrático permite que una compañía considerada de alto riesgo por sus aliados esté presente en la estructura profunda de su seguridad. España, una vez más, parece haber encontrado la puerta lateral para hacer lo que otros consideran temerario.
¿Y cómo durante años se ha dejado que Zapatero opere en la práctica como «embajador» del Gobierno ante el PCCh? Por ejemplo, semanas antes de la visita de Sánchez a Pekín, Zapatero viajó a China para confeccionar la agenda de Sánchez, es decir, la de España…
Ese es uno de los aspectos más anómalos y, por qué no, sospechosos de esta relación. Zapatero no era embajador de España ante China, pero tampoco actuaba como un simple particular. El Gobierno español le concedió y renovó el pasaporte diplomático, una cobertura que en la práctica le permitía moverse en escenarios internacionales con una apariencia de representación institucional. Y eso cambia mucho las cosas. Si un expresidente viaja a China, participa en foros próximos al régimen, mantiene interlocución privilegiada con Pekín y además lo hace con pasaporte diplomático español, hay que preguntar en nombre de quién actúa, con qué mandato, con qué agenda y con qué intereses. Según informaciones publicadas, Exteriores confirmó que Zapatero solicitó la renovación de su pasaporte diplomático en junio de 2025 al amparo del Real Decreto sobre pasaportes diplomáticos. Lo inquietante no es solo que Zapatero tenga buena relación con China. Lo inquietante es que durante años haya podido operar como una especie de diplomacia paralela, a medio camino entre el expresidente, el lobista político y el facilitador estratégico. En un país serio, esa zona gris sería objeto de escrutinio. En España, por lo visto, se ha tratado como una excentricidad más… hasta que ha estallado el escándalo. Pero, como digo, hasta ahora nadie había hecho las preguntas oportunas. Y eso también resulta llamativo.
Zapatero se reunió en Pekín con la empresa del Partido Comunista Chino que le nombró intermediario para la compra de petróleo venezolano, hemos leído en los medios. Lleva usted tiempo señalando que Venezuela no se entiende si no es como una relación triangulada donde confluyen intereses venezolanos, españoles y chinos, ¿es así?
Sí. Y creo que ahí está el verdadero escándalo. La corrupción, si se confirma, es gravísima, desde luego. Pero tiene el riesgo de reducirlo todo a una historia de comisiones, favores, intermediarios y enriquecimiento personal. Y eso, siendo muy serio, puede ocultar lo más importante: la posible función geopolítica que Zapatero ha desempeñado durante años. Venezuela no se entiende solo como una relación sentimental de Zapatero con el chavismo, ni China como una agenda diplomática exótica. Lo que aparece es una triangulación mucho más inquietante: Caracas, Pekín y una red española de intermediación política. Venezuela aporta recursos, China aporta capacidad estratégica y demanda, y determinados actores españoles aportan acceso, legitimación y conocimiento institucional. Si eso se confirma, ya no estaríamos ante una simple trama de corrupción, sino ante algo que afecta directamente a la posición internacional de España. Yo no diría alegremente que Zapatero sea un agente chino en sentido formal, porque eso requeriría una prueba documental incontestable. Y eso es extremadamente difícil. Pero sí sostengo que su trayectoria presenta rasgos funcionales de un activo al servicio de intereses extranjeros. Ha operado como mediador con regímenes autoritarios, ha disfrutado de una cobertura institucional impropia para un particular, ha mantenido una relación privilegiada con Pekín y ha contribuido, durante dos décadas, a desplazar a España de su eje atlántico natural hacia una zona, cuando menos, alejada del modelo occidental. Por eso el caso no debería leerse solo en clave penal. Los juzgados investigarán si hubo delitos. Pero el análisis político debe ir más allá: ¿a quién ha servido realmente Zapatero? ¿A España, al PSOE, a sus propios intereses, o a un entramado de poder donde confluyen China, Venezuela y redes políticas españolas? Esa es la pregunta clave, la más incómoda de todas. Y quizá por eso nadie ha querido formularla hasta ahora. En el libro La Guerra Invisible no solo está formulada, sino que es respondida mediante hechos, fechas y nombres propios.
Mientras, en España, nuestras empresas van perdiendo capital y echando el cierre, como la automovilística. Cediendo sus factorías y líneas de montaje a sus competidores chinos. Estamos perdiendo una industria estratégica. ¿Cómo ha podido Europa, cuna histórica de algunas de las mayores concentraciones de talento industrial, embarcarse tan dócilmente en una transición energética que nos está minando?
La transición energética, tal como se ha impuesto en Europa, ha sido una de las mayores operaciones de capitulación industrial de la historia reciente. No porque aspirar a producir de forma más limpia sea un error —eso ya lo buscaba cualquier industria seria por eficiencia, innovación y competitividad—, sino porque se convirtió una evolución tecnológica en un mandato ideológico rígido, acelerado y llamativamente asimétrico. Europa decidió penalizar su propia base productiva antes de tener un modelo alternativo real y, sobre todo, viable. Europa, con la transición energética, encareció la energía, demonizó sectores enteros, impuso objetivos políticos inalcanzables para la tecnológica disponible y forzó a su industria a competir con una mano atada a la espalda. China hizo exactamente lo contrario: aseguró materias primas, subvencionó masivamente sus empresas, dominó la cadena de baterías, protegió su mercado y esperó a que Bruselas hiciera el resto del trabajo. Pekín no tuvo que destruir la industria europea; bastó con que la transición energética planificada en Bruselas convirtiera virtud en rendición.
El automóvil es el ejemplo perfecto. Europa tenía ingeniería, marcas, proveedores, fábricas, empleo cualificado y décadas de ventaja. Pero al prohibir de facto el horizonte del motor de combustión sin garantizar autonomía tecnológica, baterías propias ni materias primas, entregó buena parte del futuro industrial a quien ya controlaba todo eso. Se presentó como una revolución verde, pero en la práctica ha funcionado como un plan de transferencia de poder industrial. Lo que debería llamar la atención de cualquier analista es que esta política ha sido irracional para Europa, pero extraordinariamente racional para otros intereses. Para China, ha sido un regalo estratégico. Para determinadas élites burocráticas, un mecanismo de control. Y para algunos fondos y grandes grupos, un suculento negocio de capital subvencionado. El ciudadano, mientras tanto, descubre que la épica climática desemboca en fábricas cerradas, empleos perdidos, coches más caros y una dependencia mayor de la potencia que debía ser solo un proveedor. ¿Traición? No lo descarto. Pero de lo que no hay duda es que hemos sido víctimas de un plan de sumisión total con etiqueta ecológica.
Con este panorama tan preocupante, desde una mirada nacional e internacional, ¿qué augura ante esta nueva realidad mundial que se configura?
Auguro un mundo más duro, menos sentimental y mucho menos dispuesto a perdonar la ingenuidad. Durante décadas, Occidente creyó que la globalización convertiría a las dictaduras en democracias de mercado. Ha ocurrido lo contrario: algunas dictaduras, como la de China, han aprendido a utilizar el mercado, la tecnología, la deuda, la energía y la información para penetrar en las democracias sin necesidad de imitarlas. Esa es la novedad histórica. China no necesita gobernar el mundo entero. Le basta con condicionar nodos críticos: cadenas de suministro, materias primas, infraestructuras, datos, puertos, energía, universidades, medios, élites políticas y organismos internacionales. El poder del siglo XXI no siempre consiste en ocupar territorios, sino en hacer que otros no puedan decidir libremente sin temer tu reacción. Esa es la forma más eficaz de dominio: la dependencia. España, por desgracia, llega a esta nueva realidad en una posición especialmente vulnerable. No solo por sus debilidades industriales o institucionales, sino porque parte de su élite política parece fascinada por modelos de poder que deberían alarmarla. Cuando un país pierde el instinto de soberanía, todo lo demás viene detrás: la industria, la tecnología, la diplomacia y finalmente la libertad.
Pero no creo en el fatalismo. Creo que aún hay margen si Occidente recupera algo elemental: conciencia de civilización, apego a sus principios, defensa de sus intereses, autonomía industrial, fortaleza institucional y claridad moral. Lo primero es llamar a las cosas por su nombre. China no es simplemente un socio comercial más; es una potencia autoritaria con una estrategia global. Y España no puede seguir comportándose como si la historia fuera una rueda de prensa con sonrisas y apretones de manos a totalitarios travestidos de tecnócratas. El futuro no será de quienes tengan mejores discursos y resulten más fotogénicos, sino de quienes conserven capacidad de decisión. Esa es la verdadera frontera: soberanía o dependencia. Y si no la vemos a tiempo, quizá descubramos demasiado tarde que la guerra invisible ya había terminado antes de que supiéramos que estábamos librándola.