Yo descubrí que España existía una abrasadora noche de junio en la Plaza del Santo, donde vecinos y ajenos, familiares y solteros, borrachos y sobrios, mayores y pequeños, proletarios y pijos, punks y modernos se reunieron, al unísono, para celebrar, un año más, las fiestas patronales de San Fernando de Henares; de su pueblo. Allí vivían (han vivido siempre), mi tía Cristina, que en paz descanse, mis primos y mi tío Pedro. Nosotros, como solía decir mi padre, vivíamos en la zona nacional: éramos de Las Rozas. Para mí bajar a San Fernando era muchas veces una experiencia compleja: casas distintas, coches con otras matrículas, familias heterogéneas. Los restaurantes servían otras comidas, los amigos de mis primos vestían otras camisetas. Los setos perfectamente recortados de mis roceñas calles eran muchas veces medianas de hormigón o farolas desiertas.
Mi tía Cristina era una mujer extraordinaria; tan distinta a mamá, su hermana, y en el fondo tan de la misma cepa. Hace unos días me inundó el tierno recuerdo de aquella noche. Recordé, iluminados, los ojos joviales de mi tía, mirándome en aquella plaza. Cerrando muy fuerte los míos —aferrándome momentáneamente al recuerdo—, me apresuré a través de sus pupilas, como un obturador que un instante se abre y se cierra. Y, de repente, estaba allí. Hacía calor. Serían las once de la noche, quizá más tarde. En la España que yo crecí, los niños teníamos potestad para andar en cualquier quehacer hasta altísimas horas de la madrugada, siempre y cuando los padres o tutores directos anduviesen en un radio de distancia razonable (todo cuanto alcanzaba la vista y sus calles inmediatamente aledañas). La nación, entonces, no era una palabra; era un espacio. Y los espacios, cuando se llenan de cuerpos, de voces y canciones, se transforman en patria. Lo que nada más llegar a San Fernando se me antojaba tan sumamente distinto a la España que yo vivía, se disipaba enseguida. Sí, eran otros gestos (más sueltos), otra temperatura, otra estética. Pero sonó la discomóvil y, ¡oh!, sorpresa, aquella gente se arrancó a cantar Que viva España, del mismo Manolo Escobar que se escuchaba también en mi casa. Ese verano Paulina Rubio nos tuvo atormentados con aquel pegadizo “y yo sigo aquí, esperándote, que tu dulce boca corra por mi piel”, y era España una bailándola de plaza en plaza; de fiesta en fiesta. Recuerdo también el furor de Be with you, que, aunque no hacia justicia a las obras (¿poéticas?) de su padre, tuvo meses a muchas (y a otros pocos) rasgándose las camisetas por aquel joven y apuesto Enrique Iglesias.
En el puesto, uno juraría que el cerdo con el que se preparaba aquel delicioso bocadillo de panceta era acaso el mismo que se servía en mi nacional puesto roceño del mercadillo medieval. Los de tortilla con sus pimientos sabían también, curiosamente, igual que los de casa; aquella otra tierra. Los minis de cerveza a 450 pesetas eran bandera líquida de una nación unida. Y yo —niño curioso, un poco desubicado y profundamente atento— entendí algo que todavía hoy me cuesta explicar sin emocionarme: ciertas cosas eran distintas, sí; pero lo más importante, lo esencial, era idéntico. Había una continuidad invisible que unía a mi barrio pijo con aquel barrio obrero, bajo el mismo junio y el mismo cielo. Un pueblo no se reconoce por sus fachadas, sino por los ritos que lo atraviesan. Y el rito de aquella noche convertía a una multitud en nación —la consanguinidad de los espíritus, que diría el bueno de Luis Montero—. No conocía bien a los amigos de mis primos. No pertenecía a aquel barrio. Y, sin embargo, aquella noche, la plaza del Santo me perteneció a mi tanto como a ellos. Tras horas de columpios, polis y cacos, escondites y balonazos desatinados, eufóricos e incansables, teníamos licencia para entrar en cualquiera de los más de cien bares (serían menos) que circundaban aquella plaza ancha y rectangular. Entrábamos a pedir un gigantesco vaso de agua con mucho hielo (un mini light), y nos lo servían amables aquellas jovencísimas y apretadas camareras —voluptuosas bajo camisetas que el verano tensaba sin pudor— y allí nos quedábamos todos, aspirando con aquellas pajitas gruesas, jadeantes de correr detrás de una pelota, mirando aquellas melenas rubias o morenas; aquella impresionante vista, aquella vida que parecía inagotable.
Éramos distintos, pero éramos también lo mismo: la misma patria, los mismos santos patrones, los mismos horarios, las mismas fiestas. Y, definitivamente, las mismas camareras. Nunca hizo falta decirlo, simplemente se sabía. Con el tiempo he comprendido que el sentimiento que hoy me evoca este recuerdo no es una simple anécdota infantil: es una lección antropológica. Cuando un pueblo deja de encontrarse físicamente, empieza a dejar de ser pueblo. Porque la identidad no se predica; se encarna. De la misma forma sucedía cuando, agosto tras agosto, llegabas a playa. Podías tener acento cerrado o esdrújula perfecta, que bastaba con sacar un balón de Nivea —azul y blanco, redondo como una certeza— y ya estabas dentro: “¿Jugamos?”. Y jugábamos. Sin preguntar de quién eras. Aquel balón era una llave que abría todas las puertas; el mar, una frontera líquida que nos hacía iguales bajo el sol.
Eso era —es— España: la facilidad para advertir que el extraño está deseando siempre encontrar un lugar común en el que mostrarse en realidad como lo que es, compañero. La patria no es un sentimiento privado; es una experiencia pública. Y por eso duele tanto cuando lo público se vacía y lo común se convierte en decorado. Nos han repetido hasta la saciedad que la identidad es un constructo, que la nación es una ficción, que todo vínculo es sospechoso, peligroso, ¡fascista! Nos han dicho que lo moderno consiste en no deber nada a nadie, en no pertenecer a nada. Y, sin embargo, cada vez que hay algo grande, algo verdaderamente solemne, volvemos a encontrarnos en aquella plaza del Santo, en la playa o de cualquier calle en su acera. La noche que ganamos el mundial no hubo balcones silenciosos ni plazas vacías. Hubo abrazos entre desconocidos. Hubo lágrimas en hombres que no lloran. Hubo banderas que no eran de partido, sino de pertenencia: un grito colectivo que nos arranca, una y otra vez, de la soledad doméstica. Es celebrándonos o doliéndonos juntos cuando nos recordamos a nosotros mismos.
España convoca en lo extraordinario. Y convoca también en el silencio. He visto —lo hemos visto todos— procesiones de Jueves Santo donde ateos y devotos guardan el mismo respeto. Donde nadie se atreve a romper el paso grave de un Cristo que avanza entre cirios, entre la tierra y el cielo. Allí no importa la declaración de la renta, ni el voto, ni el barrio al que pertenezcas. Allí hay algo más antiguo que cualquier ideología. Algo indiscutible. En estas ocasiones —una misa extraordinaria, una manifestación de duelo, una procesión del silencio, una final que paraliza el reino— comprendemos que España no es una idea agresiva ni excluyente. Es una experiencia reiterada. Una convocatoria. Una cita a la que acudimos porque, en el fondo, sabemos que sin ella somos menos; no somos nada.
Y sí: puede que nos estén sustituyendo: la etnia en parte, las costumbres por el consumo, el pueblo por la gestión, la misa por la terapia. Ciertamente lo están intentado. Pero hay algo que no pueden quitarnos, porque habita un lugar total e indeterminado: la memoria, que es el último territorio que no puede ser urbanizado ni legislado. Mientras exista memoria, existirá la posibilidad de volver. Y la memoria, cuando es real, siempre termina convocando. Como convocan los muertos queridos. Como convoca un himno que no has cantado en años y un día, de repente, te brota tembloroso en la garganta. Como convoca una iglesia abierta en silencio. Como convoca, sin pedir permiso, la vieja España, que se resiste a morir. La cuestión no es si España nos convoca. La cuestión es si nosotros acudimos. Si seguimos llegando tarde. Si seguimos haciéndonos los desentendidos. Si seguimos creyendo que basta con indignarse en voz baja.
Yo, por mi parte, aún la oigo. Y si la oigo, es porque está viva, como una llama. Y si todavía está viva, como llama, es porque —contra todo pronóstico— sigue siendo la idea que nos convoca sin cesar, España.