La importancia de bajar los precios de la vivienda

Los casos comparados de Texas y California, y la experiencia de Singapur

Una de las grandes tragedias de la España moderna es el encarecimiento de los precios de la vivienda. Sin embargo, ésta es una tragedia compartida, así que podemos aprender de las experiencias de otros países que han sufrido similares problemas.

Permítanme que les hable sobre dos países en los que he vivido: EEUU y Singapur. Son dos casos muy diferentes, uno de los países más grandes del mundo y uno de los más pequeños (en Singapur, una isla del tamaño de Menorca, viven seis millones de personas) pero igualmente son casos que tienen lo suficiente en común como para que saquemos conclusiones.

Como explica Richard Hanania en este excelente ensayo, California y Texas son los dos estados más poblados de EEUU. Su composición demográfica es notablemente similar: California tiene un 35% de población “blanca no hispana” (en caída en picado) y un 39% de población latina (en aumento), mientras que Texas tiene un 40% de población blanca y un 40% de población latina. Ambos estados gozan de un clima cálido, y una combinación de regiones agradables con otras demasiado montañosas o desérticas para acoger mucha densidad de población.

Políticamente, hablamos de los dos polos de EEUU. Donald Trump ganó en Texas en las últimas presidenciales estadounidense por 14 puntos porcentuales, mientras que Kamala Harris se impuso en su estado natal (aunque creció en Canadá) por 20. Todos los funcionarios electos estatales en Texas son republicanos, y todos los funcionarios estatales en California son demócratas.

Esta diferenciación tiene enormes implicaciones políticas, y una de las diferencias más claras se observa en el sector de la vivienda.

En California, el precio medio de una vivienda es de 809.000 dólares, el segundo más alto después de Hawái. Esto representa más de 2,5 veces el precio de Texas, de 308.000 dólares. Esto no se debe a que los californianos disfruten de viviendas más grandes. Como explica Hanania, si se calcula el precio por metro cuadrado, la vivienda en California sigue siendo el doble de cara que en Texas.

Tampoco se pueden explicar los precios por la diferencia de renta. A pesar del enorme impacto de los muchos milmillonarios de California, la renta de aquel estado es de 100.000 dólares per cápita, y la de Texas de 80.000. De hecho, si quitáramos al 1% de ciudadanos más ricos de ambos estados (que tienen un mínimo impacto en el mercado inmobiliario, porque no pueden vivir en cientos de casas), podría ser que Texas tenga en realidad una renta marginalmente más alta: según las estimaciones actuales, ese 1% contribuye con un 40% de todos los ingresos fiscales del estado.

En California, como buen reducto de la izquierda, se pasan el día con el rollo de que la culpa es de las grandes corporaciones que tienen muchas propiedades y restringen el acceso al alquiler. Igual que en España, eso es una mentira fácilmente comprobable que solo se sigue repitiendo porque interesa: de ese modo, el gobierno local no siente ninguna responsabilidad por sus errores, y ni siquiera percibe que sean erróneos.

La realidad es mucho más simple que las teorías conspirativas del mercado de vivienda que dominan la visión izquierdista. Como indica Hanania, en 2024 se otorgaron más permisos de construcción de viviendas nuevas solo en las ciudades de Dallas y Houston (en la fotografía), las dos más grandes de Texas, que en toda California. La causa de la disparidad en los precios de la vivienda es evidente.

En Los Angeles, San Francisco y San Diego (las tres principales ciudades de California) hay gente que trabaja en el sector tecnológico y que gana más de 100.000 dólares al año que considera que un apartamento de dos habitaciones a una distancia razonable de su trabajo es un sueño inalcanzable; lo mismo ocurre, por cierto, en ese otro reducto izquierdista, Washington DC, donde yo viví pagando alquileres mensuales por un estudio de una habitación que les dejarían helados.

Una idea interesante que ha adoptado la asamblea de Texas es la recalificación más o menos automática. Es decir, el estado (de Texas) indica ciertos criterios para recalificar terrenos (solo en ciudades con poblaciones superiores a 150.000 habitantes ubicadas en condados con más de 300.000 habitantes) y deja a los gobiernos locales de tales ciudades la decisión específica sobre la recalificación: pero esa decisión ha de seguir los criterios estatales, y los rechazos han de ser justificados de acuerdo a esos criterios y no a lo que se le ocurra al alcalde (o lo que le paguen los promotores).

En resumen, lo que ocurre es que en Texas, en la mayoría de las zonas comerciales y empresariales de las ciudades afectadas, la construcción de vivienda multifamiliar debe permitirse automáticamente, con algunas excepciones. En California, por el contrario, como en prácticamente todos los demás estados de EEUU, las grandes ciudades aún pueden designar áreas exclusivamente para uso comercial o empresarial, en efecto prohibiendo la construcción de viviendas o sometiéndola a aprobación discrecional con condiciones importantes.

El caso de Singapur es aún más chocante que el de Texas. Recuerdo estar un día en el parlamento, aburrido como una ostra porque créanme que las sesiones del parlamento singapureño son una tortura, y salir del sopor súbitamente cuando oigo al Ministro de Economía decir: “aquí queremos que haya una sociedad de gente que ahorre e invierta sus dineros en la bolsa o en la creación de empresas y no en comprar pisos para ser rentistas”. Casi me echo a llorar.

Esto ocurrió en 2017. En aquel momento la ciudad-estado llevaba tres años viendo caída de los precios inmobiliarios, con un efecto negativo en el PIB, pero el ministro vino a decir que se negaba a tomar ninguna medida que impulsara los precios (específicamente, citó los altos impuestos al establecimiento de hipotecas, que prometió no bajar) para evitar que la vivienda se encareciera.

Singapur, que tiene el mismo partido en el gobierno desde hace 60 años, ha mantenido la misma política. Ha habido tirones de precios y ahora mismo el gobierno está otra vez enfriando los precios, que han caído deprisa después de un tirón post-Covid. La política singapureña se baja en liberalizar el mercado laboral y facilitar la creación de empresas, bajar los impuestos (a todo menos la vivienda) y mantener bajos los precios inmobiliarios. Lo que pierden por un lado lo compensan de sobra por el otro, y por eso Singapur y Texas son mucho mejores lugares para vivir que California… y España.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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