Buscar un remedio secular para las patologías de la civilización es pensar que la herida congénita del alma humana se puede curar con leyes, técnicas o riquezas. La raíz de ese mal y su posible cura no se hallan en la política o en la economía, sino en el corazón humano. De él brota veneno en todas las épocas: es el odio ideológico, que convierte siempre la discrepancia en enemistad y la diversidad en campo de batalla. En sus guerras civiles o culturales la palabra pierde su sentido, la venganza suplanta a la justicia y la pasión acaba esclavizando a la razón. Buena cuenta de ello dio ya Tucídides en su Guerra del Peloponeso. La naturaleza humana repite cíclicamente sus derivas.
Las ideologías no buscan la verdad. Imponen visiones parciales de la realidad para justificar sus intereses. Más que filosofías de vida, representan sistemas cerrados que reducen lo humano a fórmulas y consignas. Hoy millones de voces confunden el derecho a expresarse con el supuesto derecho a reducir al que disiente. Y como el ruido de un enjambre, forja mucho zumbido y poca miel. Teognis lo advirtió hace veinticinco siglos: «Pon tu mente en funcionamiento antes de poner tu lengua en movimiento». Sin embargo, la tendencia natural es a invertir ese orden. La lengua —en su versión digital— se adelanta a la reflexión sólo para silenciar al otro. El reto es, más allá de discutir con todos de todo, discernir qué merece atención. Escucharlo todo lleva al suicidio intelectual; en cambio, meditar voces templadas y que estudian puede ser un acto de higiene espiritual.
Por eso la adhesión a los “ismos” empobrece la autocrítica, estrecha la mirada y clausura el misterio. Liberalismo, progresismo o tradicionalismo ideológico encierran la realidad en esquemas que dividen y desconectan de los demás a nivel profundo. Como médico, sitúo aquí mi preocupación por la ideología de género: hija liberal de una lectura parcial y torcida del principio de realidad, distorsiona la comprensión de lo humano. Sí a la tradición, pero no como ideología, sino como cauce de sabiduría que reconoce la realidad de nuestra herida original. Más que una cárcel del pasado, la tradición es la corriente por donde fluye la belleza y con ella la verdad. Su defensa es una actitud existencial más que doctrinal. No cierra preguntas, sino que abre un horizonte de sentido frente al relativismo contemporáneo. De ahí la cautela que requiere la «batalla cultural». Convertida en guerra de trincheras, destruye la comunidad y desgarra el espacio público. Necesitamos principios que sostengan la convivencia y reconozcan la humanidad del otro, aun del que piensa distinto. La educación no está en acumular títulos, sino en dominar el instinto que protege al propio ego y reconocer la dignidad del que piensa diferente.
En Roma, imperium significaba poder de mando. Pero también gobierno de uno mismo. La mayor autoridad no se ejerce sobre los demás, sino sobre el propio yo. El imperium interior no vuelve esclavo del rencor, la envidia o el resentimiento y mantiene la calma en la adversidad y la sobriedad en la prosperidad. Gobernar el alma es pilotar una nave que de natural se pierde en las tormentas, pero no la manda el mar, sino el timón. La libertad no es tanto hacer lo que pide el deseo, como querer lo que pide el deber. Y esa libertad nace de la templanza. Nunca como hoy tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y entendernos y nunca hubo menos conexión real. Nunca tantos ejercieron su derecho a opinar y tan pocos a pensar. La cultura moderna exalta la autonomía, pero carece de valores que inspiren el sacrificio por reconocer a los demás. Como recuerda Juan Arana, al perder la fe y la razón firme, la civilización abre la puerta al fanatismo y al caos. La democracia ofrece un horizonte de libertades, pero no enseña que para rozarlo hay que aprender a contenerse sin que ninguna norma estatal lo dicte. La exaltación de la autonomía produce a menudo sujetos sin refreno interior, que erosionan la convivencia. Hemos errado la diana del progreso al confundir la conquista de derechos abstractos individuales con el arte del autogobierno.
Necesitamos un humanismo menos heroico y más atento a la sempiterna fragilidad humana; más centrado en virtudes invisibles que en gestas sonoras. Un humanismo que, en lugar de separar, abogue por la Transcendencia que llama a la unidad y, en lugar de ideologías que dividen, por principios que sostienen. Necesitamos un humanismo que no aspire a levantar catedrales para custodiar nuevos dioses, sino a encender lámparas en la penumbra de la radical soledad humana. Tenía razón Roger Scruton al llamar a la Revolución Francesa «la segunda desobediencia del hombre»: una sublevación contra Dios y contra el orden natural que, disfrazada de emancipación, nos encadenó al espejismo de la autosuficiencia secular. Atrapados en el cautiverio de cada nuevo cliché ideológico, necesitamos pensar más allá si no queremos legar otra generación más a nuevas cadenas, para destruir unos ídolos y levantar otros, y condenarla a un nuevo ciclo de sacralización y cancelación. La solución no consiste en destruir al enemigo y perpetuar así el ciclo del odio, sino en educar a las nuevas generaciones en ese imperium que les permita dialogar sin odio, defender sus argumentos sin fanatismo y ejercer la libertad sin vulgaridad. La revolución no consistía en tomar la Bastilla y degollar al adversario, sino en recuperar la forma en que habitamos el mundo. Pendiente queda.
(Ilustración: Hombre barbado leyendo a la luz de una vela, de Godfried Schalcken)