La tarea pendiente

«Voltio» por Madrid

Esta mañana he bajado con la bici a Calmera, en la calle Atocha, a dejar mi querida máquina en la tienda para que le hagan una revisión: cambio de las pastillas de los frenos, tensado de estos últimos, lavado, engrase, equilibrado de ruedas y ajuste del manillar (que se dobló un poco hace tiempo, un día que se me cayó la bicicleta al suelo, y quizá deba ser nuevamente alineado y apretado).

            Hacía meses que tenía esta tarea pendiente, y meses hacía que por ese motivo, además de las habituales razones de exceso de trabajo y lo que el poeta Alberto Vega llamaba —en una especie de rapto antilírico— «pura inercia: puta inercia», no salía a pedalear por Madrid. Hoy he rodado desde mi domicilio en el norte de la urbe hasta la calle Atocha, pues aunque los frenos no respondían muy bien y no era aconsejable seguir circulando mucho tiempo con las zapatas como estaban, sí se podía hacer ese desplazamiento sin riesgo alguno (la bicicleta debía de conservar un setenta por ciento de su capacidad de frenada).

            Tras dejar la bici en Calmera me he zampado un bocadillo de calamares y un plato de pisto con huevos fritos en el Brillante, en la glorieta de Carlos V, y luego me he pegado una monumental caminata que me ha llevado desde Atocha, por la Ronda de Valencia y qué sé yo cuántas rondas y calles más, hasta el barrio de los Austrias y la calle y el puente de Segovia, y la ribera del Manzanares, para subir después por Aniceto Marinas, volver por el paseo de Florida y desembocar finalmente en Príncipe Pío. En la estación de Príncipe Pío he tomado el tren hasta Chamartín, y de ahí he regresado a mi casa, andando otra vez.

            ¡Todo un «voltio», que se dice, sobre ruedas y en el coche de San Fernando! Cinco horas y media fuera de casa. Más tarde…, un descansito, y a trabajar en faena escrita alimenticia, dejando despachada hace pocos minutos una traducción de un texto sobre arte (pintores españoles modernistas, pur délice) que en breve debo mandar al ciberespacio, para que su destinatario la tenga en su bandeja de entrada a primerísima hora de la mañana.

            A esto se le llama mezclar el placer con el trabajo, o el trabajo con el placer. Para hacer lo que uno ama hay que amar lo que uno hace; para estar en lo que celebra uno, hay que celebrar aquello en lo que uno está. Y luego, lo que yo mismo apunté en mi libreta roja hace un par de meses: «¿Qué es más importante? ¿Ser o estar? Estar siendo». Que es de lo que trata no el presente, sino más bien el AHORA. Nada más.

Roger Wolfe (Westerham, Kent, 1962) es poeta, narrador y ensayista. Autor, entre otros libros, de «Días perdidos en los transportes públicos», «Hablando de pintura con un ciego» o «El arte en la era del consumo».

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