Nada más penetrar en Google, ocaso mafioso dependiente de la Agenda 2030, uno ya se descubre ante la intromisión ilegítima a la verdad en base a una concienzuda manipulación: «En China la inmigración es relativamente baja en comparación con otros países, con aproximadamente un millón de inmigrantes registrados (se habla de 2017, hace ocho años). Sin embargo, el país también cuenta con una gran proporción de trabajadores migrantes internos».
Lo entrecomillado ensucia al que lo lee con ganas de saber. Por eso la sociedad mundial, aquella que no tiene tiempo para contrastar la verdad por las hipotecas, alquileres, residencias en los extrarradios más lejanos, los hijos a amamantar y las tropecientas televisiones que cuentan lo inadmisible, decide aceptar que lo que se emite al darle al enter es, sí o sí, la verdad. Y no sólo eso, sino que aquello que escucha –y a veces hasta lee– por primera vez lo esparce a diestro y siniestro actuando de altavoz distorsionado, de cacique gratuito entre el vecindario, o dicho de otro modo, ejerciendo como antes lo hacía el chivato de turno cuando en la actualidad no representa más que el desclasado televidente de informativos en televisión que se autogestiona públicamente como dios geopolítico.
Pero ese entrecomillado –y ahí radica lo esencial del problema– asusta por lo falsario: porque en China la inmigración no es relativamente baja, sino que es completamente nula, inexistente; porque ese millón de inmigrantes en 2017 –ni el 0,1% de su población–, en realidad, a 2025, supera por poco el cuarto de millón, sumando diplomáticos de 183 naciones; y que para beneficiar la mentira, añaden en el texto que el país también cuenta con una gran proporción de migrantes internos cuando en España jamás en la listas de inmigrantes recién llegados salen los gallegos que se fueron de Galicia con destino a Madrid –y si no que se lo pregunten a Jabois– ni los andaluces que decidieron censarse en Cataluña.
En todo esto que les cuento brota una pregunta concreta: si el mundo se basa, en su inmensa mayoría, en el (casi) libre flujo de personas, permitiendo que países de capa caída puedan ver cómo parte de sus habitantes envían remesas desde, por ejemplo, Estados Unidos, Alemania, Francia o España a sus familiares desesperados en, por ejemplo, Tanzania, Laos, Paraguay o Belice, ¿por qué en China, literalmente, está prohibido que este hecho profesional y sobre todo, humanitario, también les pertenezca? Y sobre todo, ¿por qué nadie denuncia esta realidad cotidiana, que no es que pase desapercibida para los medios internacionales, sino que se oculta sistemáticamente por intereses espurios, siendo ignorada por toda la clase política y los 183 países –la práctica totalidad de las naciones del mundo– que forman a sus cuerpos diplomáticos para que esta tropelía la pasen por alto? ¿O es que la segunda potencia mundial, que tanto se vanagloria de ello y de recordárnoslo a diario los medios occidentales, no dispone de hueco para, no sé, cien mil palestinos, o al menos, trece mil bolivianos o seis mil argelinos, lo que seguiría manteniendo su porcentaje de inmigrantes en menos del 0,1% y ayudaría a que parte del resto del mundo viviera en mejores condiciones? En resumidas cuentas: si el mayor milagro económico de la historia de nuestra civilización –China– no admite inmigrantes legales o ilegales, ¿por qué España, que ha destrozado su PIB y el nivel de vida de sus habitantes a costa de la fulgurante inflación, sí los admite e incluso desea y promueve?
A ver, a China ni el 0,1%, a la India ni el 0,3%, a Indonesia, cerca de los 300 millones de habitantes, más de lo mismo, donde incluiríamos a Bali, la isla donde al extranjero, pagando, se le permite estar. Y así podría seguir hasta pasado mañana. En cambio, y tomen nota, en los Estados Unidos el 16% de la población es inmigrante, a sumar las decenas de millones de hispanos de segunda y tercera generación (Datos UN 2023) cuando Alemania y Gran Bretaña también alcanzan cifras similares. Suiza, en cambio, crece hasta el 30%. Francia, supera el 13%, cuando se asume que al menos el 40% de su población tiene a uno o dos familiares directos que hace dos generaciones no eran franceses. España, a su vez, alcanza el 13%, Bélgica el 17%, Suecia el 19% y Austria el 20%. Australia, a tope, el 30%. Si se dan cuenta, todas las naciones recién nombradas –y faltan el resto de europeas– cooperan de manera absoluta con la inmigración de personas, tantas veces ilegales auspiciadas por las mafias. Entonces, ¿por qué las dos grandes superpotencias, China e India, desprecian las reglas del juego? Y sobre todo, ¿por qué nadie les exige lo que los demás realizan sin rechistar?
Ser racista es, hoy en día, una de los peores calificativos con los que a alguien podría señalársele. Sin duda, mostrar públicamente unas preferencias de una raza sobre otra podrían hacerte perder desde tu puesto de trabajo a tu propia familia, asumiendo que hasta el presidio podría llegar a alcanzarte. Y no hablamos de ser, de verdad, racista, entendiendo esta acción como el hecho de despreciar la raza o etnia de otra persona, algo que en Occidente sólo ocurre de manera residual y jamás por parte de sus gobernantes. Y a los datos recién mostrados me remito. Sin embargo, ¿no sería España tildada de racista, sobre todo por buena parte de sus habitantes, si sólo permitiera acceder a sus dominios al 0,1% del resto de la población necesitada de mejores salarios, generalmente nativa de naciones en vías de desarrollo? Entonces, ¿por qué China, que queda aún muy lejos de ese 0,1%, no recibe escarmiento alguno?
Pero es que no acaba ahí la cosa, atendiendo a las decenas de millones de han que conforman la diáspora china en la práctica totalidad de naciones del mundo. Algunos podrían justificar que la razón esencial es porque los habitantes de China superan los 1.400 millones de personas. Pero la India, ni de lejos, transfiere a tantos de sus ciudadanos por el mundo cuando ver a un indonesio en, por ejemplo, Austria sería un rara avis. Entonces, ¿es que acaso China juega con las cartas marcadas en esta partida geopolítica?
Debe quedar claro que Occidente no desea reciprocidad entre sus políticas y las de otros. Como ejemplos verificables el que mezquitas de todo tipo y tamaño se inauguren en España como si en realidad fuéramos un califato cuando ver una iglesia en, por poner un sólo ejemplo, la isla de Java es harto complejo, y cuando existen, tantas veces acaban ardiendo.
Otro apunte a no dejar pasar. Mientras un chino puede nacionalizarse español –así como cualquier ciudadano del mundo–, un español –o portugués, alemán, italiano…– jamás podrá nacionalizarse chino. Jamás. He conocido casos de expatriados que hablan y escriben el mandarín a la perfección, los cuales llevaban treinta años legalmente en China, que formaron una familia con una nativa que dio al censo varios hijos, que crearon empresas y dieron trabajo a cientos de trabajadores, y que al divorciarse, sin haber dejado en el país deuda alguna, comprobaron la dificultad de ver sus permisos de residencia renovados.
Otro asunto esencial para comprender la magnitud del más absoluto de los desequilibrios que hoy en día facturan, como no podía ser de otro modo, a sólo una parte del mundo, es cuántos refugiados llegan a China. Pues bien, ninguno. Cero. Y ese es el número exacto. Da igual la guerra, la dictadura, la persecución, que China jamás asiste a refugiado alguno. Y esto, ¿cómo se come? En la actualidad, China es fronteriza con naciones paupérrimas (Laos) cuando Rusia está en guerra y sus vecinas y muy cercanas Camboya y Tailandia casi, por no hablar de la guerra civil que destruye hoy día Birmania, con la que comparte, nada más y nada menos, 2.129 kilómetros de lindes. Pues bien, tras un movimiento de cientos de miles de refugiados jemeres y siameses sólo hace unos días, China no acoge jamás a refugiado alguno.
A Occidente le han contado una película que podría ser muy buena e incluso coherente: como tenemos más recursos debemos ayudar a los que menos tienen. Y en esas estamos desde hace ya décadas. Pero ante el nuevo mundo, que no es que se acerque, sino que ya está aquí, la pregunta, sin ser para nada capciosa, señala a China, segunda potencia mundial la cual, además, organiza ya buena parte de la agenda de no pocos países, y que vive exenta de buenísimo, humanidad y coherencia con todo Occidente mirando para otro lado por razones incomprensibles para el razonamiento.