Los bares o la certeza de la cerveza

Formar parte de un mismo café te hace parroquiano, más que vecino, más que amigo, casi familia, en cada rincón de esta nación de bares y terrazas

El Olimpia, en la antigua calle Comandante Barja de La Coruña, y en Ribadeo, cada verano, El Mirador, a la entrada del pueblo. Los dos primeros bares que frecuenté, de niño, de la mano de mi abuelo. Un café con leche y una Fanta de naranja. Él tenía tanto que contar que prefería escuchar mis historias de colegio. P. J. O’Rourke escribió que “no hay nadie en el mundo que sea mejor persona o más amable que aquella que te escucha cuando tienes 18 años” y siempre pienso que se estaba refiriendo a algún abuelo. Un día cerraron El Mirador y trasladamos el café de media mañana a El Español, un bar clásico cuyo suelo de ajedrez es algo así como el mosaico interior de mis días felices. Los bares que fueron guardan en paredes empolvadas las fotografías de nuestros mejores ayeres.

En El Español, dos mesas más allá, se sentaba siempre Leopoldo Calvo-Sotelo. En el bar todo se aplana, se iguala, se acerca, de un modo tan perfecto, tan justo, y tan natural que jamás podrá alcanzarlo ninguna agencia tributaria. En El Español, mi abuelo era César y su café cortado, y el expresidente, siempre acompañado de su mujer, era simplemente Leopoldo. Todavía no se había puesto de moda volverse hortera y hacerse millonario al salir de La Moncloa.

El expresidente de las gafas gruesas era un hombre afable, discreto y cercano. Cuando murió escribí un obituario imprudente en El Confidencial Digital, relatando por vez primera mi secreto mejor guardado: cuando en una de mis primeras salidas a navegar sin supervisión paterna, se caló el motor de mi bote mientras maniobraba en el puerto, la roda enfiló el pantalán principal, y abriendo las suaves aguas portuarias, golpeó sin remedio el más bonito de los yates del expresidente, que descansaba amarrado al albur de las mareas. Se produjo un trastazo que, si bien no provocó daños graves, me dejó tembloroso ante la posibilidad de que los escoltas de don Leopoldo, a cien metros del lugar, me acusaran de atentado. Arranqué el motor y salí de allí raudo en busca de aguas neutrales.

Guardé la historia durante años, hasta que la desvelé en 2008. Pocas semanas después de publicarse, su viuda Doña Pilar, me envió un tarjetón manuscrito, agradeciéndome el artículo entre risas, y convidándome a visitarla en verano en su casa ribadense. En el obituario, por supuesto, aquellos encuentros fortuitos en El Español ocupaban un espacio notable. Es buen ejemplo de lo que significa en España compartir el bar. Formar parte de un mismo café te hace parroquiano, más que vecino, más que amigo, casi familia, en cada rincón de esta nación de bares y terrazas. Pasarán los años y seguirás reconociendo a este o aquel, porque la simple coincidencia de un tiempo y un local.

El bar español es una sociedad. Es una forma de vida. Es una institución. Sostengo que el declive de las ventas de cerveza por segundo año consecutivo, según informes recientes, es un drama casi tan grande como el demográfico, si bien para solventar el primero debemos antes ponernos en marcha con el segundo. Aunque todo en la vieja España es circular: hay amores que emergen al otro lado de la espuma de cerveza, mientras que sin nuevos españoles corriendo por las calles será imposible remontar las ventas del oro líquido de los alcoholes.

De esa conjunción genuinamente española entre las copas, los bares y la cultura surgió hace años mi libro Nos vimos en los bares; aunque lo concebí como una historia sentimental del pop español, es un largo muestrario de los bares que fueron, de aquellos en los que escribí, y de aquellos en que nacieron amistades, grupos, canciones, y lealtades para toda la vida.

Qué sería de la música española sin los bares, qué de la literatura, qué de las artes. Sin ventas y mesones en el Quijote, sin las tabernas de Quevedo, sin los cafés de Galdós y Valle-Inclán. Qué habría sido de las tertulias, las ilustradas y las de la sabiduría popular. Qué sería del vecindario, del refrigerio en los días de sofoco, de la reunión de negocios, de la conversación trufada de anécdotas de vida de dos jubilados. Qué sería del fútbol, señor, sin el corazón histriónico de los bares.

Tertulia en el café Pombo

El sociólogo Pierre Bourdieu dejó algunas ideas que nos ayudan a entender la realidad sociológica de los cafés de España. Quizá por partir de ciertas bases marxistas, terminó lastrando todas sus teorías con una mezcla ponzoñosa de determinismo y estrategias de dominación, siendo especialmente notables sus taras progresistas al reducir todo lo cultural a una conspiración de poderes. Qué coñazo de gente. Sin embargo, el capital social de Bourdieu se intuye en construcción en torno a una barra y a unas cañas, no precisamente como sesgo elitista y divisor, sino como el alumbramiento de una suerte de hermandad casi clandestina.

En el imaginario del humor patrio, el español encuentra razones para ir al bar en casi cualquier ocasión. En la alegría, para celebrar; en la tristeza, para olvidar; en la soledad, para verse acompañado; y en el estrés social, para dejarse caer en el anonimato que hace de los clientes de un mismo bar un conjunto de sombras indeterminadas, conectadas por los finos hilos de oro que emanan de un mismo barril.

El bar español es un ejercicio de libertad, pero no exenta de responsabilidad y de escalafones. En el bar prototipo que abordamos, las cosas han de hacerse como quiere el dueño, aceptando con igual deportividad las decisiones enloquecidas y rarezas como los aciertos y generosidades con los clientes. Aunque el dueño y el cliente nunca comparten la misma perspectiva, que uno mira a la morena de esquina y el otro a la caja registradora, raro es el regente de un café que no frecuenta otros bares, que no se empapa de un ecosistema que es su vida, y que a veces incluso la fue de sus padres o de sus abuelos.

Pero el bar no es el bar sin la caña. El bar no es el bar sin los efluvios peregrinos del alcohol sembrando de musas las paredes, suavizando irrealidades, y provocando amistades improbables entre seres tan sumamente distintos que quizá tan solo comparten una cosa en su vida: el Casa Paco.

Existe una rica tradición del bar en silencio, porque los cafés también acogen al solitario, que tal vez pueda sentirse a la intemperie, con su soledad, meditando en un banco de la calle, pero que sin duda se sentirá protegido entre las paredes, el ambiente, y la presencia ajena –pero no tanto- de los demás parroquianos de un local. Pese a todo, lo dominante del bar es la conversación. Hace algunos años, cuando se produjo la expansión de las conversaciones en línea, muchos sociólogos comenzaron a indagar en la posibilidad de que las relaciones puramente humanas, cara a cara, terminaran en el futuro reservándose para casos aislados y contextos familiares. El estudio de Boden y Molotoch (1994), uno de los más prestigiosos, resulta casi un salvavidas para los amantes del bar, la camaradería, y la conversación hombre a hombre. Lo que llamaron “compulsión de la proximidad”, es decir, esa necesidad que sentimos de encontrarnos personalmente con el otro, no se ha reducido lo más mínimo en nuestro interior, y esa es la razón por la que todavía nos esforzamos por charlar frente a frente con el amigo, con el posible cliente, o incluso con el desconocido que nos ha llamado la atención y deseamos conocer. Naturalmente, esta compulsión puede satisfacerse en casa, en la oficina, o en cualquier parque, pero por lo general el español considera el bar una instancia superior, un marco incomparable –como decían los presentadores del siglo XX–, un lugar que aporta al encuentro una magia, una intimidad, y un color especial que no aportan, qué sé yo, los banquitos de piedra de la esquina de Cibeles, a media mañana, en cualquier día laborable.

Habrá algún idiota que diga que el bar también es espacio de conflicto, más aún, que acuse a los alcoholes de exacerbar violencias y taras individuales, pero es la misma gente que piensa que el Congreso de los Diputados es un lugar amable, pacífico y seguro, y que la Constitución Española nos hermana más que ver el fútbol con los paisanos del barrio al calor de unas cañas; que es tanto como conceder a la ley escrita la capacidad de formar una familia o forjar una amistad. Una majadería.

Una de las consecuencias que nos ha traído el globalismo es el declive de lo local y, si bien es cierto que podemos beneficiarnos de ciertas ventajas en nuestros hábitos de consumo, la desaparición de figuras históricamente vertebradoras de la sociedad española tiene inevitables consecuencias. A medida que desaparecen los pequeños comercios, que acudimos a hacer la compra sin conocer el nombre de pila del vendedor, y que nos corta el pelo cualquiera en una de esas grandes corporaciones de peluquería en las que todo el mundo termina con una calva sobre cada oreja, nuestras interacciones van volviéndose más y más impersonales, a la misma velocidad que nuestros barrios van dejando de ser propiamente barrios para convertirse en comunidades circunstanciales, de un pragmatismo maquinal casi inhumano.

Si la desaparición de la mayoría de negocios locales no ha podido evitarse, y su amenaza de extinción se ha consumado, porque nadie puede competir con los precios y cantidades de las grandes superficies, el bar consigue una y otra vez sobrevivir a la ola de la despersonalización, hasta el punto de escenificar cíclicamente su propia resurrección. Si bien es cierto que los foráneos y las grandes corporaciones ni siquiera se han esforzado en intentar imitar el viejo bar español, que es un pecado comparar mi John Moore, mi escritorio coruñés, con uno de esos sitios iluminados como quirófanos, en donde una chica que parece haberse caído de un programa infantil de la televisión de los 80, te sirve un litro de leche azucarada y hielo con un suspiro de café, en un abrevadero de plástico con tu nombre pintado con un rotulador, y tiene la desfachatez de llamarte con sugerente tono de voz por la megafonía. Eso es un dispensador de experiencias o cómo demonios lo llamen ahora, pero no es un bar.

Nuestro bar ha salido de todas las trampas de la historia. Resucitó con las primeras aperturas tras la pandemia, porque muchos españoles comprendieron su verdadera función social –más allá de despachar pinchos y cañas– y lo echaron de menos. Y resucitó también el día en que nos quedamos a oscuras, porque la gente no se hacinó para ahogar su desesperación en torno a los McDonald’s, ni en las frías escaleras de cualquier edificio de la Tesorería General de la Seguridad Social, sino que vació las neveras de los bares de barrio de cabecera para evitar que el apagón de incierto desarrollo pudiera dar al traste con el bien preciado de la cerveza fría; ante la incertidumbre sanitaria, lo prudente era bebérsela cuanto antes. Si no se puede trabajar, no hay ocio digital, ni Inteligencia Artificial, dijimos todos, al menos disfrutemos por una vez de la inteligencia natural intercambiando opiniones, más tarde improperios y gritos contra las autoridades del Gobierno, con los amigos y vecinos en la terraza de la esquina, con una cogorza tan esférica como sea posible.

Hay analistas que atribuyen a la subida del precio de la cerveza y a los impuestos salvajes a los alcoholes, la clave de la decadencia del consumo en los bares. Sin duda la inflación no ayuda, y la turra gubernamental contra las copas tampoco, pero los bares tienen enemigos más peligrosos que los económicos.

Pensemos que los españoles estamos siendo objeto de una suerte de gran experimento de ingeniería social, aunque todavía muchos prefieren ignorarlo. Por un lado, los confinamientos durante la pandemia, tan criminales como experimentales, terminaron imprimiendo huellas en nuestros hábitos que ya nunca han sido suprimidas. Se trasnocha menos, se sale menos, se interactúa menos, y paradójicamente se bebe menos, por más que en los días de confinamiento se hicieron virales las fotos de cientos de españoles de bien encargando palés de cerveza a domicilio a sus cerveceros de confianza. Tengamos en cuenta también que hay al menos una o dos generaciones perdidas para la causa de la juerga: aquellas que debían celebrar sus primeras salidas nocturnas a bares y pubs en la primavera del 2020, cuando Sánchez decidió estropearles la juventud y condenarlos a la desasosegante diversión doméstica de las redes sociales y las casas de apuestas, de la que ya nunca han logrado salir.

Surgió también en la crisis del coronavirus una especie de suspicacia general que terminó por quebrar ese hilo social conductor que fue uniendo a generaciones de vecinos en nuestras calles y barrios con el normal devenir de los tiempos. Todo el mundo parece guardar un viejo rencor a los demás, como si la desconfianza hubiera ganado enorme terreno porcentual a la confianza. No es extraño si recordamos que las autoridades lograron que durante largos periodos de tiempo consideráramos a los demás como una amenaza, que no olvidemos que hubo políticos asegurando que los nietos que visitaban a sus mayores eran asesinos de abuelos. Todavía me resulta inconcebible que toda aquella basura quedara impune.

La otra gran pata de la ingeniería social, aún más evidente y peligrosa, tiene que ver con la inmigración descontrolada, y el modo en que nuestras costumbres se diluyen en el mar asesino del multiculturalismo. Tal y como han señalado las asociaciones de cerveceros al analizar los últimos estudios sobre la caída del consumo entre los españoles, la inmigración hispanoamericana, y por supuesto, la africana, no comparten nuestra tradición de beber cerveza en los bares. No existe el compadreo genuino y natural de las terrazas, ni los patrones mediterráneos de comportamiento, ni los gustos por las mismas bebidas, ni la imprudencia con la que un español puede pegarse un tiro en la cartera, después de seis cañas, rojillos los mofletes, al querer invitar a toda la cofradía de la barra en un ataque de euforia y amor al prójimo. Son cosas muy nuestras que se van disolviendo en un magma sociocultural que presume de otro tipo de costumbres, gustos, y peculiaridades.

Bodegón: pincho de tortilla y caña

En el caso particular del pincho y la caña, quizá lo más icónico del bar español, gran parte de los inmigrantes dan la espalda a la caña sin mucho cargo de conciencia, entregándose a las bebidas habituales en sus países de origen, desde el café colombiano al vino argentino, pasando por los tés marroquíes, o la coctelería peruana. Interesante, supongo, pero foráneo.

El tercer pilar de la gran conspiración contra los bares, de esta obra satánica de ingeniería que está descosiendo las costuras culturales de la vida de los españoles, lo encontramos en los bandazos relacionales de unas nuevas generaciones que han sido arrojadas, sin ensayo clínico previo, a la vida social plenamente digital.

En la medida en que todas sus posibilidades de ocio están disponibles en el teléfono, que las comunicaciones por mensajería permiten la interacción constante con amigos o familiares que están en la otra punta del mundo, y que la capacidad adictiva de las redes sociales, los videos cortos, y los impactos con gratificación inmediata secuestran los cerebros de una mayoría desde la más tierna infancia, incluso el mero hecho de bajar al bar y “socializar” –permítaseme esta estúpida palabra– durante unos instantes, puede suponer un muro infranqueable hasta para las voluntades más entrenadas en el hábito de la superación y eso que llaman el “fitness”.

Ni conocer gente, ni conversar un rato, ni ligar, ni aprender de otros, ni cotillear sobre la vida de este o aquel, son ya exclusiva del bar, por más que tales hazañas solo siguen dándose allí en forma original y primitiva, sin algoritmos adulterados, y sin chatbots desalmados. A nadie se le escapa que el consumo de cerveza estuvo siempre íntimamente ligado con la relajación social, ese poder casi espiritual para desatar las lenguas, y con la alegría o el consuelo de compartir con amigos y desconocidos los éxitos y las melancolías, los amores y las rupturas, los goles y las pedaladas.

Las generaciones de los 80, cuando el bar pasó del costumbrista de barrio a la gran industria del ocio nocturno, tienen serias dificultades para comprender que haya hoy padres desesperados porque sus hijos por fin decidan salir de casa y reunirse con otros en un local, cuando el problema al que se enfrentaban los padres de entonces era cómo demonios sacar a los jóvenes de los bares para que regresaran al hogar. Al parecer, en la España posmoderna, no pocos adolescentes consideran que acudir al bar y apretarse unas cañas o unos vinos, exige un esfuerzo extra de interacción social que no se les hace tan duro en TikTok, en un privado de Instagram, o en las aplicaciones de citas, antes de que cayeran en el pozo del olvido y el descrédito.

De todas formas, contengamos el deseo de pedir al Estado que proteja los bares españoles como un bien de interés cultural o social general, porque cuando el Gobierno toca algo bonito suele volverlo feo. Sin embargo, no estaría de más despertar una ola de conciencia entre los españoles, fomentar la certeza de la cerveza, es decir, recordarnos unos a otros que tenemos la obligación moral de proteger el bar de siempre, el de toda la vida, o al menos aquel en el que fuimos felices ayer o somos felices hoy.

España sin bares sería un país mucho más parecido a Países Bajos o Finlandia, o sea, hedonismo-bomba, bonitos bosques, y una enorme y nutritiva tasa de suicidios.

Más ideas