Hace unos meses los medios progresistas españoles se reían del fenómeno Iñigo Quintero, un joven y talentoso músico español que arrasó en redes con su adictiva «Si tú no estás». Quintero manejó una ambigüedad calculada en su estrategia de de prensa para no explicitar la inspiración de la letra, que la mayoría de oyentes consideran una balada de amor cuando lo más probable es que se trate de un himno de desamparo cuando no sientes cerca la presencia de Dios (fue alumno del colegio Peñarredonda, vinculado al Opus Dei y nunca ha ocultado sus profundas creencias cristianas). «Si tú no estás» llegó al número uno global de Spotify y muchos periodistas hicieron textos del tipo «¿Quién hay detrás del fenómeno Iñigo Quintero?», buscando conspiraciones ante la posibilidad de que un chaval devoto fuese más escuchado que Robe Iniesta, Bruce Springsteen y Bob Dylan, de quien también menosprecian su etapa cristiana. ¿Por qué tanta inquina?
Lo cabreante de esta reacción es que casi toda la música popular del siglo XX es profundamente religiosa, la inmensa mayoría por el lado cristiano. Hay excepciones como los Beatles, que cambiaron radicalmente de sonido al descubrir las filosofías orientales, pero en general todos los grandes compositores tienen a nuestro Dios como fuente de inspiración. La mayoría de oyentes identifican a los Beach Boys con el sol, el surf y las chicas, pero el talentoso Brian Wilson –cerebro musical del grupo– describe sus mejores composiciones como «sinfonías adolescentes a Dios» (algunas con títulos tan explícitos como «God only knows»). En el extremo contrario, los Rolling Stones llevan con orgullo el título de «sus satánicas majestades», convencidos por la mitología del blues de que el verdadero talento musical solamente lo reparte el Maligno. En concierto todavía les brillan los ojos cuando atacan la vibrante «Simpathy for de the devil».
Los mismos periodistas que miraron por encima del hombro al fenómeno Iñigo Quintero se deshacen en elogios ante artistas como el rockero australiano Nick Cave (en la fotografía), cuya obra musical de alto voltaje no sería posible sin la iconografía cristiana, que saquea de manera implacable para sus discos (los especialistas suelen infravalorar este aspecto). El año pasado, cuando promocionaba el álbum Wild God, explicó a un entrevistador que a él no le interesa la espiritualidad sino la religión, muy concretamente el cristianismo. «Dios está incrustado en el mundo y en sus creaciones, los seres humanos. Eso significa que no es estático, es un proyecto en marcha que crece con nosotros», defiende. «Hay cosas que siento en una iglesia que no tengo forma de expresar fuera, excepto tal vez con la música», añadía. Esto es un sentimiento común a muchos fieles.
La última vez que pensé en lo profundamente religiosa que es la música popular fue cuando la Fundación Tatiana me encargó dar una charla sobre cultura contemporánea a sacerdotes y me propuse hablarles de reguetón. El enganche fue que varias estrellas del género habían abrazado el cristianismo, entre ellas Héctor «El Father», Daddy Yankee y Farruko. Este último había llegado al extremo de renunciar a cantar «Pepas», su canción de mayor éxito, la más escuchada de 2021 en muchos países, porque no quería seguir promocionando el consumo de pastillas de éxtasis entre la juventud. Lo que les pedí a los padres es que escucharan «Pepas» con atención y pensaran si lo que buscan los chavales cuando se drogan en una discoteca no es ese espíritu de fraternidad y trascendencia al que se aspira con la eucaristía. Mi impresión es que el estado levitante que se consigue mezclando drogas químicas y ritmos electrónicos es una especie de atajo para lo que la misa te da de manera más tranquila y trabajosa, pero también más natural.
Por supuesto, esto no es una teoría personal novedosa, sino un tópico en la prensa cultural. El novelista Irving Welsh, que retrató como nadie la fiebre techno y house de los años noventa, escribió en algún sitio que el consumo de MDMA proporciona una sensación parecida a tener una conversación con Dios. Las fiestas rave, muy populares durante los años noventa, son misas paganas donde el espíritu comunal y la celebración de la belleza te acercan a una plenitud con regusto religioso. Hay varias tesis doctorales que explican los paralelismos con la eucaristía y el ágape, la comida fraternal entre los primeros cristianos, destinada a estrechar los lazos que los unían. Para muchas personas, las raves –igual que para otras a religión–, han supuesto un método eficaz para salir del ensimismamiento y mirar el mundo de una manera distinta, casi siempre mejor.
Seguramente recuerdan la estampa del padre Guilherme Peixoto, un sacerdote portugués que ofreció una sesión de música electrónica a los participantes de la Jornada Mundial de la Juventud 2023, celebrada en agosto en Lisboa. ¡»Si estoy en la iglesia, hablo en una lengua, pero si estoy en una sala de conciertos, no uso el idioma de la Eucaristía, uso el de la música, que es una celebración más que puede transmitir la esencia de la iglesia», explicó el pasado verano antes de actuar en el club Hï de Ibiza. Para él sus sesiones son «himnos de gloria a Dios», un concepto con el que otros muchos artistas estarían de acuerdo, basta recordar el exitazo de 1988 “God is a DJ” de los británicos Faithless, con su hipnótico estribillo que repetía la frase “This is my church” (esta es mi iglesia).
¿Otra pista de los lazos que unen al pop actual con el cristianismo? Contaré una historia personal. La pasada Semana Santa resultó muy frustrante porque, a pesar de pasarla en un pueblo de la meseta, no fui capaz de encontrar un tiempo tranquilo para sentarme con mis dos hijos y explicarles el significado de esta celebración. Les propuse ver La Pasión de Cristo (2004) de Mel Gibson, pero el pequeño es demasiado pequeño para soportarla, así que busqué Jesucristo superstar (1975) y no estaba disponible en ninguna plataforma. Intenté que me acompañaran a una procesión, pero lograron torearme porque estaban felices con sus primas viendo su talent show favorito. Cuando logré convencerles de venir a la segunda, se puso a llover y la cofradía castellana de la Vera Cruz no pudo sacar a su Cristo. ¿Es posible estar aislado nueve días seguidos con unos niños y no encontrar un hueco para hablarles de lo que importa?
La solución llegó sola, cuando menos lo esperaba, durante el viaje de vuelta a Madrid. En un mundo intensamente secularizado, solamente hizo falta sintonizar Los 40 y encontrar un montón hilos religiosos de los que tirar. Una de las canciones más bonitas de la lista actual es de Coldplay y se titula «We pray», que significa «nosotros rezamos», en la que Chris Martin canta –con su voz dulce y vulnerable– sobre la necesidad de la plegaria como refugio donde rehacerse para soportar los golpes de la vida. También nos tocó esa canción del nuevo disco de Leiva que dice que «todo el mundo cree en Dios cuando el avión comienza a menearse». Casi la mitad de las letras servían para iniciar esa conversación.
La música urbana está saturada de referencias, desde el «Ateo» de C. Tangana a «La bachata» de Manuel Turizo y su estribillo que dice «te diría que volvieras, pero eso no se pide/ mejor le pido a Dios que me cuide». Las obra de estrellas pop donde la figura de Jesucristo está muy presente van desde Kanye West a Cruz Cafune, pasando por Harry Styles, que este mes acudió a Roma a la proclamación del nuevo Papa. Ahora que parece tan de moda Bad Bunny, hay que recordar que su gira de 2019 hacía una pausa en mitad de la tormenta de trap latino y pedía al público que tomase un minuto para mirar a las personas que tenía alrededor, dándoles un beso o un abrazo, al estilo de cuando los católicos se dan la paz en misa. Por si fuera poco, todas las divas pop actuales se han formado partiendo del molde de Madonna –cuyo nombre ya lo dice todo–, una estrella crucial que triunfó en los ochenta con himnos plagados de de referencias católicas como «Like a prayer» y alegatos contra el aborto como «Papa, don’t preach». Cierro el paréntesis familiar y vamos a lo esencial: Johann Sebastian Bach escribió en muchas de sus partituras las letras S.D.G. (soli Deo gloria), que significa ‘Solamente para gloria de Dios’. «La verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todo lo que lo niega, lo constituyen, por un lado, los santos y, por otro, la belleza que la fe ha generado», escribe uno de sus mayores devotos, el admirable Joseph Ratzinger en su libro Caminos hacia Jesucristo (2004), publicado cuando aún era cardenal. El entusiasmo de Benedicto XVI llegó al punto de describir la música de Bach como «el quinto evangelio». Un recuerdo luminoso sirve para comprenderlo: «Para mí es inolvidable el concierto de Bach que Leonard Bernstein dirigió en Múnich, tras la repentina muerte de Karl Richter. Yo estaba sentado al lado del obispo luterano Hanselmann. Cuando la última nota de una de las grandes cantatas del gran cantor de la iglesia de santo Tomás (Leipzig) se extinguió triunfalmente, nos miramos de modo espontáneo y nos dijimos con gran sencillez el uno al otro: el que ha escuchado esto sabe que la fe es verdad». A otros puede pasarles con un himno de U2, con la voz desarmante de Andrea Bocelli o tras trece horas sudando química en el desierto de los Monegros mientras se empapa en música industrial más rápida que los latidos de su corazón. Dios está en todas partes, pero en la música más.