Medio siglo de ‘El País’, el periódico de la dictadura ‘progre’

El diario de Prisa, rotativo oficioso del PSOE, ha sido un éxito en moldear a nuestras élites y un fracaso en persuadir al pueblo español

En estas semanas en que El País cumple medio siglo, se ha dado una constante llamativa en las celebraciones: tenemos baladas románticas entonadas por estrellas en nómina y boleros de despecho de quienes fueron expulsados. Se echan de menos, sobre todo, testimonios espontáneos de lectores, lo que hace sospechar que se ha perdido la intensidad del vínculo que existía entre 1982 y 1992, los años de rodillo felipista. La directiva puede presumir de algunas salas llenas en el festival de cumpleaños que montaron en Matadero Madrid, el centro cultural más hípster de España, pero ese recinto también rebosó de gente para la puesta de largo de Sumar, así que no es ninguna garantía de éxito ni de arraigo.

Antes que la información oficial, me vienen a la cabeza dos historias cotidianas sobre el periódico: a comienzos de los dosmildieces, hubo movilizaciones en la sección de revistas de Prisa. Se protestaba por los recortes, despidos y precarias condiciones laborables. Los afectados se manifestaban en la puerta del edificio y una amiga, que estaba entre ellos, me contaba indignada que ningún compañero de El País se acercaba a apoyarles, ni siquiera a preguntarles por su situación. “Aunque estábamos en la misma empresa, ellos tienen un convenio mejor y además se sienten en otra categoría antropológica”, lamentaba. El País nunca fue el periódico de los trabajadores, sino de los yupis, los aspirantes a trepar en el progresismo español, los que ponen la distinción por encima de cualquier otra consideración. Sin comprender esto no se comprende nada.

Segunda historia: estamos en un piso de Malasaña, en alegre reunión festiva a principios de los dosmiles, cuando una treintañera del sector de las relaciones públicas nos confiesa agobiada su hartazgo con los trabajadores del periódico, sobre todo con las estrellitas: “Es increíble como se ha degradado todo. Durante bastante tiempo, fueron un medio que intentaba ser intachable, no aceptaban que se les pagase nada, ni un billete de avión para una entrevista fuera de España. Luego se volvieron expertos en sacar gratis cualquier cosa, viajar a cuerpo de rey, mejor no entrar en detalles”, lamentaba. Para muchos expertos culturales freelance, la remuneración del periódico es lo de menos, lo que cuenta son las invitaciones de firmas comerciales, festivales y ayuntamientos, remuneradas de manera espléndida. El periódico ya no busca persuadir a sus lectores, sino ejercer de escaparate de marcas y eventos de lujo. Pasaron de ser faro del sentir progresista a catálogo de boutique.

Desde los años ochenta, resulta casi imposible leer en esta cabecera una opinión negativa sobre nada de lo que ocurra en España (quitando las críticas a la derecha y las reseñas de cine de Carlos Boyero). La cosa llegó a tal punto que los responsables del suplemento de cultura pop Tentaciones tuvieron que mandar un mail colectivo a sus colaboradores pidiendo que alguna vez puntuaran a algún producto cultural menos de tres estrellas sobre cinco. La respuesta fue poco entusiasta: la mayoría de firmas objetaron que no estaban dispuestos a ganarse enemigos por treinta euros la pieza. Desde la famosa Movida, una reseña elogiosa en El País se traduce en contratos en la densa red de ayuntamientos del PSOE, y también en los del PP, mientras una mala desploma las ofertas. Ni que decir tiene que los ‘críticos’ continuaron con el periodismo de exaltación hasta el cierre del suplemento en septiembre de 2011. Cuentan más las propinas externas que la credibilidad profesional.

La actitud más suicida para el crítico cultural de un periódico consiste en querer hacer bien su trabajo, regla universal de la que El País no es ninguna excepción. Lo puede certificar Ignacio Echevarría, que en 2004 tuvo la feliz idea de poner a escurrir una novela de Alfaguara, sello editorial de la casa, por lo que fue “congelado” —eufemismo de “fulminado”— del suplemento Babelia. Todo por defender que El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga, albergaba una dulcificación de la “atrofia moral” de quienes “no han dejado de consentir y de amparar, hoy lo mismo que ayer, de forma más o menos melindrosa, el desarrollo del terrorismo vasco”. Además de esto, Echevarría argumenta que estamos ante una novela regulera. “Una prosa de seminarista, de una cursilería casi conmovedora, llena de ridículos arrobamientos (‘Los osos: tan inofensivos, tan inocentes, tan hermosos’)”. A Echevarría no le salvó de la quema ni una carta colectiva de apoyo firmada por decenas de estrellas literarias, incluyendo al Nobel y colaborador Mario Vargas Llosa. La relación de Prisa con la morralla abertzale siempre fue privilegiada.

La expulsión de este crítico literario destruyó en gran parte el prestigio del suplemento, aunque ya estaba muy deteriorado. Sobre todo, por los delirantes intentos del mandarín cultural Juan Cruz y su séquito de construir a machetazos un canon literario en español a medida de los intereses ideológicos y comerciales de la empresa (sobreviven en la red tronchantes textos del colectivo La Fiera Literaria al respecto). El nepotismo llega al extremo de que Cruz conceda el premio Alfaguara de novela a un autor del que acaba de ser padrino de boda. Las relaciones personales y el estatus económico se fueron haciendo cada vez más importantes para triunfar, orillando los méritos artísticos y profesionales.

Dejemos a un lado la cultura, por mucho que sea emblema del periódico. En este punto, hay que mencionar la devastadora influencia del máster de El País, fundado en 1986 y enseguida convertido en impuesto revolucionario para el acceso a la redacción. Empezó por 600.000 pesetas y ya va por más de 13.300 euros la matrícula anual. Si el periódico ya lo tenía todo para convertirse en refugio de nepobabys poco aptos para gestionar los negocios familiares, el máster oficializó la tendencia. Fue el paso definitivo para rematar cualquier interés que pudiera tener el chiringuito oficial de los patricios progresistas españoles. Desde entonces, no se han vuelto a colar plebeyos como Maruja Torres y Manuel Vázquez Montalbán (solo Ana Iris Simón, a quienes las redactoras más woke intentaron machacar, sin ningún éxito, con dos mediocres ensayos rabiando contra su éxito popular). El País de 2026 es una mezcla de BOE del globalismo y catálogo de marcas fashion para lo poco que queda de clase media española, instalada ya en la planta de cuidados paliativos.

Hay que comentar también que El País no es solo una operación para vender marcos sociopolíticos a sus lectores. También necesitan que compren productos. Recuerdo una mañana en la que estaba haciendo cola en un quiosco del Barrio del Pilar y un jubilado pidió El País. El hombre se pilló un cabreo tremendo cuando, por el mismo precio, le endosaron un grueso ejemplar de Icon, revista masculina de alta gama, elaborada en Prisa. “¿Para qué quiero yo esta mierda donde salen paraguas de 300 euros?”, le espetó al quiosquero, mirándole como el señor Miyagi a un miembro de Cobra Kai. Pensé entonces que todavía sobrevive algo de clase obrera en ciertas zonas de Madrid. Durante décadas compraron ese diario, a pesar de cabrearse en cada lectura, un valioso tipo de vínculo que el diario progresista ya no consigue establecer con menores de cincuenta años.

La costumbre de regalar revistas de “estilo de vida” con el periódico es más relevante de lo que parece. En un ensayo tan potente como poco citado, Lo cursi y el poder de la moda (1992), Margarita Riviére describe el problema de muchos grandes diarios radica en que la lógica de las secciones fashion se termina contagiando al resto de páginas. Esto es particularmente cierto en El País, sobre todo después de la fiebre woke. Solamente así se pueden comprender estos últimos años de glamurización descerebrada de la soledad, la pobreza y la esterilidad, a través de tendencias como el coliving, el friganismo y el poliamor, cuando no el pasar las vacaciones en casa porque no tienes ni cien euros en la cuenta.

Admito que El País es buen reflejo de algunas corrientes sociales en España: sobre todo, arrogancia injustificada de los titulados universitarios y la tendencia a sostener nuestros proyectos emblemáticos con deudas faraónicas (el año pasado, Prisa perdió 27 millones de euros, duplicando la cifra del ejercicio precedente, y su deuda alcanzó los 770 millones). Durante un par de décadas, se pudo decir que Interviú reflejaba la España que éramos y El País mostraba la que muchos aspiraban a ser. Hoy el diario de la calle Miguel Yuste parece un boomer trasnochado, achispado y arruinado abrasando a sus sobrinos con historias de sus días de gloria.

Comisaria y público asistente a una exposición conmemorativa de El País en Matadero, Madrid, recientemente

En mayo de 2025, nuestro diario progresista experimentó un completo naufragio convocando en la Plaza de Callao (Madrid) una manifestación “En defensa de Europa”, a la que acudieron cuatro gatos, el más joven Miguel Ríos (exagero, pero poco). El País, amigos, ya no es lo que era: perdieron todo su efecto los consabidos sermones en bucle sobre Transición, Europeísmo y Constitución, elementos esenciales para elevar nuestra tosca España “a la altura de las democracias de nuestro entorno”.

En realidad, el mítico diario apenas condiciona la vida política de la España actual, más allá de su función de surtidor de expertos serviles a las diversas tertulias del sanchismo. El buque insignia de Prisa apostó en unas primarias por Susana Díaz y ganó Pedro Sánchez; apostó por Errejón y ganó Pablo Iglesias; abominó del ascenso del fascismo y los jóvenes se pusieron a hacerse selfis en el Valle de Los Caídos. Hasta se han puesto de moda los toros, el boxeo y el catolicismo, tres devociones a las que son alérgicos los jerarcas de la cabecera (la cuarta sería el reguetón). Si me permiten el chiste, en El País llegaron incluso a matar a Hugo Chávez en portada y éste decidió seguir vivo, lo que confirma que ya no son tan influyentes como en 1984, cuando un editorial podía destronar a un ministro.

Hablemos claro: lo importante para el PSOE no es tanto El País como el murmullito dulce-pero-taladrante de la cadena Ser, esa emisora hermana que hace décadas cayó en la marmita del feminismo neoliberal, mononeuronal  y regañante. Despliegan un fraseo corporativo que hipnotiza a millones de mujeres españolas cada día (también a gran parte de la tropa LGTBIQ+). ¿Cuál es el secreto del éxito de la Ser? Como ha escrito Juan Soto Ivars, locutores e invitados “hablan como si estuvieran masturbándose unos a otros”. Por lo visto, eso es lo que engancha a las mayorías sociales de progreso. A ratos suenan hasta ridículos, pero poca broma con su  poder de seducción: tengo un amigo que se divorció porque no aguantaba que la madre de sus hijos la tuviese sintonizada todo el día. “La pobre era incapaz de ver cómo la estaban lavando el cerebro programa tras programa”, lamentaba. Aquí no caben medias tintas: separarse o rendirse a ellos.

Tristísima posdata: uno de los mayores éxitos del diario creado por don Jesús de Polanco, alias Jesús del Gran Poder, es el tremendo prestigio que tuvo —y que tiene— en las redacciones de la derecha española. Por ejemplo, Álvaro Nieto, director del digital The Objective, suele capearlas mezquinas acusaciones  de “bulero” y “fascista” replicando que su plantel de colaboradores es bastante parecido a la alineación titular de El País en 1996 (reconociendo un poco el papel de camión escoba). Ignacio Peyró, un señor conservador que asesoró a Rajoy, prefiere colaborar en la cabecera de Prisa antes que servir de refuerzo en cualquier alternativa de derechas. Se disculpa de manera preventiva por escribir libros sobre Julio Iglesias, no vayan a enfadarse feministas de guardia como Raquel Peláez, Lucía Lijtmaer y Flavita Banana.

 Grandes periodistas antiprogresistas, incluso de la fachosfera, siguen estando suscritos, usando el relamido Libro de estilo y citando a las estrellas de El País con frecuencia y reverencia. Los pijiprogres les comieron la moral en los años ochenta y aún no se han recuperado, por mucho que escriban Lo País cuando tuitean en X. Mientras no superemos estas inercias y traumitas, estará muy complicado construir una nueva hegemonía cultural.

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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