Menéndez Pelayo, nuestro clásico

Se publica una antología de su monumental «Historia de los heterodoxos españoles»

En su obra Otras inquisiciones, el excelso Jorge Luis Borges definía como clásicas aquellas obras  que “una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretarnos  sin término”; es “un libro que las generaciones de los hombres urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Ante todo, el escritor argentino hacía referencia a la literatura. Pero igualmente podría valer para la historiografía. Al fin y al cabo, como señaló el filósofo Hayden White, los textos históricos son estructuras narrativas y artefactos literarios. Y es que, al igual que los novelistas, los historiadores emplean tramas y tropos para dar sentido al pasado.

  ¿Podemos hacer referencia a algún clásico en la historiografía española? Hemos de reconocer en un principio que la historiografía española no es ni mucho menos un capítulo brillante de nuestra trayectoria intelectual y cultural. No existen en España figuras que puedan compararse en los siglos XVIII,  XIX y XX, no digamos en el XXI, a  Edward Gibbon, Thomas Carlyle, Ernest Renan, Jules Michelet, Hipólito Taine, Thedor Mommsen, Leopold von Ranke, Alexis de Tocqueville, François Guizot, Henri Pirenne, Fernand Braudel, Lucien Febvre, Johann Huizinga, Edward Palmer Thompson, etc, etc. No obstante, existe una figura que trancendió nuestras fronteras nacionales. Se trata prácticmente del único historiador español cuyo nombre aparece en la obra del británico George Peabody Gooch, Historia e historiadores  en el siglo XIX: Marcelino Menéndez Pelayo, uno de nuestros humanistas que el tiempo actualiza. Es como el Guadiana, que aparece y desaparece en el tiempo y en el espacio.  Cada cierto tiempo, retornamos a la lectura de su obra. Y nos enfrentamos a ella y a su significado.

  Viene esto a colación por la reciente salida a la luz de una antología de su monumental Historia de los heterodoxos españoles, publicada, con buen criterio, por la editorial Calenda. Publicada en su primera edición entre 1880 y 1882, su autor no había cumplido aún los treinta años. Genio precoz, la obra de Menéndez Pelayo se inserta en las luchas políticas e intelctuales característica de la historia contemporánea española entre liberalismo y tradicionalismo, entre catolicismo y secularización. Es decir, lo que el filósofo Marcel Gauchet denomina “guerra civil de la espiritualidad”. Y es que, como señala Richard Rorty, una de las funciones del saber histórico es la de proponer al público no una visión objetiva del pasado, algo imposible, sino los fundamentos de lo que debería ser una nación en el porvenir. De ahí que los debates hitoriográficos puedan entenerse e interpretarse como discursos en torno al futuro de una sociedad.

  Desde la Ilustración  y el liberalismo, el campo historiográfico español ha girado en torno al papel de la religión católica ha tenido en nuestra trayectoria histórica. Frente a la identidad católica, el liberalismo más radical inventó tradiciones alternativas como los comuneros, los fueros medievales o Al-Andalus, asociando la decadencia de España con la intolerancia religiosa representada por la Casa de Ausstia y la Inquisición. La filosofía krausista  siguió esa tendencia interpretativa.  Frente a essta perspectiva, se alzó Menéndez Pelayo,con todas las armas de la erudición y del saber histórico de la época, Desde el punto de vista político e intelectual, fue un seguidor de Jaime Balmes, es decir, un tradicionalista evolutivo y pragmático. Igualmente, estuvo influido por la “filosofía del sentido común” de los escoceses Thomas Reid y Dougald Stewart, el historicismo de Javier Llorens  i Barba –seguidor de Herder– y del neocatólico Gumersindo Laverde.  Menéndez Pelayo se dio a conocer en la célebre polémica de la ciencia española. Frente a krausistas y positivistas, que sostenían la inexistencia en España de ciencia y filosofía a causa de la influencia del catolicismo, Menéndez Pelayo sostuvo no sólo la existencia de ciencia en España, sino la de tres escuelas filosóficas específicamente españolas: el “lulismo” (Ramón Llull), el “vivismo” (Juan Luis Vives), y el “suarismo” (Francisco Suárez). Sus adversaios fueron incapaces de responder a esta requisitoria; y demostraron su ignorancia al respecto. Menéndez Pelayo fue más lejos; y no sólo aportó listas de científicos españoles, sino que asoció la decadencia de la ciencia española al triunfo de la Ilustración y del liberalismo. Se burlaba, además, del permanente recurso a la Inquisición por parte de los progresistas, convertido, según él, en “coco de niños y espantajo de bobos”, “la solución de todos los problemas , el deus ex machina que viene llovido del cielo en situaciones apuradas”. Sin embargo, el historiador santanderino chocó igualmente con los representantes de la filosofía escolástica, por su valoración positiva del Renacimiento. En cualquier caso, Menéndez Pelayo salió airoso de la polémica, convirtiéndose en el representante más caracterizado de la derecha historiográfica española,

  No obstante, su obra más polémica fue, sin duda, Historia de los heterodoxos españoles, en cuyas páginas identificó el Volkgeist español con el catolicismo. El “genio” español era heredero de Roma y del cristianismo;  la heterodoxia ráfaga pasajera. España nace de la conversión de Recaredo al catolicismo. Desdeñaba la influencia de judíos y árabes en la gestación de la cultura española. Español equivalía a católico. La etapa de ascenso comenzaba en el reinado de los Reyes Católicos y culmina con la Casa de Austria. La decadencia se inicia con la Casa de Borbón y la introducción de las ideas ilustradas en la sociedad española. El triunfo del liberalismo y la difusión de la filosofñia krausista eran sólo la consecuencia lógica de ese proceso de decadencia. Junto a estas tesis, Menéndez Pelayo analizaba de forma exhaustiva las tendencias heterodoxas, como el priscilianismo, el arrianismo, los judaizantes, erasmistas, alumbrados, jansenistas, ilustrados, liberales,  krausistas y la Institución Libre de Enseñanza . Era otra de las grandes aportaciones de la obra.

  Menéndez Pelayo nunca se identificó con el carlismo; tampoco con el integrismo de los nocedales. Criticó en todo momento el tradicionalismo radical de Juan Donoso Cortés, al igual que  la escolástica. Su norte fue siempre Jaime Balmes. Y militó en el tradicionalismo posibilista representado por la Unón Católica, cuyo líder era Alejandro Pidal y Mon, y que acabó integrándose en el Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo.  En sus últimos años, se identificó con Antonio Maura, cuya caída en 1909 lamentó.

  Se ha escrito mucho sobre  su evolución ulterior, que puede percibirse en su Histoia de las ideas estéticas, donde muestra una mayor aproximación a los valores modernos, como el idealismo alemán o la poesía de Shelley, etc. Sin embargo, su prspectiva religiosa y política nunca experimentó grandes cambios. En la última edición de los Heterodoxos, publicada en vida, en 1910, manifestó que seguía pensando del mismo modo, aunque matizaba algunos juicios sobre sus contemporáneos. Esta persistencia en sus ideas básicas no fue obstáculo para que sus adversarios políticos e ideológicos valoraran poisitivamente el conjunto de su obra. Así lo hicieron Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas “Clarín”, Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, Rafael Altamira, etc. Y fue reconocido como figura intelctual por pensadores extranjeros como Benedetto Croce, Arturo Farinelli, Alfonso Morel-Fatio, Federico Wulff, James Fitzmaurice-Kelly entre otros.

A su muerte, acaecida en 1912, a la edad de cincuenta y seis años, Menéndez Pelayo se convirtió en el intérprete dotado de autoridad del conjunto de la derecha española. Así lo reconocieron Antonio Maura y su hijo Gabriel, Antonio Goicoechea, Ángel Herrera Oria y Juan Vázquez de Mella. Sin embargo, a nivel puramente historiográfico, no tuvo sucesores de altura. Su discípulo por excelencia, Adolfo Bonilla y San Martín murió joven sin desarrollar una obra significativa, salvo la inconclusa Historia de la filosofía española. Su heredero directo, Pedro Sainz Rodriguez, fue más un político que un historiador profesional. Su producción historiográfica fue parva y más centrada en la lucha partidista que en la investigación. No obstante, la impronta de Menéndez Pelayo es evidente en historiadores y pensadores de valía como Blanca de los Ríos, Niguel Artigas, Pío Zabala, Antonio Ballesteros, Julián Juderías, el marqués de Lozoya, Miguel Asín Palacios, Eugenio D´Ors, etc. Entre sus detractores hubo algunos noventayochistas como Miguel de Unamuno –cuyo concepto de intrahistoria es antagónico del concepto de tradición defendido por el historiador cántabro–, o Ramiro de Maeztu –luego convertido en adalid menéndezpelayista–. “Azorín” fue siempre respetuso con su figura. No así José Ortega y Gasset, que incluso polemizó con él en torno al significado del laicismo; defendió el krausismo y criticó sus planteamientos sobre la ciencia en España.

  Desde el punto de vista estrictamente político, el menéndezpelayismo adquirió auge a lo largo de la Dictadura de Primo de Rivera, en la ideología de la Unión Patriótica, pero sobre todo a partir del advenimiento de la Segunda República. No deja de ser significativo que el krausista e institucionista Fernando de los Ríos, como ministro de Justicia, hiciera suya la dialéctica ortodoxia/heterodoxia, volviénddola del revés, al identificarse con los erasmistas, judaizantes, jansenistas, ilustrados, liberales, krausistas e institucionistas. Había sonado la hora de la venganza, es decir, no ya de la separación Iglesia/Estado, sino de la secularización de las instituciones y de la sociedad en su sentido radical. Por su parte, el conjunto de la derecha defendió los principios menéndezpelayistas a través de revistas como Acción Española, dirigida por Ramiro de Maeztu y donde colaboraron Sainz Rodriguez y Blanca de los Ríos; y en Revista de Estudios Hispánicos, bajo la dirección del marqués de Lozoya.  El falangismo no tuvo  una valoración unívoca de su figura. Ramiro Ledesma Ramos lo rechazó; Onésimo Redondo lo reivindicó; Ernesto Giménez Caballero recogió parcialmente algunas de sus ideas; y José Antonio Primo de Rivera se mantuvo en la ambigüedad.

  El régimen nacido de la guerra civil consideró a Menéndez Pelayo uno de sus precursores. Como ministros de Educación Nacional, Sainz Rodriguez  y José Ibáñez Martín propiciaron la publicación de sus Obras Completas, por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.  Siguió un modelo educativo clásico y humanístico. Además, hizó suyo su interpretción de la trayectoria histórica de España. No obstante, el régimen no fue monolítico y cada sector tuvo su propia interpretación de la obra del santanderino. No era lo mismo que Menéndez Pelayo fuese interpretado por falangistas como Pedro Laín Entralgo o Antonio Tovar que por monárquicos como Rafael Calvo Serer o carlistas como Francisco Elías de Tejada.  En cualquier caso, como ocurre hoy con el progresismo, la eclosión del menéndezpelayismo produjo en la juventud universitaria e intelectual, una especie de saturación que puso en peligro el buen nombre del autor de los Heterodoxos. A mediados de los años cincuenta, las nuevas generaciones comenzaron a identificarse no ya con un liberal-conservador como Ortega y Gasset, sino con Karl Marx. Y en el campo historiográfico fue abriéndose paso no sólo la interpretación de la identidad nacional defendida poir el filólogo Américo Castro, antagónica de la del santanderino, sino el marxismo superficial de Manuel Tuñón de Lara o Josep Fontana; o, si se era liberal, la del británico Raymond Carr (Sir). Incluso jóvenes intelectuales católicos, como Vicente cacho Viu o María Dolores Gómez Molleda, reivindicaron el legado krausista e institucionista. Otros historiadores conservadores, como José Luis Comellas, Vicente Rodríguez Casao o Vicente Palacio Atard, abandonaron la apología de la Casa de Austria en pro de la “Ilustración católica”, representada por Carlos III y Jovellanos. Y es que la incidencia de la nueva teología política propiciada por el Concilio Vaticano II deslegitimó todo tipo de tradicionalismo. En ese sentido, otros autores, como José Luis López Aranguren o José Antonio Maravall, reivindicaron igualmente el legado krausista e institucionista, descalificando la obra y la figura de Menéndez Pelayo.  En una obra intelectulmente mediocre y tendenciosa, como Los orígenes del pensamiento reaccionario español, de Javier Herrero se le llegó a calificar de creador de mitos.

  El exilio fue más respetuoso con su figura. Luis Araquistain, en su libro El pnsamiento español contemporáneo, tomo partido en favor de Menéndez Pelayo frente a Sanz del Río, al que calificó de “sabio de un solo libro”, y el krausismo. Menéndez Pelayo era, en cambio, el “gladiador literario, gran poeta de la Historia, espíritu eminentemente científico, bondadoso y abierto”. Le heterodoxa orteguiana  y siempre discutible filósofa María Zambrano, en Delirio y destino, comparaba al polígrafo con Benito Pérez Galdós, en favor de éste último, pero su valoración del primero era igualmente positiva. Y es que la historia de Menéndez Pelayo era “una visión poética de España asistida naturalmente por la ciencia”.  El crítico Guillermo de Torre, en Menéndez Pelayo y la dos Españas,  lo comparaba, como Zambrano, con Pérez Galdós, considerando a ambos como “valores nacionales”.  El novelista Juan Goytisolo –vehemente defensor de la interpretación castrista de la historia de España– agradecía a Menéndez Pelayo su interés por los heterodoxos, en particular por José María Blanco White.

  No obstante, pese a las críticas que su obra suscitba entre las izquierdas y los sectores antifranquistas, su impronta seguía vigente en la sociedad española. Tras la muerte del general Franco, surgieron algunos intentos de emulación. Un ejemplo claro de ello fue el proyecto de José Luis Abellán, plasmado en su indigerible Historia crítica del pensamiento español. Abellán pretendió volver a Menéndez Pelayo del revés. Se trataba de una interpretación progresista del pasado español, cuyos protagonistas eran los heterodoxos, arrancaba de los erasmistas para culminar en el socialismo humanista de Fernando de los Ríos. No es broma. El intento culminó en un auténtco fracaso, que nadie tomó en serio. A nivel más literario y lúdico, el escritor Fernando Sánchez Dragó intentó dar una respuesta a Menéndez Pelayo en su obra Gárgoris y Habidis. No obstante, historiadores serios como Marta Campomar y Javier Varela escribieron libro excelentes sobre su figura.

  Hoy nadie recuerda a José Luis Abellán, salvo algún erudito sadomasoquista como yo. A su muerte, tan sólo se puso énfasis en sus antifranquismo. Nada serio, vamos. Y conjeturo que lo mismo ocurrirá con otros representantes hasta hace poco carismáticos dentro del campo historiográfico español cada día más mediocre. ¿Quién se acuerda hoy de Manuel Tuñón de Lara, el gran simplificador de la historia contemporánea española? ¿Del tronitruante Josep Fontana, maestro de la diatriba y del terrorismo intelectual? ¿Y de Javier Tusell Gómez, inventor de taumaturgias reales? ¿O de aquellos cuya única preocupación ha sido la destrucción de la idea de España?  De mi generación, preferiría no hablar. Sin maestros, tierra baldía, que diría T.S. Eliot.  O “generación delincuente”, que diría Ortega y Gasset.

 Estatua de Marcelino Menéndez Pelayo en la Biblioteca Nacional

  Volvamos a lo importante, es decir, a Menéndez Pelayo, a quien sus enemigos no olvidan. Están ahí, ahora mismo. Así, la escritora Rosa Regás, nombrada directora de la Biblioteca Nacional por el gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, pretendió retirar la estatua del polígrafo de la entrada principal del edificio. La medida fue muy criticada, sobre todo por antiguos militantes de la izquierda cultural. César Alonso de los Ríos acusó a Regás de resentimiento y espíritu de revancha; y lo mismo hizo Fernando Savater. Sin embargo, esta animadversión continúa. El historiador Francisco Sánchez Blanco-Parody pidió, en una semblanza acrítica y apologética del abate Marchena, que la Universidad Internacional de Santander dejara de llevar el nombre de Menéndez Pelayo. El precursor de esa idea, creo recordar, fue el periodista con ínfulas de historiador Sergio Vilar, hoy olvidado, y no sin razones. Estas iniciativas delatan una tara de la que adolece el campo cultural español en general, y el historiográfico en particular, sin duda dominados por una izquierda que se caracteriza, de un tiempo, a esta parte por su intransigencia. Un sectarismo y un fanatismo incompatibles con la auténtica actitud intelectual. Lo cual resulta, además, ridículo cuando los portavoces de estas iniciativas simbólicas son abiertamente inferiores a los destinatarios de sus diatribas y agresiones. En la España actual, cualquier petulante se siente legitimado para descalificar a figuras eminentes del pensamiento español. Recordemos las payasadas defendidas por el periodista Gregorio Morán contra Ortega y Gasset, en su libro El maestro en el erial. Las denominadas leyes de memoria histórica o democrática son buenos ejemplos de ello, y algunos, por lo visto, pretenden aplicarlas igualmente al mundo cultural. Estamos ante la dictadura de los mediocres.  Por desgracia, la herencia jacobina o comunista no ha cesado de gravitar en un amplio elenco de historiadores, por lo general muy mediocres. Si solo se pudiera proclamar el talento de aquellos cuyas ideas íntegramente suscribimos, no ya la historia de las ideas o de la filosofía, sino buena parte del espíritu humano tendría que reducirse a una implacable matanza o hecatombe de prestigios. La discrepancia es perfectamente compatible con la admiración y el error con el talento.

  Y termino. ¿Cómo clásico, que puede aportarnos hoy Menéndez Pelayo a los historiadores españoles?.

  En primer lugar, la recuperación de la historia como obra de arte. Nuestro cántabro fue un auténtico artista de la palabra. Su mensaje no vino del agarbanzado castellano del Padre Francisco Alvarado –conocido por El Filósofo Rancio–, sino de una prosa culta, recamada, pulcra, seductora, poética, sobria, densa, a la vez caracterizada por una incisiva ironía.  En definitiva,  Menéndez Pelayo tenía voluntad de estilo. Lo cual contrasta con la verborragia característica de los krausistas, su antagonistas. No deja de resultar contradictorio que la recuperación del krausismo en los años sesenta coincidiera con la recepción del positivismo lógico y de la filosofía analítica del lenguaje. ¿Alguien analizó la jerga krausista? No, que yo sepa. Como en el caso de Gibbon, Ranke, Mommsen –Premio Nobel de Literatura–, Taine o Renan, pueden leerse aún hoy con fruición. Lo mismo ocurre con Menéndez Pelayo. Quizá el último representante de esta voluntad de estilo fue Jesús Pabón.

  En segundo lugar, un claro agonismo intelectual. Hegel dijo en alguna parte que el pensamiento, como la realidad, marcha dialécticamente, es decir, superando enfrentamientos y antítesis. Desde la polémica de la ciencia española o las controversias entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, han escaseado los debates de altura en nuestra historiografía. Han existido, eso sí, discusiones más o menos artificiosas entre historiadores marxistas sobre la “revolución burguesa”, que luego se mostraron puramente nominalistas, pero que martirizaron las mentes de los jóvenes estudiantes universitarios. La actual pobreza de nuestra historiografía radica, al menos en parte, en la ausencia de debate, provocada por la hegemonía de la izquierda en los claustros. En ese sentido, Menéndez Pelayo es un modelo de polemista. Nunca creyó en el empirismo ramplón defendido por algunos pedisecuos aún hoy. La historia, como han señalado igualmente Hayek o Gadamer, no debía ser escrita, según Menéndez Pelayo, “con esa indiferencia que presume imparcialidad”; ha de basarse en principios según los cuales juzgar los hechos particulares. Hoy, tenemos pendientes numerosos debates historiográficos sobre la identidad nacional, la II República, la guerra civil, el régimen de Franco o la Transición. Hay que abordarlos.

  En tercer lugar, la valoración positiva de la erudición como fundamento vital del saber histórico. Como señaló el propio Menéndez Pelayo y corroboró posteriormente Georges Duby, el historiador tiene el deber moral de agotar, en la medida de lo posible, todas las fuentes de su objeto de investigación. El historiador, por pura necesidad, ha de ser ratón de biblioteca o de archivo. Una obra histórica digna de recuerdo no puede basarse, como ocurre tantas veces en la actualidad, en materiales perecederos o en simples ocurrencias.

  Y, en cuarto lugar, no puede existir la menor duda de que la identidad española resulta inexplicable sin la impronta católica. Se trata del factor aislado de mayor peso en la configuración histórica y mental de la nación española, ya que desde su adolescencia, es la tradición cristiana y los materiales acarreados por esa tradición los que marcan la pauta. Ningún español puede equipar su habitáculo mental si no alcanza un cierto nivel de conocimiento de este vector de la vida colectiva nacional, pues dicho factor incide , con sutiles combinaciones, y confluencias en el resto de los ingredientes de la textura existencial española. Lo cual no implica una versión esencialista de la nación, ya que esa realidad puede cambiar. Tampoco tendría nada que ver con el clericalismo político, porque es hoy la jerarquía católica –junto a la Monarquía– uno de los instrumentos más eficaces de secularización y desnacionalización de la sociedad española. En parte por su humanitarismo abstracto respecto al fenómeno migratorio y en parte por su apoyo a los nacionalismos periféricos catalán y vasco. Se trata de una defensa cultural e identitaria, no estrictamente confesional. Esto resulta decisivo frente a los flujos migratorios provenientes del norte de África y la consiguiente influencia en las mentalidades y en las costumbres de las corrientes islámicas. De ahí la peligrosidad de la interpretación de histórica defendida por Américo Castro. Frente a ella y a los nacionalismos periféricos, junto a Menéndez Pelayo se encuentran Ramón Menéndez Pidal y Claudio Sánchez Albornoz.

  Tal es el ejemplo de Menéndez Pelayo que puede servirnos, en esta hora baja de España., cuando van a cumplirse ciento setenta años de su nacimiento. En ello, estamos.

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