Moreno Bonilla, «último hombre» nietzscheano

Arquetipo de un nihilismo de derechas

Decididamente, el Partido Popular es un curioso fenómeno político digno de estudio. No, desde luego, por la densidad de su pensamiento o por la ambición regeneradora de su proyecto político. Todo lo contrario. Cuando sus escasos intelectuales orgánicos se deciden a escribir y publicar alguna obra ya sea de filosofía política o de historia la rechifla es general; y no solo desde las izquierdas. Suelen ser libros biodegradables. No hace mucho, bajo la dirección del profesor Armando Zerolo, ha salido a la luz un curioso libro titulado La derecha desnortada. Una reivindicación liberal frente a la tentación autoritaria. En sus páginas colaboran profesores, periodistas y economistas caracterizados por sus relaciones con el Partido Popular: José F. Pélaez, Javier Redondo, David Jiménez Torres, Juan Fernández Miranda, Beatriz Becerra, Jorge Rayo Pons, María Blanco, Joseba Louzao y el propio Armando Zerolo. El libro es un auténtico bodrio, centrado no en la crítica de la izquierda española, sino de la amenaza que, según ellos, supone la “ultraderecha” para la democracia española. En realidad, si algo caracteriza el contenido de este libro es su dependencia de la perspectiva izquierdista, su sinistrismo. Un sinistrismo que, en la práctica política cotidiana, se convierte en un conservadurismo alicorto, acrítico y acomplejado. Como es sabido, la batalla política se plantea, en un primer momento, en la mente de los antagonistas. En ese sentido, la óptica dominante en la obra conduce rectamente a la conservación y reproducción pura y simple del orden político y moral construido por la izquierda a lo largo de estos años. VOX es el enemigo y la “derecha tradicional”, es decir, liberal o centrista, no debe pactar con el partido verde; tal es la consigna. Curiosamente, en eso estamos de acuerdo. VOX no debería, en mi opinión, pactar con un partido corrupto, inimaginativo y vulgar como el hoy acaudillado por Núñez Feijóo.

  No ha sido el único alegato de este sector de la derecha española –o, como dice Stanley G. Payne, la “no izquierda”, aunque el diagnóstico y las conclusiones sean las mismas. Miguel Ángel Quintanilla ha publicado, él solito, Contra la ruptura. Por qué el centro debe volver a liderar España, con un prólogo del longevo centrista Javier Rupérez. En este libro, incluso se hacen unas curiosas divagaciones teológico-políticas que mueven a risa. Y es que Quintanilla Navarro es miembro de las FAES, un supuesto laboratorio de ideas que no ha aportado nada, absolutamente nada al pensamiento político de la derecha española.

  Más irrisorio aún, si cabe, es la osadía de algunos antiguos líderes del Partido Popular, a la hora de publicar o firmar libros de pensamiento político. El errático. Irascible y soberbio José María Aznar López  ha sacado a la luz uno de esos libros, que seguramente no ha escrito y que nadie va a leer, Orden y libertad, repitiendo lo que ha dicho siempre. Este hombre no se ha lavado las axilas ideológicas desde hace veinte años; y ya huele. Pero quien se lleva la palma de la hediondez y del cinismo es Mariano Rajoy Brey, quien, intentando seguir a Maquiavelo o Mazzarino, ha escrito, es un decir, El arte de gobernar, un conjunto de aforismos y donde se recomendaba no hablar de inmigración. Resulta enormemente penoso leer a un Rajoy que, si por algo se caracterizó fue por la cobardía, la indecisión y la inacción políticas. Es decir, por lo contrario que, a decir de Carl Schmitt y Julien Freund, debe caracterizar al político: el valor, la acción y la decisión. En esas manos estuvimos y aún estamos.

  Dejemos para otro momento la crítica pormenorizada de estos despropósitos presuntamente doctrinales. Sin duda, no valen nada, pero reflejan un tipo de estructura mental que sigue influyendo en la práctica política cotidiana. Ahora, mi interés se centra no tanto en el pensamiento político del PP, que en rigor no tiene, sino en las actitudes de sus líderes más representativos. Hace ya tiempo que dediqué un artículo a la figura de Isabel Díaz Ayuso, a partir de la teoría de la “razón cínica” de Peter Sloterdijk, el gran antagonista del recientemente fallecido Jürgen Habermas. La “razón cínica” es una actitud propia de las elites escépticas y cansadas, que han asumido, en la práctica, que, en los tiempos posmodernos, todo ha sido desmitificado y que ya no pasa nada  y que todo da igual. Sin embargo, ante unas masas que desprecian fingen defender los valores tradicionales en que los que ya no creen. Nadie ha despreciado tanto a un sector de sus electores como el Partido Popular. De Alberto Núñez Feijóo me ocupé igualmente. A la hora de analizar su figura no hace falta recurrir a ningún gran teórico o filósofo políticos. Bastaba con recurrir a un personaje de la película Los puentes de Madison, Francesca, quien definía a un aburrido marido como “un hombre muy limpio”, Es decir, mediocre, anodino, vulgar, convencional, aburrido y tedioso. Sin embargo,  tanto Díaz Ayuso como Núñez Feijóo fingen criticar y atacar las políticas defendidas por Pedro Sánchez y su partido. Aunque no pocos, entre los que me encuentro, sospechan que, llegados al gobierno, no harán nada, al igual que Mariano Rajoy.

  Sin embargo, existe en las jerarquías del Partido Popular un personaje que ni tan siquiera se molesta en teatralizar su supuesta disidencia hacia sus adversarios o enemigos. Se trata de Juan Manuel Moreno Bonilla, más conocido, en el hampa política, por «Juanma». Este petimetre político encarna como nadie la mediocridad política más abyecta. Y no me resulta extraño que, al enfrenarme a su torva figura, casi de manera espontánea, me recordara a las reflexiones de Friedrich Nietzsche defendidas en Así hablaba Zaratrustra o Genealogía de la moral, sobre lo que denominaba “los últimos hombres”, der letzte mensch. Personas apáticas, perseguidoras solo de comodidades, seguridad y placer, despreciando el riesgo,  la creación, el desafío y el conflicto. Haciéndose eco de esos planteamientos, el politólogo Francis Fukuyama, al plantear el supuesto “fin de la historia”, advertía sobre los peligros internos del modelo de democracia liberal, supuestamente triunfante, basado en el conformismo y en el nihilismo, donde el hombre puede sentirse materialmente satisfecho, pero empobrecido espiritualmente. Juan Manuel Moreno Bonilla encarna como nadie en la política española las características existenciales de “los últimos hombres”. No olvidemos que José María Aznar hizo suyo el diagnóstico de Fukuyama; lo asumió conscientemente y sin fisuras. Se equivocó como en casi todo. Y engendró en el seno de su partido este tipo humano. “Nihilismo de derechas”, podría decirse. Moreno Bonilla me recordaba igualmente el tipo humano que el cantante José Luis Perales satirizaba en su melodía Pequeño Supermán: “Viste como quieras/toma coca-cola/ vuela en Iberia a Nueva York/tomate un malboro/tomate un Martini/viste cimarrón”. El muchacho no da para nada más. Su célebre foto con la vaca Fadie fue todo un poema. Quizás sea la imagen más significativa de su trayectoria política. Y seguramente su compañero más relevante. Tal para cual. El “centrista” suele ser convencional, rumiante, ovino y pastoreable.

  Como Aznar y Rajoy, Moreno Bonilla ha escrito, o firmado, un libro titulado Manual de convivencia. La vía andaluza. Todo un programa, incluyendo la portada donde aparece encorbatado y luciendo una sonrisa profident. El contenido es de una mediocridad simiesca, pero, por eso mismo, muy elocuente.

AUTORRETRATO DE «UN HOMBRE BLANDITO»

  Barcelonés de 1970, aunque de familia andaluza, Juan Manuel Moreno Bonilla inició la carrera de Psicología y luego la de Magisterio en la Universidad de Málaga, pero no logró finalizar ninguna de ellas. Eso sí, obtuvo un grado en Protocolo y Organización de Eventos en la Universidad Camilo José Cela de Madrid. Maestría en Dirección de Empresas y Programa de Liderazgo para Gestión Pública, por ESE Bussines School. A los veintinueve años se afilió al Partido Popular y alcanzó la presidencia de Nuevas Generaciones ; concejal del Ayuntamiento de Málaga; diputado en el Parlamento de Andalucía en 2014. Ese mismo año fue designado candidato a presidente de la Junta de Andalucía. Cuatro años después logró acceder a la presidencia, gracias al apoyo de Ciudadanos y VOX. Se trata, por tanto, de un político profesional, típico representante de la “·no-izquierda” –Stanley G, Payne dixit–. Haya o no escrito este libro, Manual de convivencia, es, pretende ser, un autorretrato político. Le es completamente ajena una práctica política como la definida por Chantal Mouffe como “pluralismo agonístico” o la hegemonía de Antonio Gramsci; no digamos la dialéctica amigo/enemigo de Carl Schmitt. “Adversarios, sí; enemigos, no”. “La política no es la guerra”, dice Moreno Bonilla, En ese sentido, su gran preocupación ha sido y es “captar al votante socialista desencantado” y “ser moderado y respetuoso con la izquierda”; lograr, en definitiva, un “cambio tranquilo”. Podrá ser tranquilo, pero, sin duda, no será cambio, como luego veremos. “Mensaje calmado”, “encapsular los temas conflictivos”. Alaba, en ese sentido, a Felipe González que, según él, quiso acabar con “el discurso de las dos Españas”, cuando el sevillano fue el inventor de la memoria histórica, frente a José María Aznar,  en el momento en que vio peligrar su longeva hegemonía política. El cambio suponía y supone que “Andalucía funcione”. Es decir, administrar lo que construyeron los socialistas y andalucistas; lo estamos viendo cada día. Se autodefine como “blandito”, “mi talante tranquilo, afable y hasta dulce”. Patético. Igualmente, hace profesión de fe católica. Sin embargo, no menciona para nada el tema del aborto. Dice simpatizar con Juan Pablo II y de Francisco. No menciona a Joseph Ratzinguer, seguramente demasiado profundo y conservador para él. Por cierto, que parece ser que, en una conversación con el presidente andaluz, Bergoglio se mostró alarmado por sus posibles pactos con VOX; y no por el proceso de secularización radical a que está sometida la sociedad española, inserta ya en la etapa de “irreligión natural” a que hizo referencia el filósofo italiano Augusto del Noce. Moreno Bonilla se identifica con figuras internacionales como Kennedy, Obama, o José Mujica, Entre los españoles, destaca su admiración por Felipe González, Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría y Pedro Arriola, cuyos consejos demoscópicos dice seguir. El difunto historiador Guillermo Gortázar lo hubiera calificado de “arriolista”, es decir, centrista acomplejado.  De la misma forma, manifiesta su adhesión a la figura histórica de Blas Infante, cuya trayectoria vital e intelectual seguramente desconoce. No ya su filoislamismo, sino su proyecto de “dictadura pedagógica” defendida a la altura de 1918. En su ignorancia, afirma, en el libro, que él desconocía la existencia del notario malagueño, y lo atribuye, como no, al régimen de Franco. En realidad, Infante fue un perfecto desconocido tanto en la Restauración como en la II República. La mitificación de su figura es un fenómeno muy posterior, inserto en un proceso de lo que el historiador británico Eric J. Hobsbawm denomina “invención de la tradición”.  Pese a lo exiguo de su representación política, los andalucistas consiguieron impregnar con su averiada mercancía ideológica al conjunto de la sociedad andaluza. So objetivo no es otro que legitimar a la clase política de esta comunidad autónoma. Además, el andalucismo supone el camino abierto a la islamización de Andalucía.

  Como ya hemos señalado, el anodino líder popular logró acceder al gobierno de la Junta gracias al apoyo de Ciudadanos y de VOX. Sin mucha dificultad, logró fagocitar al partido naranja; y se esforzó en demonizar al partido verde. A éste último nunca agradeció su apoyo. Y es que su auténtico enemigo –y aquí no hay duda– es lo que denomina “populismo”, que sobre todo identifica con VOX. En 2023 consiguió la mayoría absoluta, al absorber s Ciudadanos. A VOX le acusó un año después de ser el culpable del resultado de las elecciones generales.

  A Moreno Bonilla no se le conocen aficiones literarias o filosóficas. Más bien parece un maestro de ceremonias.

  Su mayoría absoluta no ha supuesto ningún cambio significativo. Ni a nivel simbólico ni político ni socioeconómico. De alguna forma, Moreno Bonilla es un personaje lampedusiano, aunque Tancredi, el lúcido sobrino del príncipe Salina, era mucho más sugerente. Lo cual, dicho sea de paso, no resulta excesivamente complicado. Todo indica que Moreno Bonilla y su partido han apostado claramente por administrar el orden político y social creado por socialistas y andalucistas a lo largo de casi cuarenta años. Las redes clientelares no han sido tocadas en absoluto. Canal Sur se ha convertido en aparato legitimador de Moreno Bonilla y su gobierno. El PER continua. El orden simbólico andalucista permanece incólume. La situación socioeconómica tampoco ha variado significativamente a lo largo de la hegemonía popular. Andalucía tiene el PIB más bajo del conjunto de las regiones españolas, 23.218-24542 euros. Mantiene altos índices de pobreza estructural, cerca de un 35, 6 % de riesgo; 15% de paro. La pobreza infantil alcanza al 40% de los menores de 18 años. La enseñanza y la sanidad públicas se han ido degradado estos últimos años. Ante el accidente de tren sufrido en la localidad de Adamuz la actitud de Moreno Bonilla fue tan meliflua como complaciente con el gobierno socialista. El ministro Oscar Puente sigue en su puesto de mando. Y el conjunto de la prensa socialista alabó la actitud de Moreno Bonilla como representante del “centro” y de la “derecha civilizada”. Ahora, en el horizonte de las elecciones de mayo, los socialistas ya están haciendo acusaciones de negligencia tanto en Sanidad como en Obras Públicas.

  Seguramente, si el Partido Popular llega al gobierno andaluz y luego al resto de la nación por mayoría absoluta, Pedro Sánchez podrá decir, como hizo Thatcher con Blair, que su mayor éxito había sido Núñez Feijóo o Moreno Bonilla. Porque, de no mediar otros partidos, su orden social y simbólico permanecerá intacto. Atrás quedarán las críticas al Sánchez dictador, en pos de la “gobernabilidad” y la “política de Estado” y de la “convivencia”. “To pa na”, que dicen en Andalucía.  No obstante, según las encuestas –como dijo el eximio Jorge Luis Borges, “la democracia es un abuso de estadística”– “Juanma” ha sido valorado positivamente por un 51% de los andaluces. No niego que así sea, pero, en realidad, eso tiene escasa importancia, en una sociedad que sigue subvencionada por la Junta de Andalucía y entontecida y alienada por la televisión oficial. “Juanma” ganará, a buen seguro, las próximas elecciones, incluso por mayoría absoluta. Sin embargo, no se trata de algo que, al menos en mi opinión, debamos celebrar; todo lo contrario. Será la prueba de que buena parte de la sociedad andaluza y luego al conjunto español no es otra cosa que un conglomerado de abyectos letrzte männer. Su arquetipo sería Juan Manuel Moreno Bonilla. Esperemos que esta epidemia senil no se extienda al resto de España.

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