Nagorno Karabaj: otra vez el cristiano vapuleado

En el mundo de la globalización, la alianza de civilizaciones y las penas de cárcel por xenofobia, alude a la inteligencia menos intencionada el que, en la civilización contraria, no se estimule justamente lo que sí en Occidente: el amor al prójimo indiferentemente de su etnia, nacionalidad, color de piel, sexo y, sobre todo, religión. Sólo tendrían que ver la de bodas homosexuales que se celebran en el mundo que viene… mucho menos que ablaciones de clítoris. Por lo que tiempo al tiempo. 

Cuando se habla de disputa territorial se obvia que si el pueblo de Ararat hubiera adorado a Alá no habría sido expulsado de sus hogares a patadas y disparos, como durante la Primera Guerra Mundial los turcos no se habrían pasado por la piedra a millón y medio de armenios. Porque, aunque les cuenten lo contrario, la inmensa mayoría de las veces donde existe una disputa territorial, la guerra no comienza ni mucho menos por las lindes, sino por las creencias, base de la definición exacta de odio. Porque ya se sabe que la mayoría en democracia es siempre decisoria salvo en los credos. 

En 1921 Moscú decidió que un espacio montañoso llamado Nagorno Karabaj (Artsaj en armenio) quedara dentro de Azerbaiyán, por lo que durante décadas el conflicto quedó congelado, que no resuelto. Ya se sabe que en dictaduras la gente reclama menos. Y con Lenin y Stalin la población de la URSS bastante hacía con sobrevivir si no quería verse entregada al casi deporte nacional de picar piedras a cuarenta bajo cero en la concluyente Siberia. Por eso y, nada más por eso, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fue una balsa de aceite, pinchada en lo económico, pero que a fin de cuentas llegó a ser el mayor Estado –hasta que Mao gozó de poderes absolutos– para ser el lugar en la tierra donde menos se rebelaba la gente. Y eso que la URSS dio al mundo gentes valiosísimas, algunos a los que considero parte de mis héroes absolutos: los poetas Vladimir Mayakovski, Anna Ajmátova y Boris Pasternak, además del genial cineasta Andrei Tarkovski; sin olvidarnos que Vladimir Nabokov, uno de los mejores prosistas de la historia, nació y creció en aquella distopía de la que consiguió salir vivito y coleando en lo que fue su primer éxito, el cual precedió a su sobresaliente obra literaria, ya ejercida sobre los terruños del infame capitalismo. 

Artsaj, por su denominación en armenio, o Nagorno Karabaj, que es como Occidente decidió denominar al enclave aceptando antes de cualquier resolución que Azerbaiyán era su legítima propietaria, posee una historia tan concreta como confusa, ya que los primeros registros ya indicaban que la región formaba parte del Reino de Armenia, creado en el año 321 por el monarca Tiridates III. Con el tiempo –algo habitual en este mundo de conquistas y traiciones–, pasó por manos persas, romanas y bizantinas, con un denominador común: siempre la mayoría de esa zona, cuando no la práctica totalidad, eran cristianos armenios

Y en el siglo XVI, bajo las leyes del Imperio Safávida, se creó el Kanato de Karabaj, gobernado por élites musulmanas túrquicas, antecesores de los actuales azeríes. Allí, y por primera vez en muchísimos siglos, la población fue mixta: los armenios cristianos se localizaban en las zonas montañosas mientras que los musulmanes se fueron asentando en las llanuras. Entonces, el Imperio Ruso se comió esa parte del mundo tras derrotar a los persas, momento en el que comenzaron a estimular para que los cristianos armenios volvieran a ser mayoría, razón que generó los primeros enfrentamientos entre comunidades cristianas y musulmanas. 

Pero es con la URRS donde comenzaron los líos: el enclave quedó dentro de la República Socialista de Azerbaiyán como una especie de premio en forma de caramelo envenenado: se creó el Óblast Autónomo de Nagorno Karabaj, que aunque tuviera mayoría armenia, su pueblo denunció discriminación y aislamiento, con los azeríes callados por la brutal represión soviética, aunque afilando los cuchillos durante décadas, en un conflicto que quedó dormido; congelado. Pero nunca resuelto. 

Militares turcos y azeríes en Nagorno Karabaj

Con el colapso soviético, los armenios de Nagorno–Karabaj –la mayoría– solicitaron unirse a Armenia o constituirse por cuenta propia, comenzando una guerra que ganaron a los azeríes. En ese momento se proclamó la República Independiente de Artsaj, que nunca fue reconocida internacionalmente. De 1994 al 2020, con un conflicto a flor de piel, con numerosas escaramuzas y cientos de fallecidos, se dio paso al contraataque definitivo azerí, que gracias a la ayuda en forma de drones de Turquía, nación que generó el lamentable genocidio armenio y que siempre ha estado enfrente de Armenia –nuevamente no debemos dejar pasar el detalle: musulmanes los unos, cristianos los otros–, casi hizo colapsar a la República de Artsaj, que perdió la mayoría de su territorio con las fuerzas rusas desplegadas mirando para otro lado. Por lo que sólo tres años más tarde, Azerbaiyán tomó el control de todo el territorio tras una ofensiva brutal que desplazó a más de 100.000 cristianos armenios, en un éxodo que pasó desapercibido para las Naciones Unidas, como el medio millón inicial, tras la caída de la URSS, que el gobierno de Ereván siempre ha considerado una limpieza étnica cuando su homónimo azerí lo valoró como «una salida voluntaria tras la reintegración”. Ya se sabe que dejar atrás tus propiedades, trabajos y ancestros, saliendo a la carrera con lo puesto cuando no sin una pierna, suele ser justamente eso: una salida voluntaria.  

Dados los nuevos modismos, aquí debe quedar claro que la alianza fue de incivilizaciones, con los coránicos atacando y los cristianos que quedaron vivos –los que no estaban directamente muertos tras la cruenta guerra– huyendo, despavoridos.

Ashot Danielyan, presidente en funciones de un Estado, el de la República de Artsaj, al que no reconoce nadie, y que tiene en las afueras de Ereván su cuartel general, lo explica de manera clara y concisa: “El derecho a volver a nuestra patria no es negociable”, asegura, dejando claro que al menos los 100.000 armenios que huyeron de su propia tierra deberían poder regresar. 

Aunque según el presidente en el exilio las instituciones siguen existiendo (parlamento y gobierno), lo cierto es que la República de Nagorno Karabaj no es más que un circo confuso al que siquiera la propia República de Armenia defiende a capa y espada. Un nativo de aquel enclave lo explicaba a este periodista en la puerta de la embajada: “Hoy muchos de los que huimos de nuestras tierras hemos tenido que dejar Armenia por falta de oportunidades”. Rusia y Georgia suelen ser los principales destinos de un pueblo sin Estado ni territorio, y muy posiblemente, sin futuro alguno salvo dentro de la también señalada por cristiana República de Armenia. 

Nikol Pashiyan, primer ministro de Armenia al que al menos sus declaraciones sí son tomadas en cuenta, asegura que “lo que hizo Azerbaiyán con nuestros hermanos fue un caso directo de limpieza étnica”. El pueblo desplazado que quedó vivo, piensa exactamente lo mismo. 

Mientras Naciones Unidas sigue pasando por alto este nuevo caso de limpieza étnica, donde las diferencias religiosas han sido –y siguen siendo– la clave de esta matanza, el mundo desconoce por completo los numerosos casos donde el cristiano se ve amenazado por su credo antes que por su pasaporte o deseos de libertad. 

Joaquín Campos, Ereván 

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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