Nadie les considera el mejor grupo de la historia, nadie defiende que hayan inventado nada y seguramente nadie haya podido resistirse a tararear uno de sus himnos y sentirse inmortal durante unos instantes. Fueron dueños del rock de los noventa y levantaron el ánimo a todo un viejo imperio, pero se podría argumentar que no son algo muy distinto a una versión rockera de las Spice Girls, aquella banda de chicas que dominó las listas en esos mismos años y electrizó más que ellos el culto a la Unión Jack, la icónica bandera nacional. Cuando preguntaban a Oasis por el secreto de su éxito, los hermanos solían responder que «hacer putas canciones, con sus putos estribillos, como los putos Beatles». Es una descripción tosca pero efectiva, aunque el legado de Oasis va mucho más allá.
Empecemos por cuestiones musicales: ¿hacían falta realmente Oasis cuando aparecieron a mediados de los noventa? Visto con perspectiva, fueron un antídoto para muchos venenos. El planeta pop vivía entonces un momento de máximo nihilismo, con la sombra del suicidio de Kurt Cobain (Nirvana) proyectándose aún con fuerza en la escena grunge y con Radiohead reeditando el lado más depresivo del rock. Oasis devolvieron al mundo la alegría juvenil. Aquellos años también estuvieron marcados por el vanguardismo sonoro de los raveros The Prodigy, los ruidistas My Bloody Valentine y el talento desquiciado de Aphex Twin. Oasis nos devolvieron las canciones de siempre. Además los noventa fueron una de las épocas con menos canciones de amor y Oasis también lograron compensar eso, que no es poca cosa. Alguien dijo alguna vez que el éxito de Camela y OBK, otros héroes pop de los noventa, tenía que ver con que los jóvenes que escuchaban mákina y bakalao también necesitaban canciones de amor que escuchar tranquilos en casa. Oasis cumplieron esa función para los cluberos de medio Occidente, ayudar en la resaca el día después de sudar la pastilla con Chemical Brothers.
El rock noventero también fue, en gran medida, pijo elitista y universitario. Muchos recordarán el tremendo prestigio de bandas como Sonic Youth y R.E.M., que apostaban por las canciones crípticas y ensuciadas, a medida de los más culturetas de cada campus. Oasis resucitaron el pop para obreros, mucho más cómodos en la fraternidad de un campo de fútbol que en la distinción de una tienda de discos tipo Alta fidelidad (1995), de Nick Hornby. Los Gallagher ridiculizaron el esnobismo militante de lo alternativo en favor de un saludable espíritu plebeyo de drogas, fútbol y rock and roll. Además lo hicieron evitando caricaturas de la clase obrera. Por poner un ejemplo, su himno «Cigarrettes and alcohol» no es una apología hedonista del tabaco y el vodka sino un lamento por los estrechos límites de la vida de un joven parado. «Estuve buscando algo de acción/ y todo lo que encontré fueron cigarrillos y alcohol», reza la letra. Muchas de sus grandes canciones hablan del pequeño margen de heroísmo que la sociedad de consumo deja a los jóvenes: darlo todo los sábados por la noche.
Luke Haines, cantante y cerebro de The Auteurs, un grupo de la época de esplendor de Oasis, explicaba en 1994 el contexto sociocultural en el que triunfaron: «Estaba la locura de la Eurocopa de 1996, que Inglaterra creía que iba a ganar. También la muerte de Lady Diana en 1997. Por supuesto, Tony Blair llegando a la presidencia con sus promesas de convertirse en un líder molón, que invitaba a Noel Gallagher a su fiesta de toma de posesión. El país ardía en fervor nacionalista. Como era de esperar, todo eso no produjo nada interesante. Comprar entradas para la gira de reunión de Blur solamente es una oportunidad para regresar a aquel tiempo donde eras más joven, el futuro parecía brillante y el país tenía sobredosis de confianza. O quizá es más sencillo: se trata de recordar lo guapo que era el novio o la novia que tenías entonces», señala. Como buen genio underground amargado, Haines no da mucha importancia a querer a tu país, vibrar con el fútbol o haber tenido una novia guapa, pero las mayorías populares sí que sabemos apreciar estas cosas.
Al igual que tantos regresos, el de Oasis también tiene que ver con la añoranza de nuestra propia juventud, cuando nunca te cansabas, te sentaban bien casi todas las drogas y todavía eras capaz de enamorarte dos veces al mes. Sobre esta nostalgia eterna e inevitable se superpone otra más coyuntural que consiste he echar de menos los años en que Gran Bretaña dominaba las ondas pop de radiofórmula, hegemonía hoy naufragada por completo por la victoria global de DJs, reguetoneros y estrellas del trap fashion. Aunque los Gallagher fuesen colegas del farsante Tony Blair, Oasis siempre fueron un grupo más bien socialpatriota (ja) que construyó su canon usando referentes británicos casi al cien por cien, entre ellos The Beatles, David Bowie, The Sex Pistols, The Stones Roses y The Smiths.
En el plano cultural, hicieron más que nadie por defender la normalidad en tiempos de desvaríos posmodernos. Eran los típicos chicos a los que les gustaba el fútbol, las chicas rubias con las tetas grandes y enchuzarse con los amigos cada fin de semana. Justo lo contrario de ese estéril y narcisista culto a la ambigüedad chic que dominaba la prensa cultural de la época y que tan bien retrata Éric Zemmour en su ensayo El primer sexo (2006). Oasis explotaron comercialmente en el punto más alto del clasismo británico contra sus propias clases bajas y defendieron el modo de vida y los placeres proletarios de manera mucho más eficaz que el famoso ensayo de Owen Jones titulado Chavs: la demonización de la clase obrera en Inglaterra (2011). Ojalá hubiéramos tenido en España un grupo masivo que exudase antielitismo con esa naturalidad.
Terminamos con una breve recapitulación de sus méritos musicales: en realidad, solo tienen tres grandes discos: Definitely maybe (1994), (What’s the story) Morning glory (1996) y la recopilación de rarezas The Masterplan (1998). En ellos se basa más del 80% del repertorio de su gira de regreso. Noel siempre ha sabido evaluar sus propios méritos y lo demuestra cuando dice que «mi voz suena como una pinta de cerveza un martes y la de mi hermano como diez chupitos de tequila un sábado». Seguramente Oasis son el último buen grupo de estadio que ha dado el rock and roll y esta gira también tiene que ver con disfrutar de un género que sacudió el siglo XX y que ahora mismo parece agonizando. Por suerte para todos, los hermanos Gallagher pueden meter unos cuantos goles, aunque sean en partidos de exhibición para veteranos.