ORBAN PIERDE LA CORONA CUANDO REINAN SUS IDEAS

Los húngaros le han negado a quien ha sido su líder más de tres lustros la victoria que sí le está dando la realidad en la arena ideológica

Orban ha perdido finalmente las elecciones cuando mejor salud tiene la que ha sido su idea-bandera. La amplia victoria de su rival Magyar llega en un momento en que el Partido Popular Europeo está adoptando la postura de Orban contra la inmigración ilegal, la misma postura en favor de la legalidad que le ha costado a la Hungría del primer ministro hoy saliente millones y millones de euros en multas y las más malintencionadas calumnias de ese mismo Partido Popular.

Desde el timón de una nación pequeña y pobre, de la mitad oriental de Europa y condenada por tanto en el libreto de la UE con pedigrí al papel de receptora obediente de fondos y de valores, Orban se rebeló contra el destino que habían decidido para él y para su patria hasta convertirse en el líder de la resistencia a una deriva de la que hoy reniega hasta Dinamarca.

Algo parecido puede decirse de la otra gran batalla de Orban, la que libró contra la obsesión trans y otras arbitrariedades de la ideología de género que ahora se revelan insostenibles. Orban es derrotado justo cuando su apuesta por el más básico sentido común también en este campo gana en muchos países que se la condenaron.

Valga como ejemplo esta dinámica la sentencia que en abril del 25 dictó la Corte Suprema del Reino Unido, patrón oro de la libertad y los derechos individuales para muchos de los denunciadores de Orban. Una de las muchas batallas legales que hubo afrontar Orban de un enemigo mucho más poderoso que además tenía a favor al árbitro (la llamada justicia europea) fue a cuenta de su resistencia a adoptar el principio de libre autodeterminación de los géneros que provoca cada vez más situaciones cómicas en países más papistas que el papa como España.

Podemos decir atendiendo a la tendencia europea e internacional en temas como inmigración y ‘género’ que los húngaros le han negado a quien ha sido su líder más de tres lustros la victoria que sí le está dando la realidad en la arena ideológica.

La alianza con Rusia

Orban ha destacado en sus últimos años de su segunda etapa (y hasta ahora la más larga) en el poder por su estrecha alianza con la Rusia de Putin, que se ha reforzado a medida que se alargaba la guerra provocada por la invasión de Ucrania. No encuentro argumentos morales para defender esta posición, pero es fácil entender por qué Orban ha buscado el abrazo de Putin y no le ha cerrado la puerta a la China de Xi.

Imagine el lector que tiene un vecino sin antecedentes penales y con fama de virtuoso y otro que acaba de salir de la cárcel (digamos que acogiéndose a beneficios legislativos o penitenciarios de un Gobierno socialista) tras cumplir unos años de condena por asesinatos múltiples. 

El virtuoso y sin antecedentes penales le pincha las ruedas cada dos por tres, y le intenta hacer chantaje para que remodele a su gusto (al gusto del vecino virtuoso) el balcón, se compre un modelo distinto de coche e imponga otros horarios a sus hijos. 

El asesino liberado, por el contrario, le trata bien y está dispuesto a cooperar en pie de igualdad siempre que no le haga reproches por los crímenes que ha cometido.

Cansado de haber de comprar todos los meses ruedas nuevas, el hombre se alía con el asesino.

La postura de Orban sobre la guerra ruso-ucraniano se apoyaba en un primer momento en la necesidad de pragmatismo. Por su posición geográfica en el este y sin salida al mar para diversificar las importaciones de energía, los húngaros no podían permitirse el lujo de perder a su principal suministrador. 

Para evitarlo se resistió a las presiones europeas (más presiones europeas) para que se sumara al bloque comunitario que ayuda militarmente a Ucrania. La idea era mantener al país al margen de la guerra, pero la posición de Budapest con Orban ha ido alejándose del pragmatismo con una gestión de la tensión con Ucrania marcadamente electoralista que llegó a dar la impresión de que iba a meter a Hungría en el conflicto, sólo que del lado de Rusia.

Esta postura radicalmente antisentimental y antipática a ojos de la opinión pública europea dominante pudo ser uno de los factores que decantó masivamente el voto joven en favor del candidato opositor, el primer ministro electo Peter Magyar. No es extraño que este segmento del electorado busque dejar atrás lo que percibe como viejo y desgastado y anhele dejar de ser el paria entre la beautiful people del continente. (Aunque en España son los jubilados y cuasi-jubilados los que más se dejan llevar por las modas y el aventurerismo.) 

Al menos sobre el papel, Magyar ofrecía a los votantes de menos edad una realineación con los guapos y los buenos sin necesidad de cambiar demasiado las políticas con que Orban les ha ahorrado los males que acechan a los guapos y los buenos. Ahora está por ver si Magyar quiere y es capaz de resistir al bullying de quienes aun marcan el canon estético-moral en los países con más pedigrí UE del continente.

Volviendo a la posición de Orban sobre la guerra, hay que reconocerle que apostó cuando era anatema por el final pactado que con el regreso de Trump abrazaron súbitamente los mismos líderes europeos que hasta un día antes condenaban el diálogo y decían creer en la victoria total. 

Orban sigue sin explicar sin embargo una cosa: cómo se convence a Rusia de que pare sin sanciones ni armamento con que pueda amenazarla Ucrania.

No el trono hace rey al rey

Los seguidores y socios de Orban en España no deben caer en el desánimo ni dejarse llevar por la depresión que de ellos esperan sus oponentes. 

Rabi Najman de Breslev empieza su cuento ‘Los siete mendigos’ con la historia de un rey que le pasa en vida la corona a su hijo. El rey digamos emérito le da en medio de los fastos malas noticias a su hijo: está escrito en los astros que perderás la corona. ¿Para qué lo hace? Para ver si de verdad merece el reinado. Si aun al perder la corona evitas caer en la tristeza y sigues estando contento, le dice al hijo, yo estaré enormemente contento. Pero si la caída del trono te arrastra a la depresión estaré igual de contento, añade. 

“En otras palabras”, explica Rabi Najman, “si eres el tipo de hombre que no puede estar contento aun cuando pierde su reino no mereces ser rey de nada”.

La verdadera corona de Orban, como la de Vox, no son los triunfos en las urnas o las encuestas. Su reinado sobre los esclavos de las modas, la comodidad, la conveniencia y las apariencias no se lo da el número de votantes, sino la honradez con la que siempre han planteado lo que sus ojos y su conciencia les han dicho que es la verdad. 

Y es sólo por esto último que sus victorias electorales han valido y valdrán la pena.

(Castellón, 1985). Es periodista y ha trabajado en Rumanía, Sudáfrica, Venezuela y Ucrania.

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