Los estrechos antónimos

Observar la distinta realidad en Ormuz y Gibraltar nos recuerda que la oportunidad histórica perdida no podrá recuperarse

Debe reconocerse que controlar un espacio enjuto por donde, aproximadamente, transita el 20% del crudo de este mundo, se asocia a un rango mayor de poder. Porque la geopolítica es así: el capitalismo al cubo. Y como en el colegio, donde el que pegaba más de la cuenta iba rodeado de un clamor de estudiantes aprendiendo de la vida, no es arrimarse al árbol que mayor sombra da, sino arrancarlo de cuajo para sacarle provecho inmediato: el cortoplacismo que hoy permite a la inmensa mayoría del mundo asumir que el futuro no será ni verde ni azul, siquiera negro. Porque sólo el presente asume, de manera abrupta, la realidad actual. Y ese presente es denominador común en todo el planeta excepto en la previsible, timorata y delirante Europa, que lo mismo dice luchar contra Rusia en una guerra no a la guerra, como no reconoce que en los últimos veinte años ha visto cómo su PIB nominal ha pasado de ser el mismo que el de los Estados Unidos a estar ya a la mitad y cuesta abajo. ¿Y acaso vieron dimitir a alguien residente en Bruselas o Estrasburgo, o siquiera matricularse en la EGB para tratar de aglutinar conceptos básicos perdidos? 


Decía que en nuestro mundo de términos novedosos Ormuz no existía, como aprendimos un día a repetir sin cesar fistro para que jamás lo sacáramos de nuestros cerebros. Porque esta supuesta guerra que se presumía mundial, no es más que un circo acuático donde los unos desean abrir un minúsculo trozo del planeta mientras los otros sólo quieren hacerlo con los suyos. ¿Les suena de algo? De patio de colegio. 

La guerra de Irán nos ha mostrado un meandro marítimo que Irán quiere controlar. Y frente a ellos, sus homónimos coránicos, aunque estos mucho más cercanos al Occidente más perverso, al cristianismo más pecador. Porque ha quedado demostrado, y no sólo en este caso, que la religión contraria afecta mucho menos que la vecindad constante, en clara contraposición al que le afecta más su suegra una vez al mes que un café mal servido donde cada mañana. Y por eso tanto Omán, como Arabia Saudí, además de los Emiratos Árabes Unidos, así como Kuwait e Iraq, profesan –y reciben– un odio parecido con Teherán al que proyecta Israel. Y sí, créanselo: el roce hace tanto al cariño como al odio. 

Asumiendo que esta guerra ha sacado a la luz que un trozo de mar casi sin salida al océano, además de caliente/calentorro controla, no ya al resto del planeta, sino a cada medio de comunicación, político y YouTuber –extrapolando este hecho a la práctica totalidad de la población mundial que repite sus eslóganes sin piedad: ¡viva el interné!– uno, como español, asume que la desgracia de España no fue anegar su territorio de aerogeneradores, 400 años después del Quijote y sus molinos de viento, tan enemigos acérrimos, sino de haber ignorado durante siglos a nuestra verdadera arma de destrucción masiva: el control absoluto de uno de los puntos estratégicos más importantes de la historia de este mundo: el Estrecho de Gibraltar. Porque el pecado de España reside, esencialmente, en ignorar su enorme poderío, abducido desde la muerte de Franco, por demócratas convencidos que todo lo que les rodea es mejor –e incluso menos perverso– que lo propio. Y sin necesidad de convalidación alguna.  

Miren, si España, de verdad, asumiera que maneja el control de buena parte del mundo, llevaría décadas con el mismo rango dentro de la triste ONU y con derecho a veto en el Consejo de Seguridad, como ya lo hacen los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, así como las dos grandes dictaduras: China y Rusia. Pero como ya sabrán, aquí somos así, título del desternillante libro de Rafael Cerro que yo leía, allá por 1995, en los vagones del Metro de Madrid, a pique de haber sido detenido para un control antidopaje tras semejante carcajeo. 

Escuchen: si mañana Francia quisiera intercambiar su territorio por el nuestro, lo haría con los ojos cerrados. Porque además de la belleza de nuestro país, del que somos tan listos que publicitamos los lugares más cochambrosos –una serie de ciudades sobre el mar atestadas durante el verano que si dejaran de existir no provocarían manifestaciones ciudadanas de ningún tipo–, existe un escenario exclusivo en el mundo que lo tenemos abandonado… qué digo, donde incluso nos humillan. Y me refiero al estrecho de Gibraltar, único paso natural entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo donde deberíamos, como los iraníes, organizar a nuestro antojo y sin que nadie rechistara. Porque todo el comercio de petróleo, gas, mercancías de todo tipo –tantas traídas desde Asia: el mundo que viene–, además del tráfico militar, a sumar los miles de cruceros con sus millones de pasajeros, pasan por delante de nuestros ojos como pasa la vida ante el jubilado en silla de ruedas que sabe que ya no hay nada más que hacer. 

El estrecho de Gibraltar –al contrario del de Ormuz–, históricamente, ha sido ruta de invasiones, puente cultural, cuando sigue siendo un esencial enclave militar además de una zona utilizada por decenas de miles de inmigrantes para acceder a Europa. O dicho de otro modo: tanto Francia como Italia, así como todas las repúblicas que formaban la antigua Yugoslavia con salida al mar, así como Grecia, Turquía, Bulgaria, Malta, Chipre, Israel, Líbano, Egipto, Túnez, Siria, Libia, Argelia y, muy especialmente, Marruecos, deberían postrarse ante España, cuando curiosamente hacen todo lo contrario, si es que directamente no somos nosotros los que nos arrodillamos antes de tiempo, por ese afán genuflexo de un país que más que imperial en su historia reciente, pareciera minusválido. 

Por eso, observar cómo Irán lucha por una hez geopolítica, comparada con nuestro Estrecho de Gibraltar, nos recuerda que la oportunidad histórica perdida no podrá recuperarse. Y que una cosa fue renunciar al Imperio y otra muy diferente dejar que nos esquilmen en nuestra propia casa. ¿O creen que si Inglaterra fuera España nos iban a dejar disponer de Gibraltar como ellos sí continúan siendo sus dueños en nuestras posesiones? Lo aclaro: es que no nos permitirían poseer ni un pueblo abandonado de Soria; qué digo: ni la licencia de una gasolinera. 

Reconozco que el grito de no a la guerra genera buena impresión, así de primeras. Pero si fuéramos fuertes en nuestra casa –además de coherentes–, y utilizáramos el paso del Estrecho como debería utilizarse –mostrando nuestro poder y posesión del mismo–, hoy España no tendría que participar en ninguna guerra porque el resto del planeta nos temería. Cuando la realidad sólo nos permite lucirnos allende nuestras fronteras por medio del Real Madrid, y gracias a once negros; todos majísimos. 

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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