Imaginen un viaje por las distintas épocas de la filosofía, desde los antiguos griegos hasta nuestros días, pasando por algunos autores medievales y modernos. ¿Qué vericuetos de belleza son los que nos llevan desde Platón a Agustín de Hipona, desde Tomás de Aquino hasta Hume?
Pablo Alzola es profesor de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Tras El silencio de Dios en el cine y El cine de Terrence Malick. La esperanza de llegar a casa, presenta el ensayo La aventura de la belleza. Filósofos, escenas e ideas estéticas (Ediciones Asimétricas), donde trata de indagar, uniendo el pensamiento a la fuerza expresiva de las imágenes, qué ha supuesto la belleza para los filósofos más relevantes de la historia.
La belleza es ya casi un deber. ¿Qué ha pasado para que tengamos que reivindicarla tanto?
Diría que uno puede considerar la belleza un deber sólo si antes la ha vivido como un disfrute, es decir, si la ha hecho propia. Hoy en día existen quienes hablan de la necesidad de recuperar la belleza, e incluso hacen de ella una bandera; pero quizá no han tenido tantas experiencias de belleza en su propia vida. En cambio, creo que las personas que han logrado abrirse al misterio de la belleza —artistas, pero también gente más corriente— comprenden que no es propio de ella dar gritos ni imponer deberes, sino hablar con suavidad y atraer poco a poco hacia sí. No soy partidario de reivindicar la belleza como si fuese una causa en la que hay que militar; más bien, soy partidario de conversar sobre la belleza, pues ella misma tiene la capacidad de reunir a personas muy diferentes, de convocarlas y tender puentes entre ellas. Quizá nos hace falta conversar más sobre la belleza, sobre sus manifestaciones concretas en nuestra vida cotidiana.
¿Quién salvaguarda hoy la belleza? ¿Dónde se refugia?
La belleza es un concepto del que solemos recelar hoy en día, ya que pensamos que detrás de una imagen bella se esconde alguna forma de manipulación o alguna ideología que quiere seducirnos. Además, la triste historia del siglo XX nos ha hecho aún más escépticos de la belleza, pues, como decía Theodor Adorno, no es posible escribir poesía después de Auschwitz. Todo esto es, en gran parte, verdadero, pero sería una necedad dar la última palabra a lo feo, con todo lo que conlleva. Pienso que podemos empezar a recuperar la belleza cuando entendemos que esta es inseparable de la realidad y del bien. Hay un mundo ahí fuera, que es real, y que espera a ser descubierto por nosotros. Y en ese mundo hay muchas cosas hermosas, a veces eclipsadas por otras desagradables y más llamativas, y muchas personas buenas. Esta convicción salvaguarda la belleza, la hace posible. Cuando tratamos de mirar el mundo de esta manera —abierta, confiada y serena—, entonces aparece. Recomiendo, a este respecto, la película Perfect Days, de Wim Wenders. Habla de muchas cosas, pero, entre ellas, está la cuestión de redescubrir la belleza en nuestro día a día.
La estela del pensamiento platónico sobre la belleza es, como mucho, la más larga y fecunda de la historia de la filosofía…
Sí, la influencia de Platón es muy fuerte, aún en nuestro tiempo, y es en gran medida la causante de que hoy sigamos hablando de belleza. Para Platón, la belleza es el rostro del bien: percibimos que una realidad es buena cuando esta se nos muestra bellamente, cuando nos atrae con su belleza. Me parece una idea acertada, que nunca va a caducar. Cada año leo con los alumnos de Estética, del Grado en Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos, el Banquete de Platón, y cada año veo que es un texto lleno de fuerza, que encierra mucha verdad. Al mismo tiempo, creo que Platón tiene sus derivas peligrosas: entre otras, su ideal de belleza puede alejarnos de lo concreto y llevarnos a especulaciones desconectadas del mundo real; nos presenta, asimismo, un ideal de amor (el eros platónico) que pierde su dimensión relacional cuando alcanza los niveles superiores.
¿Qué argumentos, de cada filósofo de su libro, destacaría usted como determinantes?
En el libro aparecen unos cuantos filósofos, por lo que sería difícil que me detuviera en todos ellos. Destacaré cuatro, uno de cada época a las que aludo en el libro: de la Antigüedad destaco a Platón, ya mencionado. Este filósofo habla de eros, una forma de amor que desea engendrar en la belleza. La belleza crea belleza, por así decir. Cuando encontramos a una persona bella, en primer lugar, somos atraídos por su belleza física, pero hemos de darnos cuenta de que esa belleza, para ser real, ha de estar emparentada con el interior de esa persona. La belleza del alma, formada por las virtudes, nos invita a nosotros mismos a perseguir la virtud y a engendrar más virtudes en el alma de la otra persona. Eros, entendido rectamente, es para Platón la fuerza que logra esa armonía. De la época medieval destaco a san Agustín, quien habla mucho acerca de la belleza en sus Confesiones. En un tono bastante platónico, san Agustín dice que el encuentro con lo bello despierta en nosotros la memoria de nuestro origen; nos recuerda que nuestra vida es buena dado que proviene de un origen sumamente bueno, Dios. La memoria del corazón, del hombre interior que encuentra en su intimidad una belleza trascendente, es clave para recobrar la armonía perdida. Recomiendo a este respecto la película El árbol de la vida, de Terrence Malick, donde un personaje se reencuentra con Dios y consigo mismo a través de la memoria del corazón. De la edad moderna destaco a Kant, el filósofo que desarrolló la estética como disciplina filosófica. Me gusta especialmente la idea de que la experiencia de la belleza ha de ser desinteresada. Cuando tratamos de atrapar lo bello con conceptos o arrimarlo a nuestros intereses, enseguida desaparece. El desinterés es otra pieza clave para lograr la armonía de la belleza. Y, por último, del siglo XX destaco a Walter Benjamin, un pensador absolutamente original que nos previene frente al poder de la técnica en nuestras vidas, dado que puede empobrecerlas. Sus reflexiones en su ensayo sobre la obra de arte tienen hoy una enorme vigencia.
¿Hay enseñanza en la belleza?
Sí, la belleza no es estática, nos va enseñando cosas. Un cuadro bello, pongamos una de las naturalezas muertas de Giorgio Morandi, es algo vivo que nos dice cosas nuevas cada vez que lo vemos. Ahora bien, para que lo bello pueda enseñarnos algo hemos de disponernos a ello: pararnos, atender, dedicarle tiempo. En el Banquete, Platón nos dice que el camino de la belleza es un camino escalonado, por el que vamos apreciando poco a poco formas de belleza cada vez más perdurables y aprendemos a dejar atrás otras formas menos valiosas. Recorrer este camino supone una educación interior, que tiene una dimensión moral, en el sentido de apreciar lo mejor, además de estética. En la novela Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, una de mis favoritas, el protagonista dice que el verano que pasó en casa de su amigo Sebastian constituyó para él «una excelente educación estética». No se refiere sólo a las cúpulas barrocas del palacio donde vive Sebastian, o a los jardines que rodean la casa: hay algo más hondo, una educación —que se completa al final de la novela— sobre la aspiración a los bienes mejores.
Si echamos un vistazo a nuestras ciudades comprobamos que la arquitectura moderna parece que huye de la belleza. Igualmente, se amontonan los colores grises, negros, blancos de los automóviles… Nuestras vidas son así más aburridas y monótonas, ¿y menos bellas?
No sé, me resisto a dar una sentencia negativa sobre nuestra arquitectura, sobre los coches o sobre nuestra manera de vestir. Mi gusto es, hoy por hoy, bastante clásico, pero tengo amigos a los que reconozco un buen gusto estético y que aprecian muchos edificios contemporáneos o modas recientes. El problema no es de falta de gusto estético, sino de que algunos han renunciado a ejercerlo. Como decía el filósofo Roger Scruton, el gusto es algo que ejercitamos en nuestro día a día: qué ropa me pongo, cómo pongo la mesa, cómo me comporto con otras personas… Lo malo es pensar que ejercitar el gusto es un lujo que no nos podemos permitir, y que hemos de apostar por sólo lo funcional. Entonces llegan los edificios chapuceros, las maneras de vestir dejadas, el trato brusco o cortante con los otros. Los filósofos modernos, como David Hume o Edmund Burke, decían que el gusto conlleva finura de juicio y delicadeza moral. Estoy con ellos.
Cuando a Oscar Tusquets le preguntaron qué era la belleza explicó: «Ve usted una tetera muy bella, si derrama el té y te quemas… ¡pasa a ser fea!» Aquí lo bello incorpora lo funcional
A veces sí y otras no. Los objetos pueden ser funcionales y bellos al mismo tiempo. Hay una forma de belleza que no sólo no estorba a la función del objeto, sino que, además, lo hace más atractivo. Una taza bonita, una tetera, una libreta… La forma bella en los objetos cotidianos nos atrae, nos lleva a utilizarlos de otra manera; no sólo los usamos, también los contemplamos. Existen, por el contrario, objetos o edificios tan atados a su supuesta función que enseguida dejan de interesarnos y, por consiguiente, los arrinconamos y nos olvidamos. El hecho de otorgarles una forma bella, al tiempo que funcional, los hace perdurables. Frente a todo esto, he de decir que hay cosas absolutamente inútiles que son muy bellas: las obras de arte. Velázquez pintó Las meninas para servir a un encargo de la corte, sí, pero más allá de su funcionalidad propagandística este cuadro es valioso en sí mismo, es útil en la medida en que es inútil, como diría Nuccio Ordine en su famoso ensayo.
¿Existe belleza en los planes educativos? Definen las matemáticas como el lenguaje en el que Dios escribió el universo, pero hoy los planes de educación arrinconan las Humanidades olvidando nuestros orígenes clásicos, Grecia y Roma…
Totalmente de acuerdo, en este punto sí que me vuelvo un poco más militante. Soy profesor de universidad, y me da pena ver cómo las universidades se centran cada vez más en hablar de competencias, habilidades, objetivos, y otras palabras burocráticas que en gran parte entorpecen la idea de qué es una universidad. Además, las universidades prestigian carreras que tienen un aparente rédito profesional frente a otras que consideran menos provechosas. La universidad no es esto, al menos para mí: es el lugar de la conversación culta, de la lectura atenta, de los seminarios sobre textos que consideramos relevantes para nuestras vidas, de las amistades genuinas y el trato desinteresado entre profesores y alumnos. El cultivo de las Humanidades nos ayuda a todo esto: darnos cuenta de que hay saberes que son su propio fin, y que su mero aprendizaje es ya la recompensa, como decía John Henry Newman, es propio de la universidad en la que creo.
Y políticamente, ¿se puede hacer algo sobre la belleza, con esta zafiedad de la que hacen gala nuestros políticos actualmente?
La verdad, me da una pereza enorme la política de nuestro tiempo, al menos la que vemos en los medios de comunicación. Quizá es que los políticos que hacen gala de su zafiedad piensan que ejercitar el gusto estético es un lujo inasequible para ellos. Como he dicho antes, ejercitar el gusto no sólo conlleva vestir bien, sino hablar bien, comportarse decorosamente, reconocer la valía que merece la otra persona. De todas maneras, creo que la belleza es un terreno en el que deberían jugar las personas de a pie, no los políticos. La política, tal y como la percibimos hoy, se lleva más con la belleza y el desinterés que reclama.
La arruga es bella, y no me refiero al lema de Adolfo Domínguez, sino a que cada vez vivimos más años. Considero que hay mucha belleza en nuestros mayores: la sabiduría, el respeto… Sin embargo, son los grandes olvidados
Estoy totalmente de acuerdo con que la arruga es bella. En su libro Historia del arte, Gombrich pone frente a frente un retrato que hizo Rubens de su hijo pequeño y un retrato que hizo Durero de su anciana madre. ¿Es el segundo menos bello que el primero? La respuesta es no, pues esa mujer trasluce una belleza tal vez más interesante —más, profunda, por todo lo que ha vivido— que la del niño pequeño. Si entendemos la belleza como manifestación, a la manera de los clásicos, podemos comprender que las arrugas de un anciano, o la fealdad de un enfermo, nos revelan algo más profundo que no está en la belleza de una adolescente en Instagram. Este verano acudí al velatorio de un amigo que había fallecido a los setenta años por un cáncer: recuerdo que, cuando veía su rostro pálido, pensé que era muy bello. No porque fuera una persona físicamente bella, que no lo era, sino porque era alguien que había vivido mucho y, en concreto, había entregado su vida a los demás.
Y ahora sí, la moda. Vivimos toda una época de desaliñados y ropa rota. Una forma de expresión que chirría. ¿Existe la belleza en la fealdad?
No creo que exista belleza en la fealdad, pues son categorías opuestas. La fealdad es ausencia de belleza. Decimos que algo es feo cuando pensamos que ahí debería haber otra cosa, otras formas, pero no las hay. La estética de la fealdad está de moda en algunos ámbitos, es cierto, pero no creo que quiera presentarse a sí misma como bella, sino como condena de la belleza, es decir, como refutación de la posibilidad de que haya belleza en este mundo. Enseñar lo feo es como gritar de enfado o desesperación. No creo que las personas que apuesten por la fealdad quieran quedarse ahí, pero tal vez consideren más auténtico, incluso moralmente, apostar por lo feo. Estoy seguro de que esas personas reconocen la belleza de un atardecer o de un hermoso paisaje.
«Una belleza que no ha sufrido no convence al corazón», dice el poeta Jesús Montiel. ¿Existe una belleza en el dolor o en el fin de un amor, por ejemplo, que logre atenuarlo?
Si entramos en este tema, diría que la belleza no atenúa el dolor, pero sí le da un sentido. La frase de Jesús Montiel me gusta mucho, y creo que nos puede ayudar a entender que es posible reconocer la belleza en personas que están sufriendo. No porque nos recreemos en dicho sufrimiento, lo cual sería perverso, sino porque en esa situación también se nos revela la otra persona como quien es. La película Los destellos, de la cineasta zaragozana Pilar Palomero, nos habla de esto: una mujer empieza a cuidar a regañadientes de su exmarido, enfermo terminal, y poco a poco le redescubre; vuelve a quererle, aunque de otra manera. Él sigue siendo el mismo, incluso más deteriorado por la enfermedad, pero ella aprende a mirarle de otra forma, y a descubrir en él una belleza más profunda, que se ha hecho manifiesta en el trance de la enfermedad.
Cuando a Dalí le preguntaban que veía de nuevo en el arte siempre respondía: «Velázquez». Pues algo así me ocurre al echar una mirada a mi alrededor. Llámeme clásica, pero admiro esos estándares antes que esta degradación diaria…
Los pintores clásicos, por así decir, creían en una belleza que se expresaba en la composición, el uso de los colores, la perspectiva, las pinceladas, etc. Se trata de una forma de belleza innegable, que sigue despertando nuestra admiración. Sin embargo, nos podemos preguntar: ¿sería honesto querer pintar hoy como Velázquez o como Madrazo? No tengo una respuesta clara, pero me inclino por el no. El arte no es algo eterno e inmutable, sino una realidad histórica, que tiene que dialogar con su época, reconocer de algún modo los anhelos, los brillos y los abismos de su tiempo. Heidegger decía que el arte es el ámbito donde podemos redescubrir la verdad sobre lo que nos rodea: abre un espacio donde esa verdad puede acontecer al margen de manipulaciones o intereses. No podemos pintar o esculpir como si Duchamp no hubiera planteado su urinario, como si Bacon no hubiera pintado esos gritos o Chillida no hubiese trabajado el metal como lo hizo.
¿Sin la belleza qué nos estaríamos dejando por el camino?
Sin la belleza, este mundo dejaría de ser un lugar habitable, es decir, un hogar. Esta idea la explica muy bien Roger Scruton: reconocer la belleza de este mundo, a veces después de un cierto esfuerzo, nos lleva a habitar en él confiadamente, a disfrutarlo y a querer permanecer en él como si fuese una casa.
Hay un hilo común en el libro. «La belleza no es tanto plenitud como promesa y, en esta medida, es sinónimo de esperanza». ¿Podemos estar esperanzados?
Una vez más, esta idea no es mía, sino de dos autores: Rachel Carson y Josef Pieper. La primera, una bióloga estadounidense, escribió en sus últimos meses de vida, antes de morir por un cáncer, un librito titulado El sentido del asombro. En él viene a decir que aquellos que moran entre las bellezas de este mundo nunca estarán cansados o hastiados de la vida, sino que sentirán un renovado entusiasmo y alegría de vivir. Por otra parte, el filósofo Pieper dice que la belleza, cuando la captamos rectamente, no nos causa saciedad, sino más bien la provocación de una espera: nos dice que lo mejor está aún por llegar. Creo en estas dos afirmaciones. La belleza, decía antes, es la expresión del bien: cuando nos encontramos con algo bello, el recuerdo del bien es avivado en nosotros. Pasear por un bello paisaje, conversar con un buen amigo, contemplar un cuadro, rezar en la quietud de una iglesia, ver los rostros sonrientes de unos alumnos: estos momentos de belleza nos recuerdan que el mundo es bueno, y nos invitan a esperar bienes mayores.
(Fotografía de Cristina Cerero)