Patria verde

El origen del ecologismo español está en otro 68, no en el de las revueltas estudiantiles parisinas

Cabárceno, Cantabria. Agosto de 2025. La frase pasó desapercibida para el auditorio. Los niños siguieron aplaudiendo y mirando con admiración las águilas, los halcones y los búhos. Los padres continuaron grabando con sus móviles el espectáculo de cetrería. Pero a mí la frase de marras me hizo arrugar el morro. “Las primeras leyes de protección de las aves rapaces se aprobaron en los años sesenta”. La instructora lo dijo con ligereza, como si esas leyes hubieran caído del cielo. En otras secciones del parque, los defensores de los animales tenían nombre y apellidos. Jane Goodall incluso tenía una reproducción de la cabaña que habitó el tiempo que hizo su investigación sobre los gorilas.

Francisco Franco Bahamonde. Este era el inconfesable nombre del autor de las misteriosas leyes protectoras. Mediante una orden del Boletín Oficial del Estado de 23 de julio de 1966 quedaban protegidas en España absolutamente todas las rapaces nocturnas y diurnas. De esta manera, España se situaba en la vanguardia mundial del cuidado de estas especies. Esto supuso un punto de inflexión en un país en el que a los mamíferos depredadores se les seguía viendo como alimañas.

En el régimen de Franco acabaron tomando los mandos los tecnócratas y una legión de ingenieros de montes, canales y puertos. Pero por sus pasillos también correteaban un variado grupo de personajes que empezaban a desarrollar una especial sensibilidad por la protección de la naturaleza. Jaime Foxá era un camisa azul que apadrinó al joven Félix Rodríguez de la Fuente, oriundo de Poza de la Sal. Desde su jefatura del Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza, Foxá movió los hilos para que el cántabro visionario pudiera empezar a realizar su obra. Le consiguió el acceso a fuentes de financiación para sus proyectos e incluso le abrió las puertas de Televisión Española.

A través de sus programas de naturaleza se empezó a colar la conciencia ambiental en España. Rodríguez de la Fuente se dirigía a toda una nueva generación de españoles. Sus adversarios siempre le reprocharon que no se distanciara de los ambientes políticos y sociales de los que procedía. Es decir, le reprocharon que no renegara del mundo conservador y tradicional.

1968 es un año destacado para nuestro conservacionismo. Pero no por las revueltas pequeñoburguesas de París, sino por la creación de ADENA, la Asociación para la Defensa de la Naturaleza. Además de Foxá y Rodríguez de la Fuente, este proyecto lo impulsan algunos nombres destacados del régimen, la aristocracia o las finanzas.

Benigno Varillas, periodista y ambientalista de primera hora, desmonta el relato que quiere imponer la izquierda conforme el cual el ecologismo español nace al amparo del sesentayochismo. Este autor, vinculado desde sus inicios a la creación de la izquierda verde, realiza un formidable ejercicio de honestidad intelectual en su biografía de Rodríguez de la Fuente. Y, con ello, enmienda la plana a los historiadores oficiales:

“Algunos autores sitúan en las revueltas estudiantiles del 68 el origen del ecologismo. Uno, que vivió los años de la génesis de ese movimiento social, sin dudar de que a raíz de Mayo del 68 surgieron nuevos grupos que reivindicaban la vuelta a la naturaleza y el respeto al medio ambiente, no le queda más remedio que testimoniar que el germen del ecologismo hay que buscarlo en sectores vinculados al poder político, económico y social imperantes, como veremos más adelante. Entre ellos el programa Fauna. Lo que no quiere decir que, por venir del sistema, no fueran revolucionarios”.

En otras palabras, oh, sorpresa, el origen del ecologismo español hay que buscarlo en las estructuras del franquismo. Por eso, quienes relacionan el régimen solo con la inundación de pueblos y la construcción de presas ofrecen una visión intencionadamente sesgada.

Y no debemos olvidar que la defensa de la naturaleza no empieza con el “ecologismo”. Los antiguos amaban su tierra y no eran ecologistas. No necesitaban serlo. La “ecología” surge cuando el daño ya se ha consumado. Nace como una reacción a los excesos del desarrollo material.   

Mucho antes de la aparición del “ecologismo”, los españoles ya defendían su tierra y los valores vinculados a ella. La llegada de la modernidad tuvo sus contestatarios en el siglo XIX. Y no fueron precisamente de izquierdas. Por un lado, los pioneros del capitalismo estaban talando bosques, contaminando ríos a mansalva y emitiendo bonos para financiar las máquinas del Progreso. Por otro lado, los socialistas estaban organizando la revolución en las fábricas y en los sindicatos. Su masa social, el proletariado de las grandes ciudades, marchaba al paso de La Internacional para asaltar los cielos… o, al menos, para asaltar las máquinas del Progreso.

Quienes anticiparon con claridad la amenaza que esta revolución entrañaba para la forma de vida tradicional fueron los antimodernos.  

“En este momento se debatía la cuestión de las minas y del ferrocarril proyectado para extraer sus productos”, dice el asturiano Palacio Valdés en su novela La aldea perdida. “El asunto preocupaba hondamente a los labradores. Vagamente, todos sentían que una transformación inmensa, completa, se iba a operar pronto en Laviana. El mundo antiguo, un mundo silencioso y patriarcal que había durado miles de años, iba a terminar, y otro mundo, un mundo nuevo, ruidoso, industrial y traficante, se posesionaría de aquellas verdes praderas y de aquellas altas montañas”.

Pero, sin duda, el coloso de la protección de la naturaleza fue un montañés: José María de Pereda. La descripción amorosa de montes, mares y valles que encontramos en sus obras es una defensa del equilibrio entre el hombre y la tierra.

José María de Pereda

Pereda, profundamente arraigado a su Cantabria natal, utilizó el paisaje natural no solo como escenario, sino como símbolo moral y espiritual. En novelas como Peñas arriba o Sotileza, la naturaleza representa la pureza, el orden y la autenticidad de la vida rural, en contraste con la corrupción y el materialismo de la ciudad.

En Peñas arriba, un joven de ciudad que miraba por encima del hombro a los aldeanos, acaba descubriendo, desde lo alto de las montañas, que la belleza del paisaje le ensancha el alma. “Jamás había visto yo porción tan grande de mundo a mis pies, ni me había hallado tan cerca de su Creador, ni la contemplación de su obra me había causado tan hondas y placenteras impresiones.” Después de un tiempo viviendo en el medio rural, a su vuelta a la ciudad se encuentra muy a disgusto por las muchedumbres “y el ruido y la línea recta informándolo todo, en el suelo y la calle, en los muros paralelos y compactos de las casas enfiladas, en la piedra y en el hierro de las jaulas del vecindario”.

En España, la defensa de la naturaleza no empezó con la irrupción de las ONGs altermundistas. Los pioneros de esta causa han sido injustamente borrados de la historia. Nadie reivindica su legado. Sin embargo, esas voces olvidadas están esperando a que alguien las rescate y les dé coherencia. Es fácil imaginar un día en que los parques como Cabárceno rindan homenaje a sus héroes locales. Pero para ello, los bardos deben escribir antes el libro blanco de la patria

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