Pedro F. Barbadillo: «La resurrección del PSOE en los 70 no se entiende sin los servicios secretos del franquismo»

Una conversación sobre el cincuentenario de la muerte de Franco, la trayectoria del PSOE y las memorias de Juan Carlos I

Pedro Fernández Barbadillo y la editorial Homo Legens reeditan Eternamente Franco. Una edición especial con un nuevo capítulo y el epílogo de José Javier Esparza, que se suman al prólogo de Fernando Paz. A nadie escapa que, la figura de Francisco Franco, se ha convertido en una herramienta con fines políticos al regresar al centro de la política nacional de la mano del gobierno de Pedro Sánchez y el centenar de actos organizados para conmemorar el 50 aniversario de su muerte. Barbadillo, autor de Historia desconocida del Imperio español (Almuzara), Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español (Almuzara) o Los césares del Imperio americano (Homo Legens), entre otros, nos brinda Eternamente Franco, un libro escrito con la elocuencia de los hechos y la documentación existente, que conviene tener siempre a mano.

Con Vizcaíno Casas, Franco Al tercer año, resucitó. Ahora Sánchez retoma con fuerza su figura, ¿cuántas resurrecciones puede soportar un cuerpo? Imagino a Franco parafraseando a Guerra: «A España no la conoce ni la madre que la parió».

Si Franco se levantase de la tumba y pasease por España, primero tendría que esquivar a los rojos para evitar que le secuestrasen y le llevasen a televisión, a fin de seguir asustando a las abuelitas y la Academia del Cine. Después, una vez libre, se subiría al metro y se preguntaría qué ha ocurrido con los españoles, entre tanto americano, paquistaní y mora velada. Se preguntaría si estaba en Aluche o en Nador. Aparte de la sorpresa por inventos tecnológicos, como los móviles y los coches eléctricos, no concebiría que hubiera familias compartiendo habitaciones en un mismo piso, como en la Unión Soviética. Se llevaría las manos a la cabeza por el cierre de iglesias y su sustitución por mezquitas y templos protestantes. Y si fuese al Ferrol, en tren de alta velocidad, eso sí, le asombrarían la extinción de la industria y la mengua de la Armada. En cambio, le satisfaría que los periódicos tuvieran todos la misma línea editorial, con idénticas noticias y fotos, como en sus tiempos, hasta que al hojear el ABC y La Vanguardia descubriese que ponen a caldo al presidente de Estados Unidos y riñen a un cura por negarse a ‘casar’ a dos homosexuales. Y para terminar le sorprenderían el enriquecimiento de tantos socialistas después de pasar por el gobierno, así como la mansedumbre de los españoles, en comparación con las manifestaciones que había en los ambientes universitarios y las minas en los años 70.

Espero que Pedro Sánchez le llamara para ser uno de los asesores en este Año Franco ¡Ya va por la 10º edición! ¿Qué tiene Franco que llega a superventas? ¡Va a vender usted más que el premio Planeta!

Querida Nieves, si yo vendiese tanto como el premio Planeta en sus años cimeros, haríamos esta entrevista en un asador, invitada usted por mí. Por cierto, ¿sabe que quien instauró el Premio Planeta, José Manuel Lara, el principal editor español del siglo XX, fue combatiente del bando nacional? Quizás haya que suprimirlo para cumplir con la memoria histórica.

En el mundo están ocurriendo la guerra de Ucrania y el choque entre Rusia y China con el bloque anglosajón; la inmigración y el reemplazo demográfico en Europa; el hundimiento del Estado de Bienestar; el empobrecimiento de la clase media; la reducción de la libertad por obra de los medios digitales de que dispone el poder; el control de la Unión Europea por una oligarquía no electa… Y en España, por voluntad de nuestros caciques, estamos, como tantas veces ha pasado desde mediados del siglo XIX, ausentes de estos debates que nos afectan. La oferta del Estado cultural español a sus súbditos ha sido más dosis de la misma medicina que nos administra una y otra vez: 2025 Año Franco. La España que se ha creado en estos cincuenta años es como un inmenso edificio en ruinas que ahora empieza a desmoronarse y por el que circula un fantasma, el de Franco, al que se le atribuían todas las grietas, las goteras, las humedades y hasta los malos olores. Para los jóvenes (y se es joven hasta los cuarenta años, cuando uno se va de casa de sus padres), la figura del caudillo ya no da miedo, sino que tiene el atractivo de lo prohibido. Además, arremeten contra él personajes que se han convertido en detestados, desde Zapatero a Almodóvar. Las charos están tan decrépitas y desfasadas como lo estaban en la década de los 70 los viejos falangistas que hicieron la guerra. ¡Aunque al menos éstos se jugaron la vida por sus ideales!

Ya sabemos, por su expresión, que Feijóo no lo va a leer. Me refiero a cuando le ofrecieron de regalo un ejemplar y decidió rechazarlo. El «tema Franco» está revelando comportamientos de todos: unos por su, parece, querencia, y otros por su complejo…

Feijóo confirmó con ese gesto el complejo de la derecha española ante la izquierda. Ésta puede reivindicar a sus asesinos, a sus terroristas y a sus ladrones. Nunca se arrepiente de nada, en parte porque el otro bando (sí, hay bandos, aunque no nos guste) no se lo reprocha ni financia películas sobre ellos. El aparato de propaganda progre puede fabular mentiras infames como la trama de los niños robados, a la que dedico un capítulo en mi libro, y luego, cuando se prueba que no existió, la prensa que lee la derecha pero no es de derechas sigue entrevistando a los profesionales del timo. Si entramos en el juego de que sólo lo democrático es bueno y aceptable y por tanto la derecha debe avergonzarse del franquismo, la izquierda española tiene en su debe los asesinatos de cuatro presidentes de gobierno, infinidad de atentados y matanzas, varios golpes de estado y huelgas revolucionarias, las chekas, la formación de bandas terroristas como ETA, el FRAP, los GRAPO… El español más cobarde del siglo XX fue el socialista Indalecio Prieto, que huyó tres veces en poco más de veinte años para evitar ser juzgado por sus actos, y encima le arrebató a un camarada suyo, Juan Negrín, el botín que éste había robado a miles de españoles. Pues este individuo tiene estatua en Madrid, calles en Sevilla, La Coruña y Palma y nombra la estación de ferrocarril de Bilbao. Cuando la derecha, hasta ahora representada por el PP, ha llegado al gobierno, ha aceptado todos los cambios de fondo, los culturales, impuestos por la izquierda. Es como jugar un partido amañado y sabiendo que está trucado, sin que te importe, porque al final siempre hay un título para el segundo, siquiera el de subcampeón, y una bolsa.

Va a ser cierto aquello de que el silencio es el atributo del poderoso. Y eso que decían que el franquismo murió con el generalísimo… Precisamente, usted comienza con «enterremos a Franco de una vez», que hay asuntos más importantes que tratar hoy en día. La razón de este libro es oponerse a la mentira antifranquista y la gente quiere saber la verdad

El Régimen del 78 se ha asentado sobre un cimiento de mentiras. Es una constante en la era de las ideologías y más cuando se viven cambios políticos radicales. Por ejemplo, la Francia posterior a 1945 se asienta sobre la mentira de la resistance: todos los franceses, incluido Jean Paul Sartre, se opuso a los alemanes, salvo una minoría de fachas, a la que se persiguió como a chivos expiatorios. En la España posfranquista la mentira madre, constitutiva, es la de que el pueblo sufrió sometido a una tiranía atroz formada por un solo hombre, el cual, encima, era un cretino. Hasta Adolfo Suárez, que fue ministro-secretario general del partido único franquista, pretendió hacerse pasar por resistente. Se definió como socialdemócrata ante su amigo Alfonso Osorio y, luego, con su tercer partido, el CDS, se hizo liberal.  Otro tanto se puede decir de Juan Carlos, que apuñaló a su padre, Juan de Borbón, a su mentor, Francisco Franco, a su eminencia gris, Torcuato Fernández-Miranda, y a su cómplice, Adolfo Suárez.

De esa gran mentira cuelgan otras más pequeñas, como la que inventó el comunista anti-español Manuel Vázquez Montalbán de que el Barça era «el ejército desarmado» de Cataluña. ¡El equipo cuya junta entregó dos medallas de oro a Franco! Por cierto, también afirmó que Jordi Pujol era un hombre honradísimo. Menudo regalo hizo este rojo a los burgueses catalanes. Ir al Camp Nou a abuchear al Real Madrid daba salvoconducto de antifranquista. Otra, que los vascos fueron oprimidos, cuando las tres provincias vascas tenían las mayores rentas per cápita de España. Y, por supuesto, el 23-F. Hasta los propagandistas que han asegurado durante años que fue «un golpe ultraderechista que pretendía devolvernos a la España en blanco y negro» ahora reconocen que estaba implicado el rey… ¡y hasta el PSOE!

Y las mentiras tienen las piernas cortas…

Sobre todo cuando las generaciones que las han elaborado envejecen, se retiran y dan paso a otras nuevas que no se sienten vinculadas a la farsa anterior, porque es falsa y, además, no obtienen nada de ella. Una vez cumplida la democratización (bueno, la constitución del Estado de partidos, con las autonomías, para que el robo alcance a todos) y la adhesión a las Comunidades Europeas, el Régimen del 78 ha tratado de legitimarse mediante la prosperidad y el hedonismo. Cuando la prosperidad ha desaparecido, a partir de 2008, y el hedonismo cansa, muchos españoles han empezado a preguntarse cómo se ha llegado a la decadencia actual… y la reacción consiste en acercarse al villano oficial designado por el régimen, al que se quiere condenar a la execración absoluta. «Si estos canallas que nos impusieron las mascarillas para hacerse ricos, odian a Franco, voy a enterarme de quién era, de verdad, este gallego del que la abuela habla bien. » Y de aquí el interés por mi libro y los de otros historiadores disidentes.

Ya sabemos cómo quedará Sánchez para la historia, pero ¿cómo diría que permanece la figura de Franco?

Le aviso de que si me ocurre algo por contestarle a pregunta tan peligrosa, le atribuiré toda la culpa. Dijo don Mendo, el personaje creado por Muñoz Seca (asesinado por los sicarios del Frente Popular en Paracuellos del Jarama en 1936, por cierto), «fue el maldito cariñena el que se apoderó de mí». En mi caso, será usted ese cariñena; bueno, más bien Dom Pérignon.

Enumeremos datos objetivos. Franco fue un militar profesional, patriota y católico que es el último de los personajes de la época en sublevarse contra la República. Venció en una guerra civil que tenía perdida en los primeros días, en parte por la incompetencia de sus adversarios. Detuvo el genocidio de los católicos por las izquierdas, algunas de ellas obedientes a Stalin. Salvó a España de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. Cumplió la modernización pendiente del país y sacó al pueblo del atraso social y económico. Y, por último, dejó como sucesor a un príncipe que, durante mucho tiempo fue considerado como el español más grande de la historia. Al morir, además, se le despidió con homenajes multitudinarios y hasta un minuto de silencio en la Asamblea General de la ONU. Franco, como dice el profesor Stanley Payne, «fue el dictador más exitoso del siglo XX y el menos dictador de todos ellos».

Otro anuncio de Sánchez: «Vamos a publicar en el BOE el catálogo de símbolos franquistas para que sean retirados de nuestras calles». Es decir, gracias a esto la gente va a conocer que lo que importó a Franco, finalmente, fue un desarrollo social: desde la construcción de viviendas sociales, hospitales como La Paz, la paga extraordinaria…

Cuando el PSOE accede al Gobierno en 1982, se encuentra con que todo su programa social para la clase trabajadora (sanidad, pensiones de accidentes y jubilación, vivienda en propiedad, educación, acceso a la universidad y la formación profesional…) lo ha realizado esa especie de socialismo de cuartel que fue el franquismo. Lo que la izquierda no le perdona a Franco, aparte de que le impidiera robar fondos públicos durante cuarenta años, es que instaurase un régimen confesional católico. De este último pecado, tampoco le absuelven las logias y, sorprendentemente, la Iglesia. La jerarquía posterior al Concilio Vaticano II decidió rendirse al mundo (uno de los enemigos del alma), abjurar de su doctrina y traicionar a sus hijos más fieles. En el asunto del Valle de los Caídos, donde hay enterrados docenas de mártires, los obispos y Roma se están portando como miserables. Puesto que la partitocracia está destruyendo sin pausa la clase media, el Estado de Bienestar y la unidad nacional, la única obra franquista que, a los cincuenta años de su instauración, sobrevive más o menos incólume, es la Corona. Pero los Borbones españoles, como saben los historiadores, tienen la costumbre de ser exigentes con sus partidarios y compinches con sus enemigos. Por eso acaban en el exilio… o regresan de él.

José Antonio Griñán en sus memorias decía: «Me hubiera gustado escribir que los españoles conquistamos las libertades derrotando a Franco. Pero no fue así». Vemos que siguen muy confusos. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica exige al Gobierno que retire el nombre de Juan Carlos de Borbón de edificios y calles por la ley de Memoria Democrática ya que, para ellos, es «dirigente del franquismo». A este paso voy a tener que esconder su libro en el bote de las lentejas en la cocina…

No me imagino a Griñán y demás socialistas del ‘clan de la tortilla’ jugándose la vida en una barricada, ni emboscado en el monte, llevando la pistola de su padre Octaviano, oficial del Ejército que sirvió a Franco en el Pardo. Los señoritos como él esperaban que cayese el régimen preparando notarías. Los calabozos eran para los obreros. Todo lo que le está ocurriendo a Juan Carlos de Borbón en sus últimos años de vida, desde el desprestigio al destierro, es, para mí, una prueba de la existencia de Dios. La izquierda española (y los separatistas) se lo debe absolutamente todo: la entrega del poder político, la superioridad moral, la castración de la derecha, el desmantelamiento de las murallas que antes se le opusieron (el Ejército y la Iglesia), la legitimación de la corrupción y la hipocresía, en las que Juan Carlos ha sido maestro y director… ¡Y cómo se lo está pagando! Humillación tras humillación. Sánchez, jefe de gobierno, ha anulado varios actos que realizó Juan Carlos como jefe de estado al principio de su reinado, como el entierro de Franco en el Valle de los Caídos y la concesión de títulos nobiliarios a la viuda y la hija de su protector. Mi consejo a su hijo es que debería aprender de lo que le está pasando a su padre, pero, como dice la cita, los Borbones no aprenden nada. Y encima se rodean de unos consejeros nefastos.

Uno de sus capítulos habla sobre el origen franquista del PSOE

La resurrección del PSOE en los años 70 no se entiende sin la intervención de los servicios secretos del franquismo, (¡qué sagacidad la de esos militares!), de la CIA de Estados Unidos y de algunos socialistas europeos, asustados todos por la Revolución de los Claveles en Portugal y el crecimiento del PC en Italia. Estábamos en la Guerra Fría y Moscú era el enemigo. El designio común consistía en impedir que en el Mediterráneo, y en concreto en el estrecho de Gibraltar, el cuello de botella entre la potencia anglosajona y Oriente Próximo, surgiese otro gobierno de extrema izquierda. Y para bloquear al PCE, que era la única oposición al franquismo, incluso violenta, se recuperó al PSOE. El SECED franquista y los socialistas europeos movieron las fichas (y las maletas de dinero) para que la generación joven de los Felipe González, Alfonso Guerra y Miguel Boyer sustituyese a Llopis y las demás momias.

A la victoria del PSOE contribuyeron también los propios comunistas, dirigidos por reliquias siniestras como Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri. A ésta la colocaron en cabeza de la lista por Asturias… y quedó cuarta, tras el PSOE, la UCD y Alianza Popular. Contra la leyenda rosa elaborada por la universidad y la prensa, la transición se fraguó en despachos y reservados de restaurantes, no en manifestaciones en las calles, igual que la caída del franquismo se debió a la tromboflebitis y no a la movilización de un pueblo ansioso de libertad.

Juan Carlos I acaba de publicar sus memorias. Sobre Franco dice: «Estaba sentado a su lado, en su cama del hospital. Me tomó la mano y me dijo, como en un último suspiro: «Alteza, sólo le pido una cosa: mantenga la unidad del país». Después de leer esto, veo más acertado acudir a las memorias de Gonzalo Fernández de la Mora, Río arriba (Planeta, 1995), y las declaraciones en ellas de Fernández Miranda: «El día en que haya un gabinete socialista apoyado por socialistas y nacionalistas…»

Podemos fijar el inicio de la transición en julio de 1969, cuando Franco propone a las Cortes la designación de Juan Carlos de Borbón como su sucesor  y al que concede el título de príncipe de España. Desde ese momento, una multitud ronda al heredero: los monárquicos inteligentes que querían la recuperación de la institución; los banqueros y empresarios que buscaban la continuidad de sus negocios; los falangistas y franquistas que querían seguir gobernando o, al menos, la supervivencia de los elementos más queridos del régimen –Franco cambia el Gobierno unos meses después con la finalidad de que éste vaya preparando al país para la sucesión–; y el aliado más importante del franquismo, Estados Unidos. Juan Carlos y Sofía viajaron a EEUU varias veces antes de ser reyes y se reunieron con Kennedy y Nixon en la Casa Blanca. Y La Zarzuela se abrió a los embajadores norteamericanos. Las injerencias que en el siglo XIX cometían las embajadas de Londres y París en los gobiernos liberales españoles, ahora las realiza solo la de Washington. Henry Kissinger se convirtió en asesor de Juan Carlos, como sabemos por los cables desclasificados.

Y se habla de trato…

El trato entre EEUU y la Corona fue, más o menos, que Juan Carlos recibiría el apoyo de Washington, como pasó con la refundación del PSOE, a cambio de convertir a España en un aliado sumiso. Dos de las consecuencias fueron el abandono del Sáhara y el ingreso en la OTAN. Y otro de los acuerdos con que empezó esa partida de tahúres fue el desmantelamiento del franquismo, gracias a los amplios poderes que tenía Juan Carlos I, junto con la unción que le dio Franco en su testamento. Torcuato Fernández-Miranda, alférez provisional en la guerra, catedrático y vicepresidente del Gobierno de Carrero Blanco, elaboró un plan que, como le reveló a Gonzalo Fernández la Mora, consistía en asentar la Monarquía «incorporando a todos sus enemigos declarados, que son los herederos de la Segunda República». De esa manera, «el día en que haya un gobierno socialista apoyado por nacionalistas, don Juan Carlos tendrá una corona asegurada» y, añadió Fernández-Miranda con maquiavelismo de guardarropa, «los sacrificados, ¿cómo van a hacerse republicanos? Es imposible».

Pues Juan Carlos tuvo ese gobierno socialista respaldado por los nacionalistas catalanes de Jordi Pujol, Don 3%, y vive en el destierro. A la vez, la derecha (usemos el término para definir a los excluidos del sistema, no a los privilegiados), a la que se incorporan esos jóvenes que fueron a Valencia para limpiar barro o que acuden al Valle, cada vez siente más desapego a la Corona. Como ocurrió en la Restauración, el traje cortado por unos políticos y unos cortesanos para un pueblo, es decir, el sistema político, se está rompiendo, porque ya se ha dado de sí. A los cincuenta años de la muerte de Franco, el relato del poder se ha desvanecido.

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