Pedro Sánchez y la España enganchada al «indie»

¿Qué implicaciones tiene disfrutar este estilo musical melancólico y narcisista, nacido en los noventa?

Nuestro noviembre pop estuvo marcado por la visita de Pedro Sánchez a Radio 3, la emisora que definió el ‘buen gusto’ musical en los años noventa. Más que promocionar este canal de radio pública, parece que se estuviera promocionando él, su conexión con ‘los jóvenes’ y con la cultura cool, haciéndose fotos con los locutores y comentando la devoción compartida por Rosalía, pero también por otros artistas minoritarios como Sharon Van Etten y Destroyer (antes lo  hizo con Cala Vento, Vera Fauna y Judeline, entre otros). La excursión tiene algo de espejismo, ya que Radio 3 y el indie no tienen en realidad una audiencia veinteañera, sino de cuarentones y cincuentones. También parece una visita al búnker, un respiro después de  que la juventud musiquera española se haya pasado el verano gritando “Pedro Sánchez, hijo de puta” en macroconciertos y festivales. La pregunta relevante creo que es la siguiente: ¿qué tiene la música indie para hacer creer al PSOE que puede mejorar su imagen en un contexto de corrupción, crisis de la vivienda y empobrecimiento general del país?

Hace unos diez años, escribí un manifiesto contra esta escena cultural a la que yo había pertenecido, un texto corto y provocador titulado Indies, hípsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing). Un dato relevante que descubrí mirando Google Trends es que el interés por el término ‘hípster’ —un ‘moderno’, para entendernos— crece de manera significativa después de la crisis financiera e inmobiliaria de 2008. La interpretación no es complicada de hacer: una clase media en fase de desintegración se agarra a sus gustos culturales presuntamente exquisitos porque no tiene un estatus material que le distinga de las clases populares. Cuando un indie menosprecia a superventas como Camela, Pitbull o Juan Magán en realidad está marcando distancias con una España plebeya a la que nunca quiso pertenecer (aunque pertenezca).

Este mecanismo lo describió con detalle el brillante sociólogo Pierre Bordieu en su ensayo clásico La distinción: criterio y bases sociales del gusto (Taurus, 1991). Uno de los ejemplos que solía utilizar es que si un encuestador entrevista a un francés sobre sus gustos musicales, el encuestado prefiere decir que disfruta los valses —por la conexión de Strauss con la música culta— antes que admitir que prefiere las canciones populares de los programas de variedades de televisión. No es solo el placer musical, también cuenta el estatus cultural. El indie es solamente música pop, pero mucha gente lo prefiere —yo mismo, durante muchos años— por la sensación de “calidad” y “vanguardia” que le confiere el uso de recursos como la distorsión guitarrera, las letras depresivas o copiar a los grupos de moda en Brooklyn. Hablamos de un género donde ser antipático, pretencioso y/o adicto a la heroína se considera señal indiscutible de inteligencia, desde Lou Reed a Los Planetas. Es demencial, lo sé, pero así funciona la cosa. Sin negar que haya importantes dosis de talento en esta escena musical, demasiadas veces estamos ante la pedantería hecha estribillo.

Cuando estaba escribiendo mi panfleto contra el indie, tuve una sensación de urgencia porque intuía que era una cultura a punto de desintegrarse. Sin duda estaba en decadencia, pero hoy sigue siendo mucho más central de lo que imaginamos: es omnipresente en la ambientación de los contenidos de Movistar+, en la lógica de los programas de El Terrat y en los hilos musicales de tiendas de ropa de bajo coste como H&M y otras franquicias cuquis de centros comerciales. El programa Cachitos de hierro y cromo, con su contenido entre musical y humorístico, es fruto de la mirada indie, la de quien decide sus fobias musicales a base de chistecitos rápidos rebosantes de  condescendencia, descartando a Los Chunguitos por una camisa con chorreras y a Juan Gabriel por hacer canciones a la Virgen del Rocío, en vez de valorarles por sus méritos musicales. En el fondo, lo peor de esa mirada es que te contagia una arrogancia cultural injustificada que te impide disfrutar de la música de manera natural.

Se supone que el indie es una subcultura, como el punk o el hippismo, pero realmente no es así. Engancharte a Jefferson Airplane te daba una puerta de entrada a espacios alternativos: LSD, comunas, manifestaciones masivas contra la guerra de Vietnam… Del mismo modo, hacerte una cresta y escuchar a los Sex Pistols te acercaba a las casas okupadas, las emisoras alternativas y los fanzines nihilistas. El indie de los noventa parecía otro paso en la misma dirección, pero solo te llevaba a las carísimas tiendas de discos de importación, a festivales hiperpatrocinados y a encontrarte a Andrea Levy (Partido Popular) en dos de cada tres conciertos.

 El estilo que analizamos tiene una conexión muy especial con los pijazos de todo el planeta. Lo demuestra, por ejemplo, la creciente adicción de la reina Letizia; también los romances de Kate Moss con Pete Doherty y el cantante de The Kills; y, sobre todo, lo vemos en ese Foro de Davos del pop que es el festival de Coachella, que se celebra cada primavera en  Indio (California) y es el rompeolas de todos los influencers e iconos millonarios trendy. Las llamadas ‘revistas de tendencias’, que dominaron por completo los dosmiles y los dosmildieces, nos mostraron la facilidad con la que los estilistas colonizaron a los artistas en este género, algo imposible en el hippismo y más aún en el punk, estilo este último saturado de feos. El indie trajo grupos como The Strokes, una boy band pijipunky formada en un internado suizo por hijos de superventas pop y dueños de agencias de supermodelos de los noventa.

Hablemos claro: estamos ante un estilo profundamente antiespañol, el de chavales de clase media desconectados de su legado cultural, que actúan como si una canción mediocre sobre Sheffield fuera siempre más interesante que cualquier cosa compuesta en Sevilla (exagero, pero poco). Hubo unos años sonrojantes, en los noventa y primeros dosmiles, en los que los grupos indie se expresaban en inglés, un inglés macarrónico y limitado, que rimaba todo el rato “sad” con “mad” y “love” con “above”. Nuestros padres, en sus chalés adosados, estaban felices de vernos tan europeos. Australian Blonde, los superventas del “Chup chup”, tuvieron la valentía de admitir en una entrevista que sus letras no decían nada porque nuestra generación no había tenido una guerra, ni pasado hambre, lo peor que podía ocurrirnos era que te rechazase la chica que te gustaba. De eso y de ver demasiada tele van la mayoría de las canciones.

Dedicaré un párrafo a las drogas. El antropólogo Iñaki Domínguez escribió un libro muy recomendable titulado Sociología del moderneo (Melusina, 2017), donde explica que el MDMA funcionó como una muleta para nuestro narcisismo: criados entre algodones, no podíamos tolerar un rechazo, ni un fracaso, ni la humillación de ser becarios hasta los treinta, por eso resultaba tan atractiva esa noche de chupaditas de dedo que reforzaban al máximo la seguridad en ti mismo y te reconciliaban con el mundo. Además, de propina, convertía en soportables los altos precios, las aglomeraciones y el mal sonido de nuestros festivales de verano.

La visita de Pedro Sánchez a Radio 3 tiene más lecturas posibles. Por ejemplo, la de la foto que se hizo al despedirse con un grupo de locutores. Alrededor del presidente posaban un cuarenta universitarios blancos, con pinta de no haber pisado un bar de barrio en varias décadas, sesenta por ciento hombres y cuarenta por ciento mujeres (que es la distribución de género exacta de la emisora, incumpliendo una ley orgánica de Zapatero de marzo de 2007). El progresismo da una brasa tremenda con la diversidad, pero es una ideología con un público homogéneo, casi todos normativos y occidentales. Radio 3 ha sido el mejor reflejo de las estafas socioculturales del PSOE, que en su mayor parte consisten en ofrecer un barniz moderno para sentirte por encima de los problemas sociales del país. En 2025, compartes casa a los cuarenta y no puedes permitirte tener hijos, pero votas a un candidato guapo y modernito porque igual te lo podrías encontrar en un concierto de Viva Suecia o Arde Bogotá.

El artista que mejor encarna el nexo ‘sociata’ entre la Movida y el indie es Rodrigo Cuevas, treintañero asturiano neorrural que factura un electrofolk con toques de cabaret y verbena. El gobierno le concedió en 2023 el Premio Nacional de Músicas Actuales, dotado con 30.000 euros y gran atención mediática, que recuerda a los concejales cool a quién contratar en fiestas. En la motivación del jurado, se destacaba su «defensa de la diversidad», obviamente la diversidad sexual del colectivo LGTBIQ+. Es complicado encontrar a alguien que sepa decirte una o dos canciones del artista, pero pocos como Cuevas o el Niño de Elche representan esa renovación cosmética de la música popular basada en toques electrónicos y guiños archisabidos a la modernidad. Son una especie de vanguardia kitsch, homoseductora y plurinacional, a medida de cameos en melodramas de Almodóvar. Escuchar artistas así otorga una certificado instantáneo de modernidad.

La parte del kitsch no es broma: Rodrigo Cuevas protagonizó una campaña de perlas Majorica, las favoritas de las señoras de clase trabajadora para sentirse un poco élite. No podrían haber escogido mejor modelo. El indie tiene mucho de ingenuidad, de autoengaño y de disfraz de sofisticación para públicos que no lo eran (éramos) en absoluto. De algún modo inexplicable, y cada vez con peores canciones, la cosa sigue funcionando.

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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