¿Por qué Francia se ha convertido en colonia de sus colonias?

Para simplemente no morir, África debe volver a ser africana y, para ello, empezar por reivindicar su africanidad. Antes de ser “francófonos” o “anglófonos” e incluso, en gran medida, “cristianos” o “musulmanes”

Nacido en 1946 en Meknes, entonces protectorado francés de Marruecos, Bernard Lugan es uno de los últimos grandes historiadores africanistas del país galo. Impartió clases entre 1972 y 1983 en la Universidad Nacional de Ruanda y, posteriormente, entre 1984 y 2009 en la Universidad de Lyon III. Profesor en la Escuela de Guerra y en la Escuela Especial Militar (ESM) de Saint-Cyr Coëtquidan, impartió conferencias en el Instituto de Altos Estudios de Defensa Nacional y, con el paso de los años, se ganó la reputación del africanista más apreciado por los oficiales del ejército francés. Experto del TPIR (Tribunal Penal Internacional para Ruanda, órgano creado por el Consejo de Seguridad de la ONU), ha publicado en francés una cuarentena de importantes obras históricas, entre las que se encuentran: Historia de Argelia, Historia de Marruecos, Historia de Egipto, El Sáhara Occidental, Historia de Sudáfrica, Las guerras de África, Historia del norte de África, Historia de Libia, Historia del Sahel, Ruanda, un genocidio en cuestión, Historia de África, Esclavitud: historia en su lugar, Historia de los bereberes y Cómo Francia se convirtió en la colonia de sus colonias. Bernard Lugan es además fundador y principal animador del blog L’Afrique Réelle (El África real). Su espíritu independiente y no-conformista y la calidad de sus numerosas obras, rigurosamente documentadas y con fuentes contrastadas, le han valido el odio tenaz de los islamoizquierdistas y de todos los “progresistas” adeptos al arrepentimiento colonial.

AI: Para los anticolonialistas de ayer y los «decoloniales» de hoy, debemos reconocer nuestra culpa y expiar el pecado capital de la colonización. Ninguna de las grandes potencias colonizadoras europeas de antaño escapa al oprobio (Francia, España, Reino Unido, Países Bajos…). Así, en Francia, una de las grandes ideas preconcebidas es que saqueó las colonias y se desarrolló a su costa. Después de la Segunda Guerra Mundial, habría traído inmigrantes de las colonias para asegurar la reconstrucción del país. El imperio colonial francés se habría construido, en definitiva, con sangre y violencia; según el presidente woke y globalista Emmanuel Macron, la conquista colonial habría sido “un crimen contra la humanidad”. Según los más exaltados, el colonialismo habría anticipado nada menos que la experiencia nazi. Usted se opone a este relato de ideólogos extremistas. Por el contrario, considera que la colonización no fue más que un paréntesis en la historia del continente africano, un breve periodo de paz beneficioso, y además demuestra que ha perjudicado más a Francia de lo que le ha aportado. ¿Cuáles son sus argumentos?

Bernard Lugan: Para que todo quede claro, solo hablaré aquí del África subsahariana, ya que la problemática del norte de África es totalmente diferente y la he tratado ampliamente en mi voluminosa Historia del norte de África, así como en mis monografías dedicadas a Egipto, Libia, Argelia y Marruecos.

La vulgata histórica oficial afirma que África está subdesarrollada por tres grandes razones:

Primero, la trata de esclavos la habría vaciado de su esencia.

Segundo, Europa habría construido su revolución industrial sobre sus beneficios.

Tercero, la colonización habría saqueado posteriormente el continente.

África sería, por tanto, víctima del mundo blanco, que estaría condenado a redimir sus supuestos crímenes pasados. Sobre estos tres postulados se basa el paradigma de la culpa europea. Sin embargo, son falsos, como demuestro ampliamente en dos de mis libros, Histoire de l’Afrique (Historia de África) y Colonisation, histoire à l’endroit (Colonización, la historia en su lugar). Pero eso no es lo esencial. Lo más importante es que estos postulados ocultan las verdaderas rupturas históricas continentales que son, en realidad, el origen de los problemas actuales de África. Sin embargo, el binomio culpabilización-victimización impide tenerlas en cuenta.

Tomemos el ejemplo de la esclavitud, que no fue introducida en el continente africano por los europeos. En cuanto a la trata, solo fue posible porque los negros capturaban a otros negros. La trata estaba organizada por Estados esclavistas costeros y era una fuente considerable de beneficios y poder para aquellos africanos que eran socios y proveedores de los negreros europeos. En cuanto a la trata árabe-musulmana, que se cobró un número colosal de víctimas, se minimiza sistemáticamente o incluso se silencia.

Otro ejemplo, contrariamente a lo que se repite constantemente, la revolución industrial europea no se llevó a cabo gracias a los beneficios de la trata, que solo constituyó una parte ínfima del comercio marítimo atlántico. Así, en el siglo XVIII, época del apogeo del comercio colonial británico, los barcos negreros representaban menos del 1,5 % de toda la flota comercial inglesa. En cuanto a los beneficios obtenidos del comercio de esclavos, estos representaban menos del 1 % de todas las inversiones relacionadas con la revolución industrial británica.

Por otra parte, si los beneficios de la trata fueron el origen de la revolución industrial, ¿cómo se explica que, a finales del siglo XVIII, cuando el comercio colonial francés era superior en volumen al inglés, Francia, a diferencia de Inglaterra, no hiciera su revolución industrial? ¿Por qué la revolución industrial francesa se produjo mucho más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, tras la abolición de la esclavitud? ¿Por qué esta revolución industrial se produjo en el este, especialmente en Lorena, en la región de Lyon y en el norte, y no en Burdeos o La Rochelle, puertos negreros del siglo anterior? Y, por último, ¿qué decir de la industrialización de Alemania, Suecia, Checoslovaquia, etc., países que no participaron (o lo hicieron de forma más que anecdótica) en el comercio de esclavos?

En cuanto al supuesto “saqueo colonial”, gracias a los trabajos de la escuela de Cambridge en Gran Bretaña y de Jacques Marseille y Daniel Lefeuvre en Francia, sabemos que se trata, una vez más, de una idea preconcebida con base ideológica. El caso francés es incluso emblemático, ya que, lejos de haber explotado y saqueado con su Imperio, Francia se arruinó en él. En efecto, como el capital privado se negaba a invertir en empresas coloniales no rentables, el Estado se vio obligado a sustituirlo. Para Francia, la factura fue elevada, ya que la explotación del Imperio africano se financió íntegramente con los ahorros de los franceses. Las considerables sumas que se invirtieron allí se retiraron del capital disponible para financiar infraestructuras en ultramar que, sin embargo, eran necesarias en la metrópoli. Tal sangría del capital de inversión nacional impidió incluso cualquier modernización o transformación de la economía francesa en un momento en que sus principales competidores mundiales le estaban tomando una ventaja decisiva.

Tanto más cuanto que, con la excepción de los fosfatos de Marruecos, las minas de carbón de Tonkin y algunas producciones sectoriales, el Imperio no proporcionaba nada que fuera escaso. Producciones que Francia, que las había subvencionado, pagaba aproximadamente un 25 % por encima de los precios mundiales.

Repitámoslo: Francia no saqueó África, sino todo lo contrario, ya que se arruinó y agotó construyendo 50 000 kilómetros de carreteras asfaltadas, 215 000 kilómetros de pistas transitables en todas las estaciones, 18 000 kilómetros de vías férreas, 63 puertos equipados, 196 aeródromos, 2000 dispensarios modernos, 600 maternidades y 220 hospitales en los que la atención médica y los medicamentos eran gratuitos.

En 1960, 3 800 000 niños de las colonias africanas estaban escolarizados y, solo en el África negra, funcionaban 16 000 escuelas primarias y 350 escuelas secundarias (colegios o institutos). También en 1960, 28 000 profesores, es decir, una octava parte del total del cuerpo docente francés, ejercían en el continente africano.

AI: Usted insiste siempre en el término “las Áfricas”, pero considera, no obstante, que existen constantes africanas fundamentales. Por otra parte, suele decir que los africanos son “otros”. ¿Qué quiere decir con eso?

BL: Fue el mariscal Lyautey quien respondió así a la arrogancia universalista de la izquierda colonial francesa. Esta última hablaba del «deber colonial de las razas superiores», a lo que Lyautey replicó que «los africanos no son inferiores, son otros». Y lo son por tres grandes razones:

1-El hombre africano es ante todo miembro de un grupo al que está indisolublemente vinculado por una compleja red de solidaridades y dependencias. El abismo que lo separa de los estadounidenses o los europeos es, por lo tanto, infranqueable, ya que el individualismo extremo de estos últimos conduce a una forma completamente diferente de entender el entorno, de situarse en él y, por lo tanto, de vivir en sociedad.

2-El hombre africano busca conciliar las fuerzas hostiles que lo rodean mediante rituales y danzas. Las máscaras, que suelen ser los intermediarios entre los hombres y estas fuerzas, reflejan bien la armonía del mundo: a menudo inquietantes y grotescas entre los pueblos forestales oprimidos por su entorno silvestre, más sonrientes e incluso bonachonas entre los de la sabana. En definitiva, el hombre africano es prisionero de las fuerzas del más allá sobre las que no tiene ningún control.

3-El hombre africano forma parte de una larga cadena que lo une a sus antepasados, quienes están presentes a su alrededor. Para permanecer fiel a ellos, debe evitar traicionar las costumbres. Si por desgracia infringiera esta ley, todo el grupo sufriría, ya que los antepasados vendrían entonces a rondar a los vivos para reprocharles su traición.

Nuestras definiciones universalistas nos impiden e incluso nos prohíben ver esta evidencia de la diferencia. Sin embargo, los africanos no son europeos pobres de piel negra… Por lo tanto, entendemos por qué los intentos de conciliar la visión política individualista europea con una filosofía africana de grupo, que además se basa en la inmutabilidad, solo podían fracasar.

AI: Usted no defiende la colonización, ya que, por el contrario, defiende la tesis de que los pueblos impulsores de la historia africana fueron víctimas de la colonización. Según usted, la colonización destruyó los imperios precoloniales africanos, mientras que los pueblos que estaban sometidos a ellos se beneficiaron, por el contrario, de la presencia colonial que los liberó de sus opresores. ¿Podría desarrollar este punto?

BL: La responsabilidad colonial francesa es grande…, pero no donde la sitúan quienes la culpan. Es cuádruple:

1-La colonización francesa se basó en los principios filosóficos heredados de la Revolución de 1789, los que destruyeron nuestras sociedades europeas comunitarias, solidarias y jerarquizadas. Esto era normal, ya que la colonización fue en un principio una idea de la izquierda, cuando la derecha nacionalista era entonces ferozmente anticolonialista. La colonización francesa fue en un principio un mesianismo laico.

2-En el siglo XIX, la conquista colonial se llevó a cabo a expensas de los pueblos impulsores de la historia africana, a los que degradó en beneficio de aquellos a los que sometía. En nombre de la moral revolucionaria, las ideas de la “Ilustración” y los principios de “1789”, se invirtió la relación “dominantes/dominados” en la que se organizaban las sociedades africanas. Este fue el gran error colonial francés.

3-En cuanto a las fronteras coloniales y poscoloniales artificiales, presentan dos defectos principales: o bien dividen a pueblos emparentados, o bien condenan a convivir a poblaciones que nunca han tenido un destino común. Construidos dentro de fronteras artificiales, los Estados no son más que cascarones jurídicos vacíos que no coinciden con las patrias carnales que constituyen las verdaderas raíces humanas.

4-La descolonización amplió la inversión de las relaciones de poder, ya que los antiguos dominados, convertidos en los cuadros locales del poder colonial, los «colaboracionistas» para los nacionalistas africanos, heredaron sistemáticamente los Estados artificiales legados por los colonizadores. Luego, la matemática electoral atribuyó el poder, no a los más competentes, sino a los más numerosos. La ley del número, que socava las élites, acabó así por trastocar una armonía social basada en la autoridad natural, las jerarquías heredadas y el respeto.

AI: Usted considera que la interacción entre la geografía y el factor etnohistórico es esencial para comprender África. ¿Lamenta además que las autoridades francesas nunca hayan querido tenerlo en cuenta? A menudo menciona a este respecto la negativa de Lyautey a imponer principios jacobinos en Marruecos, a “algerianizarlo” y, en consecuencia, sus dificultades con las “autoridades republicanas”. Según usted, el factor étnico es la gran realidad de África y, en particular, del África negra. ¿Podría explicarnos esto?

BL: La realidad africana es étnica. Contrariamente a lo que se afirma habitualmente y de forma errónea, el etnicismo no es división, sino todo lo contrario, es el elemento federador natural del tribalismo. Es este último el que provoca la fragmentación, pero para saberlo hay que conocer la diferencia entre etnia y tribu… ¡Que no haya malentendidos! Para mí, el etnicismo no es un fin y el etnocentrismo no es el punto “omega” del futuro africano. Pero, nos guste o no, ambos son un paso obligado hacia posibles construcciones futuras que tal vez surjan de la coagulación de las divisiones actuales, ya sea la refundación de los Estados actuales o la creación de conjuntos regionales más o menos amplios y definidos por los propios africanos.

AI: Francia se enfrenta hoy a un rechazo masivo y global en África (en Mali, Níger, Burkina Faso, Benín, Camerún, Costa de Marfil, Gabón, Níger, Chad…). ¿Es Macron en parte responsable del colapso de las relaciones entre Francia y África? ¿Cómo lo explica?

BL: Vayamos al fondo de la cuestión y dejemos de lado las payasadas “macronianas”. La crisis es mucho más antigua, ya que se remonta a la Conferencia Franco-Africana de La Baule, cuando, en 1990, François Mitterrand declaró que era por falta de democracia que el continente no lograba “desarrollarse”, y cuando condicionó la ayuda de Francia a la introducción del multipartidismo.

El resultado fue que, en toda el África francófona, la caída del sistema de partido único provocó una cascada de crisis y guerras, ya que el multipartidismo exacerbó el etnicismo y el tribalismo, hasta entonces contenidos y canalizados en el partido único.

Ahora bien, como no dejo de demostrar en mis libros, la democracia del “un hombre, un voto” impuesta a África otorga matemáticamente el poder a los pueblos, etnias o tribus que tienen el mayor número de votantes. Lo que he definido como la “etnomatemática electoral africana”, según la cual los pueblos más prolíficos son automáticamente los detentadores del poder, que se obtiene mediante la suma de los votos.

Sin embargo, estos dictados electorales, considerados localmente como injerencias neocoloniales, han llevado a la expulsión de Francia de la región del Sahel, donde, aparte de los funcionarios franceses y los vampiros de las ONG, nadie cree en la comedia electoral, una especie de rito destinado esencialmente a satisfacer a los donantes occidentales…Tres décadas después de la exhortación que François Mitterrand hizo a África en su “discurso de La Baule” el 20 de junio de 1990, la “democracia” que postulaba como remedio para los males del continente no ha aportado ni desarrollo económico, ni estabilidad política y mucho menos seguridad. Un fracaso que explica por qué países como Malí, Burkina Faso, Guinea, Chad y la República Centroafricana han decidido dar la espalda al imperativo de la “buena gobernanza” y adoptar o readoptar regímenes autoritarios. Estamos asistiendo al mismo tiempo al final de un ciclo y a un cambio de paradigma. El futuro dirá si estos países se han beneficiado del rechazo de este modelo político con pretensiones universalistas y de los análisis ideológicos que se derivan de él.

Ahora bien, si la democracia electoral ha fracasado a la hora de resolver los conflictos africanos, es debido a la inadecuación entre las realidades sociopolíticas comunitarias arraigadas y un sistema político importado basado en el individualismo. ¿Cómo podría haber prosperado el injerto democrático europeo en África, donde tradicionalmente no se comparte el poder, donde se desconoce la separación de poderes y donde los jefes ostentaban a través de su persona tanto la auctoritas como la potestas? ¿Cómo se pudo hacer creer a los africanos que la transposición de la democracia occidental era posible sin haber reflexionado previamente sobre la creación de contrapoderes, sobre el modo de representación y de asociación en el gobierno de los pueblos minoritarios condenados por la etnomatemática electoral a estar eternamente apartados del poder?

AI: ¿Tiene algún ejemplo?

BL: Sí, y voy a citar dos. El del Sahel es muy elocuente, como demuestro en mi libroHistoria del Sahel desde sus orígenes hasta nuestros días. Aquí, al ser minoritarios, los norteños, en particular los tuaregs, que en la sociedad precolonial eran los dominantes, hoy están excluidos del poder por las urnas. Para ellos, la “solución” electoral no es más que una farsa, ya que solo confirma en cada elección los porcentajes étnicos, legitimando así el poder de aquellos cuyas mujeres son las más fértiles.

Otro trágico ejemplo de imposición de la democracia nos lo ofrece Ruanda, donde, en 1959, en nombre de la democracia, una revolución iniciada y luego controlada por Bélgica y la Iglesia católica tuvo como consecuencia la abolición de la monarquía tutsi. Los tutsis (el 10 % de la población) cedieron entonces el poder a los hutus (el 90 % de la población). Pero el 1 de octubre de 1990, los descendientes de los tutsis que habían emigrado atacaron Ruanda desde Uganda. Así comenzó una guerra que duró cuatro años. Bajo la presión de Francia, el presidente hutu Habyarimana se vio obligado a aceptar el multipartidismo, que se postulaba como la solución al conflicto. Sin embargo, todo lo contrario, este sistema sacó a la luz las profundas fracturas de la sociedad ruandesa, hasta entonces ocultas en el seno del partido único. El resultado fue una atroz guerra civil seguida del genocidio de 1994, al término de la cual los tutsis del general Kagamé, que seguían representando solo el 10 % de la población, recuperaron por las armas el poder que habían perdido en las urnas tres décadas antes.

En este caso, la democracia provocó inicialmente el caos para acabar finalmente restableciendo la situación «dictatorial» anterior… pero a costa de un genocidio y de la desestabilización de toda la región de los Grandes Lagos y Kivu (véase al respecto mi libro Rwanda, un génocide en question (Ruanda un genocidio en cuestión).

AI: Muchos observadores consideran que estamos asistiendo al “fin de la era europea”. Cada vez parece más evidente que, frente a una población mundial de 8000 millones de habitantes, los 450 millones de europeos, ahora más o menos dormidos, ya no pueden hacer frente. Y menos aún cuando los principales recursos minerales y energéticos del mundo (entre ellos el uranio y las tierras raras) se encuentran en yacimientos subterráneos que, en muchos casos, están fuera de Europa. ¿Qué opina al respecto?

BL: No se puede mentir ni a la geografía ni a la demografía. Ahora bien, la geografía sitúa a Europa al alcance del vertedero demográfico africano. Esto hace que los países del Magreb, que también han experimentado la transición demográfica, sean los primeros en verse afectados por la oleada migratoria subsahariana. Por lo tanto, es necesario establecer una asociación con ellos. En cuanto a los recursos minerales, en Europa los tenemos, pero la dictadura ecológica nos prohíbe explotarlos. Por citar solo dos ejemplos, el uranio, del que Francia es rica, ya que se han catalogado varias decenas de yacimientos, uno de los cuales, situado en el Tarn, podría abastecer el consumo francés durante 10 años. En cuanto al petróleo, sin mencionar los yacimientos de Guayana, hay grandes cantidades en el golfo de Vizcaya… Y podría multiplicar los ejemplos con todos los minerales considerados «raros» que también se encuentran en toda Europa.

AI: ¿Por qué África se está volcando hacia Rusia y China, en detrimento de Francia?

BL: En África, la experiencia democrática ha fracasado en gran medida. Por eso, algunos se vuelven ahora hacia poderes autoritarios, a menudo militares, y buscan modelos y apoyos fuera de las democracias occidentales. De ahí la entrada en escena de países como Rusia y China. Sin embargo, estos dos países tienen un enfoque totalmente diferente.

En los últimos años, Rusia ha acumulado éxitos en el continente actuando a través de la opción militar, habiendo comprendido bien que el desarrollo de África según los criterios occidentales no es más que una quimera en la que solo los europeos siguen creyendo, o fingen creer. Los rusos, que son realistas, han comprendido perfectamente que es imposible “desarrollar” un continente que, en la década de 2050, tendrá una población de entre 2000 y 3000 millones de personas (el 90 % de ellas al sur del Sáhara) y que, en 2100, superará los 4000 millones, es decir, un tercio de la población mundial. Por lo tanto, en lugar de “arar el océano” del desarrollo, Rusia ha decidido situarse en el centro de las verdaderas estructuras de poder e influencia que son las fuerzas armadas.

Por su parte, cansados del dictado democrático occidental y de las imposiciones moralizantes y sociales como el matrimonio homosexual o las «singularidades» LGBT, cada vez son más los africanos que ven con simpatía la iniciativa rusa.

Por otra parte, y como no se cansan de repetir los responsables de Moscú, al no tener pasado colonial, su país nunca se ha creído con derecho a imponer al continente imperativos sociales, políticos o económicos. Al contrario, ayer la URSS ayudó a las luchas de liberación y hoy Rusia anima a los países africanos a liberarse de los últimos “remanentes coloniales”, es decir, del modelo democrático occidental, que sería una de sus manifestaciones.

Al hacerlo, Rusia ha tomado exactamente la postura contraria a la que propuso François Mitterrand en 1990 durante la conferencia de La Baule. A diferencia del presidente francés, considera que la causa de los bloqueos de África no es la falta de democracia, sino su inestabilidad política, provocada en gran medida por esa misma democracia…

China, por su parte, es una depredadora sonriente, impulsada únicamente por el afán de lucro, que endeuda cada día un poco más al continente mediante préstamos generosamente concedidos. Estos préstamos hacen que los países beneficiarios vuelvan a caer en la espiral de la deuda de la que apenas estaban saliendo tras las considerables reducciones concedidas por Occidente. Moraleja de la historia: cuando China endeuda a África, Occidente renuncia a sus propias deudas… El etnomasoquismo europeo no tiene límites…

Como estos préstamos nunca podrán ser reembolsados, Pekín se hará con las grandes infraestructuras que sus deudores han dado como garantía. Así ocurre en Zambia, donde el Gobierno, tras verse obligado a ceder a China la ZNBC, la empresa de radio y televisión, se ha visto obligado a iniciar conversaciones para la cesión del aeropuerto de Lusaka y la ZESCO, la empresa nacional de electricidad.

Además, el 80 % de las compras chinas en África se componen, en orden descendente, de petróleo, mineral de hierro, manganeso, cobre, madera y cobalto. Es más, el 85 % del comercio entre China y África se realiza con solo cinco países, en orden decreciente: Angola, Guinea Ecuatorial y Nigeria (petróleo), la República Democrática del Congo (minerales) y Sudán (petróleo). Tras la “expansión” de los años 1990-2000, que permitió a China afianzarse en África y crear una ilusión hipnótica entre los africanos, la nueva política de Pekín consiste ahora en seleccionar los sectores en los que intervenir. Al igual que Estados Unidos, pero a mayor escala, China practica una economía de “factorías comerciales”, es decir, el saqueo de las materias primas africanas, lejos de cualquier idea de desarrollo.

AI: ¿Existe alguna solución para evitar que la explosión demográfica de África provoque una avalancha hacia Europa?

BL: La solución es política y se basa en una constatación y una pregunta:

1-¿Por qué, a pesar de sus inmensas riquezas naturales y de los ríos de ayuda vertidos tras las independencias, África ha podido sufrir tal naufragio? Sobre todo, teniendo en cuenta que África no es solo el Sáhara. El continente cuenta con algunas de las tierras más fértiles del planeta, donde el clima permite a veces hasta tres cosechas al año. Además, la agricultura africana no se ve paralizada por un largo invierno, por una capa de nieve o por el hielo. Con sus 9 000 000 km², el Sáhara representa, sin duda, alrededor del 25 % de la superficie del continente, pero proporcionalmente menos que la tundra euroasiática o norteamericana, donde, sin embargo, no se habla de maldición climática…

2-¿Cómo evitar que, dentro de los Estados artificiales, los pueblos más numerosos sean automáticamente los detentadores del poder derivado de la suma de los votos? Mientras no se dé una respuesta a esta pregunta, los Estados africanos serán percibidos como cuerpos extraños depredadores por una gran parte de sus propios “ciudadanos”.

En mi opinión, el futuro estaría en un sistema en el que la representación recayera en los grupos y no en los individuos. Pero se trataría de una verdadera revolución cultural, ya que, en última instancia, se pondrían en tela de juicio los fundamentos filosóficos de las sociedades democráticas “occidentales”. Pero, ¿puede el África subsahariana seguir determinándose en función de estos imperativos morales extranjeros que la están matando poco a poco?

Para simplemente no morir, África debe volver a ser africana y, para ello, empezar por reivindicar su africanidad. Antes de ser “francófonos” o “anglófonos” e incluso, en gran medida, “cristianos” o “musulmanes”, sus habitantes son ante todo africanos que hablan lenguas africanas, con sus creencias y sus sistemas políticos. La reconstrucción del continente pasa, por tanto, por el abandono de quimeras ideológicas y por el retorno a la realidad. Lo económico, lo social e incluso lo moral vendrán quizá más tarde, cuando se haya establecido el orden político.

Mis propuestas se basan, en definitiva, en un retorno a la Tradición. ¿Están dispuestas las “grandes conciencias” de Europa o América a aceptar un cuestionamiento tan profundo de sus imperativos morales? Ahí está, en definitiva, toda la cuestión…

Historiador y politólogo nacido en Bayona en 1948. Doctor de Estado en Ciencias Políticas, diplomado en Derecho y Ciencias Económicas. Es autor de introducciones a las ediciones francesas del Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo de Juan Donoso Cortés y de La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset. Ha publicado, entre otros, 'Más allá de la derecha y la izquierda'. 'Historia del pánico recurrente de los bienpensantes', 'José Antonio: entre odio y amor' o 'Resistir a lo políticamente correcto en la historia' (Editorial Actas).

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