Queridos nacionalistas:
Han pasado ya catorce años desde que escribimos aquella carta a los malvados yihadistas, recordándoles que sus bombas y amenazas jamás podrían acabar con el impulso descivilizatorio de nuestro occidente planetario.
Como veis, hemos sabido incorporar a la perfección aquel negativo acontecimiento de 2001 a nuestro dogma global. ¡Nunca más, la humanidad está unida! Para ello, han sido necesarios esfuerzos titánicos; pero por fin estamos a punto de crear «un mundo sin Otro».
Por ello, esta vez nos vemos en la obligación de dirigirnos a vosotros, los nacionalistas, soberanistas, identitarios, patriotas y demás ralea intolerante. Os esmeráis demasiado en defender algo que ha muerto y os negáis a formar parte de esta celebración global de festividad pomposa que es la Vida Nueva del Último Hombre, cosa que nos entristece sobremanera. ¿Por qué os resistís?
¿No os dais cuenta de que somos expertos en vencer a enemigos fantasmagóricos y a muertos hediondos? Teníamos que prevenir al mundo de otro acontecimiento, del retorno de unos dioses más fuertes que nosotros y que pusieran en peligro nuestra forma de vida, que es la única posible. Y como podéis apreciar, nuestro experimento de creación de una «negatividad ficticia» ha sido todo un éxito. Antes solo había un Hitler, ahora hay millones —o al menos, eso es lo que hemos hecho creer a nuestros idólatras—.
Por eso tuvimos que emprender aquella valerosa empresa de la sociedad abierta, cosmopolita y multicultural. Porque los malos, en un alarde palingenésico, siempre amenazan con reaparecer. Así es como nuestros técnicos y expertos, ayudados por los medios de desinformación de masas, han creado un «negativo ficticio» perfecto, satisfaciendo las necesidades de epicidad de nuestro rebaño. ¡Y mirad si funciona! Gestas inenarrables contra el oscurantismo de todas las épocas; grandiosas victorias en favor de la humanidad, los derechos y la felicidad. We can´t stop winning!
Queridos nacionalistas, nuestro amado imperio, el Imperio del Bien, ¡va a todo trapo! En un afán de inclusividad, hemos permitido que gentes extrañas vilipendien y desarticulen el orden que milenios habían consolidado. ¿Por qué narices iba a ser la filosofía griega mejor que el pensamiento eritreo o el derecho romano más civilizado y completo que el haitiano? ¿Acaso son más válidos nuestros chamanes con bata y método científico que los curanderos sangomas? ¿No son todas las costumbres respetables? ¿Es que no merece el mundo entero aportar y enriquecer nuestra forma de vida? ¡Prohibido excluir! No pararemos hasta que todos seamos lo mismo y nos fundamos en el gran abrazo desdiferenciador.
Estamos orgullosísimos de nuestro progreso, eso es. ¡Viva el orgullo! Por fin ya no está mal visto mutilarse para que cada cual se exprese como quiera; el catálogo de identidades de género autopercibidas se expande más rápido que la deuda de las pensiones; la pedofilia ya no es una enfermedad. ¿Quiénes somos para condenar los sentimientos que brotan de lo más profundo del corazón?; los insectos se están convirtiendo en una nutritiva y sustancial parte de nuestra dieta; los tejidos naturales, que se obtenían explotando a nuestros hermanos animales, han sido sustituidos por fibras sintéticas y microplásticos textiles; las bicicletas están de moda y hemos reducido muchas, ingentes cantidades de emisiones. ¿De qué? No lo sabemos, pero eso no importa. Lo que cuentan son las buenas intenciones. Además, ¡la ley lo ampara! Leyes, muchas leyes hemos necesitado. Pero también decretos, directivas, manifiestos y manifestaciones, comunicados, declaraciones declarativas, mociones emocionantes, resoluciones, condenas al mal rollito —Is the EU concerned?—, cartas lacrimógenas, huelgas-performativas, discursos en los Oscar, canciones pop y muchas peticiones de firmas. Desde Cordicópolis, la capital donde reina el corazón y una bondad desbordante, podemos decir, esta vez con soberbia, que a lo largo de estos años han triunfado la felicidad, los consensos y el color rosa pastel. Benetton no podría estar más contento.
Y entonces llegasteis vosotros, buscando reintroducir el conflicto inherente a lo que denomináis «naturaleza humana». Sois incapaces de pensar Bien, actuar Bien y sentir Bien, deplorables. Ahora amenazáis con provocar un verdadero acontecimiento que muestre la realidad de lo distinto, que cuestione el fin de la historia y el advenimiento del Festivus Festivus, el último hombre. Con vuestra existencia supremacista nuestras pretensiones de haber creado El Paraíso 2.0 se ven cuestionadas. A ver si la humanidad va a pensar ahora que la historia no ha terminado y que la Verdad no está de nuestro lado.
Con vuestra defensa de la «realidad de las cosas» estáis negando nuestra posibilidad de autodeterminarnos, algo que habrían hecho los nazis. Vuestro intento por preservar la identidad de los pueblos huele a xenofobia y racismo a distancia. Creéis que existen amores compartidos que conforman unidades superiores de existencia, pero en el fondo todos sabemos que es un señuelo patológico-chovinista. Consideráis que los vínculos nos hacen fuertes, pero nosotros preferimos llamarlo cadenas. Vuestra pedantería del arraigo, de la preservación de la cultura y las tradiciones, la exaltación de las grandes virtudes o el culto a los antepasados no son sino trabas para el progreso de la aldea global. Asquerosamente reaccionario. Sabéis que Mussolini acabó colgado, ¿verdad?
Queridos nacionalistas, con vuestra retórica del más rancio supremacismo kukuxklanero estáis desmigajando nuestras políticas multiculturales y de integración, que habían sido todo un éxito hasta el momento. Es cierto, desde que hemos decidido compartir y dejar que el buen rollito fluya, los nuevos europeos han motivado la mayoría de problemas que ahora experimenta el viejo y raquítico occidente. Violaciones, asesinatos, robos con violencia, daños al mobiliario urbano, terrorismo callejero, inseguridad generalizada, ruptura del vínculo social, anomia… ¡Pero no teníais por qué denunciarlo y oponeros!
Ya visteis la tunda que les metimos a aquellos retrógrados ingleses. No se salieron con la suya al denunciar nuestra colaboración y connivencia con las miles de violaciones que sufrieron durante años aquellas desgraciadas niñas blanquitas a manos de la honorable comunidad pakistaní de Roterham. Ante todo, teníamos que proteger a las minorías vulnerables. Eso sí, excepto aquella que representa el más que demasiado 8% de la población global.
Nuestra respuesta fue, como no podía ser de otro modo, implacable. Solo en 2023, nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad planetaria se emplearon a fondo en la salvaguarda de la integridad de la ciudadanía global y detuvieron a 12.000 peligrosos Mosleys por «comentarios ofensivos en línea» contra pobres inmigrantes —8 veces más detenciones que en China, by the way—.
El que avisa no es traidor. Como sigáis así, nos encargaremos de que los odiosos nacionalistas seáis reconducidos. ¡Haremos que respetéis la alegría! De lo contrario seréis expulsados, como dijo el fascista Carl Schmitt, «hors la loi et hors l’humanité» —fuera de la ley y fuera de la humanidad—. Porque con vuestras destrucciones comprometéis «nuestras deconstrucciones». Porque vuestra negatividad se pone en medio de nuestro proyecto, y, por ello, solo nos habéis dejado una única opción: Minimum respect! Como enseñó Popper, nadie podrá formar parte del abrazo humano sin antes abandonar esa negatividad intolerante. De ahí esta carta.
Esperamos que os dejéis aconsejar bien y experimentéis, al fin, el orgasmo de la positividad. Lo último que queremos es que pasen cosas, que se provoquen historias verdaderas en «el interior de un mundo en el que ya no ocurren más que historias falsas». No podemos permitir que este aluvión de amor y buenos sentimientos que estamos viviendo desaparezca, y por ello confiamos en que, para el año 2040, os hayáis acomodado plenamente a nuestro glorioso Imperio. Para ello, os tenéis que dejar llevar; por favor, hacednos caso. La humanidad está en juego.
Y recordad: nosotros siempre vencemos.
Firmado: departamento de ética y responsabilidad del Imperio del Bien.