¿Quién nos roba Madrid?

Lo más probable es que conozcan la campaña de Más Madrid acusando a “los ricos” de secuestrar Madrid. La protagoniza la candidata Rita Maestre, que explica que también es mentira que la ciudad tenga demasiados inmigrantes, otro bulo de la extrema derecha promovido por Santiago Abascal –líder de Vox— y el diputado Carlos Hernández Quero (a quienes cita por su nombre). Llama la atención que su discurso tenga coincidencias sustanciales con el de Isabel Díaz Ayuso, que tilda de “paletos” a quienes critican la inmigración masiva —su “Madrid de todos los acentos”—.  Estamos ante una megaurbe cada vez más “abierta” para extranjeros sin papeles y millonarios globales, que expulsan de sus barrios a las familias de toda la vida. Que coincidan en su enfoque dos presuntos enemigos políticos da una pista de que la cuestión tiene más vueltas de las que parece. Intentaré abordarlo desde una perspectiva sociocultural.

En los últimos veinte años, Madrid ha sido un continuo desmantelamiento. En 2006 cerró la Sala Aqualung para convertirse en un supermercado, desde entonces se ha ido intensificando el goteo, que afectó a los tablaos flamencos durante la pandemia y acabó en fechas recientes con salas emblemáticas como El Juglar (Lavapiés) y el Café Central (Barrio de las Letras). Otros centros culturales se salvaron por los pelos, caso del majestuoso Teatro Álbeniz (hoy transformado en hotel corporativo de cinco estrellas porla discográfica Universal) y el legendario Café Gijón (que muta en local de lujo para turistas, gracias a una empresa de Mallorca). Malasaña se quedó también sin su librería emblemática, Tipos Infames, a la vez que se anunciaba el cierre del Vips de la calle Velázquez. Unos locales desaparecen y otros se adaptan a las demandas de los visitantes de premium, pero siempre pierde el madrileño medio, mientras los exiliados venezolanos antichavistas queman billetes comprando el barrio de Salamanca, a medias con los hijos de la boliburguesía. ¿A quién pertenece la ciudad?

Decenas de personas durante el cierre del antiguo Café Central, que continuará su actividad en el Ateneo

Ayuso se muestre feroz contra Pedro Sánchez, pero ambos utilizan una misma estrategia para obtener buenas cifras macroeconómicas e impulsar su imagen internacional como líderes. Me refiero a unas políticas de fomento de la inmigración masiva, que ensanchan sus respectivas bases electorales y les dan un perfil moderno, tolerante y acogedor. Los dos abrazan el decadente paradigma multicultural, sistema de nombre engañoso porque deberían llamarse “monoculturalismo plural”, siguiendo al premio Nobel Amartya Sen, ya que alude a que diversas comunidades coexisten sin convivir.

Este modelo, dominante en las grandes urbes globales, confirma un fracaso a la hora de encontrar un sistema de valores que todos podamos compartir (una vez se rechaza por racista el nacional, por estar contaminado de mentalidad imperial). Madrid es una ciudad puntera de Occidente, pero aún va rezagada en muchos aspectos, por eso hoy podemos visitar París o Londres y comprobar los enormes problemas de desarraigo y crimen que acarrea esta estrategia, sobre todo para las clases bajas, que hace tiempo protestan en las urnas y en manifestaciones masivas como la de Londres en verano de 2025.

Según un artículo del diario progresista The Guardian, las tasas de crimen de la capital británica se han disparado en un 31% en la última década y los crímenes violentos aumentaron un 40%. La capital de Francia hace tiempo que se ha convertido en un estercolero multicultural, hasta el punto de que el Liverpool FC envía a sus hooligans —otrora temidos en Europa— un lista de barrios a los que es mejor no acercarse cuando van a disputar los cuartos de final de Champions League contra el PSG  en Saint Denis. No hablamos de una comuna cualquiera: este año escogió a un alcalde francoafricano —Bally Bagayoko— que ha proclamado que ya es oficialmente una zona “de negros” y que los franceses y europeos blancos deben integrarse en sus costumbres. ¿Es esto lo que queremos para nuestra capital? Bagayoko milita en el partido izquierdista La Francia Insumisa, modelo para Más Madrid, que ha visto en la defensa a ultranza de los inmigrantes un caladero de votos que sirve para maquillar el desplome del progresismo en todo Occidente.

Bajemos un poco a la vida cotidiana. Quien mejor ha descrito cómo nos roban nuestros lugares habituales es el filósofo izquierdista y residente en Madrid Fernando Broncano, autor de los ensayos Cultura es nombre de derrota (Delirio, 2018) y Espacios de intimidad y cultura material (Cátedra, 2020). Esto me dijo cuando pude entrevistarle en 2019: “Están desapareciendo aquellos lugares donde la gente contaba su vida a los demás. La señora que se acercaba a la mercería no iba solo a comprar unas medias, sino a pasar veinte minutos hablando con la dependienta, que a su vez se lo contaba a otros, creando lo que Raymond Williams llamaba ‘estructura de sentimiento’. Esa forma de vivir terminaba cuajando un ‘nosotros’ distinto a ‘ellos’, donde ‘ellos’ son las clases dominantes. Ahora no está claro que exista otra cultura distinta a lo que se impone desde arriba”, apunta.

La multiplicación de franquicias y tiendas de chinos impide la relación con camareros y tenderos ‘de toda la vida’, esos que te fiaban los últimos días de mes porque te conocían y sabían que ibas a pagar. Tampoco tienes la misma tranquilidad cuando tus hijos adolescentes bajan al parque: antes conocías a todo el vecindario, ahora no por la alta rotación en las viviendas. Otra respuesta sustanciosa de Broncano: “Me gustaría investigar los pisos compartidos. Antes eran una opción solo para estudiantes, pero hoy tienen que recurrir a ellos gente cada vez mayor, desde parados a divorciados. Cuando una casa no es tuya, sino de varias personas que no tienen vínculos afectivos, de repente la cocina se convierte en un ‘no lugar’ y el pasillo también, así que pasas la mayoría del tiempo encerrado en la habitación, que es el espacio que puedes hacer tuyo. A medida que la economía se hace especulativa, se van creando burbujas que destruyen lazos humanos. También es interesante la sociología cotidiana de los bares. Ahora quedas con amigos para tomarte una copa a media tarde y a las ocho ya te van subiendo el volumen de la música para que no puedas conversar y te centres en el alcohol. A las diez ya solo puedes comunicarte a gritos”, lamenta.

LA MOVIDA Y LA DEMAGOGIA DEL DESCAMPADO

Es curioso el contraste con el imaginario dominante hace cuatro décadas, durante el estallido de La Movida, un tsunami de cultura pop que sacudió a la ciudad tras el franquismo. Uno de los mayores himnos de aquellos años fue “Al calor del amor en un bar”, de Gabinete Caligari, que describía las tabernas madrileñas como lugares de refugio y relaciones cálidas, imposibles en franquicias robotizadas como Cien Montaditos, Cañas y Tapas y La Sureña. Discos superventas como El madrileño (2021), del artista trap C. Tangana, reivindican el bar de barra de metal y raciones caseras, pero más como nostalgia que como hábitat social porque sabemos que son una especie en vías de extinción.  Precisamente en mayo de 2021, hace ya un lustro, Ayuso prometió traer a la ciudad una Segunda Movida, no solo enfocada a lo cultural sino también a lo empresarial y político, pero aún estamos esperando que se concrete. De momento, su Madrid se acerca día tras día a una versión gigante de Ifema, el recinto de ferial donde se mueve dinero y poco más. El páramo cultural lo es también para los ricos: el prospero distrito Fuencarral El Pardo carece casi por completo de librerías, teatros y salas de conciertos.

Los cuatro años de Carmena tuvieron como claro referente a la Movida, con ella como una puesta al día del mítico alcalde socialista Tierno Galván (el que animaba a los chavales a colocarse en las fiestas). En los años ochenta, España salía de una dictadura, tenía serios problemas por el terrorismo de ETA y la solución fue financiar con dinero público grandes fiestas callejeras para proyectar una imagen internacional de efervescencia hedonista, misión que se cumplió con creces.  Con San Isidro como fiesta mayor, llegó a celebrarse en 1985 un concierto de The Smiths en el Paseo de Camoens al que dicen que acudió medio millón de personas. La mayoría ebrias y poco nada atentas a la música, como prescribía el modelo cultural socialdemócrata.

Carmena intentó versiones más suaves de esto, que tuvieron el efecto indeseado de perjudicar a la red de pequeñas salas. Así me lo explicó un miembro de la asociación La Noche en Vivo: “Más Madrid no es favorable a las empresas, prefieren montar grandes fiestas gratuitas por el Orgullo Gay, San Isidro o lo que toque ese fin de semana. Nosotros les pedíamos poder sacar una barra a la calle para paliar esas pérdidas, pero nos miraban como diciendo ‘estos llevan veinte años forrándose, nos dan igual’”, denunciaba. La pinza de turboliberalismo y burocracia cultural ‘progre’ aplasta a los pequeños negocios que dan vida a una ciudad .

Las salas pequeñas y medianas fueron ninguneadas, pero también los barrios populares alejados del centro. Así lo explicaba el escritor Daniel Serrano —hijo del periodista Rodolfo Serrano, hermano del cantautor Ismael— cuando le entrevisté por su novela Cal Viva, ambientada en la Transición. “Tierno era alguien hábil y astuto, muy consciente de la importancia de los barrios para ganar Madrid. Lo primero que hace al entrar en el Ayuntamiento es buscar un descampado en cada zona popular y poner tres árboles, una fuente y dos columpios. Luego colocaba un cartelito, bautizando el parque con el nombre de una persona respetada. Eso no cambia gran cosa, pero mandaba un mensaje de dignidad: a esta administración le importamos. En cambio, con Carmena muchos vallecanos se preguntaban por qué no podían acercarse al centro con Bicimad. Puede ser una anécdota, pero es importante que los barrios sientan que también importan. Muchos tenían la impresión de que no ponían bicis en Vallecas porque temían que las fueran a robar o a vender como chatarra. Luego te dabas un paseo por Malasaña y todo el mundo iba en bici”, recordaba.

En los años que pasé viviendo en la Plaza de Cascorro, cerca de la zona cero del multiculturalismo madrileño, se me hizo evidente la estafa que supone. Los gitanos, por supuesto, eran una comunidad cerrada, capaz de vivir según sus propias leyes, para lo bueno —expulsar a los yonquis de la calle Estudios— y para lo malo —abroncar brutalmente sus hijas adolescentes en público por un rumor—.  Bajaba con frecuencia a Lavapiés, donde te encontrabas activistas de izquierda que contaban sotto voce que habían tenido que organizar patrullas vecinales a principios de mes porque algunos inmigrantes africanos esperaban a los jubilados enfrente los cajeros del barrio cuando, a comienzos de mes, se acercaban para cobrar su pensión. Es algo que nunca hubieran admitido en público, “para no fomentar el racismo”, pero sabían y saben de sobra que la inmigración dispara la criminalidad.

DINÁMICA DE CLASES EN LAVAPIÉS

Muchos de esos activistas terminaron en altos cargos de Más Madrid, incluso del PSOE sanchista, defendiendo un buenismo multicultural que no se correspondía con la realidad. El barrio es famoso por sus casas okupas y allí también maniobraban para que clanes africanos no se hicieran con el control de las asambleas y convirtieran esos espacios en oficinas de tráfico de drogas. Uno de estos activistas pijos de izquierda, sociólogo brillante consciente de lo que había, me explicó con una frase la dinámica de clases en Lavapiés: “Los hijos de la izquierda burguesa madrileña utilizan este barrio para pasarse unos años de fiesta, pero luego remontan como salmones la carretera de la Coruña hasta Pozuelo, Collado y Galapagar para aparearse con miembros de su clase social y conservar su poder económico”, resumía. Más allá de los porros y la costra , Time Out escogió Embajadores como el barrio más cool del mundo, que es como decir el más obediente y gentrificable. El triángulo que forman el Museo Reina Sofía, Tabacalera y Matadero es un vivero del capitalismo cool que complementa más que antagoniza a la zona noble de la capital.

Turistas cruzan la Gran Vía

Algunos días de mayo, un madrileño puede sentirse en el centro del mundo, cuando tiene en su ciudad una corrida de Morante, la gira de Taylor Swift y una semifinal de Champions League de fútbol, pero nadie niega que ciudad que se ha ido convirtiendo en el patio de recreo de los capitales globalistas. La emblemática Gran Vía, un espacio gentrificado hasta la náusea, es una inmensa sucursal de la industria de los musicales de Broadway. Resulta curioso comprobar cómo a la izquierda no le molesta esta colonización cultural, pero muestra un feroz rechazo por Malinche,  espectaculo producido por Nacho Cano, uno de los pocos musicales que cuenta una historia española, la de la conquista de América y el milagro del mestizaje. Otro ejemplo: en plena fiebre de los macrofestivales de música, Madrid no ha conseguido tener uno con identidad propia, conformándose con acoger diversas franquicias al servicio de las grandes promotoras o incluso importando —sin gran éxito— el Primavera Sound de Barcelona.

Por debajo de las cifras deslumbrantes de asistencia a los grandes eventos culturales, muchos madrileños coinciden en sentirse extraños en su propia ciudad.  Lo defiende el escritor izquierdista Montero Glez, que ha vivido la deriva desde los años setenta hasta la actualidad: “Cuando llego a mi barrio, digo en broma que soy una minoría étnica, pero también es un comentario serio. Las calles con bares castizos donde solía ir con mis amigos hoy son peluquerías chinas o bares de bachata. Eso es un riqueza cultural, igual que los niños mestizos. La tienda donde comparaba cómics de chaval hoy es un sitio de arepas y yo me como encantado esas arepas, pero a todo el mundo nos molesta que nos priven de nuestras referencias y nuestras raíces. Karl Polanyi [antropólogo y economista clave en el siglo XX] dice que los seres humanos necesitamos un mínimo lazo social y esta sociedad neoliberal está falsificando todas nuestras relaciones. El problema no son los migrantes, sino que cada vez conocemos menos a los demás y nos importa menos lo que les pase”, opina.

En efecto, el problema no son los migrantes individuales, sino un sistema social que pone siempre los beneficios por encima del arraigo. Este mismo mes se hizo viral en redes la entrevista a un joven mecánico automotriz peruano que narraba su áspero aterrizaje en la capital. Nada más llegar a Plaza Elíptica, un compatriota le robó sus dos móviles. Ahora paga 400 euros al mes por su nueva habitación, compartida con otras dos personas (han leído bien: 1200 euros por una habitación compartida en Vallecas). Madrid va lanzada a un problema de chabolismo vertical, que deriva como siempre en desesperación y delincuencia. En la Comunidad de Madrid los delitos sexuales crecieron cerca del 7,2% en 2025, un aumento significativo, por encima de la media nacional.

De la misma zona que Montero Glez, el barrio contiguo de Tetuán, es el diputado de VOX Carlos Hernández Quero, doctor en Historia que ha estudiado en profundidad las resistencias populares que se han dado en el distrito,  desde los motines de comienzos del siglo XX. Merece mucho la pena leer su libro breve Fuego al fielato. Ira frente a la frontera y construcción de la cultura del suburbio (Decordel, 2022). Escribiendo para el diario digital Vozpópuli sobre las luchas de los barrios de Madrid, Quero ponía el ejemplo de cómo muchos vecinos se han organizado para proteger los edificios de estilo neomudéjar —iglesias, escuelas, la plaza de las Ventas— de la lógica especulativa inmobiliaria.  “La defensa del espacio local, las costumbres concretas y los lazos cercanos, libres de ideología y de cálculo mercantil, emerge como la gran causa del ciudadano conservador. De la misma forma, la asociación natural y transversal se revela como una herramienta más útil que las siglas o las banderas para preservar determinadas rutinas, estilos de vida, paisajes o tradiciones amenazadas”, explica. La lucha por restaurar un Madrid con raíces es tan intensa como inmensa.

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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