Decíase que aquel Partido (con mayúscula, pues mayúscula era su importancia) había gobernado ejemplarmente el país durante casi ocho años. Y, si no llega a ser por una crisis económica, jamás habría dejado el mando. Afirmábase que ese Partido, que a menudo se confundía con el Estado, había modernizado el país, potenciado la democracia y elevado a millones de compatriotas. El Partido había hecho del progresivo progreso progresista, la lucha contra todo autoritarismo (pese a aferrarse al poder como una lapa y pese a poner en jaque en diversas ocasiones la división de poderes) y el combate contra la corrupción su santo y seña.
Empero, un buen día, década y media después de la crisis que lo apartó del mando, la ciudadanía, de golpe y porrazo, supo que todo era de cartón piedra. Los compatriotas que no estaban fanatizados observaron que, bajo aquella retórica humanista, lacrimosa y muy progresista, el Partido de Estado era, en verdad, el Partido que hacía del Estado su negocio, su cortijo particular. Súpose que la función principal de aquel Partido —como la de toda organización— era mantenerse en el tiempo y reproducirse, para lo cual colocaba a amigos, colegas y familiares en puestos públicos. El Partido, tan liberal y progresista que algunos criticaban por no defender a la familia, mostrose, en realidad, el más profamilia de todos, pues no solo colocaba a hermanos y hermanas, y amigos y amigas, sino también a esposas y esposos, y a queridos y queridas (algunas de ellas salidas de casas de lenocinio).
Antes de que los negocios del Partido salieran a la luz pública, yo había tenido noticia de ellos de primera mano. Narraré dos.
Un buen día, siendo yo estudiante, me reuní con un profesor que era pura bonhomía. Juan Leandro era un hombre sin mácula. No se conocía de él más que su buen hacer y su mejor relación con los alumnos. Este querido y entrañable hombre me contó que su vocación principal había sido truncada por el Partido en las postrimerías del milenio anterior. Resulta que Juan Leandro ya tenía pensado un tema de tesis y un director en un área bien conocida por mí. En la época, el área estaba capitaneada por toda una intelectual: doña Elisa. Doña Elisa era muy feminista y femenina, progresiva y progresista. Era una infatigable luchadora contra el autoritarismo, una represaliada política por el régimen anterior que no había sufrido altercado alguno, más allá de una anécdota con un libro que —inmerecidamente, debido a la ínfima calidad de obra— le había reportado notoriedad pública. Esta intelectual irradiaba santidad y tolerancia. Mas parece que no era tan santa y mucho menos tolerante, ya que, cuando el futuro director de tesis se presentó ante ella explicándole su proyecto con Juan Leandro, doña Elisa le pidió un par de días para pensárselo. Eficiente como era, doña Elisa no precisó agotar las 48 horas. Al día siguiente, la santa volvió y, contundente, espetó al director in fieri: «No, Juan Leandro no es de fiar». Preguntárase el lector qué había hecho doña Elisa. Pues bien, doña Elisa, intelectual por antonomasia del Partido junto a Hipocasto (retratado este último por mi amigo Alfonso García Figueroa en su desternillante Olvidanza y atrevimiento), había acudido a la sede del Partido sita en la calle del Disfraz y había comprobado que Juan Leandro no estaba afiliado al Partido. Y, como no estaba afiliado, no era de fiar. Así de crudo y rudo.
Años después, conocí a Faustino. Era Faustino un estudiante obstinado. Un chico no muy dotado intelectualmente pero afanoso. Leída su tesis doctoral en una prestigiosa, mas anacrónica y nada progresista institución extranjera, Faustino se vio en el paro. Buscando un lugar en el que proseguir su vocación universitaria, el joven presentó una instancia para un contrato en un centro de investigación de otrora reputada solvencia. Esa institución, fundada en la centuria anterior y dirigida ejemplarmente por Castillejo durante ocho años, había conocido diversos cambios de denominación, siempre en aras de la democracia y el progreso. Lo único que no había variado en el último medio siglo era su férreo control por el Partido. Su director más reciente era conocido no por su valía intelectual, que brillaba por su ausencia, sino por servir porfiadamente al Partido y por apoyar fervientemente sus más polémicas leyes. Cuanto más atentaba el Partido contra la división de poderes, más entusiasta se mostraba el director. Pese a estos precedentes, Faustino creía en la neutralidad y en la objetividad de los procedimientos de contratación pública. Así que presentó su solicitud para una plaza en este reputado centro. El procedimiento constaba de dos fases. La primera, la cual Faustino ni siquiera superó, consistía en una relación de méritos y en una entrevista. Chico paleto y de provincias, Faustino debió acudir a la capital del país para la entrevista. Allí lo lisonjearon like never before: que su perfil era inmejorable, que sus estudios doctorales encajaban a la perfección con la plaza, que no se les ocurría mejor candidato, etc. No le hicieron a Faustino pregunta ni crítica alguna. Tal fue la situación que el ingenuo Faustino, según me contó, pensaba que ganaría la plaza. Estaba ilusionado. Sin embargo, dos semanas después, salieron las calificaciones: Faustino había sido mal valorado en los méritos aportados y peor valorado aún en la entrevista. De hecho, había sido el peor valorado en la entrevista. Alarmado, pues sabía que tenía más y mejores publicaciones que otros, Faustino pidió el acta con las baremaciones. Resulta que, si bien las calificaciones estaban firmadas a 19 de junio, el acta con las puntuaciones llevaba fecha de 30 de junio. Dicho de otra forma, la gloriosa institución había publicado las calificaciones sin haber comprobado los méritos del candidato. Pareciole a Faustino todo un cambalache aquello. Por lo que pidió ver los currículos de los ganadores de las plazas que se ofertaban. El joven de provincias viajó nuevamente a la capital del país Es. Allí, perplejo, comprobó que tres de los cuatro vencedores tenían un currículum más que dudoso. Uno de ellos aportaba entre sus «méritos» el haber obtenido becas del Ministerio de Educación, que se dan a todo el que la pida si no suspende y si no supera ciertos niveles de renta, y la publicación de su trabajo fin de máster y de su tesis doctoral ¡en el repositorio de su universidad! Ya hemos dicho que Faustino no era Einstein, pero, sin duda, tenía mejor CV que ellos. ¿Por qué habían ganado entonces estos últimos? De nuevo, la sombra del Partido emerge: los directores de tesis de los vencedores, abierta o larvadamente, estaban relacionados con el Partido. Pensó Faustino, según me contó, recurrir ante los tribunales. Pero su desilusión era enorme. Con lágrimas en los ojos, renunció a esa oportunidad y se fue al extranjero. Allí —según he tenido recientes noticias— le va bien bajo el auspicio de un profesor nada progresivo ni progresista, pero sí independiente y tolerante.
Estos dos relatos, que son muy ciertos salvo por sus nombres y fechas, retratan toda una época.