Rilke, entre los ángeles y las rosas

Se cumple un siglo y medio de su nacimiento

Rainer Maria Rilke era uno de esos grandes poetas del anhelo cuya estirpe resplandece en las letras españolas y universales desde cimas como las de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, y que antes y después, a lo largo y ancho de los siglos, nos ha iluminado con el fulgor inquietante y poderoso de sus ocasionales asteroides: Jorge Manrique, Rosalía de Castro, Georg Trakl, T. S. Eliot, Cernuda y Pavese, Mayakovski, Pasternak, Pasolini, Leonard Cohen. Son seres solitarios, casi fantasmagóricos, atrapados en una especie de nostalgia de lo que Antonin Artaud llamó la «querencia del no-ser», y de los que mi abuela materna hubiera dicho que eran demasiado angelicales para este mundo. Quizá fueran seres que no estuvieran destinados a vivir la pedestre realidad «de aquí abajo», y el poeta de Praga consagró de hecho muchas de las composiciones de su etapa final —los Sonetos a Orfeo, las Elegías de Duino—  a detallar en sublimes versos su cuerpo a cuerpo con los ángeles del bien y del mal, de la muerte y la belleza («la Belleza no es más ni menos que el comienzo del terror»).

            Vagabundo vagamundos que en ningún lugar logró acomodar satisfactoriamente un alma hecha para el éter, Rilke descubrió en los inmensos espacios de Rusia la imagen y la esencia de Dios («Rusia se abrió ante mí, concediéndome la fraternidad y la tiniebla de Dios, que es nuestra única fuente de comunión. Así lo nombré entonces, el Dios que había irrumpido sobre mí, y durante mucho tiempo viviría yo arrodillado en la antesala de su nombre»). Posteriormente, en París, redujo a pura mirada su talento de la mano del escultor Rodin, de quien fue ayudante, congelándola en hermosísimas piezas sobre animales, objetos y cosas que se recogerían en sus Nuevos poemas («La pantera», «Los flamencos», «Torso arcaico de Apolo»), y emprendió largas peregrinaciones por Europa, en busca de la platónica media naranja de sí mismo (sus destinos incluirían la ciudad de Toledo, donde admiró los cuadros del Greco, y la localidad andaluza de Ronda, en la que residió una larga temporada).

            Rilke representa el espíritu de un período histórico conocido como la Belle Époque. Algunos de sus coetáneos y consanguíneos intelectuales fueron el ya mencionado Georg Trakl, farmacéutico y adicto a los estupefacientes que falleció de sobredosis de cocaína a la misteriosamente fatídica edad de 27 años (sí, la de Jimi Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin, humana guirnalda de jotas agostadas en la flor de su edad); el maníaco y atribulado filósofo Ludwig Wittgenstein; y esa rutilante bala de cañón, vertiginoso astro fugaz cegado por la inteligencia, llamada Otto Weininger, que se quitó la vida a los veintitrés años, de un disparo en el corazón, en la misma casa vienesa en la que había fallecido Beethoven.

            Bautizado con el ambiguo nombre de René por una madre que hubiera querido tener una hija en lugar de un hijo, Rilke masculinizó el apelativo, germanizándolo, a instancias de la inefable Lou Andreas-Salomé, que durante un tiempo fue amante de Rainer y antes había tenido una relación de íntima amistad con Nietzsche (cuya influencia dejó también huella en el poeta). Convertido ya en adulto buscador de epifanías, Rilke se pasó la vida rastreando el espectro inasible de la rosa ideal. Poco antes de morir, se pincharía con la espina de una rosa, en un extraño giro del destino, digno de las elucubraciones esotéricas de un Jung; y existe una leyenda popular, vigente todavía, según la cual el poeta falleció como consecuencia del rasguño, al infectársele absurdamente la herida, provocándole una septicemia. La causa de su muerte fue en realidad bastante más prosaica, pero mucho más estremecedora: una rara variedad de leucemia, que acabó con él cuando contaba muy poco más de medio siglo. (El universo poético puede ser extraño hasta el punto de resultar casi siniestro: en 1953, el vate galés Dylan Thomas, otra meteórica estrella fugitiva del firmamento del logos, se arañó un globo ocular con la espina de una rosa, en Nueva York, poco antes de morir a causa de una comatosa mezcolanza de güisqui y de morfina, prescrita esta última por un temerario facultativo que ha pasado a la historia sin ser identificado.)

            El poeta inglés de origen alemán, Michael Hofmann, asegura que de Rilke han de descartarse los «horrísonos» Sonetos a Orfeo y las no menos «horrendas» Elegías de Duino, para volver la mirada lectora sobre los dos volúmenes que configuran los Nuevos poemas, escritos en París a principios del siglo XX, durante la época en que Rainer Maria fue secretario de Auguste Rodin. Una de las especialidades de Hofmann parece ser el descalabro póstumo, mediante boutades de filiación borgiana, de algunas de las grandes glorias de la literatura universal; pero quién sabe si en este caso no tendrá sus ápices de razón: las piezas incluidas en Nuevos poemas son exquisitas pequeñas esculturas de apabullante —y a un tiempo, fríamente conmovedora— perfección. Yo, de todos modos, quisiera remontarme más atrás en el tiempo, hasta la ópera prima de Rilke, El libro de las horas, de 1905, para recoger un puñado de versos que nos recuerden, a ciento cincuenta años de su nacimiento, la imponente y solitaria figura de un poeta que ha sido definido alguna vez como «uno de los últimos grandes sublimes en lengua alemana»: «¿No sabes tú que mi plegaria ya madura, / como en un árbol, en tu visión? / Si tú eres el que sueña, yo tu sueño soy. / Mas si quieres despertar, yo tu deseo encarnaré, / renovando con magnificencia mi fortaleza / para convertirme en el vasto silencio de una estrella / sobre esa extraña y distante ciudad que llamamos Tiempo».

Roger Wolfe (Westerham, Kent, 1962) es poeta, narrador y ensayista. Autor, entre otros libros, de «Días perdidos en los transportes públicos», «Hablando de pintura con un ciego» o «El arte en la era del consumo».

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