Saturación

Saturación, alienación y reforma intelectual y moral

Ha finalizado el año 2025, aquel que Pedro Sánchez Pérez Castejón pretendió dedicar a la conmemoración de la muerte del general Franco, medio siglo antes.  El óbito debía de ser celebrado en multitud de actos políticos y (pseudo) académicos como la génesis de actual sistema político español. La verdad sea dicha, este proyecto parece haber naufragado sin pena ni gloria. Un auténtico fracaso. No deja de ser significativo, en ese sentido, que la cuenta X titulada “España en Libertad”, organizada por el gobierno, sólo haya conseguido 2.000 seguidores, en la que no aparecen ministros ni políticos relevantes. 28 millones de euros para nada.  Como señalé hace ya unos meses, este tipo de iniciativas suelen ser contraproducentes para sus promotores y, de hecho, así ha sido. A finales de 2024, Sánchez anunció a bombo y platillo la campaña. A nivel puramente académico, ha sido totalmente baldío. Se ha publicado una biografía claramente de encargo, bajo el título de Franco, obra del pedisecuo Julián Casanova, que no aporta nada nuevo al conocimiento de la trayectoria vital del biografiado.  Poco hay que decir igualmente del libro Ni Una ni Grande ni Libre, de Nicolás Sesma, cuya principal “aportación” es la definición del régimen de Franco como “fascismo poliédrico”. Hay gente para todo con tal de conseguir notoriedad y premios oficiales. Más insignificante aún resulta la obra del periodista Gilles Tremlett, Franco- El dictador que moldeó un país. Grotesco. Para colmo, se ha vuelto a editar la obra del epicénico Paul Preston. Lo dicho, nada digno de ser reseñado. Sánchez y su caterva de eruditos furiosos y corruptos se apresuraron a cantar victoria, pero, como hubiera dicho Jorge Luis Borges, sus negocios eran vulgares. Su primer acto, celebrado en el Museo Reina Sofía, el 8 de enero resultó ser una hortera mojiganga, en la que participaron periodistas, cantantes, bailarinas y, como estrella, el propio Sánchez, cuya intervención resultó patética y suscitó las chanzas y burlas del conjunto de la opinión pública. Tanto es así que la iniciativa empezó a diluirse en el tiempo y en el espacio. Y no tuvo lugar ningún acto significativo, ni político ni académico digno de recordarse.

  A mitad de año, el Centro de Investigaciones Sociológicas publicó una encuesta en la que un 21, 5 % consideraba “bueno” o “muy bueno” el período franquista. La encuesta mostraba que existía en la sociedad española un núcleo irreductible a las propagandas oficiales antifranquistas. Sin embargo, lo que más ha encolerizado al establishment ha sido la valorización positiva de la figura de Franco por parte de un sector de las nuevas generaciones. El País señalaba que una cuarta parte de los jóvenes consideraba preferible, en algunas condiciones, un régimen autoritario al democrático. Para algunos, sobre todo en la izquierda política, intelectual y mediática, el asunto era superlativamente grave., porque ponía en cuestión la continuidad del régimen político actual. El temor quizá sea exagerado, pero es real. Un sector de la izquierda siempre ha recelado de la forma en que se llevó a cabo la transición del régimen de Franco a la partitocracia. Todavía recuerdo los temores expresados por el historiador de la literatura José Carlos Mainer sobre el contenido de la serie televisiva Cuéntame cómo pasó. Según este individuo, el mensaje del programa era una apología encubierta del sistema político nacido de la guerra civil, con “su imagen de pragmatismo y eficacia, de orden y paz, ha podido reactivarse fácilmente en un país, donde las peculiares circunstancias de la Transición política, aconseja no hablar demasiado del pasado”. “Nos presenta una sociedad que puede evolucionar gracias a los valores inconmovibles de la unidad familiar y de las posibilidades de progreso social en una época de vacas gordas. Y tal ha sido la falsísima imagen que muchos jóvenes habrán retenido de unos años en los, a tenor de los episodios de la serie, se mezclan los sustos y las canciones pegadizas, los encarcelamientos y los buenos negocios, los discursos y las sanas alegrías”. Esto lo decía el señor Mainer el año 2006, en plena ofensiva socialista para la vesánica instauración de la memoria de Estado.

LA ENSEÑANZA DEL ANTIFRANQUISMO

  Esta paranoia antifranquista se ha extendido a lo largo de este infausto 2025. Especialmente delirante e hilarante ha sido la reacción de Izquierda Unida, Sumar y Podemos. La inefable Yolanda Díaz estalló, exigiendo al gobierno, del que forma parte, la creación de una especie de Policía de la Memoria, para asegurarse de que se impartieran clases de antifranquismo en las aulas. Se trataría de la denominada Unidad de Coordinación para la Memoria Democrática. Y cuya tarea sería “supervisar y evaluar periódicamente” la “aplicación” de este tipo de actividades en los centros educativos. Varios representantes de Sumar han presentado una proposición no de ley  “relativa a la memoria democrática en las aulas”.  En el texto, se denuncia que “la dictadura franquista y la lucha democrática bajo la misma”, son “muy descuidadas entre la población más joven”. Y propugna una “accesibilidad a una Memoria Democrática real y que fomente el pensamiento crítico”. He aquí una de las obsesiones de la izquierda política e intelectual: que se enseñe antifranquismo en las escuelas y los instiitutos. Incluso no pocos han propuesto que los programas de enseñanza de la Historia de España comiencen por el régimen de Franco, la guerra civil y la II República, y acaben en 1808, obviando todo lo anterior, en particular la Reconquista y el período de los Austrias. Sin tapujos, la Historia se convierte así en instrumentum regni  e incluso de deliberada alienación. Suena al Ministerio de la Verdad de Orwell. Y huele muy mal, a puchero enfermo.

  Todo esto resulta no ya significativo, sino cínico y repugnante. A lo largo de más de cuarenta años se ha ofrecido, casi sin respuesta, una imagen de la guerra civil, y, sobre todo, del régimen de Franco, no ya falsa,  sino pueril. Y a eso lo denominan “pensamiento crítico”. El bando nacional y el régimen de Franco se ha convertido en compendio acrítico y paradigmático de lo grotesco y de lo repugnante, que produce indignación y, al mismo tiempo, supera los límites de lo absurdo. Ya no existe historiografía franquista, ya que sus representantes o murieron o pasaron al ostracismo social y mediático. En novela, dominan de manera absoluta e intolerante los Javier Cercas, Dulce Chacón, Manuel Rivas, Benjamín Prado, Almudena Grandes, Alberto Méndez, etc. En cine, ocurre lo mismo: José Luis Cuerda, Alejando Aménabar, Gullermo del Toro, Pedro Almodóvar, Vicente Aranda, etc. En estos años, no se ha producido ninguna película significativa que ensalce o por lo menos comprenda los valores y razones del bando nacional; y lo mismo ocurre en literatura. A nadie parece habérsele pasado por la cabeza llevar a la pantalla una novela de la calidad de Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá. Y es que en estos campos existe una censura implícita, que segrega a intelectuales y artistas según el contenido de sus ideas. Esta censura es desconocida para el vulgo, pero perceptible para los sectores políticos e intelectuales marginados. Entonces, ¿cómo es posible que, en este contexto tan desfavorable, existan sectores sociales que valoren positivamente la figura de Franco y su régimen, sobre todo en la juventud?.

  A mi modo de ver, se trata de un fenómeno perfectamente racional y explicable, que se da en todas las sociedades que han experimentado revoluciones y guerras civiles. En psicología, podríamos hacer referencia a algo muy semejante a la “saturación”, a la sobrecarga cognitiva, que genera, y no sólo en España. reacciones adversas o resistencia en las nuevas generaciones. De hecho, este fenómeno ya ocurrió en pleno régimen de Franco. Tras veinte años de adoctrinamiento, la célebre encuesta elaborada por el psicólogo José Luis Pinillos, reflejaba el malestar existencial de un sector de la juventud universitaria. Un 60% esperaba cambios políticos que permitieran mayor libertad; el 70% e declaraba descontento con las estructuras socioeconómicas; y el 83 % consideraba sus maestros a intelectuales liberales como Ortega y Gasset. En un sentido análogo, me viene a la memoria el contenido de la película, Arriba Hazaña, estrenada en 1978, bajo la dirección de José María Gutiérrez Santos. Su guión estaba basado en una novela de José María Vaz Soto, El infierno y la brisa, La película describía, en primer lugar, el contenido de la enseñanza confesional durante los años sesenta y setenta; y la rebeldía que provocaba entre un sector de los adolescentes españoles. La evolución del catolicismo español se reflejaba en los distintos protagonistas del film. El hermano prefecto, representado por Fernando Fernán Gómez (en la imagen), era el catolicismo de Cruzada, ya que el sacerdote había sido legionario y víctima de la represión republicana durante la guerra civil; Héctor Alterio encarnaba el hermano director, a un sacerdote untuoso y melifluo, pero, al mismo tiempo duro, como una caricatura del Opus Dei; y, por último, su sustituto, cuyo papel recayó, y no por casualidad, en José Sacristán, encarnación del espíritu liberador del Concilio Vaticano II, y que finalmente logra reconducir el conflicto suscitado por los alumnos rebeldes en el colegio. Los rebeldes expresaban su frustración no sólo matando cruelmente al pájaro que servía de acompañante al sacerdote exlegionario, sino con pintadas en las paredes, bajo la consigna de Arriba Hazaña. Sin duda, no sabían quién era Manuel Azaña, pero su imagen había sido entenebrecida por los sacerdotes como paradigma del anticlericalismo republicano. Hazaña, mejor que el Azaña real, se convertía en una figura liberadora, catártica, de la desoladora realidad circundante. En cierta forma, ocurre hoy lo mismo con la figura de Francisco Franco. Algún rebelde podría haber escrito en las paredes Arriba Paco. Y, a lo mejor, lo han hecho. La figura de Franco ha sido convertida en arquetipo de la mediocridad y la maldad, por parte del relato oficial y oficioso, Lo cual ha provocado la reacción de sectores juveniles naturalmente rebeldes. Y ello, además, en un contexto social muy negativo para un numeroso sector de las nuevas generaciones, carente, hoy por hoy, de horizonte vital. Aspectos como seguridad, acceso a la vivienda, unidad nacional encarnan para algunos los valores de la España de Franco, que contrastan con la precariedad, la hegemonía de los separatistas y la polarización actual. Además resulta necesario analizar de una vez por todas lo que la Transición significó, desde sus comienzos, para un numeroso sector de las nuevas generaciones. Los años ochenta, mitificados a través de la denominada Movida, fueron particularmente letales para los adolescentes, con el crecimiento del paro estructural y, sobre todo, la difusión de la droga, un fenómeno hasta entonces prácticamente desconocido en nuestro país. Ojalá hubiéramos tenido por la izquierda un Pier Paolo Pasolini, que denunciara la permisividad sexual y la drogodependencia entre la juventud. En su lugar, tuvimos a un Tierno Galván, quien dijo aquello de “rockeros, el que no esté colocado que se coloque y al loro”.

  Y es que, desde una perspectiva realista, parece claro que, bajo las formalidades de la democracia parlamentaria liberal, la legitimidad última de cualquier sistema político radica en la eficacia, es decir, en su capacidad de garantizar el orden, la justicia social y el bienestar general de la población. Como dice el historiador Toni Judt: “Un régimen autoritario es mucho más deseable para la mayoría de los ciudadanos que un Estado fallido democrático. Incluso la justicia probablemente cuenta menos que la competencia administrativa y el orden público. Si queremos tener democracia, la tendremos. Pero sobre todo  queremos seguridad. A medida que aumentan las amenazas globales, el orden ganará atractivo”.

  Sin embargo, hay algo más. No sólo se necesita eficacia socioeconómica, sino una profunda reforma intelectual y moral, como la que propugnaba Ernest Renan para la Francia posterior a Sedán y la Comuna de París. Es decir, un auténtico espíritu crítico, no la alienación y el adoctrinamiento sistemáticos propugnados por nuestras izquierdas– En su idiocia sistemática y permanente, no perciben que su estrategia resulta contraproducente incluso para sus propios intereses políticos. Antifascismo no es sinónimo de democracia. Antifascistas eran Stalin y Enver Hoxha, por ejemplo. Además, ese antifascismo primario no sirve ya como dique frente a las nuevas derechas identitarias. Lo estamos viendo en Italia, Francia, Alemania, Hungría, Holanda, Portugal, Japón, Polonia. Es como si tuviera lugar un retorno de lo reprimido. El adoctrinamiento sistemático y omnipresente ha producido una clara reacción en contra, producto de la saturación ante esos mensajes. A nivel historiográfico, ese adoctrinamiento tampoco nos sirve, porque lo único que produce son “vulgatas”, en las que realmente ya nadie cree. Muy pronto, las nuevas generaciones se tomarán a broma las obras de los historiadores oficiales como Paul Preston, Ángel Viñas, Julián Casanova, y sus mediocres acólitos. Ya ocurrió con el insufrible Manuel Tuñón de Lara y su escuela.  

  Lo que es preciso proponer y promover un auténtico debate historiográfico. La historia es interpretación, búsqueda sin término, no la promoción de un conjunto de dogmas. Un auténtico diálogo intelectual y político es lo necesario, no la instauración de una memoria de Estado. Ya lo dijo hace muchos años el historiador italiano Renzo de Felice, en su libro Rojo y negro: “Rabia y resentimiento, indignación y condena, son sentimientos, que, al igual que la militancia, deforman la correcta interpretación histórica, prohíben la reconstrucción de los hechos, impiden identificar las motivaciones que subyacen bajo los hechos tan monstruosos como inconcebibles (,,,) Fórmulas como “el mal absoluto” o “locura histórica”, hoy tan de moda, no explican nada ni tienen ninguna función pedagógica”.

  Eficacia socioeconómica y debate histórico-político-moral, tales son las soluciones aquí y ahora. Que así sea.

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