Sumisión ante la gran dictadura; desafío a la gran democracia

La guerra contra Irán ha sido la excusa perfecta para ir a por el gringo

Los sueños de la mitad de los españoles –y más o menos del mismo número de europeos, por lo que llevamos polarizados mucho más de lo que nos creemos–, y desde que tengo uso de razón, tienen que ver con sus deseos de ver caer al imperio yanqui, salvo que su presidente sea negro y su primera dama ídem. 

Durante el tercer cuarto del siglo pasado se miraba con ojitos de cordero degollado tanto a la URSS como a la Revolución Cubana, repanchingados en el sofá de El Corte Inglés sacado a plazos,con los Levis etiqueta naranja arremangados a mano mientras mascábamos chicles a lo Michael Jordan o dábamos caladas hollywoodienses a cigarrillos recién sacados del paquete duro de Marlboro rojo, tratando de parecernos a Robert Redford o quién sabe si a James Dean, aunque nunca a Fidel. Pero como aquello del telón de acero desprendía, mal que nos pesara, hedor a fracaso, las miradas, conforme este siglo fue avanzando, comenzaron a posicionarse en China: una esperanza compleja dado que era y es una dictadura perversa con decenas de millones de muertes a sus espaldas desde que Mao Zedong tomó el poder a garrotazos, y tanto Deng Xiaoping –el héroe de Tiananmén–, como Jiang Zemin, Hu Jintao, y ahora, Xi Jinping, han seguido manteniendo el orden a estacazos mientras la economía crecía, lo cual mejora el cardenal en el antebrazo y termina por aniquilar –socialmente– al disidente mientras el economista occidental brama favoreciendo en sus columnas desquiciadas al régimen totalitario mandarín entre la ensaladilla rusa del Mercadona y los té matcha. 

Europa (y España), mientras barnizaba cualquier intento de hacer sombra al sueño americano a través de un complejo sorprendente, asumiendo que somos la cuna de la civilización (Grecia, Roma, filosofía germana), iba perdiendo cuota de poder en esta tarta mundial de la que nos ha sacado hasta Irán: otra dictadura demoníaca. Pero eso ya da igual. Porque mientras el mundo seguía repartiendo influencias, nosotros invertíamos en igualdad salarial, cambio climático, obstrucción de todo tipo de desigualdades, derechos laborales, papeles para todos, reducción de emisiones, coches y patinetes eléctricos, reciclaje de todo tipo de residuos, tapones de plástico adheridos de por vida a sus botellas, y utilización mayoritaria de energía renovable en vez de nuclear; por no decir nuestro interés en las bodas entre personas del mismo sexo, en sí, el respeto hacia cualquier individuo independientemente de su condición sexual. Pues bien, todas las políticas que acaban de leer, que nos las han vendido como avances significativos que mejoran a la humanidad –y bien que lo creo en buena parte de los casos recientemente citados– son inexistentes, por ejemplo, en China, y ya no digamos en Irán, cuando desde Occidente nadie abre la boca, siquiera sus corresponsales a pie del terreno, eternamente obsesionados por conocer cuántos serán los dígitos que obtendrá la economía del gigante asiático de superávit en el próximo trimestre o si las mujeres iraníes se ponen o no el hijab, siquiera una cofia.  

Lo que nos ha quedado claro es que semejante oprobio al fundamentalismo que supuestamente mejora al mundo, no ha sido óbice para que Pedro Sánchez se haya enfrentado a una democracia como la de los Estados Unidos de América para ofrecerse, en posición genupectoral y dilatando hasta la médula, a una dictadura como es la de la República Popular China. Y entonces, ¿para qué tantos derechos humanos y avances favorables al cuidado del planeta para nosotros si nos hemos vendido al mamporrero mayor del reino que hasta los JJ.OO. de Pekín consideraba la homosexualidad una enfermedad mental? Pues muy fácil: porque se nos ha hecho creer que Trump es el diablo y Xi Jinping lo más parecido a Albert Schweitzer, ignorándose que a cualquier alto cargo de los odiados –por acomplejados que somos– Estados Unidos lo pueden sacar sus ciudadanos cada cuatro años cuando Xi lo ha organizado todo para postularse en el poder hasta el día de su deceso asumiendo que su sustituto no será, precisamente, Nelson Mandela. 

La guerra contra Irán –principal socio de China en la región como lo era Venezuela en Sudamérica o la dictadura que ustedes prefieran en todo el continente africano– ha sido la excusa perfecta para ir a por el gringo, dadas las tretas bélicas de Trump, cuando en China, sin necesidad de guerra de ningún tipo, la represión y censura contra su propio pueblo se llevan a cabo a diario y, como no podía ser de otro modo, lejos de luces y taquígrafos. ¿Se han preguntado alguna vez cómo reaccionaría España (y Europa) si Trump se sacara de la chistera una ley para postularse en el poder hasta el día de su muerte y decidiera prohibir la oposición política, el derecho al voto y la libertad de prensa? No, ¿verdad? Pues eso ocurre en China, a diario, y nos parece lo correcto. Por eso Sánchez, que no sólo representa a España sino a Europa, y por ende, a la cuna de la civilización y a las democracias más antiguas, se ha presentado en China de forma parecida, por traicionera, a ver a un Borbón en La Rosilla a las cuatro de la madrugada. 

Lo que podemos asegurar es que China, por el simple hecho de no participar directamente en esta guerra, ha ganado todos los votos de la vieja –y tonta– Europa independientemente de que la dictadura de los mandarines siga dictando sentencias de muerte –unas tres mil el año pasado– en juicios demasiado sumarísimos cuando continúa aplastando a los pueblos tibetanos y uigur, mucho menos atractivos para la opinión pública occidental –y aún menos para el mediocre columnista social patrio– que Gaza y Cisjordania. Y mientras se mantiene en una especie de limbo bélico, amenaza sin ocultarse lo más mínimo con arrasar a Taiwán, uno de los escasos ejemplos mundiales de democracias loables basadas en sus sobresalientes derechos humanos. 

A todo esto: tres mil y pico muertes anuales en suelo chino por pena capital cuando en 2025 los Estados Unidos ejecutaron a 47 y el año anterior a 25, cuando no pocos de esos decesos han formado parte de demasiados telediarios patrios mientras que han abierto portadas a cinco columnas de El País Semanal, que nos mete el corredor de la muerte entre ceja y ceja ignorando la autopista kilométrica, y plagada de retenciones, que generan las sentencias de muerte en China, ignoradas sin cesar.

China, a su vez, y mientras prohíbe el juego dentro de sus posesiones, organiza el mismo en buena parte del mundo, habiendo convertido a numerosas zonas fronterizas en ciudades-casino que dejan a Las Vegas en simples recuerdos por las astronómicas cantidades de dinero (negro) que el imperio chino mueve sin que nadie, siquiera, le roce el codo. Por no decir que gracias a su afición por las dictaduras, en la región birmana fronteriza de Shan, en guerra civil con Rangún, su apoyo a grupos étnicos armados les permite hacer y deshacer en el control mayoritario que comienzan a tener en el mundo de las drogas –como en el juego, de puertas para adentro, políticas antidroga extremadamente estrictas– que les conceden la organización en todo el Sudeste asiático para la venta y distribución de metanfetaminas cuando el fentanilo que recorre el mundo –buena parte del mismo acaba en los Estados Unidos en una nueva guerra del Opio– sale de sus laboratorios clandestinos, tras haber descubierto el PCCh, en ese cortoplacismo y pragmatismo constante, que para controlar el mundo de los opiáceos no hacen falta ni vastas posesiones de tierras ni el tiempo de espera para recolectar una cosecha. Porque convirtiéndolo todo en sintético, se abaratan costes –y calidades: nunca han perecido más consumidores que en esta época– permitiendo que en un simple cuartucho un tipo cualquiera pueda producir dos millones de metanfetaminas semanales sin que Europa siquiera rechiste.

Si Trump –Obama, evidentemente, no– tuviera sobre sus espaldas una Revolución Cultural con millones de muertos o un Gran Salto Adelante que produjo treinta y tantos millones de fallecidos, hoy los Estados Unidos de América estarían siendo bombardeados por el resto del planeta. Por lo que escuece pensar que dependiendo de desde dónde se lancen las bombas el relato cambia. Y de qué manera.  

Y por todo esto, aunque podría seguir hasta mañana, ver a Sánchez arrastrarse ante China demuestra que las democracias, hace ya tiempo, se han convertido en dictaduras encubiertas, valoradas por el 50% de la población, que es lo que necesita un dictador en potencia –con el apoyo de dos o tres diputados regionales– para legitimarse, sonreír, y darle a su mujer el poder suficiente como para llegar a impartir cátedras sin ser catedrática. Que al menos la señora de Xi Jinping es cantante. 

(Este análisis no quiere defender ni a los Estados Unidos ni a Trump, si acaso quiere recordar que las instituciones democráticas sí permiten que el poder se ventile cada cuatro o cinco años cuando en las dictaduras, jamás).  

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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