Tan lejos, tan cerca

Del santuario Yasukuni al mausoleo a Mao Zedon

Mientras en las zonas turísticas de Ginza, Asakusa y Shibuya hordas de chinos destruyen, con su libertad recién gestionada lejos de las fauces comunistas –el internet es libre y las cartas al director, ídem–, la armonía creada por Japón, gritando en espacios abiertos o cerrados, atravesando calles con menosprecio al semáforo o paso de cebra, o comportándose en algunos restaurantes como si estuvieran en una tasca de Chengdu, en el santuario Yasukuni no se observa, a ni cinco kilómetros a la redonda, a ningún ciudadano mandarín. Y no será por los miles que cada día transitan la capital nipona, aprovechándose de la profunda devaluación del yen, que permite a nacionalidades a las que hasta hace poco no les era posible pasarse una semana en Japón –también hay tailandeses, filipinos…– disfrutar de Tokio, la capital más importante de Asia, rebosante de cultura, gastronomía, arquitectura, templos y mercados, y que de manera única sostiene un milagro meritorio: aunque los millones de ciudadanos sean récord –la conurbación de Tokio es la más habitada del mundo con cerca de 42 millones de habitantes– su orden y concierto es más que evidente, demostrándose, al menos en el caso japonés, que mayor densidad de población por kilómetros cuadrado no es sólo equivalente a caos y desasosiego. 

A la entrada del monasterio de Yasukuni un cartel exige al visitante que se abstenga de izar banderas o mostrar pancartas o carteles que pudieran herir sensibilidades. Las manifestaciones también quedan prohibidas. Pero allí, todo el que accede, salvo algún turista curioso o el que escribe esta crónica, es ciudadano nipón, especialmente fiel defensor de su patria e historia. Sólo hay que llegar hasta el templo principal, atravesando varios arcos tan sintoístas como imponentes, para descubrir que los nipones respetan mucho a sus caídos. Entonces, ¿dónde estaría el problema para que Corea del Sur y Taiwán, y por encima de todos, China, pongan el grito en el cielo cada vez que las autoridades japonesas homenajean a sus fallecidos en contiendas?

En el santuario Yasukuni se recuerda, y esto es importante para entender el problema enquistado durante décadas, a todos aquellos que dieron su vida por Japón, incluyendo a algunos condenados por crímenes de guerra de clase A en los procesos de Tokio por el Tribunal Penal Internacional para el Lejano Oriente, lo cual exalta a las naciones vecinas que sufrieron en sus propias carnes el ímpetu belicista y conquistador del hasta el 1947 conocido como el Gran Imperio del Japón, el cual hizo mucho daño, además de en Corea, en la zona este de China.  

Cada verano, el primer ministro nipón y sus principales ministros rinden pleitesía a todos sus caídos en cualquier conflicto bélico hasta la Segunda Guerra Mundial. Y es ahí cuando China sobresale sobre el resto reclamando disculpas del gobierno japonés por las atrocidades que durante la segunda guerra sino-japonesa cometieron contra su ejército y civiles. Habría que remontarse a finales de 1937, fecha en la que el ejército imperial japonés arrasó Nanjing, la antigua capital de la República de China –hoy República Popular, gobernada con mano de hierro desde que Mao Zedong la creara el 1 de octubre de 1949 a través del Partido Comunista chino–, asesinando y violando a mansalva. Según el Tribunal Penal Internacional para el Lejano Oriente, que fue el mismo que juzgó a los criminales de guerra a los que hoy China no quiere que se homenajee, los muertos rondaron las 100.000 personas, cuando años después China aseguró que al menos esa cantidad habría que triplicarla hasta algo más de 300.000. Y a partir de aquí queda en entredicho que se esté utilizando esa tragedia, casi un siglo después, para que China la mejore y utilice a su gusto, práctica muy recurrente en casi cualquier nación de este mundo o ser humano.

Y por culpa de ello, no han sido pocas las ocasiones en donde intereses nipones en China han sido atacados por el encendido pueblo mandarín, que siguiendo a pies juntillas las indicaciones de sus dirigentes a través de los medios de comunicación, dieron rienda suelta a su ira con el beneplácito de los cuerpos de seguridad que miraban para otro lado. Como caso concreto, el 12 de abril de 2005 se generaron en toda China unas protestas antijaponesas tumultuosas por culpa de unos libros de texto, aprobados en Japón, donde se ignorarían parte de las atrocidades que el extinto Ejército Imperial Japonés cometió contra militares chinos y civiles en la ciudad de Nanjing y alrededores. De aquellos años, donde eran habituales los ataques contra bancos japoneses en suelo chino, como el Bank of Tokyo-Mitsubishi, así como liarse a pedradas con las embajadas y consulados nipones así como contra la residencia del embajador, se recuerda en Shanghái una atrocidad cometida en vandalismo cercano al terrorismo contra Takashi Minayama, ciudadano japonés casado con una china, al que se le quemó intencionadamente su restaurante Le Garçon Chinoise, una preciosa casa de madera sita en la Concesión Francesa que quedó reducida a cenizas. 

Entre los homenajeados por el pueblo y las autoridades niponas está el general del Ejército Imperial Japonés y comandante de las fuerzas expedicionarias enviadas a China durante la segunda china sino–japonesa Iwane Matsui, que fue ejecutado tras ser condenado a muerte por el Tribunal Penal para el Lejano Oriente. Él, sin duda, fue el máximo responsable en China de aquella masacre. Y los gobiernos del PCCh han clamado al cielo cada vez que las autoridades de su contrincante Japón se acercan cada verano al Santuario Yasukuni a rendir honores a sus caídos. Pero, ¿cuál es la explicación razonable a que China ponga el grito en el cielo contra Japón por estas formas cuando en la inmensa plaza de Tiananmén diariamente se rinde homenaje a Mao Zedong, el máximo responsable del mayor número de muertes de la historia moderna contra su propio pueblo?

Dejando de lado que Mao Zedong ganó la Guerra Civil china a su homónimo a Chang Kai-shek, asumiendo que las atrocidades y fallecidos no tuvieron que ser pocas, China aún ha sido incapaz de pedir perdón a su población por la nefasta implantación de una campaña de medidas económicas, sociales y políticas, denominadas el Gran Salto Adelante, que según su creador, Mao, iban a beneficiar a su pueblo. Entre las mayores desgracias del gran estratega que aún sigue siendo la cara de todos y cada uno de los billetes de yuan, estuvo la decisión de que cualquiera pudiera crear pequeños altos hornos, incluso en los patios de casa, para que así el acero fluyera y la prosperidad, por fin, amaneciera en un Estado comunista. Con el campesinado sin haber sido entrenado en las nociones más básicas para fundir y la falta de maquinaría con la tecnología adecuada, todo el esfuerzo culminó en un desastre sin precedentes: la inmensa mayoría del acero producido a través de esos hornos artesanales era inservible cuando las comunas agrícolas fueron otro fracaso de producción, en donde buena parte de los campesinos eran explotados tratando de que la producción tuviera sentido. Como consecuencia de este caos, y según expertos en la materia, entre 1958 y 1962 en China fallecieron alrededor de 40 millones de han, denominándose aquella hecatombe La gran hambruna china. Y aún los herederos de Mao –léase Xi Jinping– han sido incapaces siquiera de reconocer la catástrofe, que por número de fallecidos, deja a las atrocidades de Iwane Matsue en triste calderilla.

Pero no queda ahí la cosa. Durante sus últimos veinte años de vida, Mao Zedong quiso enmendar la plana organizando la maléfica Revolución Cultural, un movimiento social que tenía como fin inicial postergar la imagen y pensamiento de Mao y retirar de la circulación cualquier atisbo de capitalismo, e incluso, de numerosas tradiciones chinas. Como centro de todo, aquella persona que fuera sospechosa de no ser maoísta era perseguida hasta la muerte. Se cree que pudieron ser hasta 20 millones de chinos los que fallecieron, sin contar los encarcelados y los que consiguieron salir del país a la carrera. Esta nueva atrocidad finalizó con la muerte de Mao, en 1976. Por lo que podríamos decir que bajo su mandato, pudieron ser 60 los millones de chinos a los que se les quitó la vida. O dicho de otro modo: si Mao hubiera sido japonés, China habría cosido a bombas a su enemigo acérrimo. Pero tristemente al caudillo lo trajeron al mundo en la provincia china de Hunan, donde todavía se le sigue idolatrando. 

Hoy Mao, recordémoslo, tiene un mausoleo en la Plaza de Tiananmén donde cada día miles de personas lo visitan y veneran sin que los mismos que buscan errores en libros de textos nipones tengan el valor, como poco, de comenzar a hacerse alguna que otra pregunta. Tampoco la ONU y sus tremebundos tribunales internacionales, fueron capaces siquiera de poner en algún aprieto a la dictadura comunista de Mao que falleció viejo, sin ningún tipo de presión externa, y dejando las bases de lo que hoy es la mayor de las dictaduras del mundo con asiento fijo y derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por lo que, ¿realmente el Gran Imperio del Japón hizo más daño a China que su querido líder Mao Zedong, al que hoy nuestra occidental Wikipedia califica de filósofo?

Durante mi visita al Santuario Yasukuni, un japonés de unos cincuenta años vino, curioso, a preguntarme por qué estaba visitando algo tan japonés. Simplemente, le dije, iba a escribir sobre ello y sentía interés en conocer de primera mano el santuario. Tras varias preguntas, escasas pero concretas, Takeru –que así se llamaba– me comentó lo siguiente: “Japón fue un Imperio. Y como tal aseguró la unidad de la nación y trató de conquistar. Otros imperios –el británico, el portugués, el francés, y el suyo, el español– hicieron lo mismo. No podemos juzgar con los ojos de hoy lo que hace más de un siglo no era tan extraño”. 

Luego le aseguré, a modo de despedida, que aunque todo el mundo, geopolíticamente hablando, trate de advertir al mundo de que la Tercera Guerra Mundial será ruso-ucraniana, o Israelí-iraní, o incluso sino-taiwanesa, que sin duda China está esperando, si de verdad hubiera que ir a las armas, ni pelear ni conquistar al Japón, sino exterminarlo con toda la saña posible. Durante mis años chinos –desde 2007 a 2012: seis añazos–, descubrí que no son ni los Estados Unidos, ni lo era el capitalismo, ni mucho menos Europa lo que hace cambiar el gesto a China, ya que Japón, en donde hasta los JJ.OO de 2008 se enseñaba a los niños a pitar en el patio del colegio el himno nipón es, sin el menor margen de error, no la piedra en el zapato, sino la roca en el cerebro de una población han que ha sido enseñada a odiarlos y que desea con fervor que algún día la revancha se sirva en plato demasiado frío. Y entonces, tras ese día, la humanidad que haya quedado con vida volverá a pelear, a lo sumo, con palos y piedras, como ya nos advirtió Albert Einstein. 

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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